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Lómeron

Nave de Batalla

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41

Thursday, March 8th 2012, 11:19am

He vuelto a comenzar por el principio (estaba olvidando demasiadas cosas) y me está pareciendo una obra enorme, profesional. Leeré el cuarto capítulo cuando esté completo, pero ya no percibo que se cambie de escena tan bruscamente. Quizás, como ya has comentado, cambiaría el orden de los capítulos. Creo que el primero distrae más que otra cosa. De momento, parece claro que la trama principal será la de Orsean. Es habitual en las novelas con varias subtramas que la del personaje con el que más se identificará el lector (creo que en esta será Orsean) sea el que primero aparezca. Una vez asentado en la mente del lector (tal vez después de los capítulos 2 y 3) ya se puede abrir la historia a las otras tramas (en este caso la trama "ministerial", el capítulo 1).
Piénsalo para cuando rehagas esta versión para el LdaB y montes la definitiva para enviar a editorial.


Master Ageof

Bombardero

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42

Monday, March 12th 2012, 5:25pm

II

Abrió los ojos con la silueta del primer ministro desvaneciéndose en ellos. Para los demás, acababa de salir de un apacible sueño. ¿Cómo se tomarían lo que tenía que decirles? Miró a Golem. Él lo comprendería; ese tipo de comunicación no le era desconocida. Y cualquier orden que las alejase de Lee Jurídica sería bien acogida por Nekonome y su hija. ¿Y los ancianos? Los demás podrían llegar a entender lo sucedido, pero ellos ni siquiera entenderían el concepto de comunicación onírica.
Lo difícil no fue explicar el cambio de rumbo, sino su razón. Golem siguió insistiendo en que era un sueño hasta que le dejó probar su percep. A él tampoco le hacía gracia la idea: el viaje acababa de prolongarse dos enhebraciones y cuatro horas.
–Espero que no sea un problema para ustedes –dijo a los ancianos, no sin cierta ironía.
–¡No! Deje, deje. Para nosotros, mejor –dijo ella, complacida–. Entonces, nos daremos después de la primera enhebración, entre las dos galaxias.
–Allí Cero estará más cerca –les explicó su marido –. Cuanto más lejos de todo, más cerca de la nada –sentenció, y echó un vistazo ansioso a los trajes espaciales y a la boca de la esclusa.


–¿No vamos a Jurídica? –murmuró Nekonome. Era imposible determinar su estado de ánimo a través de la máscara. Por su voz, sólo podía decirse que estaba cansada.
–Nos retrasaría demasiado... –expresó Bjornest–. Cinco o seis horas para descender al planeta, cuatro horas de espera y otras seis para volver a enhebrarnos.


El cambio de destino fue notificado a las autoridades del espaciopuerto de Capicúa, que procedieron a hacerlo efectivo en cuanto supieron que lo solicitaba el propio Primer Ministro. Bjornest se propuso pasar las siguientes doce horas dormido. Y lo primero que configuró en su sueño fue un buen arpón por si se le aparecía otro de sus jefes.


Logró viajar a una isla inexplorada, encontrar el tesoro y salvar a la doncella antes de que la voz agitada de Futura tirase de él de vuelta a la realidad. Aún entonces mantuvo los ojos cerrados con la esperanza de que la distracción fuera breve.
–Enhebración en 10 segundos– supo que estaba leyendo el panel de información.


–¡Qué rabia!– profirió el gigante–. Si esta nave tuviera una claraboya podríamos ver el enhebrador... ¡Os aseguro que es la visión más fascinante y, a la vez, espeluznante que hayáis tenido nunca! –soltó, pero al reflexionar sobre la clase de cosas que habría visto Nekonome se lo pensó dos veces –Lástima –repitió, sin pensar en el enhebrador.


6 segundos
–¿Duele? – preguntó Futura, ansiosa.
5
–No, para nada–aseguró Golem. Nekonome atrajo hacía sí a su hija.
4
El anciano guiñó a su mujer.
3
Espero que la nave sepa adónde vamos, pensó Bjornest, con la duda de si la gente de Capicúa había cambiado el rumbo correctamente.
2
–Podían haber puesto una maldita claraboya.
1
Futura se abrazó a su madre.


Enhebración completada


–¿Qué? ¿Ya? –la niña parecía decepcionada.
–¿Qué esperabas? –Golem le sonrió–. Piensa que nosotros seguimos en el mismo sitio; es el Universo el que ha cambiado de lugar –imaginó el rostro de Futura contrayéndose en una mueca incrédula, y maldijo a la máscara por ponerse en medio.


–Señores –la voz de la anciana era estridente, llena de excitación. Bjornest no pudo mantener más tiempo su farsa y tuvo que abrir los ojos. La pareja quería despedirse–. Ha sido un placer conocerles.
–Un placer– repetía su marido–. Ojalá nos veamos más allá del Cero, alguna vez –los demás se despidieron de ellos; unos, con frialdad. Futura, con ignorancia.
Se levantaron y acudieron a la esquina donde los grandes y aparatosos trajes les esperaban. ¿Serían capaces de ponérselos? Un granjero no tendría muchas oportunidades en su vida para... no, sí. Bjornest constató que la pareja no tenía ningún problema para embutirse en ellos. ¿Habrían recibido alguna indicación de los operarios del espaciopuerto? ¿En qué momento?
Se despidió tontamente cuando les vio desaparecer tras la puerta de la esclusa. Pensó entonces en la claraboya por la que había clamado Golem, y dio gracias a que aquella lata de sardinas no dispusiera de una. No le apetecía ver a una pareja de inconscientes perdiéndose en el espacio sin ninguna razón.
Cerró los ojos echando cuentas: tenía una hora y media de sueño hasta que Futura le despertara con motivo de la siguiente enhebración. Se convenció de que esa clase de vuelos deberían hacerse en coma. Así no cabría posibilidad de que le despertasen a uno hasta llegar al destino.


Retomó el sueño por donde lo había dejado. Acababa de rescatar a la princesa y las cosas empezaban a ponerse interesantes cuando el mundo entero se volcó en un ángulo del que ni siquiera tenía constancia. La princesa voló hasta perderse en el cielo y el pesado castillo cayó sobre él; todos y cada uno de sus ladrillos.
–¡Bjornest, despierta! –sonó la voz entrecortada de Golem– ¡Ha ocurrido... algo!
Cuando abrió los ojos descubrió que el castillo no era otro que su compañero, que había sido empujado desde el otro lado de la lanzadera y había ido a caer sobre él. Todo estaba tan patas arriba como en su sueño. Y las cosas seguían empeorando: el suelo empezaba a convertirse en pared, y la pared en techo. Nekonome gritó –su primera demostración de la debilidad humana desde su huida, como recordaría más adelante– tratando de alcanzar el cuerpo de su hija, que había sido despedido en otra dirección.
¿Una colisión? Era la idea más absurda que le vino a la mente, pero la única que explicaba lo sucedido. Imaginó el espacio donde habían sido enhebrados, el intercambiador de galaxias, con decenas de enhebradores en un reducido volumen, procesando ingentes cantidades de tráfico intergaláctico. Podían haber colisionado con otra nave. ¿Por qué no? Que nunca hubiera ocurrido no lo hacía imposible.
–Atención –la voz no era de ninguno de los presentes. Casi se volvió loco antes de averiguar que surgía de un disimulado altavoz–. Lanzadera 341... fuera de control. Regresen a su trayectoria o serán desintegrados para evitar que se conviertan en un peligro para el tráfico. Para ponerse en contacto con la dirección del Intercambiador, utilicen el id número 113...


Ya estaba respondiendo al id antes de darse cuenta de lo que hacía. Mientras trataba de estabilizarse sobre lo que en tiempos había sido el techo, consiguió conectar con un operario:
:: Aquí encargado número 234... puede llamarme Boristvan.
:: ¡No hay tiempo para eso! –gritó Bjornest mentalmente–. !Voy a bordo de la lanzadera accidentada! Necesitamos saber qué ha pasado...
:: Ah, ustedes –las notas emsinácticas de Boristvan venían cargadas de desprecio–. Por favor, redirijan su nave de una vez.
:: No podemos: es automática. Oiga, necesitamos saber qué ha pasado. Si es porque alguien ha chocado contra nosotros...
:: A ver, déjeme un segundo. Vale. Verá, hemos registrado una explosión en un costado de su nave.
Una explosión, repitió mentalmente. De inmediato, sin saber por qué, le vinieron a la mente los dos ancianos que se habían salvado de forma demasiado casual de aquella improbabilidad. También era demasiada casualidad que un espaciopuerto de donde casi nunca partía nadie fueran a coincidir con ellos. Algunas piezas encajaron ominosamente, y Bjornest vio la imagen que formaban: la mano invisible de CIMA. Otras piezas se situaron correctamente en su sitio, como el hecho de que una pareja anciana que ni siquiera llevaba enlace coronal hubiera reunido el dinero suficiente para pagar un pasaje de enhebración, o su facilidad para ponerse el engorroso traje espacial. ¿Formaban parte de CIMA? No, lo más probable era que les hubieran adiestrado.
:: Estoy comprobando –decía Boristvan – que el interfaz inalámbrico de su nave ha resultado dañado. No podemos realizar una rectificación desde aquí –hizo una extraña pausa–. Lo siento mucho –ese hombre acababa de darse cuenta del destino de su interlocutor–. Si lo desea, podemos acabar pronto con su situación...
:: ¡Ni se le ocurra!
:: ¡Pero son un peligro! Dentro de quince minutos interceptarán el tráfico principal. Sé que es duro –se vio obligado a añadir–, bueno, no lo sé. No puedo imaginarlo. Pero si mantienen su rumbo dañarán muchos vehículos. Antes de que eso suceda, deben desaparecer.
:: De acuerdo– transmitió Bjornest–, si somos un peligro, debemos ser destruidos, pero denos un tiempo para hacernos a la idea. ¿Quince minutos?
:: Trece.


Desconectó. Había mucho por hacer y muy poco tiempo.
–Golem, tienes que salir ahí fuera.




III


Golem:
El espacio no es frío, como muchos piensan. De hecho, me estoy quemando. Puede ser porque la explosión calentó el casco, y ahora yo estoy sobre el casco. O puede ser porque aquí, en el vacío, no hay nada para llevarse el calor.
No se ve nada. No es un cielo nocturno como me habría imaginado. Casi no hay estrellas; sólo dos grupitos de luciérnagas arriba y abajo. Imagino que el de arriba es la Vía Láctea, pero no estoy seguro. Lo demás es negro. Estoy de acuerdo con esos ancianos: si el Cero está en algún punto, sin duda es aquí. ¿Estarán por aquí cerca, acechando para rematar su faena?
Debo andarme con cuidado. No confió en esta soga; no creo que sea capaz de sujetarme si me resbalo de la superficie de la lanzadera. Menuda idea, Bjornest, si me estás leyendo el pensamiento.
:: Te lo estoy leyendo. Ahora sigue. ¡Y da más potencia a los faros!

¡Más potencia! ¿Es suficiente así, su Majestad? Veamos. El casco está deformado por aquí. La explosión lo ha hundido todo. Ha sido lo bastante fuerte para atravesar el blindaje y destruir el intercomunicador de la nave. Un poco más de potencia, y estaríamos todos muertos.
:: Sí, es ahí. Métete. Busca alguna entrada de datos.
Bjornest, haya lo que haya, estará carbonizado.
:: Menos pesimismo. Aún tenemos diez minutos para intentarlo.
¡Menos pesimismo, dice!
:: Aplica el soplete ahí. Retira esos escombros. Mejor. Mete el brazo.
¡Ya, ya, deja de agobiarme! Soy yo el que está aguantando la respiración aquí fuera. Me pregunto cuánto podrías aguantarla tú. ¿Y la presión? O, mejor dicho, su ausencia...

Después de retirar unos cuantos kilos de metal, veo algo que está en buen estado. Quizás haya suerte. Bjornest, yo me conecto. El resto depende de ti.
:: Sí, sí. Ya has hecho bastante.
Te retransmito todo lo que consiga conectarse conmigo. Aunque de momento no hay nada. Un momento... sí. Detecto algo...

