Announcement Salón de la Fama.

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  • Salón de la Fama.

    Salón de la Fama



    Estimados Lectores.

    Aquí se publicarán todas las obras literarias que hayan resultado ganadoras (1ros. puestos) en los difrentes certámenes organizados en este Libro de a Bordo, así como también los duelos más relevantes y todos los relatos que no hayan conseguido un máximo podio en los CIRCOS pero que igualmente merecen una distinción.



    Índice de obras.
    (Para leer las obras se deberá hacer click encima de cada signo ).





    Relatos Ganadores de CIRCO's







    Poemas Ganadores de COPO's.






    Grandes Duelos del Libro de a Bordo.






    Atte.,
    La Moderación de Cultura.

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  • "El Regreso" (Ganador del 1er. CIRCO).

    Relato Ganador del 1er. CIRCO.




    Título: El Regreso
    Autor: Mowgli

    El Regreso.


    El Regreso.


    Una multitud se congrega alrededor de los espaciopuertos para recibir a la flota de naves recicladoras. Éstas, en cada rincón del planeta van posándose lenta y silenciosamente. Pese a la dificultad que entraña, culpa de los motores de combustión, aterrizar así, es tal la importancia de esta maniobra que es requisito indispensable para todos los pilotos de este tipo de naves a la hora de ser admitido en la flota. Pese a su importancia, los recicladores no tienen nombre, sólo un número.

    Cuando los motores se apagan, el gentío se acerca cabizbajo, triste y sombrío.
    Hombres y mujeres van vestidos con túnicas de color arena, símbolo de luto en este planeta: Azulia.

    Muchos ceden al llanto e incluso al desmayo.
    Es, simple y llanamente, un funeral. Y los azulios, en él, cantan.

    De esta manera, igual que fluye el agua por los ríos
    creamos los bosques al caminar entre árboles.
    De esta manera, igual que fluye el viento por los cielos
    creamos constelaciones al navegar entre estrellas.
    Hasta pronto si nos vemos, decimos al zarpar y ser héroes
    Pronto nos veremos, decimos al permanecer y pedir que regreséis.





    Para todo aquel que no esté familiarizado con la cultura azulia, esta costumbre de celebrar funerales al regreso de los recicladores puede parecer extraña, sin embargo todo cobra un funesto sentido en seguida.

    En el espacio no hay heridos, ni desaparecidos, ni prisioneros. Sólo hay muertos, pero no hay cadáveres.

    Las naves, todas ellas, dependen de sus campos de energía, o escudos, para protegerse durante una batalla. Una vez el escudo recibe más energía de la que puede disolver, cae y la nave recibe el impacto. Si el blindaje aguanta, la nave regenera el escudo y todos viven.

    Si el blindaje no aguanta, todo se acabó.
    Da igual, a ciencia cierta, donde recae la ubicación del impacto. Un fallo en el soporte vital, aunque sea de escasos minutos, elimina a la tripulación de inmediato, bien por asfixia, por radiación o, habitualmente, por congelación.
    La destrucción del motor provoca que la nave sea atraída por la gravedad planetaria. Sin escudo y con el casco maltrecho, la atmósfera la desintegra.

    Hasta los sistemas más ridículamente secundarios son capaces de hacer explotar una nave espacial. Un impacto en la bodega, o un ala dañada, inicia una serie de fatales desconexiones en cadena. Al final, de una forma u otra, el deuterio –que contiene oxígeno- crea una deflagración de catástroficas consecuencias.

    Son sólo varios ejemplos, que los azulios tienen muy en cuenta. Pero lo que de veras importa es que, al fin y al cabo, la nave que no regresa con el resto de la armada ya no lo hará nunca. Al revés de lo indica la creencia popular, no hay mágicas cápsulas salvavidas, sencillamente por que en el espacio no puede viajar el sonido, pero sí la onda expansiva. Y si las hubiera, ¿alguien ha oído hablar de alguien rescatado? Los azulios seguro que no, y no creo que ustedes tampoco. Revisen su próximo reporte de batalla, si no me creen. ¿Ven algún lugar donde ponga “rescatados”?.

    Ahora comprenderán porque para los azulios lo más parecido a una repatriación de cadáveres es la llegada de los recicladores. Todo esto a sabiendas que, en sus bodegas, sólo hay cientos de toneladas de material inorgánico.

    Así que cuando los recicladores regresan, los azulios se reúnen, se abrazan, se dan el pésame y lloran. Como en cualquier otro funeral en cualquier otra parte del Universo. Sólo que además, cantan.

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  • "Alobe y Embadurne" (Ganador del 2do. CIRCO).

    Relato Ganador del 2do. CIRCO.




    Título: Alobe y Embadurne.
    Autor: Mowgli

    Alobe y Embadurne.


    Alobe y Embadurne.


    - Aquí nave de exploración Alobe. Alobe para Madre, ¿nos recibís, Madre?
    - Aquí Planeta Madre, os oímos alto y claro, Alobe. ¿Cuál es vuestra posición? Los simuladores indican que ya deberíais llegar al objetivo.
    - Afirmativo, Madre. Establecemos tangente de entrada a la órbita del objetivo ocho, tres cuarenta, tres...listo.
    Estamos en órbita estacionaria, Madre. Esto está a rebosar de escombros.
    - Alobe, liberen la sonda de investigación.

    Las naves de exploración como el Alobe eran un invento sencillo, pero reciente.
    A grandes trazos eran viejos cargueros reconvertidos para almacenar una sonda en la bodega, a fin de poder investigar planetas a varias galaxias de distancia, fuera de la autonomía de la sonda por sí sola.
    No tenían mucho sentido militarmente, pero para misiones científicas como la que nos ocupa, eran de incalculable valor. Eso sí, los resultados tardaban en llegar y solían ser decepcionantes.

    Las compuertas del compartimento de carga del Alobe se abrieron de par en par, liberando la aracnoforme sonda de espionaje.
    Ésta, tras reiniciarse, se zambulló entre los escombros camino de la atmósfera del planeta mientras desplegaba sus sensores, rádares y escáneres.
    Casi al momento, empezó a volcar datos en las pantallas del Alobe.

    - Madre, recibimos datos de la atmósfera: Nitrógeno 78 coma uno por ciento, Oxígeno 20 coma nueve por ciento y un uno por ciento de argón y otros gases...es habitable. Radio, 6.400 kilómetros, nada especial. Señales de vida inteligente, afirmativo. Sin embargo apenas hay señales de radiación, no hay híper desarrollo.
    Están en una era primitiva, Madre. Debe ser una de esas sociedades primitivas que aún llaman 'Tierra' a su planeta.
    - Recibido, Alobe. ¿Algo más?
    - Hay un obsoleto satélite dando vueltas al planeta. Transmite un mensaje.
    - ¿Y qué dice?
    - Dice "bip, bip, bip", Madre. Iniciamos reconocimiento óptico y activo el criptocomputador.

    La verdad que un trasto emitiendo "bip bip bip" no decía mucho del nivel tecnológico de una civilización, pero mejor analizarlo, por si acaso.

    - ¿Madre? "Bip, bip, bip" no significa nada según la IA de a abordo. Lleva algo pintado.
    - Traduzcan la inscripción.
    - Pone "compañero de viaje". "Sputnik" en idioma nativo. Esto es ridículo, Madre.
    - Déjelo estar, Alobe. Evidentemente ahí no está lo que buscamos.
    Establezca rumbo de regreso, es una orden.
    A ver si el Embadurne ha tenido más suerte en su misión.
    - Recibido, Madre.

    ...

    - Madre, Madre, ¡aquí el Embadurne!
    Embadurne para Planeta Madre, ¡Embadurne para Madre!

    Se oía un gran jolgorio por detrás.
    La tripulación había empezado a festejar el hallazgo, apenas dejando oír al capitán.

    - Adelante, Embadurne, ¿cuál es su posición?
    - La sonda no para de vomitar datos fantásticos, Madre, ¡se está volviendo loca!
    ¡Está aquí, sin duda, está aquí!
    ¡No pueden imaginárselo, de veras, es maravilloso!
    - Embadurne, mantenga la calma e indique su posición.
    - Sí, Madre, nos hallamos en órbita cenital alrededor de uno, uno, dos.
    Repito: Ge Uno, Ese Ese Uno, Pe dos. ¡Tienen que verlo, sentirlo!
    ¡Está aquí, Madre! ¡Al fin! Es...¡es increíble! ¡maravilloso, sublime! Lo notan, ¿Madre?
    - Confirmen, Embadurne; ¿1:1:2?

    El follón a su espalda se contagió a la sala de control del Planeta Madre.

    - ¡Afirmativo, Madre! ¡Dios está aquí! ¡Tiene que estar aquí!

    Y si a la Humanidad le quedaba pendiente algún sueño en algún lugar de las estrellas, lo acababa de hacer realidad. Con creces.

    En la sala de control hubo abrazos, y besos, y más abrazos, y quien tensaba los puños, quien se arrodillaba, quien saltaba, quien miraba al techo, quien buscaba una ventana y quien hacía llamadas, hubo los que se rasgaban la ropa y los que permanecían solemnes, hubo quien repasó el pasado y quien se planteó el futuro, hubo de todo en medio de aquel pandemónium festivo, entre gritos, muchos gritos, y lágrimas y sonrisas y risas, mientras las pantallas mostraban un caos de datos y estadísticas imposibles.

    ¿Y todo por qué? Por qué allí estaba lo que estaba antes de no haber nada, por qué allí estaban todas las respuestas, por que sin Él no existiría nada, ni siquiera este momento.

    - Madre, Madre, aquí el Embadurne, ¿aún nos oís? – en la nave reinaba ahora un extraño silencio.
    - Sí, Embadurne, os oímos, ¿tenéis más datos? – el follón se calmó un momento.
    - Bueno, Él está aquí, de veras. Está algo dormido y parece que le duelen las muñecas. ¿Qué le decimos?

    Sala de control. Caos. Gritos, más lágrimas, rabia, ansia. Pregúntenle cada cuanto se actualiza el Universo. Pregúntenle cuántos universos hay. Pregúntenle como ir de un Universo a otro. Pregúntenle quién tiene razón. Pregúntenle el porqué, y pregúntenle el cómo, y pregúntenle el cuándo. De paso, pregúntenle si se expande o se contrae, y dónde van las flotas que no vuelven, y de qué viven los que mueren. Pregúntenle que había antes del antes y que habrá después del después. Y cuánto durará el ahora y por qué el dolor no acaba nunca. Pregúntenle los porqués del amor, y todos sus nombres y el porqué de tantas formas. Pregúntenle si nos ha escuchado todo este tiempo, pregúntenle por qué no respondió. Pregunten, ante todo pregunten por qué…

    Nave de Exploración Embadurne a Dios: - hallo, wie geht's?*








    *Hola, ¿qué tal?