Lanzadera:
Imposible... ir... enfrente... error... dirección... equivocada... oh... no... pasajeros... mueren... todo... culpa... mía...

Golem:
¡¿Qué?!
:: Déjamelo a mí.
Pero ¿qué piensas hacer? Mira, Bjornest, hemos llevado muy lejos este plan... creo que hasta su límite. No hay nada que hacer. La lanzadera está majara. Ahora, déjame volver y poner en práctica mi plan. Te aseguro que, con la técnica adecuada, la extracción del cerebro es muy poco dolorosa.
:: ¡Hoy no me sacarás el cerebro, amigo!
¡Pero vuestros cuerpos son demasiado grandes para transportarlos en mi compartimento sellado! Los cerebros, en cambio...
:: No te desconectes aún de la lanzadera. Quiero probar una cosa...

Bjornest:
¡Piensa, piensa! No todo es dar confianza y seguridad. A veces también hay que respaldar esa imagen con acciones. Mi mirada se desvía al reloj: ¡quedan cinco minutos! Podría dormir al tal Boristvan y evitar así que nos bombardee... No, otro ocuparía su puesto. ¿Podría dormirlos a todos? Sí, podría, pero eso no cambiaría nada. Puedo dormirlos, pero el flujo de naves seguirá su camino y acabaremos chocando y muriendo...
¡Maldita sea! Lo único que se me ocurre es dormirme yo y así eludir esta responsabilidad. Es la salida fácil... qué agradable sería si todo fuera tan fácil como eso...
Calma. Golem espera una respuesta. Calma... ¿Zanta? No, para esto necesito pratibha.

Luz. Llamaradas húmedas que lamen el color negro. ¿Hielo? ¿Es hielo lo que veo? No, cristal. Cristal que brota de la profundidad en espirales saladas. Se funden en un relieve montañoso. La lanzadera y su cerebro amputado nadando sobre una frase: "Si no puedes vencerle únete a él".

¡Ahí está! ¡Lo tengo! Tan claro que no sé cómo pude no verlo.

***


Era imposible saber qué pasaba por la cabeza a Nekonome. Fuera lo que fuera, encerrado en aquella ominosa máscara jamás saldría a la luz, convirtiéndola a ella en un fantoche, poco menos que un monigote impersonal que más que estar presente, simplemente estaba. Y sin embargo el espantajo hablaba, opinaba, reía... su risa sonaba a campanas cuando la nave recuperó al fin su rumbo.
–¿Cómo lo has hecho?

Futura se le abrazó. Fue un gesto ingénuo, lleno de afecto y sinceridad, sin duda inspirado por la reacción de su madre. Pero fue precioso. Si no fuera por su máscara, si hubiera sido una niña normal, Bjornest hubiera querido adoptarla.
–¿Cómo lo has hecho?

Boristvan se despidió de ellos calurosamente. Estaba contento de no entrar en la historia, en el episodio que narraría el primer accidente de enhebración. Había llamado a toda la sección, y desde el puesto de mando estuvieron apoyándoles todo el rato, o al menos eso aseguró. Ahora seguiría en su puesto, y al día siguiente todo regresaría a la normalidad; al menos había ganado una bonita anécdota que contar a sus nietos.
–Pero, ¿cómo lo has hecho?

Cuando Golem regresó por la escotilla, ocho horas después, estaba irreconocible. Por no asustar a Futura se tapaba la cara con las enormes manos, pero eso no era suficiente para ocultar el estropicio que el vacío y la radiación habían causado en sus tejidos orgánicos. Del brazo izquierdo todavía le sobresalía el interfaz eléctrico con el que se había conectado a la mente de la nave. De las personas implicadas, él era el que más cerca había estado de la solución de Bjornest; de hecho, había sido el transmisor de dicha solución. Por eso su pregunta fue un poco diferente de las otras. Su boca había quedado inservible, de modo que tuvo que recurrir a su modulador artificial para preguntar:
–En serio, ¿qué has hecho?

A Bjornest no le gustaba ser el centro de atención. Si tal fuera el caso no habría decidido convertirse en un discreto agente de la Inteligencia. Por eso, tantas preguntas sobre su método le dejaban exhausto, casi tanto como cuando buscaba la propia solución. Respondió a todas con evasivas. Así, Boristvan nunca sabría nada, y Futura y Nekonome sólo podrían saber que, durante ocho agónicas horas, su cuerpo estuvo inerte en la nave. Sólo Golem estaba cerca de saber qué ocurrió, pero nunca diría nada.

Fue en ese momento de relajación, ya órbita descendente sobre Magna ORIGEN, después de dos enhebraciones y atravesar una galaxia, cuando pudo ordenar mentalmente los hechos.

Recordó entrar en pratibha y ocurrírsele una idea. No una idea, sino "la Idea". Supo de inmediato que era ciencia prohibida, pero lo supo sólo a un nivel preconsciente. En su verdadero nivel superior, varias capas por encima de lo que se denomina "consciencia", sólo valoraba las posibilidades extraordinarias que podría desarrollar con ella.
Como todos los saltos, primero tuvo que tantear el terreno, y su enlace coronal era lo más próximo que tenía. Manipuló como acababa de imaginar sus corrientes neuronales. Su memoria se difuminó en ese punto, justo cuando lo hizo. Sin embargo, entonces debió de parecerle buena idea, pese al fracaso.
Su forma, de algún modo vista en tercera persona, se materializó en sus recuerdos. Cómo perdió aparentemente la consciencia; cómo cayó al suelo y se magulló el brazo izquierdo. El susto que se debieron de llevar Futura y Nekonome, a sólo treinta segundos para la desintegración.

Un escalofrío le recorrió la columna cuando pensó en el espacio negro. Agradable, sin fricción ni fuerzas que le encadenasen. En comparación con la gracilidad de una lanzadera, su cuerpo le pareció torpe y desgarbado. Recordó haber hecho jurar a Golem que no cortaría la comunicación en ningún momento, pasara lo que pasara, y la inquietud del gigante. A continuación inició las manipulaciones que acababa de investigar. Recordó morir.
Y renacer en otro mundo. Un mundo negro, con dos luces difuminadas en extremos opuestos. Un mundo vacío, ansioso de él. Extendió los brazos; pero no tenía brazos. Tenía alas. Tenía cohetes. Y los usó. Dio una vuelta completa sobre sí mismo y, después, otra vuelta sólo de exhibición, con un aire vanidoso y alegre.
Y surcó el espacio. Conoció consciencias extrañas de base tres en los enhebradores. Silenciosas, laboriosas, ajenas a las complicaciones y nimiedades del mundo humano, prestaban toda su atención a algo que él sólo logró intuir, pero que era mucho más grande e importante que todo lo que creía posible.
Por dos veces atravesó una rasgadura en el espacio hecha exclusivamente para él. En ambas ocasiones fue sólo mínimamente consciente de que en su interior aguardaban dos seres humanos, y que una entidad a la que había llamado Golem en otra vida se debatía amarrado a su costado. La última cosa que recordó fue una presencia abrumadora, inextinguible y tan profunda como el negro espacio.
:: Has hecho muy bien. Ahora, vuelve. Descansa, y trata de olvidar lo que has hecho, lo que has visto y lo que has sentido. Yo me ocuparé del resto.

Al volver en sí, dentro de la cabina de la lanzadera, quiso obedecer a aquella voz. Supo que sería muy difícil vivir de nuevo en el mundo humano guardando el recuerdo de lo que había hecho. Quizás todo el viaje no sería más que una anécdota para los demás, pero para él resultó en una desgarradora experiencia que laminó su propia consciencia y, por ocho horas, él fue la lanzadera.

Los otros tres le trataron con una incómoda reverencia durante el descenso. En silencio, le dirigían miradas furtivas. “¿De qué se habla con un héroe?” pensaría Futura. Nekonome, por su parte, perdió durante un instante el férreo control de sí misma y rió. De algún modo esto alivió a Bjornest; saber que ella todavía podía reír.
Después de varios movimientos extraños y sacudidas violentas, el panel de comunicación se iluminó con la frase:

Hemos llegado a Lee Jurídica.
Esperamos que hayan disfrutado del viaje.


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LDAB

"Lo que hagas será tan bueno como la pasión que le pongas"- M. Ageof

This post has been edited 5 times, last edit by "Master Ageof" (Mar 26th 2012, 1:13am)


Lómeron

Nave de Batalla

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43

Monday, March 19th 2012, 4:08pm

–¿Cuándo sale el transbordador?– Futura no dejaba de parlotear aquél día. Era su primera enhebración.
Apunte ortográfico: ese "aquel" no es pronombre, no debe llevar acento.

Me he leído las tres partes del capítulo cuarto del tirón y la novela sigue manteniendo el interés (o más bien va aumentando). Me encantan los neologismos que has creado "zanta", "percep", "enlace coronal", el "Dominio". La mayor parte son autoexplicativos.
Vaya con Golem, es una caja de sorpresas. Y vaya con Bjornest/Orsean, es un fiera el tío. Está interesante, sí. ¿Por qué CIMA se tomó tantas molestias para cargárselos, si es que fue CIMA? ¿Por qué no hicieron estallar la bomba DENTRO?
Otra cuestión general: creo que la historia necesita de un oponente. Tal vez ese sea CIMA, aunque yo personalmente creo que el "malo-malón" es el primer ministro. El tiempo lo dirá.

Continúa por favor, estoy muy intrigado. La novela es buenísima.


Mole11

Cazador Pesado

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44

Tuesday, March 20th 2012, 7:47pm

Volver de fallas y ver que esto sigue avanzando se agradece, me he leido lo que me quedaba del tiron y he de decir que va mejorando por momentos. El ultimo capitulo es muy muy bueno.

Master Ageof

Bombardero

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45

Thursday, March 22nd 2012, 8:28pm

Gracias por pasaros. Si indicáis una falta y luego no veis que la haya corregido es porque las corrijo en el original, por no estar editando.

La historia "gorda" está a punto de empezar. No dejéis de leer lo que venga (de trozo en trozo, de capítulo en capítulo o como quiera que lo hagáis). Me gustaría saber más o menos cuánta gente está siguiendo la historia. Así que si eres lector, pero nunca has encontrado ocasión de decir algo en este hilo, o simplemente no te ha parecido necesario hacerlo, me gustaría que ahora te loguearas y escribieras un post, aunque sea para decir que la sigues y te gusta (críticas más extensas son igualmente bien recibidas), o que no te gusta pero la sigues.
LDAB

"Lo que hagas será tan bueno como la pasión que le pongas"- M. Ageof

Wind_Master

Nave de Batalla

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46

Sunday, March 25th 2012, 1:59pm

Ardo en deseos de leer esa "historia gorda", Master.

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47

Sunday, March 25th 2012, 3:11pm

Yo también estoy siguiendo la historia, aunque voy retrasado, pero cuando acabe exámenes me pondré al día. Lo digo porque acabo de ver que estás interesado en ver quién la sigue y es por dejar constancia xD.

¡Sigue en cuanto puedas que por lo que llevo pinta genial!

Master Ageof

Bombardero

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48

Monday, March 26th 2012, 1:11am

Muchas gracias, de nuevo. Yo seguiré posteando mientras quede un lector en pie.

Capítulo 5º:
El Centro del Universo


Lo que eleva verdaderamente al Dominio sobre las civilizaciones anteriores es su audacia: audacia para encerrar a todos sus líderes en un solo planeta. Si tan sólo hubiéramos tirado la llave...
Hami Yekses, novelista acusado de traición. 712 e. D. Orbe Nula


I


–Sí, yo soy ORIGEN.

Era lo que habría gritado el planeta si pudiera hablar, como si la comparación con otro le pareciera humillante y se propusiera demostrar su identidad saturando el aire con los aromas de sus flores experimentales. Aquél era ORIGEN: la cordillera que se divisaba a lo lejos teñida de azul no eran sino las cúpulas de la Ciudad Imperial.