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  • "En la tierra de nadie" (Ganador del 3er. CIRCO).

    Relato Ganador del 3er. CIRCO.




    Título: En Tierra de Nadie.
    Autor: Capagris

    En Tierra de Nadie.


    En Tierra de Nadie.



    - ¿Abuelo, tu has estado en alguna guerra?- preguntó el crío con un entusiasta interés por todo aquello que se relacionase con la guerra y las armas.
    - Si, estuve en una- contestó él.
    - ¿La ganaste?
    - Se podría decir…- comenzó a hablar entrecortadamente, pues lo estaban desconcentrando de sus tareas- se podría decir que sí.
    - Cuéntame una batalla- le pidió él, nervioso por la emoción-… con héroes, como en las películas.
    - ¿No te parece suficiente la que tenemos entre manos? Bueno, te contaré una…


    Había sido la mejor noche de su vida, o eso pensaba al levantarse del roído colchón que tenía por cama. En el resto de literas todavía reposaban sus compañeros, que dormían, muchos de ellos, a ronquidos. Escuchó el silencio sólo interrumpido por el armonioso sonido repetitivo de una serena respiración, el mejor sonido que había oído en los nefastos años que aquella puñetera guerra se había cobrado.

    Salió a la trinchera y avanzó por su interior… estaba totalmente desierta. Lo que era altamente inusual en una cruenta guerra como aquella se debía a un único motivo: aquel día era el Nivuli, el día en que nació Jyan el Salvador, según nos relata el libro sagrado. Algunos estudiosos decían que era un plagio de una religión más antigua, hecho que no hacía más que enfurecer a los fanáticos. La verdad es que no sabía si aquello era cierto, pero sólo por el hecho de no matarse como cerdos en aquellas trincheras, lo demás poco importaba. Y es que los contendientes, ambos, profesaban aquella religión, dos naciones que pugnaban entre sí por el privilegio de colonizar los ricos planetas de aquel Sistema. Allí estaban ellos, conquistando Usantyar para mayor gloria de sus congéneres. Llevaban una década machacándose en aquel cementerio y ninguno de los bandos parecía querer retirarse y dejarle al otro la victoria. Ya casi era una cuestión de honor. Y eso lo hacia peor, se masacraban, un día tras otro, ya, sin sentido.

    Las trincheras formaban un laberinto de surcos en la tierra que contenían todos los edificios necesarios; y más valía no tener que salir de allí pues era como poco un suicidio voluntario. Llegó al comedor y, algo más radiante, desayunó con tranquilidad en su día “libre”. Aquello se hacía muy raro, pues nadie acordaba en sí una tregua para aquella jornada, llanamente, a los soldados no les gustaba matar en aquel día. En su primer Nivuli se sorprendió, pero luego buscó en algún libro y encontró que en casi todas las guerras de la historia se había respetado el día del nacimiento del hijo de Tyon (Dios). Era absurdo, pero al fin y al cabo, si lo pensaba bien, la vida de las personas se regía continuamente por el sinsentido, por la fe o los deseos. La razón podía ir haciendo las maletas en aquella guerra.

    Se sorprendió a sí mismo haciendo aquel monólogo filosófico… ¡para que luego digan que los soldados no piensan! Sí que lo hacen, pero a escondidas, porque sino acaban en el paredón o, si tienen suerte, en un consejo de guerra. Lo ves en la tele tan bonito: la tecnología… el compañerismo… el honor… la valentía y la gloria. La verdad es que todo es mentira, pero después de una guerra, cuando ya te dan la oportunidad de retirarte, no lo haces. Ya no tienes sitio en el mundo, no lo ves con los mismos ojos; ni lo sientes igual, no puedes acostumbrarte a no vivir sin miedo.

    Terminó aquel desayuno tan frugal y se dirigió a hacer una tan absurda guardia como evidente, puesto que, sin una tregua oficial, no había ningún motivo para no hacerla.

    Transcurrieron varias horas entre bostezos hasta que algo le sorprendió y le dejó sin aliento. Un tipo… un soldado enemigo, para más inri, salió de su trinchera y avanzó por la tierra de nadie cargando con una mesa. En ese punto no sabía que pensar… no es que la mesa pareciera muy amenazadora pero lo normal sería dispararle o dar la alarma. Luego pensó que era Nivuli así que decidió no estropear tan pronto el día; dejó su fusil iónico en el suelo y, cogiendo el comunicador, pidió al capitán que fuese a su posición con la máxima prontitud. Otros ya lo habían visto y la trinchera empezó a rezumar esa sensación previa al combate, aunque esta vez los soldados estaban desorientados… ¡y no era para menos!

    El capitán llegó, y sin saludar, fijó la vista en le horizonte y exclamó:
    - Por todos los demonios... Sargento, ¿Que hace allí ese soldado?
    - Señor, con todos mis respetos… ¿que quiere que le diga…? le llamé porque no sabía que hacer.
    A esas alturas la trinchera estaba repleta de soldados armados a la espera de enfrentarse a aquella amenaza, aunque ninguno sabía muy bien cuál era ésta. Mientras, aquel curioso hombre que portaba la mesa la dejó en algún lugar cercano al centro de la tierra de nadie. Después, como satisfecho, posó algo sobre la mesa, puso dos sillas plegables y se sentó en una de ellas, a esperar a dios sabía que. El capitán y yo, como muchos otros utilizamos los crioprismáticos para enfocar al hombre.

    - ¡Un ajedrez! ¡Pero que cojones!… Llamaré a el almirantazgo- sentenció el capitán.

    Una especie de cuchicheos comenzaron a extenderse por toda la trinchera. Al principio no lo entendió, pero no tardó mucho en fijarse en que uno de los soldados de su bando avanzaba a aquella posición.

    - ¡Me cago hasta en el almirantazgo! ¡pero que diablos hace aquel soldado! ¡Que alguien le diga que vuelva! Será posible que esto me pase a mí.

    Lo miré divertido mientras despotricaba contra el soldado, que ya había llegado, se había sentado y había movido también una ficha. Toda la trinchera miraba absorta con los prismáticos. El caso es que no se habían molestado en gastar mucho en aquellos aparatos, de modo que no veían demasiado bien que ocurría allí, en la tierra de nadie. La tensión era palpable, hasta que tras media hora de espera, la cual el capitán pasó a la espera de alguna respuesta de un confuso almirantazgo, el soldado enemigo se levantó y chilló eufórico mientras levantaba los brazos, haciendo que más de alguno echara mano de su rifle, por si las moscas. A la euforia de aquel soldado pronto se le unió la de toda su trinchera. Todos lanzaban vítores.

    - ¿Y ahora que? ¿Qué ocurre?
    - Señor, han ganado la partida.
    - ¿Qué? ¿Hemos perdido? ¿Contra ellos? Ni hablar. Quiero al mejor ajedrecista que tengamos, búsquelo y acompáñelo hasta allá. Se piensan que son mejores… pero de eso na.

    Usando el comunicador pidió que aquellos que fuesen buenos en el juego se presentasen en la posición de salida g7 y corrió hasta allí. Eligió a un tal Brandon, que había ganado campeonatos en su localidad y salió al campo por el mismo sitio donde regresaba el anterior jugador derrotado. Le dio una palmada y se dirigieron hacia la mesa donde esperaba exultante el ganador.

    - Borra esa sonrisa de la cara porque te vamos a machacar- Le dijo al llegar, aunque sabía que correspondería a su compañero hacer ese trabajo.

    A esas alturas, medio centenar de soldados se habían acercado hasta la mesa rodeándola. Hubo cuchicheos hasta que se movió la primera ficha, un silencio sepulcral se adueño de toda la llanura. Nadie se atrevía a romperlo por no desconcentrar a su campeón. De hecho, aunque al principio ningún bando se había atrevido ni por asomo a acercarse al enemigo, las ansias por ver mejor y la distracción de aquella feliz eventualidad, hizo que al final soldados de uno y otro bando se mezclaran sin mayores problemas.

    Se produjo la primera baja, y, aunque fue poco importante (simplemente, Brandon perdió un peón) los soldados enemigos estallaron en vítores, que pronto se transformaron en gritos de victoria en su trinchera continua, pues los soldados que allí se acurrucaban creían, por lo menos, haber ganado la guerra.
    Otra vez silencio… los contendientes se observaban con nervios de acero. A esas alturas, sabían lo que se jugaban. Brandon alejó la tensión de sí apretando los puños al comerle una ficha al enemigo, pero sus colegas no fueron tan discretos y lo celebraron ruidosamente para no ser menos que el enemigo.

    El juego se alargó durante más de una hora: unas pocas fichas, jaques aquí y allá. Vitoreos, lamentos, tensión, continuos cambios de humor en cada bando según caían las piezas… Un movimiento decisivo de Brandon… el enemigo pensativo, como si quisiera demorar para siempre aquella situación que habían alcanzado y que no llegaba a asimilar, y el vencedor levantándose de golpe de la mesa, tirando las fichas mientras gritaba.

    - ¡Jaque mate!

    Aquello desató algo que no tenía nombre. Abrazos aquí y allá entre los nuestros, y el campamento convertido en un derroche de adrenalina, donde los soldados seguían abrazándose, mientras algunos cantaban y otros se felicitaban.

    La moral enemiga, en cambio, estaba por los suelos… algunos intentaban consolar al perdedor, pero no hacía falta ir a la trinchera enemiga para notar la pesadumbre de los soldados. Brandon se calmó y le dijo al soldado perdedor que ya se marchaba:

    - Empate
    - ¿Qué?- respondió este, algo confuso y cabreado, porque se había esperado que le repateasen su fracaso y no le hacía ninguna gracia que las cosas no fueran como tristemente solían ser.
    - Vosotros habéis ganado una y nosotros otra. ¿Eso es un empate, no?
    - Si – Dijo ocultando una sonrisa de alivio, al tiempo que se estrechaban fuertemente las manos

    El soldado enemigo que había jugado volvió a su sector convenciéndose de que no había perdido… De tal manera que, una vez llegó frente a sus apagados compañeros, les recordó con entusiasmo la anterior victoria y por tanto, el empate que inevitablemente significaba aquello.
    Aunque les costó un poco recobrar la moral, al anochecer ambos bandos celebraban su victoria.