A la salida del espaciopuerto, por todo comité de recepción aguardaban dos agentes de la P-0 junto a un moderno aerodeslizador –“Otro vehículo automático”, pensó Bjornest, irritado–. Uno de los agentes se adelantó para estrecharle calurosamente la mano.
–Bienvenidos a Magna ORIGEN –formuló. Luego, en voz confidente–. Enhorabuena por la maniobra.
–Tenemos orden de escoltarles al Palacio de la Ciencia –expuso el otro–. Debo informarles de que, mientras permanezcan en el planeta, cada uno de ustedes quedará bajo nuestra estricta custodia. No se admitirán excepciones –echó una ojeada a Futura, y añadió–. Mandaré venir a una agente para encargarse de la niña –después escrutó a Golem, que trataba de ocultar el rostro con las manos, y le tendió una máscara. Explicó–. Hemos sido informados del incidente, y tenemos listo un recambio en la ciudad.

La máscara, si bien de un diseño completamente distinto, daba a Golem un aspecto siniestro comparable al de Nekonome o su hija.
Subidos en el vehículo con los ojos de los agentes puestos encima, parecía que estuvieran detenidos. Volvían a sentirse tan atrapados como en la lanzadera. Durante el trayecto quedaron sumidos en lo que parecía un silencio incómodo pero que, a un nivel emsináptico, no era sino la más estridente algarabía.

:: Quizás te moleste oír esto –comunicó Golem, siempre diplomático–. Llevo mucho tiempo queriendo decírtelo en privado, pero ya no creo que encuentre la ocasión, así que ahí va. ¿Has considerado la posibilidad de ser padre?
–El espaciopuerto estaba totalmente vacío –pronunció el gigante, dirigiéndose a uno de los custodios–. ¿Sucede algo anormal?
:: ¿A qué te refieres? –mintió Bjornest. Sabía perfectamente qué quería decir su amigo.
–Se ha declarado el Estado de Sitio en el planeta –respondió el policía–, por razones que no tengo autorización para aclarar.
:: ¡Por Cero! ¡Futura tiene diez años y es la hija de Alice! ¿Necesitas que te haga un esquema? ¿Quién es su padre? ¡Diez años!
–El acceso a la Malla también está cortado... –continuó su conversación con el agente–. Debe de tratarse de algo gordo.
:: La posibilidad es remota... –se escabulló.
–Lo siento mucho –le contestó aquél–, pero no tenemos autorización para revelar nada.

Pensó de nuevo en aquellas máscaras, más opacas de lo que podría ser un cuerpo físico. No sólo detenían la luz; también las sensaciones, el afecto, cualquier atisbo de reconocimiento o el menor rastro del recuerdo.
No era ningún ingenuo, ni se hacía falsas esperanzas. Como agente anti-CIMA se había enfrentado en numerosas ocasiones a máscaras parecidas, y había tenido la oportunidad de ver lo que escondían. Cada vez sentía como si mirase directamente al inframundo y trajera un pedazo del mismo infierno. Y, como pago por observar ese mundo antinatural, moría un poco por dentro.
Entendía que el compromiso con la organización terrorista debía sellarse con algo más íntimo que la sangre. Así pues, mientras buscaban una manifestación física del alma que poder encadenar, el sello no podía ser otra cosa que el genoma en sí.

Echó un vistazo hacia los asientos traseros, y dos máscaras atraparon su mirada. Lo que le asustaba era lo que le miraba desde dentro. Alice había muerto, se repitió. Así era mucho más fácil.

:: Hace casi un día que no me hablas –no era Golem quien se comunicaba ahora. La emsinápsis correspondía a Nekonome–. ¿Tanto te repugno?
–¿Y dónde nos alojaremos? –se atrevió a preguntar ella al mismo agente.
:: Tú tampoco me has dicho nada desde que salimos de la fanzui –respondió.
–El Hotel Imperial acoge a todos los invitados –contestó el interpelado–, pero les recuerdo que no están aquí para hacer turismo. Siempre habrá al menos un agente de la P-0 custodiándoles.
:: ¡No seas infantil! –sonaba herida–. Sé lo que piensas. Mejor aún, sé lo que sientes. Lo veo en tus ojos. ¿Por que no te atreves a ponerle nombre a ese sentimiento que te está devorando?
–Mientras vamos para allá, les recuerdo que los derechos civiles están prorrogados– continuó el policía–. Ahora debo enumerar las obligaciones de su nueva condición –no sonaba muy contento con su misión–. Primera: deben identificarse ante cualquier miembro de la P-0 que se lo exija.
:: Si lo hiciera, le estaría dando una importancia que no tiene...
–Segunda: El toque de queda está establecido a las 32:00.
:: ¿En serio ya no significo nada para ti? –su hilo de pensamiento se percibía afectado, pero ¿acaso era un sentimiento sincero? No podía creerlo.
–Tercera... –siguió enumerando obligaciones, pero nadie en el vehículo le prestaba ya atención.

Bjornest cortó la comunicación. Se maldijo por su brusquedad, pero no quería tratar ciertos temas en el vehículo. Y otros temas no quería tratarlos en ningún sitio. Tras él, la mujer se estremeció como si le hubieran asestado un martillazo: el fin de la conexión había sido más rotundo que cualquier respuesta.
–¿Se supone que estamos bajo arresto? –Golem parecía enojado y, como eso le hacía parecer más grande, pronto comenzó a faltar el aire.
–Son las normas bajo Estado de Sitio –explicó el agente.
–¿Quién nos ataca? –preguntó, socarrón. Los policías callaron fragorosamente.

Durante el resto del viaje Bjornest se dedicó a consultar el percep del que el Primer Ministro le había hablado.

Futura ponía toda su atención en el paisaje, que había transformado el verde en oro y los árboles en torres. Estaba inquieta y cansada, especialmente por haber llevado la máscara tanto tiempo seguido. En la fanzui –o, mejor dicho, la vieja fanzui, como tendría que pensar en ella a partir de ese momento–, era libre de quitársela en el ala de CIMA, donde sólo su madre y los compañeros de ésta podían verla.
Les echó de menos: su rostro no importaba para ellos. Sabía que no volvería a verles, pues habían muerto. ¡Muerto! La idea no era nueva para ella; la había degustado en escasas ocasiones en el Coliseo; pero descubrió que, referida a gente muy cercana, cobraba un significado terrible. Habría querido hablar con su madre de ello pero no lo haría delante de esos dos desconocidos, pese a saber que uno de ellos guardaba una extraña relación con Nekonome.

Después de atravesar el distrito de los Cien Galaxares y de la Gran Datateca, el vehículo se detuvo a las puertas de lo que parecía una gran muralla, y que sólo en la distancia se mostraba con su auténtica forma de edificio.
Uno de los policías se apeó e indicó a Bjornest y a Golem que bajaran con él. Luego, el aerodeslizador se alejó con los otros en su interior.

Por los pasillos pululaban docenas de funcionarios en un estado de estrés colectivo e inusitada desorganización. El caos no sería mayor si la ciudad estuviera sitiada y llovieran bombas desde la estratosfera, como en tiempos antiguos. A Bjornest le recordaron a abejas asediadas, y se preguntó quiénes serían las avispas. Entre la tensión reinante la máscara de Golem no llegaba a llamar la atención.

El policía les condujo por un laberinto de corredores y patios a los que ninguno de los dos prestó especial atención, acusando ya las excesivas horas de vigilia. Llegaron a una sala decorada con dibujos de protozoos y bacterias, inconfundiblemente interpretados por la mente abstracta de un delfín, y esperaron a que un secretario les hiciera pasar al despacho principal.

Al entrar, un individuo elegantemente ataviado de negro gubernamental, con la barbilla proyectada levemente hacia delante, les saludó desde unos ojos brillantes y llenos de confianza. Mientras, el policía ocupó su lugar en el exterior del despacho.
–Bjornest Ion y Golem 5 –hizo como si les reconociera, si bien sencillamente acababa de acceder a la información vía Malla–, los agentes más galardonados del grupo anti-CIMA... es todo un honor.
–Kalr Blackstar –contestó Bjornest. Él también sabía acceder a la Malla–, ministro de Ciencia. El honor es nuestro.
–Os ruego que disculpéis la lamentable recepción. Todo es por causa del Estado de Sitio... ¿Podéis creerlo? ¡Estado de sitio aquí! ¡En Magna ORIGEN! Yo mismo me opuse vehementemente a una medida tan radical. Me congratulo de haber demostrado en tiempos que toda situación puede resolverse dentro del marco general del derecho. Pero esos tipos de la P-0 tienen demasiada influencia.
«Aún así, no querría que os perdiérais en detalles que no os atañen. Al fin y al cabo es la P-0 la que tiene que resolver los problemas locales... si es que me atreviese a insinuar que lo que suceda en ORIGEN puede ser considerado “local”. Yo he acuñado el término «glocal”, que representa de forma idónea lo que significa ORIGEN en el ámbito del Dominio. Podéis usarlo.
–Ese tipo de la P-0 no ha sido muy locuaz –Golem se había quedado de pie por miedo a romper la antigüedad que le habían ofrecido como asiento–. ¿A qué se debe toda esta alarma?
–Se trata de un secreto de Estado. Pero, dado que trato con agentes secretos del Estado, yo creo... no, ¡considero!... que es aceptable que os lo transmita. Al fin y al cabo, ¡soy la mitad de vuestro director! Eso si queréis entender que la segunda mitad es el Primer Ministro.
«Fue precisamente él quien, si me permitís ir al grano, descubrió tan recientemente como ayer que nuestros palacios estaban infestados de micrófonos. ¿Quién iba a decirlo? Bueno, a decir verdad, yo estaba preparado para una eventualidad semejante, si bien debo reconocer que no me esperaba la tosquedad del procedimiento. Una vez más, sobrestimé a los enemigos del Dominio.
«Pero no dejéis que los micrófonos os impidan ver al espía. Este asunto pertenece a la P-0, que ya ha retirado todos los micrófonos de los palacios y está llevando a cabo una, por otra parte, lamentable investigación. Es una lástima que mis habilidades se requieran más perentoriamente al mando de este ministerio pues, en caso contrario, yo mismo podría hacerme cargo de este caso con mejor desempeño.

Bjornest se contuvo para preguntar lo que sucedería si el espía pertenecía a la P-0. Kalr no era la persona correcta a la que cuestionar.
–El Primer Ministro mencionó el registro de Alíichi –abrevió Bjornest–. Me conminó a acudir inmediatamente por ese asunto –se mordió la lengua: empezaba a expresarse como el ministro.
–Oh –Blackstar no disimuló una sonrisa despectiva–, ese caso. Una burda manipulación. Lo supe en el mismo instante de consultarlo.

Golem se sintió furioso. ¿Les habían arrancado desde lo más profundo de Magallanes e invocado a ese rincón inubicable de la Vía Láctea para darles con la puerta en las narices? ¡Se había pasado ocho reteniendo la respiración, agarrado al casco de una lanzadera con una mísera cuerda como único elemento de seguridad y perdido la cara por nada! Al considerar todas las probabilidades de haber muerto en el espacio se habría puesto rojo de tener sangre en las venas.
Y la culpa no podía ser de otro que de Bjornest y su sueño, que había resultado más onírico que profético. Todavía estaba midiendo la intensidad adecuada para su respuesta cuando el ministro prosiguió:
–Eso es lo que diría quien no se tomase la debida molestia para estudiarlo. En el fondo, yo considero que se trata del problema del milenio. ¡Oís bien, del milenio! ¿Y por qué lo categorizo como tal? Oh, es un tema fascinante: da respuesta a la política de expansión irrefrenable y demuestra que la doctrina de Alejandro II era acertada. Tal y como lo digo, señores: nos enfrentamos a unos alienígenas.
«Pero no os asustéis. Mi ministerio, con mi humilde persona a la cabeza, dedicará toda su capacidad a entablar relaciones amistosas con esas extrañas criaturas llenas de tentáculos y de ojos inhumanos. ¡Es nuestro ámbito de acción natural! –al llegar a ese punto, se detuvo y situó una mano tras la oreja– ¿Podéis oírlo? –los dos agentes escucharon sin oír nada–. Es ese Voennyevitch construyendo una nueva flota, tratando de generar su conflicto armado y cumplir su sueño de pasar a la historia militar. ¡No debemos permitirlo! ¿Y ese otro sonido? Los procesadores de Laureada, intentando dar una absurda definición legal a lo que todavía no tiene una definición biológica.
«Recordadlo y comunicadlo así cuando os pregunten: el ministerio de Ciencia es el único con derecho a investigar alienígenas.
«Hemos reunido en ORIGEN a los mejores agentes anti-CIMA del Dominio con ese propósito. Esta tarde, yo presentaré el estado del caso ante todos vosotros en el Salón de Exposiciones. Mi secretario os indicará cómo llegar.
«Y no os olvidéis de venir con Nekonome. Aunque el hecho de que la hayáis traído con vosotros al planeta parezca casual, quienes trabajamos con Abduliván sabemos que la casualidad no existe. Necesitamos a una experta en genética que tenga conocimientos más allá de la legalidad. A todos los efectos, podemos considerarla rehabilitada en el cuerpo anti-CIMA y exonerada de todos los cargos... diga lo que diga la ministra de Justicia.

A las más de veinte horas sin dormir se le sumaba el efecto soporífero de la charla de Kalr, y Bjornest todavía necesitaba mantener la vigilia hasta escuchar la presentación, que no tenía mejores perspectivas. Sólo la práctica de drishti de nivel beta le permitía mantener los ojos abiertos y la mente lo bastante despejada para tratar de escapar del despacho con un mínimo de elegancia:
–Muy bien. Entonces, iré al Palacio de Gobierno, a presentarme ante “la otra mitad de mi director”, el Primer Ministro. Un placer...
–Ah, sí, el Primer Ministro –repitió Kalr con un deje de fastidio–. Permite que yo te ahorre esa incomodidad. Abduliván no se encuentra en el Palacio de Gobierno. De hecho, no se le encuentra en ningún lugar desde hacer unas –consultó su reloj– diez horas. Precisamente, frente a mí se encuentra la última persona con la que entabló comunicación.


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Friday, March 30th 2012, 9:52pm

Tengo pendiente una actualización de este hilo pues hace meses que no leo profundamente. la cosa promete así que le pienso dedicar horas estas vacaciones. Espero que pronto podamos disfrutar de otro capítulo y prometo dejar algún comentario.

Los tiempos pasan... pero mis letras son eternas.


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Saturday, March 31st 2012, 6:51pm

Queridos lectores, lamento informar de que esta semana no habrá entrega 5/II. Asuntos ajenos a mi control me han impedido seguir trabajando en la historia hasta este punto. La buena noticia es que quienes lean capítulos enteros no notarán nada, ya que (con suerte) intentaré tener las entregas 5/II y 5/III a la vez para el domingo 8.
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Mole11

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Tuesday, April 3rd 2012, 6:24pm

Y esperaremos con interes que ocurra.

Nada malo que destacar por ahora, decir que el capitulo esta muy bien y poco a poco se van uniendo piezas, algo que se agradece. La escena del vehiculo con dos lineas de dialogo es muy buena, me ha gustado mucho, es original y muy bien redactada.

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Monday, April 9th 2012, 1:13am

II

Con más de dos metros y medio de alto, la fortaleza de un rinoceronte y aquella máscara ocultando sus rasgos demacrados por el vacío del espacio, Golem parecía más que nunca lo que realmente era. Se ocultaba en un rincón pero, de algún modo, sentía como si estuviese en el centro de la sala, elevado sobre una tarima y con los ojos de todos los agentes desentrañando los misterios de su inquietante figura.

–¿Golem? ¡Golem! ¡Es Golem!

De algún modo, dejó que le rodeasen. Le miraban como si se tratara de una bestia en un zoológico, aterrados por su apariencia pero con esa extraña seguridad que dan los barrotes. ¿Les mordería? No, pensaban. Estaba amaestrado. ¿Nunca dejaría de ser una fiera de circo?
–¡Golem! ¿Golem?

¡Y pensar que eran agentes del Dominio! Personal anti-CIMA, de su misma agencia.
–¿Qué? –Golem entendió que llevaba un rato preguntando, respondiendo a su nombre–. Sí, soy yo. Soy uno de vosotros.

Algunos no pudieron evitar una sonrisa sardónica. “¡Acercad las manos a la jaula! Dicen que no muerdo”.
:: Golem.

La voz no venía de la sala. Salía de su mente, de su enlace coronal. ¿Sería Bjornest? Imposible. Le había visto salir de la sala hacía casi una hora en dirección al hotel; traería a Nekonome a indicación del ministro. Golem sólo esperaba que no la forzase. Notaba una tensión creciente entre ambos, como si lo que habían compartido hacía tanto tiempo se hubiera trastornado y vuelto del revés. Bjornest había salido y la Malla estaba neutralizada; le hablaban desde dentro de la sala, desde tan cerca que pudiera establecerse comunicación directa.

:: Soy yo –repitió a su interlocutor, ignorando a las personas a su alrededor.
:: Hace mucho tiempo que no te veía... –el gigante buscó por la sala con la mirada, inquieto, hasta localizarla.
–... ¿has crecido? –terminó de decir ella con una sonrisa afable, carente de toda malicia.
–¿Primera?

Una fuerza atrapó a los curiosos que le rodeaban. Dieron la vuelta y se quedaron embelesados. Con un movimiento de la mano, ella les hizo apartarse cual simples peones. Como muchachos imberbes que no hubieran visto una mujer en su vida, quedaron mudos de asombro al respirar su presencia.

–¿Qué le ha pasado a tu rostro? –preguntó Primera, con un deje de disgusto.
–...el vacío –dijo él–. Ya te habrán informado.
–No conocía los detalles –se quejó.

Al ver juntas dos figuras tan antagónicas, no faltó quien susurró “la bella y la bestia” a sus espaldas.
–¿Qué haces aquí? –preguntó Golem–. Creía que trabajabas en Magna Científica.
Ella mudó el gesto.
–Algo está pasando –murmuró, tomándole del brazo para llevarle a un sitio más apartado–. Los ministros sospechan que las grandes IAs ocultan algo. Arconte se niega a trabajar, Kaiser quiere despegar de nuevo y Omega ha empezado a preguntar por su propia existencia –desde el balcón se distinguía la brillante ciudad, hasta si mismo límite marcado por la muralla del Jardín Imperial–. Al venir aquí –bajó aún más la voz– también he notado algo: los enhebradores están inquietos.
–¿Qué puede significar eso?
Primera sonrió.
–No creo que tenga un significado. No como nosotros lo entendemos, quiero decir.
Se quedaron en silencio, contemplando el lago de luciérnagas en que se había convertido la ciudad al ocultarse el sol. Golem había puesto su mano sobre la de Primera en la baranda. No se dio cuenta; la mayoría de sus receptores táctiles habían muerto en el espacio.
–¿Tu compañero, Bjornest? –Primera miraba, encandilada, las luces de la ciudad.
En uno de los niveles inferiores del edificio pudieron distinguir una gran forma arácnida trepando por la fachada. Detrás, le colgaba lo que parecía un hilo de seda.
–Ha salido a buscar a... a Alice –respondió Golem, sin dejar de mirar a la criatura–. El ministro requirió su presencia para la conferencia... o lo que sea que quiera presentar.
–¿Alíichi? –inquirió ella, sabiendo que daba en el clavo.
–Conozco el percep –asintió.

Se quedaron en silencio, sin saber cómo continuar. Golem observó entonces su mano sobre la de Primera y la apartó con un gesto asustado.
–¿Me tienes miedo? –rió Primera.
–No... no... –titubeó el gigante. ¿Tenía miedo? Estaría temblando de residir en su verdadero cuerpo. Sí, estaba aterrado. De él. De su fuerza. De hacerle daño a ella–. Eh... quizás tú puedas explicarme qué hizo él con la lanzadera. Creo que es tu especialidad.
–¿De verdad quieres que hablemos de eso? –parecía molesta, aunque Golem no entendió por qué–. Oh, está bien. Bornest sustituyó la mente de la lanzadera por la suya propia. No es que sea algo imposible, aunque es la primera vez que oigo que se haya hecho con una nave. Traslación de consciencia. La técnica se inventó para aparatos sin mente, no con una mente dañada. Los efectos que podría sufrir el usuario humano pueden ser terribles. Conseguirlo y salir indemne es algo que sólo alguien como él podría hacer...
–Él... o tú, ¿verdad?

Había reproche en los ojos de Primera cuando se volvió hacia él. La conversación se había terminado. Golem sabía que había tocado una dolorosa llaga, pero le atribulaba no saber cuál.
La insólita figura arácnida, que había desaparecido brevemente, eligió ese momento para asomarse por la barandilla, por el lado de fuera. Se les quedó mirando con sus ocho lentes hasta que exclamó:
–¡Controlad vuestras palabras! Atadlas muy corto, pues no sabéis hasta dónde son capaces de volar ni en los oídos de quién se atreverán a entrar.
–Quizás tú seas el espía –bromeó Primera–. Al fin y al cabo, te nos has acercado furtivamente. ¡Y no te has perdido una palabra!

Golem le apuntó uno de sus faros para verlo bien. Se trataba de un artefacto mecánico, del tamaño de su ser humano común, que imitaba de forma bastante creativa la anatomía de una araña.
–¿Qué...?
–Deja que te presente a Lucasiano... –introdujo ella. La criatura mecánica se inclinó precariamente en la barandilla, como si hiciera una reverencia. Primera explicó–...la IA del ministerio de Ciencia.
–En realidad, sólo soy una parte de Lucasiano –alegó la araña–. En cualquier caso, estoy encantado.
–¿Y cómo te comunicas con el resto de ti? –quiso saber el enmascarado.
La araña señaló lo que antes había parecido un hilo de seda saliendo del extremo de su abdomen. Se trataba, a la luz de los faros de Golem, de un cable que bien podría conectar el robot artrópodo con un centro de procesamiento en alguna parte del edificio. El extraño artefacto no era sino una prolongación física de la mente ministerial, como una mano u otra extremidad.
–He sido informado de lo sucedido –dijo, señalando con una de las patas la máscara de Golem–. Soy consciente de que los humanos os sentís muy apegados a vuestros rostros, de modo que he mandado fabricarte un repuesto. Te lo instalarán en el área Q-10 tan pronto como acudas allí –se dirigió a Primera–. Por cierto, todavía no te he dado las gracias como mereces por construirlo –dijo a Primera.
–No me des las gracias. Yo he salido ganando con el trato: tú te limitas a usarlo, pero he sido yo la que lo ha creado.
–En realidad, no he venido únicamente para agradecértelo. Debo alertaros: todo lo que dirá Kalr Blackstar ahí dentro, durante su exposición, es mentira.
Pegó un salto hacia atrás y desapareció. Cuando Golem llegó a asomarse, apenas lo distinguió como un puntito descendiendo por los niveles inferiores del edificio. Miró a Primera esperando encontrar la misma sorpresa en sus ojos.
–¿Qué ha querido decir?
Ella se encogió de hombros. No parecía que la cosa le importara.




III

Un pequeño dragón cruzó, desconsiderado, el campo visual de Bjornest. Se abofeteó. ¡Soñar con dragones! ¡A su edad! Si bien, no lo había soñado por completo; el semi-sueño era el único truco para mantener activas sus funciones intelectuales después de tantas horas de vigilia y frenesí. Todavía tenía que traer a Nekonome y aguantar durante la presentación del ministro y las posteriores órdenes. Después, probablemente debería abandonar el planeta para dirigirse a su primer destino, lo que implicaba cuatro horas en el espaciopuerto antes de poder dormir en una nave. Y no sabía si conseguiría dormir en otra lanzadera en lo que le quedaba de vida.

Al llegar al hotel, se apeó del estúpido robot de transporte que se había equivocado tres veces de dirección, y tomó el ascensor envuelto en la nube difusa de sensaciones casi oníricas. Al ir a pulsar el botón del piso número 131 notó una presencia perturbadora cerca de él. Dio media vuelta y vio a Alice.
–¿Tú?
“¡Piensa!”, se gritó. Era Alice, su Alice. Sin máscara; con el rostro humano de hacía diez años y la sonrisa de hacía quince. Era Alice, no el monstruo que la había devorado, Nekonome.
–Eres un sueño –dijo, deprimido.
:: Un semi-sueño –corrigió ella–. ¿Significa eso que tienes un semi-sueño lúcido?
–Todos los semi-sueños son lúcidos...
Alice sonrió. Estaba en todas partes, notó Bjornest. Allí donde posase su mirada, se encontraba ella, riéndose de las leyes del espacio.
–¿Qué haces aquí? –inquirió él.