    Le dolía la cabeza por la bebida de la noche anterior, pero el sonido de las bombas no era algo que uno pudiera obviar cual despertador. Se levantó con pesadumbre y se dijo a sí mismo: “otro día más”. Cogió sus cosas y salió a la trinchera… su vida volvía a ser el infierno de todos los días, sin nada que esperar del mañana, nada que recordar. “¿De que vale la vida sin recuerdos?” pensó entristecido. Se asomó… desde su puesto vigía oteó toda la devastada extensión que lo separaba de la trinchera enemiga, y constató algo preocupado que, a pesar de que los morteros enemigos habían comenzado ya sus disparos matutinos, había muy pocos soldados en sus puestos. “Demasiada resaca”, concluyó.
    En esos momentos, mientras fijaba su ojos en algún punto de aquel ennegrecido descampado, en una mesa volcada con las piezas por los suelos, una locura sin razón, pero quizá la más razonable de todo aquel embrollo, cruzó su mente y su cuerpo, y se disparó a toda velocidad hacia tierra de nadie, alejándose irremediablemente de las trincheras, mientras el resto de los vigías miraban atónitos.


    El niño miraba a la mesa embobado, con una mirada que mezclaba la más profunda perplejidad con la absoluta devoción hacia aquel viejo y anticuado tablero. El abuelo movió una figura.

    - Jaque mate - dijo mientras sonreía a su nieto

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  • "Más que Carpintero, era Señor de la Limpieza" (Ganador del 4to. CIRCO).

    Relato Ganador del 4to. CIRCO.




    Título: Más que Carpintero, era Señor de la Limpieza.
    Autor: Alastor V

    Más que Carpintero era Señor de la Limpieza.


    Más que Carpintero, era Señor de la Limpieza.


    - No me gusta el aspecto de esas nubes- reconoció Manfred una vez salieron al exterior.
    - ¿Acaso te han gustado alguna vez?- se mofó Balian, mientras hacia un amago como para escupir, pues, acostumbrado como estaba a hacerlo continuamente, no había reparado en la mascarilla- ¿dónde está don importante?
    Manfred se encogió de hombros, pero acto seguido un tercer sujeto contestó a la pregunta mientras se deslizaba por entre dos trozos de chatarra, que una vez fueron coches.
    - Rezando, me imagino- masculló el recién llegado sin detenerse, lo que animó a sus compañeros a emprender la marcha.
    - ¡Pues que le aproveche el rezo, porque si no viene, yo me ventilo su parte! Sólo faltaría que además de holgazanear tuviéramos que consentirle…- comenzó Manfred.
    - ¡Vamos hombre, déjalo ya!- dijo esta vez Balian y, saltándose las reglas, se retiró la mascarilla una fracción de segundo para escupir, por lo que se ganó un reproche del líder- Tarde o temprano estaremos muertos… deja que él intente convencer a los del otro lado para que le abran; al menos, uno de nosotros irá al cielo.
    - ¡Pues si ese cielo suyo es como este!- insistió Manfred, refiriéndose a las nubes rojizas que cubrían la ciudad- ya le pueden dar bien…
    - Ya vale de cháchara, tenemos trabajo.

    Una hora después se encontraron con aquel fétido mar de color metalizado. Al parecer, el nivel de las aguas había vuelto a hacer de las suyas y varias manzanas de complejos industriales afloraban aquella mañana entre un zafirino reflejo de radiactivas aguas.
    Elector se tomó una pausa mientras contemplaba la corrupta superficie, ni siquiera ya aparecían los clásicos puntos de color flotando a merced de la inquietante corriente… ni siquiera quedaban peces para morirse.

    - ¡Asco de mundo!- dejó caer Manfred, y las palabras se aferraron en los oídos de uno de sus compañeros.


    Había pasado tanto tiempo, tantos años. Y ahora estaban solos… ellos tres y Peck; condenados a la extinción… y eso si no los mataban antes las veinticuatro horas de aburrimiento diarias. Hacía medio siglo la Tierra debía de haber sido un lugar espléndido donde vivir pero, desgraciadamente, había perdido esa virtuosa costumbre a medida que la contaminación la iba desmembrando literalmente. Era muy joven en la época de la gran Retribución, como solía llamarla Peck en sus incesantes sermones. De todo el reducido grupo, él era el único que parecía comprender algo de todo aquello. A su entender, tanta destrucción, muerte y olvido no eran más que una especie de castigo “cariñoso” de Dios, que buscaba enmendar a los hombres y sacarlos del pecado. Fuera lo que fuera, ni siquiera recordaba ya el aroma de una mujer, ni el llanto de un niño. Llevaban más de cuatro años solos, en esa jungla de asfalto y aire contaminado, y nada había cambiado, al menos, a mejor. Las aguas subían, la radiación aumentaba, o eso se imaginaba. Manfred solía decir que, después de ellos, la muerte se quedaría en el paro, pero quizá hubiera llegado el momento de su jubilación.

    Peck tenía su dios, Balian sus escupitajos y Manfred sus eternas maldiciones y quejas, pero él tenía algo mucho más valioso: el recuerdo de un ser querido… Aquel que tanto añoraba le había conferido fuerzas durante los primeros años de aquella hecatombe, que fueron también sus últimos. Con el paso del tiempo, afianzada su amistad, el anciano acabó por revelarle su secreto más profundo, aquello por lo que había trabajado cuando contaba menos canas que años, el último leño de un viejo horno.

    Sólo entonces le habló del proyecto Golem.

    “Algún día alguien nos sacará de aquí, muchacho”, podía oírle, como si no hubiera pasado el tiempo “algún día alguien encontrará la nave en el espacio profundo. Entonces comprenderá lo que hemos sufrido… lo que estamos sufriendo. ¡Y no sólo eso, Elector! ¡También encontrarán aquello que merece la pena guardar! Aprenderán nuestras ciencias, de nuestros filósofos y de nuestra historia. Se deleitarán con nuestro cine, nuestra novela y nuestro teatro, y llorarán de nuestra tragedia… pero nos salvarán, Elector; viviremos en ellos”.
    “¿Pero quiénes…?” recordó haber preguntado.
    “El universo es muy amplio, Elector. Alguien responderá a nuestra llamada, encontrarán a Golem y ella les instruirá. Puede hacerlo porque fue programada para ello… es nuestra única Esperanza. Ella es el mejor descendiente que hemos podido darle al eco de la eternidad…”



    - ¡Elector! ¿Has oído eso?- dijo Manfred, visiblemente asustado.
    Con un gesto, el muchacho pidió explicaciones.
    - Viene de allí… - dijo a su vez Balian, y señaló hacia una gigantesca estructura que se levantaba al final de aquella avenida.
    Para cuando se dieron cuenta, se estaban dirigiendo hacia allí.

    - ¡Es…!- farfulló Manfred.
    - ¡Pero que…! ¿Cómo cojones…?- le coreó Balian.
    - Me cagüen el efecto invernadero- sentenció Elector por lo bajo.
    Si no se lo creyera, diría que estaba viendo a un superviviente salir del espaciopuerto. Pero era el individuo más extraño que se hubiera encontrado nunca. Así de lejos, parecía un humanoide de tamaño considerable. Llevaba sendos objetos en sus manos, de los que tampoco distinguieron gran cosa. Por lo demás, parecía ausente, como si ni siquiera supiera quién era o dónde estaba.

    Conforme se acercaron, distinguieron lo que parecía la silueta de un hombre embozado en una larga túnica blanca. Sólo la cara era visible en parte, pues una desordenada melena se la tapaba parcialmente. Desde luego, sus rasgos faciales y la tez de su rostro se asemejaban más al metal que a la carne humana.
    El ser aprovechó la ventaja:
    - He venido a vosotros al fin.- murmuró en un tono un tanto disonante, como el de una señal de onda distorsionada.
    Nadie respondió.
    - Oí vuestra llamada de auxilio desde lo alto y acudí a vosotros. Regocijaos, pues, por vuestra suerte, pero, al mismo tiempo… ¡arrepentíos desde lo más profundo de vuestra alma, tal y como esta tierra marchita lo hace! El juicio final está al llegar.
    A Balian se le cayó la baba por su descuidada boca entreabierta.
    - ¿Qué eres?- fue capaz de decir Manfred tras mucho esfuerzo.
    - Vuestro salvador, y vosotros mis adeptos. Os traigo paz y serenidad en esta hora sombría, y os ofrezco mi sangre en sacrificio, tal y como ya hice hace mucho tiempo por los vuestros.

    Y, en ese momento, mostró uno de los objetos que había guardado en una de sus manos. Era algo así como un cuenco, y en él se mecía un líquido transparente que pronto identificaron como agua… agua limpia.
    Deslizó una de sus manos, aún cubierta por la túnica, sobre toda la circunferencia del recipiente, y así permaneció unos instantes, contrayendo la mano sin parar, mientras se oía un leve chorrito. Acto seguido, retiró el brazo y tendió aquel elixir hacia los tres sujetos que le miraban sin pestañear.
    Aquello había adquirido un color rojizo estupendo, aunque no un olor agradable, pero los tres acabaron bebiéndolo instados por el curioso ser.
    - Deberíamos presentarle a Peck…- comentó Manfred, obnubilado por la bebida.
    - Guiarme, hijos míos. Yo sanaré todas las almas en pena de este mundo.



    Si a ellos les había costado poco enfatizar con aquella aparición, Peck parecía haber estado avisado de antemano. De hecho, se había pasado años y años preparándose para ese momento, aunque ni a él mismo se le había pasado por la cabeza que su señor pudiera acudir a él, y no al revés, como solía ser el orden natural hasta el momento.

    - ¿Dónde le habéis encontrado?- murmuró entre reverencia, beso y genuflexión, un excitadísimo Peck, pero Elector, que se encontraba fuera de sí por aquel elixir que había bebido, se limitó a sonreír a su amigo. Viendo que no obtenía respuesta, el fanático creyente se dirigió a su máximo pater con todos los honores que éste merecía.
    - Su ilustrísima… ¿escuchó nuestras plegarias?
    - Siempre os escucho… a todos, los que creéis en mí y los que no.- respondió el melenudo- Llevo llorando con vosotros mucho tiempo ya…
    - O sea, que recibisteis la nave, ¿no?- preguntó Manfred, al que el trago recibido no le había sentado muy bien, por lo que denotaban sus repentinos sudores y un repentino tick en el ojo izquierdo.
    El divino llegado de los cielos se volvió hacia él, pero Peck se le anticipó:
    - ¡No seas ridículo! ¡Es Dios! No necesita de nuestras estúpidas naves para saber que hacemos con nuestras vidas… él lo ve todo.
    - …lo ve todo- repitió alguien desde el fondo de la habitación.
    Elector se percató de que era Balian, que parecía sumido en su propio mundo.
    - ¡Pues yo juraría que le he visto antes!- comentó Manfred, tambaleándose de un lado a otro.
    - ¡Blasfemo!- comenzó a gritar Peck, para luego acercarse a su adorado señor y pedirle perdón una y otra vez- excúsalo, mi señor. No sabe lo que hace.
    - Eres un buen creyente- le dijo el ser- y vosotros buenos hombres. ¡Por eso yo os redimo! ¡Seguidme!
    - ¡Alabado sea nuestro señor!- dijo Peck mientras seguía de cerca a su mesías. Balian y Elector también se incorporaron… el único que se quedó allí fue Manfred, tumbado en el suelo… una baba pestilente le salía por la boca mientras su cuerpo se enfriaba.