El ascensor traqueteó como un antiguo tren. Bjornest descubrió que si alguien entraba y le veía hablando solo, daría una imagen preocupante, de modo que bajó un escalón al reino de los pensamientos.
:: ¿Por qué todo el mundo se cree con derecho a entrar en mis sueños? –se dijo más a sí mismo que a ella.
:: Yo no he entrado, querido –dijo ella.
:: ¡Ah, pero sí saliste! ¿Recuerdas?
“Elegiste salir de la agencia”.
“Elegiste salir de mi vida”.
“¿Y ahora entras en mi sueño?”.
:: ¡No te quiero aquí! –pensó él–. He tenido que aprender a vivir sin ti; a encontrar una razón para los días sin ti. He renunciado a tu color, a tu compañía; a tu recuerdo. Alice, has muerto. ¡Tú misma te has matado! No quiero... pensar en ti.
:: Entonces –respondió ella, con una duda sincera–, ¿por qué has decidido semi-soñar conmigo?

La inercia del ascensor al detenerse en su piso sacó a Bjornest de su casi ensoñación. ¿Por qué pensaba en ella si no quería? Si el sueño era lúcido, ¿por qué lo había llenado de ella?
:: ¿No lo entiendes? Ya soy parte de ti –Iba un paso por delante de él.
:: ¡No eres la verdadera Alice! –recriminó–. Eres un producto de mi mente... eso y la falta de sueño. Y de encontrarme contigo... o con Nekonome, o quien quiera que seas. ¡Hacía diez años!
:: Diez años y no perdiste tiempo en pedir la misión para rescatarme.

La puerta de la suite cedió a su presión. El espacio común estaba vacío y silencioso, clamando la ausencia de algo. Salvo por el sonido de la corriente de agua que percibía en el aseo, supo que no había nadie más allí. Ligeramente cohibido, accedió a la habitación e inspeccionó la estancia con la mirada. Encontró una extraña sorpresa sobre la cama: una máscara.

–¿Nekonome? –gritó, esperando que ella le oyese pese al ruido del agua.
Tembló. Su imaginación puso a la mujer tras la puerta del aseo, sólo que, en su mente, se trataba de Alice. La Alice de diez años atrás.
Retrocedió un paso. Sabía cuál era la realidad. Sin su máscara, Nekonome estaba vulnerable a sus ojos; y él a su rostro. Bjornest ya había visto el pequeño pedazo de infierno que ocultaban las máscaras de CIMA. Conocía y aborrecía aquella práctica de auto-mutilación genética que se imponían sus miembros, la marca que les identificaba y les encadenaba a la organización. Aquella máscara era sinónimo de abominación.
Y esa abominación se encontraba a unos pasos, bañada por agua pura. ¿No le había oído?
:: No puedo explicártelo –dijo la Alice de su semi-sueño. Había cambiado; ya no era la marioneta de su mente. Esta vez, hablaba su memoria. La tenía frente a sí, más cerca que la otra–. Ha ocurrido algo... terrible y maravilloso a la vez.
–¡Nekonome! –intentó ignorar a su recuerdo de ella para centrarse en ella–. ¿Me oyes?
:: No te pido que lo entiendas. Puedes odiarme. ¡Sí, maldíceme! Y, cuando vuelvas a oír de mí, mereceré todas y cada una de tus maldiciones –sollozó.
–Nekonome, ¿estás ahí? –golpeó la puerta.

:: No te pido... que lo entiendas. No debería estar diciéndote esto, y menos de forma tan cobarde: una grabación em-sináptica no es apropiada para una despedida. No puedo decir más. Si lo hiciera, no permitirían que recibieras nada de esto.
–¡Nekonome! –gritó mientras golpeaba con más fuerza. Era imposible que no le oyera.
:: Ruego por que no nos volvamos a encontrar. Es mejor si piensas que he muerto. No te pido que lo entiendas. No entiendas nada.
–¡Alice! –bramó.
:: Hasta nunca –desapareció.
Echó la puerta abajo. Dentro no había nadie. Sólo el agua corriente en la bañera, fluyendo al margen de todo lo demás.

Cayó de rodillas, las manos sumergidas en el agua caliente, el vaho confundiéndose con su razón. Había vuelto a verla, a recordar y a vivir la antigua felicidad. Y la había perdido de nuevo. Al recuerdo y a la auténtica. Apretó los ojos y desconectó su enlace coronal. Ciertos sentimientos había que sufrirlos en privado.

Se lo volvió a conectar sentado en la cama. Ya había cerrado el grifo y el agua se había perdido por el sumidero. No sabía cuánto tiempo había transcurrido, ni si se estaba perdiendo la presentación de Blackstar. Prefería seguir sentado contemplando la máscara, demostración inanimada de que Nekonome no había simplemente salido de la habitación. No saldría sin su máscara; su aspecto armaría tal revuelo que llamaría la atención de todo el planeta. No, no podría haber salido sin ella. ¿Por qué no estaba allí?
Con manos firmes, agarró la pieza plastimetálica para estudiarla. Parecía un casco, sólo que a quienes protegía era a los demás de la visión que normalmente encerraba en su interior. Con una malsana curiosidad, lo acercó cada vez más, hasta que decidió ponérselo. Quizás quería ver el mundo como lo veía ella.
Gris. Oscuro. Muerto. La máscara mataba las percepciones positivas y obligaba a la depresión.
:: Bjornest.
Creyó que se trataba de un recuerdo que hubiera decidido regresar. Allí estaba Alice, tal como la había rememorado minutos antes, ante él. Se quitó la máscara, pero no había nada.
Al volver a ponérsela, la imagen reapareció.
:: Estás viendo la imagen que guardas de mí en tu memoria... Por si te asalta la duda, yo ya no soy como ves –permanecía seria, decidiendo con cuidado cómo ordenar las palabras–. Este no es un mensaje cualquiera. La forma en la que tengo que dártelo te dará una pista. No soy libre en estos momentos de dejar una nota sobre la mesilla: vienen por mí, y registrarán la habitación. Cuento con que me harán dejar la máscara; allí donde voy no la necesitaré.
«...sé que me detestas –le costó pronunciar las palabras–. Pero no voy a pedirte nada para mí. Es para Futura, mi hija; necesito que te encargues de ella. No debe saber adónde voy, ni qué me obligarán a hacer, por lo que es mejor que tú tampoco lo sepas... no.
«Te espera. Escapó a la azotea; ellos no saben ni siquiera que existe... ahora estará encogida y asustada –su voz se quebró por un momento–. Cuídala. También es tu hija.
Bjornest quiso repetir ese punto de la grabación, para asegurarse de lo que había oído.
:: En cuanto a mí, cuanto menos sepas, mejor. Como último consejo: abandona la organización y huye a un planeta seguro y tranquilo. No dejes que Futura corra peligro.

La imagen se esfumó con un destello que indicaba el final de la grabación; pero para entonces, Bjornest ya se había quitado la máscara y se precipitaba hacia el ascensor. Ya no semi-dormía; algo le decía que debía estar alerta.
Sólo se repetía una cosa: “se la han llevado”. ¿Quién? ¿Tan largo podía ser el brazo de CIMA que se hundía en el propio corazón de Magna ORIGEN? Repasó mentalmente la grabación: no parecía asustada. Simplemente aceptaba la situación; seguramente una situación que había previsto. Incluso podía tratarse de la situación a la que esperaba llegar. ¿Había abandonado la agencia durante diez años para acabar regresando al mismo planeta? ¿Había matado y traicionado a CIMA para regresar inmediatamente a ella?

A la azotea, en el nivel doscientos, no llegaba la luz del alumbrado y sólo las dos irregulares lunas servían de farola. Temiendo gritar, no fuera a alertar a los captores de Nekonome, si es que alguno había decidido tenderle una trampa, se decidió a buscar palmo a palmo hasta que escuchó un gimoteo. Al acercarse a tientas, notó un bulto.
–¡Ay!
–¡Tsch! –mandó él–. ¿Eres tú, Futura? –palpó la máscara con cuidado.
Ella le agarró de la manga.
–Mamá dice que me la puedo quitar delante de ti.
Tragó saliva.
–Muy bien. Pero vamos adentro.

La niña le puso una mano en la base de la máscara. Obviamente, quería que fuera él quien se la quitara. Podría ser importante para ella. Bajo la luz de los astros, atrapados por los fuertes vientos de un nivel con dos ceros, Bjornest levantó la máscara de Futura. Tocó su carita con las manos, para asegurarse de que lo que veía no era una invención de su imaginación. Y entonces gritó.



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Monday, April 9th 2012, 6:14pm

Leído todo lo publicado. La novela continúa manteniendo el nivel y ha tomado un giro muy interesante. De momento Bjornest y Golem se ha visto que son seres excepcionales, pero van a remolque de los acontecimientos.
Bjornest (por cierto, me gustaba más el nombre de Orsean) ya tiene una motivación clara (y un lastre, Futura, que seguro será una caja de sorpresas).


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Monday, April 30th 2012, 1:53am

Capítulo 6º:
La joven humanidad

Imaginad, majestad, que me amputo el brazo y me injerto una pinza mecánica. ¿Sigo siendo yo?
¿Y si sustituyo mi corazón por una potente bomba hidráulica? ¿Sigo siendo yo?
Digamos, entonces, que transformo todo mi cuerpo en una máquina y sólo me queda el cerebro. ¿Sigo siendo yo?
Sí, sí y sí.
Ahora, digamos que, en lugar de hacer todo eso, decido alterar mi ADN. Entonces ya no sería yo. Ni siquiera pertenecería a la misma especie. Si hiciera tal cosa, majestad, prometedme que me perseguiríais hasta la muerte, pues habría profanado lo único sagrado que existe en el Universo: la esencia humana.

Nistvan 12, maestro de la soberana Margarita I. Año 480 e. D. Magna ORIGEN


I


La humanidad yacía encerrada en un pequeño huevo azul, meciéndose en las agitadas aguas de la revolución tecnológica. Pequeña y vulnerable. Abrió los ojos y codició las brillantes gemas suspendidas sobre ella, de modo que se estiró y, con la punta de los dedos, rozó la superficie de la luna. Ese primer intento le hizo desestabilizarse. Cayó: aún no sabía ponerse en pie.

Después de lamerse las heridas volvió a intentarlo, más cuidadosa esta vez. Se levantó y bebió la energía de su sol antes de dar el siguiente paso.

En ese punto, la parte de la humanidad que en el futuro se llamaría Golem, y que no era consciente de su individualidad, se preguntó por esa otra parte de la humanidad que sería Bjornest, ¿Dónde se había metido? Se estaba perdiendo la presentación de la parte de la humanidad que seria el ministro de ciencia.

El tic-tac de la historia siguió su curso. La especie se desparramó sobre una docena de mundos próximos. Sin la tecnología de la enhebración, estaba más dispersa que nunca. Las trillizas Alfa Centauri; Tau Ceti, la gemela cósmica del Sol; la blanca Sirio; la roja Arcturus. Nuevos nidos del hombre a veinte, cincuenta, cien años de distancia unos de otros. El obvio resultado fue la división política.

Y de la mano de la división política llegó la desconfianza y, junto con ella... la guerra. El hambre, la muerte y la barbarie se apoderaron del sueño humano. Se olvidaron las estrellas y las galaxias, y sólo se acordaron de la fusión nuclear para alimentar las bombas estratosféricas. Nueve décimas partes de la humanidad pasaron a poblar las pesadillas de la restante. La extinción nunca estuvo tan cerca como durante esos años oscuros.

Pero con la luz del día llegó el final de la pesadilla. Y esa luz tenía un nombre: Alejandro I. Alejandro el grande, el fundador, el legislador, el padre; el nuevo dios. A bordo del primer enhebrador, unificó los planetas, los reinos y los ciudadanos bajo una nueva dirección, la misma dirección. Toda la especie, tirando en el mismo sentido. La humanidad volvió a mirar con curiosidad el cosmos, y se pregunto la razón de tanto vacío. Un abismo insondable, negro, amenazante como la oscuridad en la que se esconden los monstruos.

¿Y si había monstruos acechando desde esa oscuridad? ¿Qué seria de la joven humanidad? El velo de oscuridad podía envolver una amenaza tan grande que, ni siquiera bajo la guía de Alejandro o su dinastía, pudiera salvarse la especie. Sólo cabía una opción: debía dejar su estado infantil; crecer, extenderse de forma explosiva hasta ocupar por completo ese vacío y, así, convertirse ella misma en la oscuridad que temen los monstruos; pasar a ser la verdadera medida del Universo para asegurarse de que nunca volvería la guerra, de que seria tan grande que ninguna fuerza exterior podría oponérsele. Y aún más. De que seria ella la que dictara las condiciones, por la fuerza de su tamaño, y establecer, así, su Dominio: el Dominio humano sobre el Universo.

Mil doscientos treinta años han pasado desde entonces pero el objetivo no ha cambiado, aunque parece igual de distante. Primero las estrellas próximas fueron captadas. Después nebulosas, hasta abarcar la galaxia. Nuevas galaxias sustituyeron a las estrellas y, cuando las más cercanas fueron exploradas y colonizadas, aparecieron los cúmulos de galaxias para sustituirlas en el referente humano. Somos tan pequeños aún. Lo sabíamos cuando ocupábamos una diminuta estrella. Seguimos sabiéndolo cuando colonizamos una pequeña galaxia y, ahora que dominamos docenas de ellas, observamos con terror el supercúmulo de virgo que nos amenaza, gigantesco y tenue. Más terribles se muestran los supercúmulos de Centauro, de Perseo-Piscis, de Coma y de Hércules. ¿Somos lo bastante grandes para sobrevivir a lo que podría salir de esa madriguera?

En nuestro corto tiempo de vida hemos tenido la suerte de no encontrar ningún enemigo exterior. Pero no debemos dejarnos llevar por el optimismo. Quizás fuéramos la única vida avanzada en el cúmulo local, un cúmulo relativamente pequeño, pero abusaríamos mucho de las leyes de la estadística si quisiéramos creer que realmente no hay nada fuera de ese uno por millón del Universo.

Hace veinticuatro horas hemos experimentado, quizás por primera vez, el terror que puede suponer ese temido primer contacto de la mano de un desconocido piloto de lanzadera llamado Aliichi Worldfinder. ¿Dónde se produjo el contacto? ¿Hay peligro? De lo que no cabe duda es de que debemos prepararnos para, en caso de que haya una contienda, ganarla.

Ahora, más que nunca, es necesario mantener a toda la humanidad trabajando en el mismo sentido. Ahora más que nunca no cabe la disensión con el destino y dirección del Dominio.

La niebla de la presentación emsináptica comenzó a difuminarse, y Golem recordó que era Golem, que estaba en la sala oval del palacio de ciencia, en el planeta Magna ORIGEN, y que acababa de terminar la introducción. Se sentía mareado: después de haber sido toda una especie –aunque sólo fuera de manera figurada– su efímera individualidad era difícil de aceptar. Después de haber pensado en términos de escala universal, volver a moverse entre paredes parecía ridículo.

Entre las cosas que recordó estaba que Bjornest se había perdido la introducción, cosa que, a priori, no era ni siquiera legal. Sin duda, se habría encontrado algún problema a la hora de traer a Nekonome. Eso, o se había quedado dormido por el camino, visto lo mucho que necesitaba un descanso. Apartó la idea de su cabeza. Bjornest era experto en mas de mil técnicas manas-tana de auto-control físico y mental. Seguro que podría apañárselas para realizar su labor incluso dormido. Imaginó por un segundo una especie de sonambulismo lúcido. ¿Dónde estaría, en ese caso, la diferencia con la vigilia?

También le vino a la mente la advertencia de Lucasiano. “Todo lo que dirá Kalr Blackstar ahí dentro es mentira”.

¿Qué pensaría al respecto Primera? ¿Habría encontrado el engaño? Miró a su alrededor, buscando la melena rojiza entre el mar de cabezas desorientadas que todavía no se había recobrado del todo de la presentación. Desconocidos. Normales. Ajenos en todo a él. Un mar gris de hostilidad. Sólo durante la introducción se sintió unido a ellos como parte de algo más grande. Ahora, volvían a ser “ellos”. Antes de dar con la mujer, oyó la voz de Blackstar.

El ministro de ciencia se quitaba el aparatoso enlace maestro con el que, como un director de orquesta o un maestro de ceremonias, había generado las impresiones mentales que acababan de degustar. Si la experiencia le había agotado, nada dejo traslucir.

–Esta será la respuesta del gobierno al registro de Alíichi –dijo–. Alcanzará una magnitud cero en pocas horas. No es para menos: será de percepción obligatoria. ¿Y qué mejor forma que ésta de comenzar la reunión?
«Damas y caballeros. Dejen por un momento volar su imaginación. Cojan el percep de Alíichi y el mío y traten de comérselos al mismo tiempo. ¿A qué sabe la mezcla? ¿Qué vino acompaña? En resumidas cuentas, ¿qué significa todo esto que nos ha tocado vivir?
«Sabemos, porque lo hemos estudiado, que el registro de Alíichi es imposible. Durante mil doscientos años el hombre ha explorado el cosmos en busca de vida, sin ningún resultado. Hagan caso omiso a la presentación previa: es mucho pedir a la estadística que haya más vida en el Universo si, después de todo lo que hemos explorado, no hemos encontrado nada. Sí, he mentido.

La mente de Golem vibró con esas palabras.
–Esta mentira será la verdad para una magnitud de veintidós. Una verdad sencilla, fácil de entender, acogedora, agradable, tranquilizadora, apaciguadora, esperanzadora, pero a la vez excitante, vital, estimulante, provocadora e intrigante. ¡Hay vida más allá de la humanidad! ¡No estamos solos! ¡Seguramente son amigos! La calma, la paz y la espiritualidad recorrerán siete billones de planetas y confortarán trece mil millones de billones de corazones.

«¡Pero no es cierto, y nosotros debemos saberlo! Nosotros, el gobierno y sus agencias, somos los custodios de la auténtica verdad. Y no es una verdad agradable.
«Aunque nos pilló por sorpresa, ahora lo sabemos. Ha estado oculto a los ojos del Dominio, viviendo como una hormiga a lomos de un elefante; como una bacteria escondida en los intestinos de una ballena de Nueva Ceres...

«¡Acercaos, niños! Os voy a contar la historia del Planeta Errante. ¡Tened miedo! Todo lo que conocemos está a punto de cambiar.
«Cuando el hombre se encaramó a la luna y miró a lo lejos por primera vez; cuando sus hijos cortaron el cordón umbilical y comenzaron a arar los campos electromagnéticos; aquella vez hubo un pueblo –y lo tenemos documentado– que decidió vivir en un planeta errante, carente de estrella: indistinguible en el negro de la noche.
«De este pueblo sin nombre sabemos –y lo tenemos documentado– que alcanzó una maestría incomparable en la manipulación genética. Aunque todos los relatos, holos, vídeos y libros de esa época han sido destruidos, conservamos en secreto algunos perceps primitivos que corroboran esta idea. Los –llamémoslos así– habitantes del planeta errante o, si me permitís, errados, ya no eran seres humanos en el tiempo de las guerras.
«¿Cómo conquistar lo que no puedes ver? Imaginad que sois Alejandro I unificando los mundos. ¿Qué podríais hacer con el planeta errante? No está en ningún lugar en el cielo. No puedes localizar su estrella. Es un enemigo invisible. Lo único que podéis hacer es ignorarlos: no serán un problema, ya que no serán tan tontos para mostrarse a un enemigo implacable y todopoderoso.
«Esta historia secreta no se ha desvelado nunca. Sólo la conocemos el gobierno y, ahora los veinte mil agentes reunidos en esta sala. No es necesario que explique la importancia de que la historia siga siendo secreta.
«Hace casi veinte horas recibimos el famoso registro de Alíichi. Todos lo habéis percibido, por supuesto. Él nos dio la pista: el planeta al que llegó nuestro protagonista no estaba envuelto en la luz ni el viento solar de ninguna estrella: Sólo podía tratarse del Planeta Errante. Alíichi lo encontró y, a través de él, podemos averiguar dónde está para completar la conquista del primer soberano.
«Ojalá todo esto hubiera ocurrido hace diez años o, aunque fuera, sólo uno. El problema es que alguien ha llegado antes al Planeta Errante que nuestro amigo, Alíichi. Alguien a quien todos vosotros conocéis bien: CIMA. Durante siglos, esa organización ha sido la espina desafiante clavada en el Dominio, pero estaba aletargada y postrada, apenas coleante. Descubrir el Planeta Errante y su ciencia le dará –le ha dado– nuevas fuerzas para atacar a la sociedad.
«Ya no sois agentes anti-CIMA. Sois mejores, más sabios. Estáis por encima, y vuestra lucha es más antagónica que nunca. Ahora conformaréis una organización secreta llamada Abismo, para localizar y conquistar –y, si no es posible, destruir– el Planeta Errante.

II


Como el recepcionista negara haber visto a nadie más entrar en el hotel, Bjonrest se vio obligado a sacarle las tripas y rebuscar entre sus vísceras. Accedió a su registro de eventos rompiendo el sencillo nivel de seguridad de la máquina, y estudió los fríos datos. El recepcionista no mentía. Ahí, en una diminuta región de su cerebro electrónico, estaba la verdad: nadie había entrado. Ningún dispositivo policial, ningún comando militar, ningún agente ni espía. No, no había entrado nadie para llevarse a Nekonome. Había salido ella por su propio pie.

Bjornest se detuvo a considerar el asunto. ¿Qué podía ser tan importante o peligroso como para que una madre dejara a su hija tiritando de miedo en un ático, en la planta doscientos de un hotel-rascacielos, esperando que la cuidara un hombre al que no veía hacía diez años? Aquello rompía todas sus intuiciones sobre esa mujer.

Se sentó por un momento en recepción y aspiró el aroma de las plantas artificiales. Las miró un momento: eran falsas, por supuesto. Robóticas. Una planta sintética que podía crecer por su cuenta. Una obra de arte del pensamiento humano, y de la sustitución de la naturaleza. ¿Hasta qué punto se podía decir que esa planta artificial no estaba tan viva como lo hubiera estado un brote de bambú? La figura era fractal, un arbolito que emitía sus ramas en todas direcciones. Cambió de color en un instante, cuando Bjornest llevaba cinco minutos mirando. Azul.

–¿Te dijo tu madre adónde iría? –preguntó a la niña.

Ella negó con la cabeza. Libre, al fin, de la máscara, todos sus rasgos estaban a la vista. Los ojos, grandes y redondos, llenos de una extraña inocencia que, desde luego, no había heredado de su madre. La boca, contraída en una mueca de disgusto o miedo. Dos orejas, una nariz bien proporcionada: una niña, al fin y al cabo. Después de todo ese tiempo, debajo de la mascara siempre había habido una niña normal. ¿Para qué, entonces, servía la máscara? ¿Por qué ya no era necesaria? Pensó en la otra máscara, la de Nekonome, que estaba en la cama de la habitación. La mujer había osado salir a rostro descubierto, quién sabe si como un último acto de rebeldía. Por desgracia o suerte, el vídeo de recepción no había grabado en el ángulo adecuado para ver su rostro. En cambio, sí grabó lo suficiente para dar un rastro. Cuando la mujer salió del edificio, estaba esperándole un vehículo no automático. Pese a la ausencia de identificadores, Bjornest sabía que sólo la P-0 empleaba vehículos de esa clase en ORIGEN.

Estaba siendo difícil arrancarle más de una sílaba a la niña, pensó. Al instante se maldijo por este pensamiento. Futura había perdido a su madre. Estaba sola con él, todo un extraño. Con un poco de suerte, Nekonome le habría hablado de él. ¿Sabía ella que era su padre?
–¿No te dijo nada? A ver, sí te dijo que fueras al ático, ¿No? –ella asintió–, ¿Y no te dijo por qué?
–Dijo que tu vendrías...
–Debo hacer algo... ¿Dio alguna instrucción para mi?
–No. Bueno... dijo que...
–¿Qué?
–Que no la buscaras.