    Mientras caminaban un largo trecho, con Peck continuamente recitando alabanzas una tras otra, Elector no reparó más que en su propia felicidad. ¡Para qué quería él que una nave salvara sus adelantos si dios había venido en persona a salvarles a ellos! No cabía en el gozo de saber que tanto sufrimiento tenía ahora una explicación, y una recompensa. Por eso no se enteró cuando Balian le susurró al oído: “lo ve todo, Elector, él es así”, ni mucho menos cuando su compañero comenzó a subir las escaleras del único edificio de ocho plantas de aquel sector. Con el viento ciclópeo que hacía, nunca había sido muy recomendable frecuentar tales alturas.

    Una vez llegaron a las proximidades del espaciopuerto, Dios se paró repentinamente en mitad de la calle, a escasos metros de la entrada. Peck quedó un rato en silencio, hasta que comenzó a animar a su señor para que diera alguna señal de que seguía allí.

    - ¿Ha muer-muerto?- preguntó Elector como pudo, pues los efectos de lo que fuera que había tomado seguían ahí, y en aumento.
    - ¡Como va a morir! Es dios- dijo Peck mientras le daba un golpecito en el pecho, que sonó a metálico. Como desequilibrado de repente, el gran humanoide se desplomó sin encontrar casi resistencia… sólo la que el envejecido cuerpo del creyente pudo ejercer antes de quedar aplastado, pues siempre había sido mayor su fe que sus reflejos y constitución.

    Elector se quedó de piedra un largo rato, sin hacer nada, pues su compañero murió aplastado antes de poder articular palabra y, por lo que parecía, dios también, pues creyó oírle murmurar "batería agotada". Sin saber muy bien qué hacía, decidió entrar en el espaciopuerto, pero casi tropezó con un bote y un utensilio que había dejado el divino ser antes de desplomarse. Se trataba de una escoba y de un recipiente de plástico con una etiqueta ilegible en cuyo interior flotaba un liquidillo rojizo.



    Dentro del inmenso edificio, el espectáculo fue desconcertante. A medida que se internó en él, se vio envuelto en un choque de civilizaciones, tiempos remotos y locura. Decenas de dioses similares al que hasta hace poco había visto morir barrían el suelo o limpiaban las instalaciones, mientras hablaban a plena voz o formaban corros.

    - ¡Sólo sé que no se nada!- creyó entender que le decía uno de ellos que vestía una toga blanca de dudosa confección.
    Varios metros más adelante, Elector tuvo que apartarse de un robot que no hacía más que extender el brazo hacia delante, mientras decía algo de unos “arios” y unos “judíos”. Para más señas, lucía un mostacho ridículo.

    Por último, antes de llegar a la pista de aterrizaje, se vio sorprendido por otro de aquellos seres, de los que vio a algunos desactivados bajo unas vitrinas en las que se leía “Mantenimiento, X-7 N-triu- Espaciopuerto de Lebriham”
    - ¿Dónde están las armas…? ¿Dónde están las armas de destrucción masiva?- comenzó a gritarle al oído aquel último ser metálico- ¡Yo te lo diré! ¡Las tienen… las tienes tú!


    Algo le llamó la atención en una de las pistas. Una nave de gigantesco tamaño se mostraba en todo su esplendor empotrada contra la superficie terrestre.
    Se acercó a ella mientras algo le llamaba “Terrorista” de lejos, y mientras los ojos se le empañaban.

    Al entrar, vio un masivo entresijo de cables y pantallas de plasma, así como un continuo desfile de chispas y de monitores rotos. Pero, uno de ellos, el más grande, aún estaba encendido.

    Mientras los efectos del fuerte detergente terminaban de destrozarle el hígado, Elector pudo oír:

    - Saludos, ser inteligente del espacio profundo. Tengo mucho que enseñarte… ¡ah!, por cierto… mi nombre es Golem

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  • "Acero" (Ganador del 5to. CIRCO).

    Relato Ganador del 5to. CIRCO.




    Título: Acero
    Autor: Psyro

    Acero.


    Acero.


    El sonido de la cerveza vertiéndose rompió el silencio reinante en el bar. La noche había caído, y no muchos se resistían a regresar ante el calor del hogar para echar un último trago.
    Pero Stanley Kirby no era un hombre corriente. Muy pocos conocían su nombre, y ninguno de entre aquellos privilegiados era capaz de asociarlo con la persona que en esos instantes paladeaba las últimas gotas de una rubia. Mientras que, como ahora, llevase su uniforme de trabajo, de cara al mundo él era Hoja de Acero. O Acero a secas. Así lo conocían sus admiradores. No había ni un alma lo bastante rápida ni fuerte para hacerle sombra al héroe, defensor de los justos, azote de los criminales. Hasta en el cuerpo de policía contaban sus historias como niños alrededor de una fogata en una noche de acampada. ¡Y los niños de verdad…! ¡Sus caritas ilusionadas…!
    Al más mínimo problema, Hoja de acero se presentaba en el acto. Nadie sabía de dónde podía venir, pero su olfato le llevaba siempre ante cualquier problema. Tampoco le veían marcharse: los infelices que se enfrentaran a él podrían considerarse afortunados si llegaban a vislumbrar el fugaz brillo metálico que le caracterizaba antes de que desapareciera.
    Hoy debía patrullar los bajos fondos, un roto sobre el impoluto manto de justicia que cubría la ciudad. No era una casualidad que su joven compañero se llamara Aguja: ellos eran el baluarte de la ley, los encargados de remendar el apolillado estado del orden. Y todos sabían en qué lugar se refugiaban los peores insectos: en el bar de Larry.
    -¿Le pongo otra, señor? -preguntó éste con una sonrisa que no se esforzaba en ocultar su maltratada dentadura. Su local sería un agujero de corrupción, pero el dueño era un hombre honrado. O uno inteligente. Nadie quería problemas con el gran Acero.
    -No, no. Debo estar sereno -pronunció con la voz de mil truenos-. El deber me llama.
    -Por supuesto -contestó, visiblemente admirado-. ¿No le acompaña hoy Aguja?
    -Estoy esperándole. No es normal que tarde tanto.
    -La última vez que le oí decir eso -comentó mientras frotaba con un trapo la jarra que sostenía entre sus manos-, tuvo usted que ir a la fortaleza helada del Coronel Ensangrentado a salvarle de una muerte segura.
    -Cierto -el héroe rió con ganas al recordar la anécdota-. Es un novato, pero está aprendiendo. Y más de una vez me ha sacado de algún apuro, créeme… aún así, no tiene comparación con la Dama del Sueño.
    -Su anterior compañera.
    -Aaaah, la Dama, la Dama… -su semblante se ensombreció de inmediato-. Siempre lamentaré aquel incidente. Cuánto tiempo hace ya desde que se fue… pero me vengaré de ese… -pronunció, y sus palabras escupían desprecio- ese desgraciado, al que llamo mi archienemigo.
    Un hombre joven entró en el local, cerrando la puerta con delicadeza. Examinó el sitio hasta toparse con la enorme figura de Acero, embutida en su traje plateado. Él también llevaba su uniforme, color gris perla. El héroe no tardó en reconocerlo.
    -¡Ah, por fin!
    -Discúlpeme, señor. No esperaba encontrarle aquí.
    -Sea como sea, mi aprendiz, ¡Vamos! hay mucho que hacer. ¿Cuánto te debo? -preguntó dirigiéndose al camarero.
    -¡Cómo iba yo a cobrarle al mayor héroe que ha visto esta ciudad! Procurad descansar.
    -La injusticia jamás descansa.
    Y ante la mirada de asombro de uno de los clientes, que acababa de sentarse en la barra, los héroes abandonaron la estancia.

    -Señor, llevamos un rato caminando. Deberíamos volver a casa -sugirió Aguja.
    -¿Tan pronto te rindes? ¿Y qué hay de la gente que nos necesita? Imagina las caras de los niños al ver a sus ídolos salir triunfantes…
    El aprendiz suspiró y siguió adelante. Hacía frío, y la lluvia no mejoraba el panorama. Además, no eran calles seguras para caminar. Aunque por supuesto, Acero ya contaba con ello. En cualquier momento, podrían encontrarse ante una situación que requiriera su presencia.
    Un ruido no demasiado lejos del lugar en que se encontraban lo confirmó. Usando toda su anormal velocidad, el héroe se personó en el acto, mientras que su compañero gritaba algo varios metros detrás de él. Ni siquiera Aguja podía correr tan rápido.
    Eran tres. El primero de ellos mediría en torno al metro setenta; era robusto, de espaldas anchas y cara angulosa. No parecía alguien muy dado a sonreír, igual que los otros dos. Aquellos, por el contrario, eran más altos, aunque el tercero del grupo no se acercaba ni de lejos al nivel de forma física de los otros. La noche impedía averiguar mucho más sobre su aspecto, y lo poco que podía entreverse no era de gran utilidad. Pero sí sabía era que no planeaban nada bueno. Su olfato jamás le había fallado.
    -¿Qué ocurre con vosotros, chicos? -bramó, haciendo su aparición en el callejón.
    -¿Y tú quien coño eres? -replicó uno.
    -Vaya boca más sucia…
    -A ver si te voy a partir la tuya.
    -¡No, tío! -el más delgado de los tres le sujetó por el hombro, impidiendo que tratara de hacer efectiva su amenaza-. ¡Conozco a éste!
    -¿Sí? ¿Y quién puñetas es?
    -Soy vuestra peor pesadilla.