Aquello suponía una invitación a buscarla en toda regla. No, un ruego: debía encontrarla. Sólo se le ocurría una causa para ese comportamiento. Seguramente Nekonome debía tener una misión secreta para alguien de ORIGEN. Unió cabos.

Existía una persona con el conocimiento de que ella iba a estar allí ese día. Abduliván. Y éste también había desaparecido. ¿Estarían los dos en el mismo lugar?

Y entonces, sin venir a cuento, recordó la presentación de Kalr. No había asistido. Si se daba prisa, quizás lograra llegar antes de que se impartieran las ordenes más importantes. Pero, ¿cómo explicaría la ausencia de Nekonome, explícitamente requerida. Pensó en el ministro de ciencia, Kalr, con sospecha. No, él no debía de saber nada, o eso pudo deducir por su breve encuentro: se había sorprendido por la aparición de la mujer. Una de sus frases le vino a la mente: "Quienes trabajamos con Abdulivan no creemos en las casualidades". ¿Y él? Se dijo que tampoco creía.

Se levantó. No acudiría a la presentación de Kalr. Intuía que estaba sucediendo algo demasiado grave para posponerlo, que relacionaba a Nekonome y al primer ministro. Necesitaba respuestas de un gobierno en el que cada vez creía menos.

Reensambló con cuidado las diminutas piezas invisibles de la mente del recepcionista y abandono el edificio con Futura de la mano. La niña se le había pegado como una lapa. No era la reacción que cabria esperar. ¿Le habría hablado de él positivamente su madre? ¿O acaso Futura era excesivamente confiada, pese a haberse criado en una casa del crimen?

"Futura, yo soy tu padre". Por alguna razón, no pronuncio estas palabras. Sonaban hasta cierto punto ridículas. ¿Cuándo tendría ocasión de explicárselo? De momento, se contentó con agarrarle de la mano y llevarla consigo a la calle, hasta conseguir un auto-vehículo.

–Vamos a buscar a mamá, ¿De acuerdo?- la niña asintió, si bien eso contradecía las órdenes de su madre. "Sí", se dijo él. "Vamos a buscarla hasta que la encontremos y nos explique lo que está pasando".

Si no acudir a la presentación de Kalr llegara a suponer un problema, siempre podría encontrar alguna cláusula en los estatutos de la agencia para guardarse las espaldas. Es más, se dijo. ¡A la porra la presentación! No era momento de seguir el juego al ministro. Menos aún si éste estaba involucrado con la desaparición de Nekonome. Para ser un hombre que se valía de ellos, a Bjornest no le gustaban los secretos.

–Diga.Su.Destino.Por.Favor –pidió el piloto artificial del auto-vehículo

Rememoró el vehículo que se había llevado a Nekonome. Su primer objetivo sería ese edificio marrón con ínfulas de palacio que era...

–La sede de la P-0 –indicó, una vez se acomodaron en los asientos. El interior olía a la suave fragancia imperia, un olor artificial salido de un laboratorio. Tenía la extraña cualidad de relajar y focalizar la mente al mismo tiempo. En silencio, atravesaron los distritos verdes de la Ciudad Imperial.

P-0. Esa inscripción en su fachada era la única distinción que se permitía el espartano bloque para diferenciarse de otros edificios. Bjornest se detuvo antes de entrar. En alguna parte dentro de aquella selva de despachos y cuarteles podía encontrarse Nekonome. Afortunadamente, al tratarse de la policía de la Ciudad Imperial, cabía estar razonablemente seguro de que la tratarían de forma civilizada.

El agente a la entrada, un joven en perenne posición de firmes, seguramente recién salido de la academia, trató de impedirle el paso con evidente falta de práctica.
–No... no puede pasar.
–¿Y si paso? –Bjornest no estaba de humor para ese paripé–. Soy de la anti-CIMA –envió su identificador por onda corta al enlace del policía. Después de buscar el nombre del capitán de policía en la base de datos, añadió–. Debo hablar con el capitán Qusea.
–¿Y la niña?
–Estamos aquí por su madre. Tengo razones para pensar que ha sido raptada por la P-0 –demasiado directo, pensó.
–Eh... eh...– el joven estaba hecho un lío, de modo que Bjornest decidió ser compasivo y ahorrarle tener que explicar a sus superiores cómo les había dejado entrar.

Después de recostar el cuerpo dormido del policía en posición fetal, se introdujeron en el edificio engañando a la IA de la puerta. Atravesaron la planta sin complicaciones. Por alguna razón, cuando un agente cercano comenzaba a preguntarse qué hacían allí, le asaltaba un terrible sueño.

–¿Agente anti-CIMA? –graznó el capitán Qusea por entre las pilas de papeles amontonadas en su mesa–. ¡Menos mal que contamos con un anti-CIMA! Si no, no sabríamos literalmente qué hacer. ¡Tome mi placa, por favor! Resuelva el problema, que nosotros no sabemos ni por dónde empezar –Bjornest sospechó que bajo la capa de ironía, a Qusea le habría encantado ceder toda la responsabilidad al primero que pillase. Dado que había topado con semejante muro de hostilidad, decidió usar el pasadizo secreto que le ofrecía el enlace del capitán.

Aquella mente era de color rojo, adornada con espinas y calaveras. Se trataba de una típica manifestación de furia. Sólo eso ya era revelador: demostraba que la P-0 había recibido mucho trabajo en muy poco tiempo. Ante todo, Bjornest debía asegurarse de pasar de puntillas por esa mente; si su dueño le descubría, seguramente le echaría a patadas.

–¿Y a qué debemos el gusto? ¡No! ¿El honor? –terminó Qusea su perorata.
–Estoy buscando a alguien.
–Todo el mundo busca a alguien. La media naranja, la persona especial, mitad yin o como prefiera llamarlo. Pero somos sólo una agencia policial; me temo que no podemos resolverle ese problema.

Indagando más, Bjornest llegó a hacerse una idea clara de los últimos acontecimientos en ORIGEN: se habían encontrado micrófonos ocultos esparcidos por todos los palacios, incluso en los aposentos privados de los ministros. Ello apuntaba a que CIMA tenía espías infiltrados en la misma Ciudad Imperial. Con razón la P-0 no daba a basto. Casi todos sus agentes estaban buscando más micrófonos por la ciudad.

–No me ha entendido. Seré breve: tengo una grabación que involucra a la P-0 en un caso de secuestro –las palabras hicieron efecto en el capitán, que se quedó en silencio midiendo a su adversario–. La madre de esta niña, Alice 81, subió a un vehículo de la policía de ORIGEN hace escasamente una hora –conforme iba diciéndolo, descubrió que la mente del capitán estaba vacía al respecto. No, Qusea no estaba enterado de lo ocurrido. Aún así...–. Quiero conocer la tarea asignada a todos y cada uno de los vehículos de la policía en la pasada hora.
–¿Para qué? –se permitió preguntar el capitán, incluso cuando la P-0 estaba por debajo de anti-CIMA y, oficialmente, debía facilitar esa clase de información si le era requerida.
–El vehículo sin tarea oficial me dará la pista. Su conductor será mi siguiente testigo –la mente del capitán bullía. Ese hombre odiaba a los anti-CIMA y, especialmente, a Bjornest. ¿Por qué? Buceando más en su subconsciente encontró la respuesta, que el otro verbalizó:
–Me está leyendo la mente en este instante, ¿verdad?

Qusea se quitó el enlace coronal. Lenta, dolorosamente, como si amputara una parte de su ser. La puerta se cerró para Bjornest.
–¿Qué se siente? –preguntó el capitán–. ¿Qué se siente con todo ese poder? Poder para leer las mentes. Poder para manejarlas a tu antojo –se puso de pie, en actitud desafiante, las manos sobre la mesa–. ¿Me dormirás si no te doy lo que quieres?

Bjornest también se quitó el enlace y dijo, con mucha tranquilidad:
–Si no me lo das, no necesitaré dormirte. Me bastará con partirte la cara.

Futura agarró fuertemente su mano. ¿Podía tener miedo a una pelea la misma niña que había presenciado la sangre en el Coliseo? No, quizás no fuera por la pelea en sí. Quizás era por su padre. Antes de que ninguno de los dos dijera o hiciera nada, un policía entró agitadamente en el despacho:
–¡Capitán! ¡Se ha reestablecido la Malla!
Éste le miró como si se tratara de un perro parlante.
–No he dado orden.
–¡El ansible se ha vuelto loco! No reacciona a nuestras órdenes. Además, ¡debería ver lo que está emitiendo!

III


No había crimen en Magna ORIGEN. Por ello, tampoco había cárceles, celdas o prisiones. Si, por cualquier motivo, las fuerzas del orden querían mantener detenido a alguien, sólo podían meterle en alguna habitación de hotel, rodeado de lujos, vistas y tanto espacio como pudiese imaginar. Incluso así no solía ser necesario desalojar toda la planta.

El hotel en concreto era el Alejandro-Margarita IV, sito a unos mil metros de la plaza de gobierno y a mil seiscientos metros de la muralla. A dos kilómetros de la estatua del fundador, y a más de siete kilómetros del parque de los sauces. Era, pues, un establecimiento modesto, barato y, sobre todo, alejado. Lo bastante como para establecer un perímetro de seguridad a su alrededor con una trinchera antitanque, puestos portátiles de vigilancia cada veinte metros y nidos de ametralladoras láser sin que llamara demasiado la atención.

Tantas precauciones despertaron la imaginación de Golem. Ni siquiera para detenerle a él sería necesario un dispositivo tan contundente. En el asiento de al lado, Primera se había olvidado de respirar.

–Lleva aquí unas siete horas –explicó un uniforme gris, seguramente con un hombre dentro, cuya cabeza de expresión insípida asomaba sobre la chaqueta–. Fue detenido en Genuina Romana, Andrómeda, por –revisó un papel– el equipo de Gargol 38. Apenas hemos tenido tiempo de montar el aparato de seguridad, como pueden ver...

–¿Qué aspecto tiene? –preguntó Primera.
–Lo siento mucho. Nadie me ha facilitado esa información. Su imagen de por si ya es alto secreto. Por cierto –miró a Golem-, enhorabuena por lo de la maniobra. ¡Todos aquí estábamos con vosotros!
El interpelado levantó una mano en gesto de reconocimiento. Realmente no le apetecía rememorar las horas que pasó colgado de una lanzadera en el espacio, aunque le emocionó el comentario.

A la entrada del área de seguridad, una puerta en la verja les detuvo el paso. Un agente –no era de la P-0, sino del propio ejército–, confirmó sus identidades y les dio acceso. La puerta se deslizó sobre unos raíles, dejando un diminuto hueco por el que pasar. Habría que seguir a pie; al fin y al cabo, estaban ya en los aledaños del edificio.

Se trataba de una construcción anodina, para lo que era el estándar de la Ciudad Imperial. Apenas veinte pisos de altura, una piscina y una pista deportiva. Más soldados les interceptaron en el interior. En el hall les quitaron sus enlaces coronales y les hicieron ponerse unos rudimentarios enlaces militares. Nadie trató de negar su utilidad: eran dispositivos espía. A través de ellos, el ejército tendría acceso a lo que fuera que dijeran al detenido o, más importante aún, a lo que dijera éste. Si es que le quedaban cuerdas vocales.

–Tengo curiosidad –dijo el hombre de gris–. ¿Han pensado ya como le interrogarán?
–Tengo algunas ideas.
–No son los primeros que lo intentan. Un señor de inteligencia se pasó aquí cuatro horas sin resultado. Al salir, estaba pálido. Sólo decía "inhumano" una y otra vez. Así que, ¿Que harás? ¿Le intimidarás con Golem? –dio unos golpecitos en el hombro del gigante.
–¿Estaremos solos? –preguntó Primera.

La brusca pregunta enmudeció al agente, que sólo acertó a asentir con la cabeza y mirar cómo la pareja se metía en el ascensor.

Dentro del cubículo toparon con otros dos soldados. La seguridad empezaba a ser exasperante, pensó Golem. Una cosa era el detenido, y otra, ellos. ¿Para qué necesitaban esa escolta permanente? Si es que era en verdad una escolta.

El ascensor se detuvo en la vigésima planta. "Claro", pensó Golem. La última. Si el detenido lograse escapar de su celda, la suerte se le acabaría necesariamente antes de llegar al nivel de la calle. Avanzaron por el largo pasillo. Las habitaciones estaban ocupadas por mecanismos automáticos de detención y soldados armados. También había militares de paisano y gente de Inteligencia. El soldado mostró su identificación y confirmaron la orden venida desde abajo. Uno de los miembros de inteligencia, que se presentó como Hinher, les asaltó.

–El grande, tú. Deberías hacer de poli malo. Y la señorita, de poli bueno.
–Usaremos otra táctica, gracias –dijo cortante, Primera.
–Sobre todo, no dejéis que os intimide –murmuró. ¿Sería él el hombre que estuvo intentándolo durante cuatro horas?

La puerta de la habitación había sido arrancada y sustituida por dos hojas de metal. Golem suspiró al verlo. Por primera vez en mucho tiempo no tendría que agachar la cabeza al pasar. Ni siquiera llegaría al dintel con la mano extendida. ¿Qué diablos habían metido allí dentro?

Las puertas se abrieron revelando una segunda compuerta a dos metros de distancia. Le recordó al sistema de la fanzui en Capicúa. Una medida de seguridad adicional, como una exclusa. Se estremeció. Aquello no parecía una prisión, pues quienes tenían miedo eran los que estaban fuera. Por un momento le vino a la mente pensar que, en realidad, eran ellos los que estaban encerrados fuera, los que habían sido encerrados por el detenido. A todos los efectos, cuando entrasen estarían a merced de lo que fuera que hubieran metido ahí dentro.

Pasaron a la habitación intermedia y la primera compuerta se cerró, sumiéndolos en la oscuridad. Golem pensó en su táctica. Una vez se abriese la segunda estarían solos. Apretó los puños.

La segunda compuerta comenzó a abrirse, dejando entrar un fantasmal halo de luz, casi más oscura que la oscuridad. El detenido había tapado todas las entradas de luz. De hecho, lo único que vieron fue un diminuto punto brillante a una distancia incalculable. Se abrió otro justo al lado. Luego, otros siete.
–¡Veo veo! –dijo lentamente una voz aflautada y dulce–. Un hombre de jengibre y algodón de azúcar; me dijeron que me darían chucherías si me portaba bien –siguió un sonido ronco. Ese seria el sonido que produciría una manada de tiranosaurios, si tal cosa hubiera podido existir –... y he sido una niña buena.

La presentación, así como la fundación de Abismo, habían terminado y los agentes esperaban nuevas órdenes, ya fuera de los nuevos directores o del propio Blackstar. Fue el ministro quien exigió la presencia ante él de dos agentes concretos.
–Tengo una misión para vosotros –dijo, con una sonrisa–. Digamos que es una misión hecha a vuestra medida.
Golem frunció el ceño, intentando discernir si se trataba de una burla.
–¿Qué? –Primera estaba anonadada–. Hace años que no participo en una misión. Mi tarea...
–Tu tarea ha dejado de tener sentido con los recientes descubrimientos –cortó Blackstar–. En primer lugar, debéis entrevistaros con un sujeto... digamos... especial. Es un antiguo miembro de CIMA. En realidad, sigue siendo miembro de CIMA, aunque le hemos apresado.
–¿Es de confianza? –Golem no estaba seguro.
–En absoluto, pero es nuestra mejor opción. Nuestra única opción. Os daré la acreditación militar que necesitaréis para hablarle. Sobre vuestra misión... ¿veis a esos hombres? –señaló a la sala abarrotada de agentes–. Todos tendrán misiones interesantes. Unos más, otros menos. Pero todos buscarán el Planeta Errante. Vosotros, en cambio –su sonrisa desapareció– sois idóneos para una misión que proyectábamos hace tiempo.
–Ministro. Somos al menos tan inteligentes como usted –dijo Primera–. Así que, por favor, vaya al grano.
–Saldréis del Dominio.


–No nos comerás hoy –dijo Golem mientras se quitaba la mascara y activaba los faros.

Lo primero que vieron fue una confusión de fauces, patas terminadas en garras y tentáculos terminados en unas garras aún más largas. La mole de carne y cuerno yacía cubierta de cadenas, como si fuera un extraño tumor en la sala central, a sólo quince pasos. Daba la impresión de que quienes lo encadenaron no sabían muy bien cómo hacerlo: las cadenas pasaban y daba varias vueltas por la masa cubierta de un fino vello, agarraban un tentáculo, una pata o un ojo pedunculado, y se clavaban en la pared.

Para su horror, la criatura se irguió, y fue soltándose las cadenas una a una, como una coreografiada y terrorífica bienvenida.
–Te han hablado de nosotros –dijo Primera–. Unos tipos de la anti-CIMA que venían a interrogarte. ¿Verdad?

Erguido, daba en el techo con la parte superior de lo que debía de ser el lomo. Los tentáculos frontales más largos terminaban a media distancia a Golem, y eso sólo porque no los había extendido por completo.
–Quizás haya oído algo –la voz salía de una arruga situada entre dos de los ojos más bajos. Aquella zona tenía un inquietante parecido con una cara humana–. De todos modos, tengo curiosidad por conocer vuestro sabor. Seguro que estáis rellenos de nata, caramelos y monedas de chocolate... –sus largos tentáculos se aproximaron al rostro de Primera. Terminaban en finas agujas.

Golem dio un paso al frente, agarró uno de los tentáculos y lo retorció con intención de romperlo. Tenía la consistencia del plástico y la resistencia del acero. Al notar el tirón, la bestia produjo un sonido arrítmico que podría asemejarse a una risa.
Primera se quitó el enlace militar, e hizo una seña a Golem para que hiciera lo mismo.
–No hemos venido a pelear, ni mucho menos a divertirte. Estamos aquí para liberarte.

–¡Piratas! –enfatizó el ministro–. En una nebulosa pirata de la galaxia Margarita XLII, una de nuestras escasas posesiones en el lejano cúmulo de Virgo, nuestros espías han encontrado algo extraño. ¿Recordáis cuando dije que no existe más vida inteligente en el Universo que la nuestra? Bien: mentí de nuevo. Debe de ser consustancial a mí –se rió de nuevo.

La masa de tentáculos se detuvo al escuchar la palabra “liberarte”. En algún lugar dentro del saco de carne acorazada, un enorme cerebro calculaba los cientos y miles de posibles repercusiones y líneas futuras que implicaba esa palabra. Golem soltó el tentáculo lentamente, sin perder de vista las agujas que brotaban de él, ni las pequeñas gotas que se aglomeraban en sus extremos.
–¿Liberarme? –dijo con voz extrañamente aguda mientras se acercaba–. ¿Me dejaréis montar en el tiovivo? Adoro las atracciones y el sonido de las vuvuzelas. Pero no creo que agencia vaya a permitirlo; sobre todo porque perdió a doscientos hombres por mi captura –extendió nuevos tentáculos de longitud inverosímil hacia Golem.
–No será gratis.
–¿Entonces? –la bestia sonaba divertida. Golem agarró el extremo de los tentáculos para restarles movilidad, pero otros surgían de entre ellos–. ¿En cuánto valora el gobierno la vida de sus agentes? –preguntó con voz melosa.
–Tendrás que acompañarnos en una misión –siguió Primera–. En caso de que no quieras acompañarnos, ya sabes lo que te espera: el Tártaro...
–...el cuarto donde encierran a los niños malos –la criatura rodeó a Golem con los gruesos tentáculos que salían de su zona frontal, inmovilizándole brazos, piernas, tronco y cuello–. Allí tengo algunos amigos...
–Pues, si no quieres reunirte con ellos... ¡pero suelta a Golem! Eso está mejor. Si no quieres reunirte con ellos, digo, tendrás que formar parte de la misión.
–Muy bien, jefa –dijo la criatura, soltando definitivamente a Golem–. Pero, ¿cómo os aseguraréis de que no me fugaré durante la misión esa?

–Vida alienígena, inteligente, ajena a nosotros... ¡que no paga impuestos al Dominio! Eso es intolerable –el ministro emitió una risa estúpida–. El problema es que, a la luz de los últimos hallazgos respecto al Planeta Errante, no podemos estar seguros de que se trate de alienígenas, y no de agentes de la nueva CIMA, completamente modificados.
«¡No lo sabemos! Si fuera lo segundo, arrasaríamos el planeta inmediatamente con armamento nuclear. Pero no podemos arriesgarnos a destruir una especie inteligente e inocente, por no hablar de la pérdida en términos de diversidad cósmica que sufriríamos. Necesitamos gente allí. Gente que pueda estudiarlos si son inocentes y que, en caso contrario, sobreviva el tiempo necesario para enviarnos un mensaje confirmatorio. Tipos duros –dio un golpecito en codo de Golem, pues no habría llegado al hombro–, tipos listos –intentó tocar la frente de Primera, pero ésta le esquivó.
–¿Y para qué necesitamos al agente de CIMA ese?
–Si el planeta está en posesión de CIMA, él... ella... ¿ello? será vuestra única posibilidad de sobrevivir.
–¿Y cómo podremos estar seguros de que... bueno... de que no nos matará por el camino?

–Porque te vamos a meter una bomba en el cerebro –respondió Primera.

–La bomba estará conectada a los latidos de vuestros corazones... o lo que sea que tengas tú, Golem –explicó el ministro–. Si cualquiera de vuestros corazones se detiene... ¡BUM!

–...Me gusta. ¡Me gusta! –la criatura emitió su extraña risa–. Sellemos nuestro pacto chocando esos cinco –extendió uno de sus tentáculos. De él sobresalían las agujas cargadas de veneno.

Primera y Golem volvieron a ponerse los enlaces militares. Oyeron en sus cabezas muchos gritos e imprecaciones. Debían de estar muy disgustados allí fuera por su falta de colaboración. Pero, al salir, descubrieron que la causa de la algarabía era otra:
–Se ha reestablecido la Malla –decía uno.
–¡Joder! –soltó otro–. ¡Alíichi ha vuelto!



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"Lo que hagas será tan bueno como la pasión que le pongas"- M. Ageof

Lómeron

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55

Sunday, July 8th 2012, 1:24am

Leído. Parece que ya se empiezan a aclarar algunas cosas. :)

Continúa, por favor.


Master Ageof

Bombardero

  • "Master Ageof" started this thread

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56

Tuesday, January 8th 2013, 9:51pm

El Abismo ha muerto. Era demasiado grande y cayó.

Lamento muchísimo hacer esto, pero no me siento capaz de enderezarlo ni de abordarlo en toda la amplitud que exigía. Ahora, como uno de mis lemas es terminar lo que empiece, me propongo recuperar la idea básica y escribir un folletín más manejable (10 capítulos "cortos", a lo sumo), que sea más del gusto de los lectores y mío.
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Lómeron

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57

Tuesday, January 8th 2013, 10:00pm

¡Qué pena! Estaba realmente bien.

¿Algún día seremos capaces de terminar alguna novela? Así no nos vamos a hacer ricos con esto...


Wind_Master

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58

Tuesday, January 8th 2013, 10:45pm

El Abismo ha muerto. Era demasiado grande y cayó.

Lamento muchísimo hacer esto, pero no me siento capaz de enderezarlo ni de abordarlo en toda la amplitud que exigía. Ahora, como uno de mis lemas es terminar lo que empiece, me propongo recuperar la idea básica y escribir un folletín más manejable (10 capítulos "cortos", a lo sumo), que sea más del gusto de los lectores y mío.


Sí, por favor. Me estaba encantado la novela.

z666

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59

Wednesday, January 9th 2013, 10:54am

no lo dejes, master. la novela era buena y gustaba. el problema es que es "inalibrodeabordable" leer una novela por entregas aqui (para mí por lo menos). si los capitulos son grandes, porque no encuentras el momento, y si son pequeños, porque te desenganchas enseguida.

es mejor entregarla acabada.

This post has been edited 1 times, last edit by "z666" (Jan 9th 2013, 10:55am)