    -¿Quién era el tipo de antes? -preguntó el nuevo cliente con curiosidad, mientras contemplaba su copa con desgana.
    -¿Cómo dices? -pronunció Larry, acercándose para oír mejor.
    -El de la capa y el traje plateado.
    -Ah, te refieres a él... ¿no le conoces? El gran Hoja de Acero…

    Los tres reían. A Hoja de Acero no le importaba lo más mínimo. Pronto sería él quien se carcajeara.
    -¿Así que superhéroe, eh?
    -Parece que no eres tan tonto como aparentas -le espetó Acero.
    -Yo también tengo poderes, Hojalata-man. Defiéndete.
    Dio un paso al frente dispuesto a hacerle tragar sus palabras. Pero por alguna razón, se sentía mareado. ¿Se enfrentaba a alguien con la capacidad de nublar sus sentidos? ¿De hacerle perder el equilibrio?
    Mientras, los tres reían. Y se acercaban.
    Se echó las manos al pecho a causa del primer golpe. El segundo fue a la cara. Dolía como nada que hubiese padecido con anterioridad: a Hoja de Acero jamás le había ocurrido algo semejante. Venció a Volcano, y al terrible Domador. Pudo librarse sin problemas del Hombre acuático, del Caminante… y muchos más. ¿Iba a fracasar ahora?
    Pero lo cierto es que no se encontraba bien. Sangraba a causa de las patadas que le propinaban los tres individuos. No podía levantarse, ni defenderse.
    -Vaya, este tío es Super-cojín. ¡No me canso de darle de hostias en la barriga!
    ¿Cómo se atrevía a insultarle aquel maldito ilusionista?
    -¿De dónde lo sacaste? -preguntó uno
    -Me hablaron de él -se explicó el más delgado-. Es un defensor del orden -enfatizó-. Vamos, un tarado.
    -Si, desde luego no tiene un Super-cerebro, no -rió el tercero.
    -A lo mejor sí -extrajo algo de su chaqueta. No podía ver lo que era, pero su olfato le avisó de que nada bueno podía resultar de aquello.
    -¡Alto! -gritó alguien de improviso a sus espaldas. ¡Aguja! Su fiel compañero… pero no era su voz. Había llamado a la policía. Joven inexperto… ¿De qué iban a servir contra un enemigo así?
    -¡Suelta eso! -exclamó un agente, apuntando con su arma-. ¡O si no…!
    No hizo falta esperar a oír la amenaza completa: los tres salieron corriendo, con los pies restallando sobre los charcos de la acera igual que una locomotora sobre las vías. No contaban, sin embargo, con un segundo grupo que les cortaba el paso al otro extremo de la callejuela. No habría escapatoria para delincuentes normales, pero ellos eran supervillanos…
    -¡Cuidado! -gritó Acero-. ¡Usarán sus poderes de confusión!
    Trató de levantarse, pero no pudo. Los agentes, ajenos a sus problemas, se concentraban en la detención de los delincuentes. ¿Acaso los villanos habían silenciado su voz?
    -¡Agentes, a cubierto! Ellos…
    Algunas luces se encendieron en los pisos inferiores del edificio más cercano. Tenían que poder oírle. Entonces la figura de un niño asomó por una de las ventanas. Acero se llenaba de orgullo cuando un muchacho le miraba, admirado. ¿Por qué aquel pequeño tenía esa expresión? No era orgullo.
    Era miedo. Su madre corrió a apartarlo del cristal.
    Se arrastró por el suelo hasta Aguja, que hablaba con un policía. Llegaban a sus oídos palabras sueltas, aunque la distancia y el aturdimiento impidieron que entendiera todo el mensaje. No tenía sentido, el agente lo llamaba “Jeff”. ¡No era Jeff, sino Aguja! Sólo él conocía su verdadera identidad, y desde luego no era Jeff. Su nombre real era Allan, Allan Gaiman. ¿Qué ocurría?
    Los brazos cedieron bajo el peso de sus aletargados músculos. La cara cayó sobre uno de los charcos. Escupió agua y barro, se frotó los ojos y contempló el movimiento ondulatorio de la superficie. Al final, el líquido se detuvo, y Acero vio su rostro.

    -Ya. Hoja de Acero, ¿eh? ¿Trabaja en fiestas infantiles, o se escapó de un carnaval?
    -Ojalá -pronunció Larry con seriedad-. El pobre hombre está loco.
    -¿No me digas…?
    -Sí. Viene aquí desde hace meses, siempre con el traje ese. Se cree un superhéroe. Nosotros le seguimos la broma, ya sabes. Los locos…
    -¿Y el otro? ¿El traje que llevaba...?
    -Trabaja para el manicomio. El tipo que se encarga de cuidarle, y suministrarle la medicación. Igual por eso le llama Aguja, no lo sé. Me paga sus cervezas.
    -Entonces ¿bebe mucho?
    -Muchísimo. Tanto que a veces no puede ni andar: hoy se ha ido con cuatro, y es uno de sus mejores días.
    -Al menos tiene alguien que se encarga de él -dio un trago.
    -Sí, bueno, pero aún así se mete en líos. A veces molesta a la gente, porque la toma por supervillanos. El otro mes se puso a pegar a los jamones congelados que colgaban de la cámara frigorífica de una carnicería. Le pillaron porque se le perdió la capa. No sé de dónde las sacará; no hace más que dejárselas por todas partes y siempre aparece con otra.
    -¿Y nunca le han detenido? Porque puede ser peligroso. Y este es un barrio tranquilo.
    -Le aumentan la medicación cada vez. De todas formas nunca ha hecho nada gordo, salvo una vez… no está claro qué pasó. Pero su esposa murió acuchillada. Se le declaró culpable, pero aquello hizo perder la cabeza. Ahí empezó todo, con lo de su mujer. Se libró de la cárcel, y estuvo recluido en un psiquiátrico durante años. Hasta hará unos meses, en que decidieron dejarle en libertad con vigilancia.
    -Dios mío…
    -Sí, lo sé. En fin. A saber cómo acabará, el pobre hombre. Aunque he oído que va a mejor. Quizá recobre el juicio… quién sabe.

    No podía ser. El rostro que tenía ante él era el de un extraño. No reconocía el pelo enmarañado, ni la barba de tres días. Ojos enrojecidos, nariz congestionada… hasta tenía papada. No era el aspecto de un héroe. Recordó el gesto aterrado del niño y sollozó. ¿Así lo veía el mundo en realidad?
    -¡Ah, Dama, Dama...! M… ¡¡Marta!! Vuelve...
    Algo brillaba en el suelo lo suficiente como para verlo a través de las lágrimas, la lluvia y la sangre. Cada vez había más luces en las ventanas, pero nadie le miraba a él, sino a los policías que acababan su trabajo. Reptó hacia el objeto. Sería lo que había sacado su enemigo poco tiempo atrás. Tenía que habérsele caído en la huida. Extendió una mano mucho más rechoncha que la suya hacia él.
    Era una navaja.
    Contempló el arma detenidamente y asintió. Su verdadero archienemigo, el suyo y el del héroe, moriría hoy mismo.
    Acercó la hoja al cuello, hasta que el acero atravesó la carne.

    -No sabe cuánto lo lamento, agente. Ya parecía ir mejor… -se excusó Jeff-. Después de esto, tendrá que volver al hospital.
    -Lo importante es que todo haya salido bien al final y no haya que lamentar desgracias. Menos mal que llamaste a tiempo…
    -No quiero ni pensarlo.
    -Si te consuela, nos ha hecho un gran favor. Hacía tiempo que andábamos detrás de esos tres.
    -¿Cómo?
    -Trabajan para un narcotraficante bastante gordo. Pueden llevarnos hasta él. Oye, crees… ¿crees que sabía…?
    -Imposible. Otras veces atacó a gente inocente. La última, un hombre que hacía footing… habrá sido una casualidad.
    -Sí, seguramente. Si no estuviera tan mal, quizá le alegrara saber que acabó haciendo algo heroico, después de todo.

    Robert Boyle

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  • "Sobre Famélicos Rocines y Afiladas Espadas" (Ganador del 6to. CIRCO).

    Relato Ganador del 6to. CIRCO.




    Título: Sobre Famélicos Rocines y Afiladas Espadas
    Autor: Thylzos

    Sobre Famélicos Rocines y Afiladas Espadas.


    Sobre Famélicos Rocines y Afiladas Espadas.


    - ¡Acercaus, acercaus, sentaus en esas sillas que vacías allí esperan! ¡Sus voy a contar como mi señor y yo nos hicimos destos esbeltos corceles, destas afiladas e imponentes espadas y destas llenas bolsas de oro! Sus voy a contar una historia, vamos. ¿Pero qué esperáis?, ¿que sus traiga la sentadura cual noble? En menos de lo que un gallo canta pienso empezar y no penséis que sus voy a aguardar. Camarero, ¿ónde se supone que está mi cerveza?, todo buen contador precisa duna jarra de cerveza.

    >> Bueno, bueno, puestos sobre la mesa los ingredientes pa una buena narración, es hora de empezar. Andábamos mi señor y yo por los caminos. Él es un hombre gallardo, aventurero nato. Su mejor arma son su inteligencia y agudeza, afiladas cual hoja de plata. No me malinterpretéis, tiene presto su espada en mano si la hora de cortar cabezas llega, pero como dice siempre que se le pregunta: "Preferible es vaciar carteras a rasurar cabelleras". Pos así íbamos, por la ruta que une dos ciudades del Imperio de importante comercio. No sus penséis que esta barriga que aquí veis me acompañaba por esos derroteros. Oh, vaya que si no. Estábamos tan famélicos y hambrientos como nuestros rocines, o quizá más ellos, pero eso no viene a cuento. Lo importante y con lo que sus tenéis que quedar, es que al finalizar esa noche a nuestro destino íbamos a llegar e íbamos en los güesos y por más que nuestros bolsillos al viento agitábamos, dellos ninguna moneda salía.

    >> La noche por el camino era oscura y tenebrosa. La naturaleza nos acompañaba en nuestros pasos con su melodía. Espero que no oséis insinuar que eso nuestra gallardía minaría, oh, no, nada alejado más de la realidad. Teníamos, así como sus cuento, una tranquilidad natural, pues en circunstancias tales siempre nos vamos a encontrar, así que ni nos inmutaríamos cuando junto a un par de campesinos borrachos pasásemos o cuando un lobo a lo lejos aullara. Mi señor iba recto en su flaca montura mirando serio el horizonte en el momento en que dél se veía un carruaje pomposo de colores primaverales tirado por dos caballos de envidia y custodiado por sendos soldados. Su paso era lento hasta para nuestros famélicos rocines y prisa no parecían albergar. En eso, mi amo se va a girar y me va a mirar con una sonrisa pícara, desas que me pone cuando algún arriesgado y loco plan se le pasa por su bien amueblada cabellera. Va a hablar y así me va a dir, oíd atentos sus palabras:

    >> - Querido compañero, una idea para desta situación salir se me acaba de ocurrir. Volvamos prestos en nuestros pasos, que contrarreloj vamos.

    >> Y sin mediar más palabra y sin decirme qué buscaba, su montura va a girar para emprender al galope hacia atrás. Hasta los borrachos se encaminó y frente a ellos se situó, armado con una rama de haya que por allí hallase. En sus cabezas les pegó y las ropas les quitó, atándolos de pies y manos con unas cuerdas que siempre en su alforja lleva. Las vestimentas destos nos calzamos y a ellos las nuestras colocamos, después un pañuelo en el rostro para acompañar y nuestra identidad ocultar. Aluego, los rocines explotamos hasta casi matar por fora del camino para a la altura del carruaje llegar y prestos pasar. Con una de las monturas caída y ya sin ganas de levantar, a la pomposa compañía esperábamos. Cuando ésta a nosotros arribó, rápidos cual gacelas hacia ella saltamos, cuchillos en mano, rasgando la puerta de frágil tela que el interior protegía y poniendo un cuchillo en la garganta a la gruesa dama que ahí iba. Una vez cumplidos nuestros objetivos, mi amo la palabra va a tomar, saltando al exterior con la señora por delante y diciendo a los soldados que miraban entre temerosos y expectantes:

    >> - Nos vais a dar prestos vuestras espadas y una de sus monturas, así como todo el oro que en la caravana llevéis, si no queréis que separe el cuello del cuerpo de esta mujer.

    >> Sin gran dilación, cumplieron su petición y apenas unos segundos después nuestra nueva montadura hacíamos correr, los dos en una. Cuando paramos en el sitio donde dejamos a los campesinos y mientras nuestras ropas recuperábamos y la de ellos devolvíamos, le pregunté a mi señor el por qué de su decisión, pues si dos caballos podíamos coger, tanto mejor para nosotros. Él sabio como pocos, como ya sus habréis dado cuenta, me respondió con estas palabras, calcadas a las que ahora recitaré y escondiendo toda emoción durante su explicación:

    >> - ¿No habéis visto, zoquete, -así demuestra él el apreció que me tiene- que mozos de alta alcurnia eran?, esa señora de seguro tiene un señor en la ciudad y ese señor de seguro no dejará el hecho así como así y una recompensa por los culpables pedirá. Y cuando antes lo hagan, mejor será. ¿Cómo lo van a hacer prestos sin montura que alerte al gordinflón?

    >> Yo no acababa de entender por qué quería que rápido a nuestras cabelleras precio pusieran, pero como el tiempo me mostró, mi señor todo calculado lo tenía. Aquella noche la pasamos tiñendo los pelajes de los campesinos para que posean nuestro color con unos hierbajos que mi amo encontró. Yo cavilaba por lo bajo, considerando la posibilidad de que el hambre, por todos sabidos mala consejera, había hecho que mi señor perdiera la cordura que antaño caracterizaba a su cabellera y me lamentaba del funesto final que nos iban a propiciar si no nos apresurábamos a escapar y a la recompensa que a nosotros iban a asignar, prestos esquivar. Pero nadie atendió a mis sospechas y a la intemperie dormimos con los estómagos vacíos hasta que el alba a lo lejos se asomo y de nuestros sueños nos sacó.

    >> Con la llegada del nuevo día, mi señor al galope hacia la ciudad se dirigía. A mí me dejaba al cuidado de los campesinos, que ya nada entendían. Cuando el Sol a su cénit llegó y yo delirios de hambre sufría, a lo lejos vi cómo su figura se aproximó. Grande fue mi alegría cuando vi que una sonrisa en el rostro tenía, así que presto me acerqué a ver si la buena nueva comida sería. Igual de grande fue mi desilusión, al ver el motivo de tal ensoñación: un cartel en la mano traía, atentus a lo que sus digo, en donde en letras grandes nuestra descripción venía y una gran cuantía por nuestras cabezas pedía. Yo soy un hombre simple, mis limitaciones conocía y roces con un noble no quería. Así que convencerlo intenté para que al galope huyásemos del gran mal que sobre nosotros nos cernía.

    >> Pero también, al contrario de lo que sus pueda parecer, de poca voluntad suelo disponer y no sólo de huir me retracté, sino que mi señor de hacia la ciudad ir me convenció. Así que tomamos a los campesinos, de sus vidas les privamos y todos en el caballo montamos, los dos vivos y los dos no tanto, para ir al paso lento que nuestro corcel va a poder. Yo iba cabizbajo, meditando sobre este desparpajo y la hora de mi juicio esperando. Incluso me inventé un par de frases dramaticales que decir cuando me acorralen y antes de que maten, luego sus la contaré, si queréis. Nunca un hombre de grandes luces fui, pero destas no necesitaba para saber que a la boca del lobo me adentraba y no quería estar desprevenido cuando el gran final llegara.

    >> Así pues, a la gran ciudad llegamos. Describirla como aceptable sería pasarse de largo. Un montón de casas desechas eran, con un centro pomposo para los de los negocios lumbreras. A ese mismo centro nos dirigimos, a paso aguerrido, sin mediar palabra con los pueblerinos. Nos condujo mi señor hasta una mansión de maravilloso esplendor. Era grande y espaciosa y pintada con un chillón color rosa. Un jardín en la entrada tenía, al lado de un establo que lleno de caballos parecía. Imaginarus cuál mi terror fue al comprobar que un carruaje idéntico al que sufrió nuestro pillaje en la puerta se exhibía. Al instante quise mi corcel volver y presto en el horizonte desaparecer, pero soy un hombre de gran sentido del deber, tal como sus pueda parecer, y haciendo acopio de mi voluntad me contuve y en el sitio me mantuve, con la cabeza bien alta como si ningún crimen sobre mí pesara.

    >> En eso, mi señor desmontó y con los cuerpos arrastrando al interior de la mansión se adelantó, por la servidumbre desta siendo dejado como si hubiese sido invitado. Yo seguí sus pasos, a uno de los difuntos tomando y mirando por lo bajo para todos lados, pues temía que con mi mirada ensuciaría los hermosos adornos que en toda la casa había. A un comedor llegó y entonces se paró, alzó la vista y miró. Una mesa de madera lustrosa había y detrás de ella un gordinflón hombre escribía. Sus atuendos eran de lustrosa tela y en sus dedos tenía brillantes y doradas ornamentas. Con detenimiento nos observó al entrar nosotros en la habitación, medio sonrió y a entrar nos invitó.

    >> - Los cadáveres dejad en la entrada, no quiero que me manchen la sala. -Dijo a modo de recibimiento.- Lo que acordamos os daré y prestos os largaréis, que no tengo tiempo que perder.

    >> - Mi señor, su enorme grandeza y poder nos conmueve, así que no tardaremos en hacer lo que nos ordene.- Repondió mi amo mientras dejaba lo de los campesinos quedaba en el suelo de la entrada.- Que nos honre con su presencia nos llena de placer, pero no querríamos que por nuestra culpa su preciado y productivo tiempo vayas a perder, así que en cuanto el trato considere cerrado, con la cabeza baja que corresponde a su majestuosa superioridad nos habremos marchado.

    >> Una bolsa color marrón nos arrojó y mi amo en el aire la cogió. Hizo una breve y burlona inclinación y en sus pasos volvió. Cuando a la recta final llegábamos y sólo a unos metros de la puerta principal estábamos, de una de las puertas que a nuestros costados había, una gruesa señora por nosotros ya conocida salía, con las mismas ropas que anoche vestida. Al vernos, los ojos abrió como si a la muerte viese y con todo el poder de su garganta chilló hasta que casi los vidrios rompió, con uno de sus dedos de morcilla señalándonos y exclamando como alma que porta al diablo:

    >> - ¡Ellos son!, ¡Ellos son!

    >> Nosotros, como lógico sonará para vuesas mercedes, corriendo a más no poder salimos hacia el exterior tan prestos como pudimos. Fora, al Sol del mediodía, un mozo de cuadras dos caballos con sus sillas vestía. Mi señor, sin un instante dudarlo, la espada de su vaina sacó y contra él embistió, su pecho y cuello cortando y casi una cabeza más bajo dejándolo. Antes de que un segundo pasara, a los coreles nos montamos y hacia el exterior al galope los arreamos para prestos de los guardias que no seguían escapar. Nuestras nuevas monturas durante dos días o más explotamos hasta casi matar. Al final, nuestros perseguidores la cacería abandonaron por habernos perdido sin remedio el rastro y aquí mesmo estamos,nuestra siguiente aventura maquinando.

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  • "Oniria" (Ganador del 7mo. CIRCO).

    Relato Ganador del 7mo. CIRCO.




    Título: Oniria
    Autor: Wind_Master

    Oniria.


    Oniria.



    Samir Adlad era un tipo delgado, de estatura media, piel morena y pelo negro como el azabache. Nada en él lo delataba como un soñador salvo, quizás, su mirada. Era penetrante e insondable, como si vislumbrara algo que los demás no podían ver. Y ciertamente era así.
    Los onironautas, más conocidos como soñadores, eran unos individuos sumamente escasos que tenían la capacidad de transportar su consciencia a una realidad distinta - llamada Etéreo - cuando dormían. De esta forma, los onironautas se comunicaban con unas entidades sumamente importantes en Oniria: los Tejedores.

    La razón de que estas divinidades, como eran consideradas, fueran tan importantes radicaba en el hecho de que podían hacer realidad cualquier cosa que soñaran durante su eterno trance. De hecho, la propia Oniria era un sueño colectivo de estas entidades sobrenaturales; sus gentes, sus ciudades, sus ríos. Todo era producto de los Tejedores.

    Por ello, no era de extrañar que el mayor temor de cualquier habitante de este peculiar mundo fuera que su Tejedor llegara a despertar; esto significaba que todo a cuanto había dado vida desaparecería como si nunca hubiera existido. Tal era su temor, que eran resguardados en grandiosos templos, donde podían ser cuidados con los mayores lujos.
    No obstante, la mayoría de ellos no llegaban a entender este complejo fenómeno, por lo que lo atribuían a una ley divina e implacable que sus ancestros habían acatado eones atrás.

    Pero volvamos a nuestro hombre, Samir. Su nave se traqueteaba, zarandeada por los marrulleros vientos que soplaban. A pesar de haber volado numerosas veces, nunca terminaba de acostumbrarse, por lo que las náuseas amenazaban con hacerlo vomitar hasta la última papilla.
    Para no pensar en aquella desagradable situación, se asomó a la ventanilla del transporte; tal y como esperaba, debajo suya se encontraba un inmenso océano de nubes rosadas que iban y venían, en una imitación del extinto Mar, cuyo Tejedor había despertado hacía mucho tiempo. Pero no era aquel hermoso panorama lo había ido a contemplar, sino que su destino era Dormidia, el más pequeño de los continentes flotantes.
    No obstante, no podía encontrarlo.
    - ¿No debería estar Dormidia allí delante? – Preguntó elevando la voz para que pudiera escucharlo el piloto por encima del ruido de los motores.
    - Así es, señor. – Respondió este, volviéndose. Se trataba de un hombre de poblado mostacho, boca torcida y manos diestras.
    - ¿Entonces? – Preguntó de nuevo en un tono de molestia que no intentó disimular.
    - Entonces, no tengo ni zorra idea de dónde está. – Contestó como si tal cosa.

    Samir bufó de exasperación y se asomó de nuevo a la ventana. Esta vez descubrió algo de lo que no se había percatado; justo dónde debería estar el gigantesco islote de tierra, había unos nubarrones oscuros. Eran unos nubarrones de tormenta que se arremolinaban y parecían burlarse de él y su frustración. Aquello no le dio buena espina.
    - Esto es muy extraño. – Dijo al cabo de unos instantes. El Consejo de Soñadores había decidido enviarlo a investigar una perturbación que habían notado en el Éter hacía unos días, y parecía que esa preocupación no era infundada.
    - ¿Qué quiere que haga? – Inquirió el piloto.
    - Mantenga la nave a una distancia prudente; voy a comprobar una cosa. – Dicho esto, se recostó sobre el asiento y cerró los ojos.
    - Vaya, voy a poder asistir a uno de esos viajes astrales que hacen ustedes. – Pero antes de que hubiera terminado de hablar, la psique del soñador se encontraba muy lejos.

    Las nubes de los cielos oníricos no eran nada en comparación con la densa neblina que cubría el plano Etéreo. De hecho, él y sus compañeros habían tenido que entrenarse durante años para no perderse allí, donde no había ningún punto de referencia que tomar, tan sólo la intuición, pues debían saber cómo regresar a sus cuerpos si no querían vagar por siempre en aquel laberinto vaporoso.
    - ¿Diadaanberg? – Llamó a través de la inmensidad. - ¿Me oyes, Diadaanberg?

    Pero no hubo respuesta.


    - ¿Qué? – Se limitó a preguntar el Gran Soñador. Se trataba del más anciano de todos aquellos bendecidos con el don, y eso era visible; sus manos estaban llenas de manchas por la edad, y temblaban ligeramente. Su escaso pelo era totalmente blanco, y su barba pulcra terminaba de formar el aura de misticismo que lo rodeaba. – Explícate de nuevo, Samir.
    - Es tal y cómo le he contado, maestro. – Comenzó. – No pudimos localizar Dormidia entre las nubes oscuras, ni tampoco con el radar de la nave. Simplemente, había desaparecido.
    - ¡Eso es inaudito! – Exclamó uno de sus compañeros, que se puso de pie como accionado por un resorte.
    - ¿Te sumergiste en la inmensidad del Éter? – Continuó el anciano, mientras intentaba calmar a los demás con un ademán de sus huesudas manos.
    - Así, maestro. No pude encontrar a su Tejedor. – Hizo una pausa, mientras pensaba la forma de expresar lo que todos pensaban. – Temo que haya despertado por algún motivo que desconozcamos y haya desgarrado su porción de realidad.

    De repente, un murmullo de expectación recorrió a los pocos presentes.
    - Eso explicaría por qué no hemos podido contactar con Eves y Lill . . . – Murmuró alguien casi con miedo.
    - Hace casi quinientos años que no despierta un Tejedor. – Dijo una mujer de pelo rojizo y cara afilada, haciéndose oír por encima del resto. – Esto podría causar una gran conmoción entre la gente. Creo que deberíamos mantenerlo en secreto, por lo menos, de momento.
    - Eso no serviría de nada. – Se apresuró a replicar Samir. - ¿Cuánto tiempo crees que tardaran en darse cuenta de que uno de los continentes ha desaparecido?
    - Posiblemente ya lo sepan. – Puntualizó otro soñador, que no era más que un simple niño.
    - Bueno, eso no es del todo cierto. – Habló el Gran Soñador. – No es que hace quinientos años que ninguno despierte, es que hace quinientos años que ninguno es despertado.

    Hubo un silencio tenso.
    - El Tejedor de Descansaria fue despertado por las bombas que Insomnia lanzó sobre su templo durante la guerra de Reflexión. – Explicó lentamente.
    - ¿Acaso insinúa, maestro, que alguien lo ha despertado a propósito? - Preguntó la mujer pelirroja.
    - Así es. – Afirmó con rotundidad. – Y debemos encontrar al culpable antes de que tenga oportunidad para causar más daño.

    Comprendida la gravedad del asunto, dieron la sesión por terminada, y se dispusieron a marcharse cuando un escalofrío los recorrió a todos de arriba abajo. Se giraron y se observaron los unos a los otros con miedo; había vuelto a suceder.

    Insomnia era fiel reflejo de la personalidad de su creador, o en este caso particular, de su creadora. El cielo sobre el continente era rosado, los ríos brillaban con mágicos destellos de colores, y su orografía tenía curiosas formas que recordaban vagamente a figuras geométricas y animales.

    Si todo esto no era suficiente, lo insomnios tenían la obligación de pintar sus casas al menos de cuatro colores distintos, uno porcada punto cardinal, y demás cosas que los hacía objetivo de las burlas de los demás habitantes de Oniria. Pero lo cierto es que Insomnia era la primera potencia militar, con un férreo sistema de gobierno totalitarista que daba como resultado individuos de pensamiento tan cuadrado como sus cortes de pelo. No obstante, no dejaba de ser irónico que su Tejedor no fuera más que una niña caprichosa que sostenía una sociedad tan compleja.
    Mientras subían el centenar de escaleras del templo, los feligreses se fueron apartando de su camino con una mezcla de respeto y fastidio, a la vez que un gesto de sorpresa aparecía en sus caras; ver a un soñador era algo que podía convertirlos en el centro de atención esa noche en el bar, pero ver a dos, uno de ellos el maestre de la orden, era algo que muchos contarían como anécdota a sus nietos. O quizás no.

    Los guardias de la puerta vacilaron durante un momento antes de bajar sus armas y permitirles el acceso, a pesar de que tenían autorización expresa del gobierno. Una vez dentro del recinto, echaron a todos los monjes que pululaban por allí no sin recibir multitud de críticas o algún que otro insulto, pues no les hacía gracia dejar la base de su existencia en manos de personas ajenas al culto, y además extranjeros. Incluso el que ungía con aceites perfumados a la entidad tuvo que abandonar la sala.
    - Necesitamos intimidad. – Se limitó a decir el maestro, que resoplaba después del esfuerzo.

    Una vez hubieron quedado completamente solos, el anciano retiró una cortina de terciopelo carmesí que protegía de las miradas al Tejedor. Detrás de esta se encontraba un cristal de color aguamarina. A pesar de haber estudiado a todos los Tejedores, Samir quedó prendado ante la visión; el cristal contenía a una niña desnuda, cuyas rizos habían quedado flotando alrededor suyo dentro de su prisión y protección. Su cara, con los ojos cerrados y reflejando un profundo sueño, desprendía una tranquilidad tal que sosegó el corazón de ambos hombres durante un momento.

    Gracias al silencio que había invadido la estancia y a su cercanía con el ser, pudieron escuchar un zumbido casi imperceptible; el sonido de su propio sueño. Esto es lo que conocían como el ronquido del Tejedor.
    - Así que ella es Mánar. – Dijo por fin el asombrado Samir. Al igual que existía un Gran Soñador, también existía un Gran Tejedor. Se decía que era responsable de la mayoría de todo lo que existía en Oníria, y en particular, de su propia tierra. Normalmente, nadie más que el Gran Soñador podía comunicarse con ella, pero esto era una excepción. Una gran excepción podríamos decir. Si alguna de las divinidades podía aclararles algo, casi con toda seguridad era ella.
    - A pesar de ser una divinidad, no es más que una niña pequeña. – Le advirtió el maestro. – Debemos tener cuidado con lo que decimos o hacemos, para no molestarla.

    Ambos se tumbaron en sendos camastros, cerraron los ojos, y sus conciencias volaron más allá de este peculiar mundo.
    Una vez en el Éter, el maestro, que no era más que una figura semitraslúcida, lo guió hasta una luz fulgurante que se encontraba rodeada por jirones de bruma, formando una especie de cascaron. Dentro de él, se encontraba la misma niña que habían visto atrapada en el cristal, flotando sobre todo lo demás como por pura voluntad.
    - Por fin habéis venido. – Dijo con una voz aguda y afable.
    - Así es, Mánar. – Respondió el anciano. Hizo una reverencia que Samir se apresuró en imitar.
    - Ya estaba aburrida. – Explicó, mientras hacía una mueca de disgusto. – Antes solía jugar con Diadaanberg, pero hace tiempo que no sé nada de él. Es que los demás Tejedores no me caen bien, ¿sabes?

    Los soñadores se miraron durante una décima de segundo, con complicidad.
    - Creemos que ha sido despertado por alguna razón. – Explicó en voz baja.
    - ¡Oh! ¡Eso es terrible! – Exclamó la chiquilla.
    - Cierto. – Se apresuró a corroborar el anciano.
    - ¿Quién lo ha hecho? - Preguntó, y su dulce cara se deshizo en una mueca de intento de enfado; bufó las mejillas y juntó las cejas.
    - No lo sabemos, pero quizás tú nos podrías ayudar. – Observó él.
    - ¿Yo? - Y se hizo la sorprendida. - ¿Por qué yo?
    - Hemos sentido una . . . agitación en el Éter. - Esta vez fue Samir quien habló. - Eso sólo puede significar una cosa. Una no buena, además.
    - Tienes razón, chico. – Comenzó. – El caso es que el otro día algo me asustó.
    - ¿Perdón? – No estaba seguro de haber oído bien aquello.
    - ¿Ahora estás sordo o qué? – Se burló.- El caso es que tuve una . . .¿cómo lo llamáis vosotros? Ah, sí. El otro día tuve una pesadilla.

    Los dos soñadores intentaron asimilar aquellas palabras, pero les fue imposible.
    - ¿Acaso los Tejedores pueden tener pesadillas? - Inquirió, volviéndose a su acompañante.
    - Es la primera noticia que tengo de ello. - Confesó el anciano.
    - Ya te lo he dicho. - Dijo molesta. - Algo apareció y me asustó.
    - ¿Cómo era ese "algo"? - Preguntaron al unísono.
    - No lo sé. - Y se llevó una mano a la cabeza, pensativa. - Sólo recuerdo que tenía unos ojos rojos feos.


    Era costumbre que las gentes de Ensoña miraran al cielo cuando salían de sus casas, puesto que por encima del suyo flotaba otro continente: Vigilia. Este interés por comprobar que sus vecinos continuaban allí constituía una especie de saludo secreto, del mismo modo que los vigilios se asomaban cuando podían al borde de su tierra para hacer lo propio.
    Por desgracia, cuando esa mañana los ensoñes se levantaron temprano para ir a trabajar, no pudieron ver más que unas nubes oscuras por encima de sus cabezas. Sin lugar a dudas, aquello causó conmoción entre las gentes, y la semilla del miedo fue plantada profundamente en ellos.

    Durante las semanas siguientes, la gente contempló con horror e impotencia como la sombra, a la que habían bautizado como Scinteriontenon –que significaba “aquel que traía la sombra” en una lengua tan antigua que databa de cuando los continentes aún pertenecían al suelo y estaban rodeados de agua- avanzaba de forma inexorable y, uno a uno, seis de los sietes continentes flotantes desaparecieron de la noche a la mañana.

    El último continente, Insomnia, se había convertido en un reducto de esperanza. Un reducto que había empezado a apestar, por cierto; se sucedían las peleas y los asaltos, producto de numerosas pandillas que habían surgido como hongos desde lo más profundo de una sociedad reprimida. Casi todos los días se producía alguna muerte violenta, y tampoco era extraño oír sobre violaciones.

    Y en el centro de todo este caos se encontraban los soñadores, los únicos a los que la gente consideraba capaces de frenar aquella amenaza nocturna. Pero ellos también habían sufrido la consecuencia del despertar de todos los Tejedores menos uno; la orden había quedado reducida a dos miembros: Samir y la mujer pelirroja llamada Msan, pues los demás se habían evaporado junto con sus paisanos y toneladas de roca voladora, incluso delante de los demás miembros mientras discutían sobre la amenaza.
    Ciertamente, la pérdida del gran maestre había sido un golpe muy duro para ellos, pero ese tema había quedado eclipsado por otro que, aunque Samir no lo quisiera admitir, le perturbaba mucho más: la razón de por qué él seguía existiendo.

    Msan había nacido en Insomnia, aunque había sido tomada por la Orden a una edad muy temprana; por lo tanto, su existencia dependía de Mánar. Pero Samir era de procedencia Ensoña y, a pesar de eso, continuaba allí.
    Había tenido mucho tiempo para reflexionar sobre ello durante las largas tardes que ambos pasaban en el templo de la entidad, mientras su compañera no paraba de exponer teorías – cada una más extravagante que la anterior - a las que él asentía de vez en cuando. Y había llegado a la conclusión de que quizás había tenido antepasados insomnes, aunque él lo ignoraba, y por esa razón su existencia había quedado ligada a la chiquilla en algún momento.

    Una de aquellas interminables tardes, mientras se contemplaban el uno al otro en silencio, la puerta de la sala se abrió y por ella entró un guardia de aspecto ceniciento.
    - La sombra se ha detenido a escasa distancia del continente. – Informó con voz ronca. Para Samir, aquel tono de voz y la expresión de fatalismo en su cara indicaban que ya se había dado por vencido, y que había venido a comunicárselo sólo porque así se lo habían ordenado.
    - Gracias. – Contestó Msan, mientras se revolvía en su sillón. Dicho esto, el hombre se apresuró a salir de la estancia y cerró la puerta tras de sí.

    El silencio continuó hasta que ella abrió la boca.
    - Puede que sea una enfermedad de los Tejedores. – Sugirió por enésima vez.
    - Ya lo hemos discutido; nunca antes se ha dado nada similar. – Respondió él. De repente, las palabras su charla con la Tejedora volvieron a su cabeza con la misma claridad que si las tuviera escuchando:

    “No lo sé. Sólo recuerdo que tenía unos ojos rojos muy feos”.

    Entonces, una idea surgió en algún lugar de su mente. Una idea inquietante que poco a poco se fue haciendo más y más clara, hasta que se le manifestó como una verdad innegable.
    - ¡Claro! – Exclamó mientras se ponía en pie de un salto. Su compañera lo miró como si acabara de volverse loco. – ¡Maldita sea! ¡¿Por qué no le presté más atención?!
    - ¿Qué pasa? – Chilló ella.
    - No tengo tiempo de explicártelo. – Dijo él. – Pero creo que puedo solucionarlo.
    - ¿Samir? –Lo llamó ella con preocupación, pero su compañero ya había cruzado la puerta, dejándola sumida en una gran confusión.

    Samir pidió una nave y un piloto, y su petición fue concedida casi al instante por los asustados insomnes. Se montó en el transporte, y este rugió y se elevó por el cielo cual pájaro.

    Mientras se martirizaba una y otra vez por haber tenido la respuesta ante sus ojos y no haber sido capaz de verla, contempló por la ventana como una turba furiosa se concentraba en las puertas del templo, temerosas de las armas de los guardias, que defendían estoicamente su posición a pesar de haber perdido casi toda esperanza.
    - ¿Cree que puede pararlo? – Preguntó el piloto, sacándolo de su ensimismamiento.
    - Eso creo, eso creo . . . – Respondió y se mordió el labio inferior. – Mantenga la nave a una distancia segura de eso. Obedeciendo, el transporte quedó suspendido en el aire justo en frente de la neblina negra. Una vez más, su psique voló muy lejos, y una vez más, apareció en aquel lugar neblinoso. Como no estaba seguro de lo que estaba buscando, anduvo durante lo que a él le pareció una eternidad por el laberinto.

    Por fin vislumbró algo entre la niebla, o mejor dicho, percibió algo entre la niebla. Se trataba de la misma sensación que lo asaltaba cada vez que entraba en contacto con un Tejedor, sólo que esta vez lo cogió de improviso. Era algo así como el respirar de una bestia mientras duerme, y el mismo miedo de llegar a despertarla.
    - ¿Scinteriontenon? - Preguntó con voz nula. Se aclaró la garganta y esta vez lo intentó con más fuerza. - ¿Scinteriontenon?

    Un sonido ronco le contestó. No estaba seguro de si había sido una respuesta, o un gruñido, pues las sensaciones se diluían de forma sutil en el Éter.
    - ¿Eres tú? - Quiso saber. Justo cuando pareció que iba a obtener una respuesta, una voz grave, disonante y, en esencia, inhumana, contestó.
    - Así . . . es como vosotros . . . me conocéis. - Pronunció con lentitud.

    El corazón le dio un vuelco.
    - ¿Realmente eres tú? - Dijo, todavía incrédulo.
    - ¿Y quién lo pregunta, si puedo saber? - Contestó la conciencia.
    - Mi nombre es Samir Adlad, y soy un onironauta. - Explicó él. - Tengo la habilidad de trasladar mi mente a este mundo para poder comunicarme con los Tejedores. Y parece ser que contigo también.
    - ¿Comunicarte con quienes? - Replicó.
    - Las entidades que estás consumiendo. – Contestó secamente.

    Hubo una pausa tan tensa, que el soñador creyó no iba a ser capaz de aguantarla.
    - ¿Acaso todo tiene un nombre en vuestro mundo? – Interrogó por fin.
    - En efecto. Y el mundo también tiene su propio nombre: Oniria. - Habló. - Pero, contesta a mi pregunta, por favor.
    - Aquellos a los que llamas "Tejedores" deben despertar de su sueño eterno para que yo pueda seguir existiendo. - Y como si fuera una ducha de agua fría, la respuesta cayó sobre él.
    - ¿Por . . . qué? - Pudo articular finalmente.

    - Una entidad me soñó, y me dio la vida. - Comenzó. - Esa entidad puede soñar, si se le ocurriera, con mi propia muerte. Entonces moriría. Sólo es cuestión de tiempo que esto pase. - Hizo una pausa, como si cogiera aire para continuar. - Pero si no hay ninguna entidad capaz de soñar, no podré morir.

    Y aquella lógica aplastante desató un sentimiento de rabia tan grande dentro del hombre que apenas pudo contenerlo en su boca.
    - Pero si matas a los Tejedores, ¡desaparecerás! - Chilló.
    - Puede ser, o tal vez no. Yo no soy como vosotros. – Y, de repente, dos rubíes aparecieron entre la niebla.

    Samir despertó de repente en el mundo material, totalmente cubierto por un sudor frío.
    - ¿Qué ha pasado? – Preguntó el piloto con cara de preocupación.
    - Vuele lo más rápido que pueda al templo si quiere salvar Insomnia. – Dijo sin alzar la voz, pero con la suficiente autoridad que aquel hombre sólo tardó un segundo asimilar la orden, y acto seguido se lanzo sobre los controles.

    La nave giró bruscamente y aceleró de tal forma que el soñador quedó pegado a su asiento. Surcó los cielos brumosos de Oniria con la sombra a sus espaldas, casi sintiendo el aliento de la criatura sobre sus nucas al tiempo que notaban como se iba extendiendo a su alrededor.
    El transporte aterrizó de forma casi suicida en el techo del templo, que en ese momento estaba anegado por una marabunta de muchedumbre rabiosa.
    - ¿Está bien? – Preguntó el piloto, pero no recibió respuesta, pues Samir ya no se encontraba allí.

    El corazón le latía a toda velocidad, y ensordecía los demás ruidos. Corrió por las escaleras todo lo rápido que pudo y por fin llegó a la estancia que contenía el cristal.
    Había temido que la gente hubiera llegado hasta allí, pero para su sorpresa, se encontró con un grupo de guardias armados que apuntaban hacia la puerta.
    - ¡Soñador! – Exclamó uno de ellos cuando lo vio acercarse. – Creíamos que había muerto.
    - ¿Qué ha paso? – Preguntó, aunque la respuesta era obvia.
    - Una turba sedienta de sangre irrumpió en el templo y destrozó todo a su paso. – Explicó uno de ellos. Una insignia en el pecho reveló al sagaz personaje que se trataba de un superior.- Su compañera intentó apaciguarlos, pero . . . no la escucharon.

    Algo dentro de él pareció resquebrajarse y estrellarse contra el suelo. Sus ojos se humedecieron.
    - Necesito que contengan a esa gente. – Aquello sonó más a súplica que a otra cosa. – Puedo parar todo este caos. Puedo . . .

    Los hombres se miraron entre ellos, y asintieron con lentitud.
    - Ojalá sea verdad, soñador. –Dijo uno de ellos, y se volvieron hacia la puerta.

    Samir corrió hacia el cristal que contenía su última esperanza y tiró del terciopelo que lo cubría sin miramientos. Sólo perdió una décima de segundo en comprobar que la muchacha todavía se encontraba suspendida dentro, y cerró los ojos.

    Llamó y llamó al Tejedor hasta quedar sin voz, y por fin distinguió su figura entre el vapor.
    - ¡Mánar!- Exclamó. La chiquilla se sobresaltó un poco al verlo llegar con la cara desencajada por el esfuerzo.
    - ¿Qué pasa? - Preguntó con su habitual inocencia, esta vez mezclada con la sorpresa.
    - Sé cómo podemos detener toda esta locura – Masculló, intentado recuperar el aire.
    - ¿En serio? - Se asombró.
    - ¡Tienes que soñar con la muerte de lo que te asustó en tu pesadilla aquella vez! - Reveló.

    La niña abrió mucho los ojos, y Samir vislumbró una traza de miedo en ellos.
    - ¿Qué pasa? - Preguntó, impaciente. Pero dejó escapar un grito ahogado cuando un seudópodo nigérrimo apareció reptando por el hombro de ella.
    Bailó sobre su lisa piel desnuda y poco a poco, decenas de extremidades más se unieron a él. Iban y venían, frotaban y acariciaban, apresaban y agarraban. La cara de Mánar era, entonces, una mueca de puro pavor.

    Súbitamente, dos esferas fulgurantes aparecieron a la altura de sus hombros. Como si fuera arcilla, la oscuridad la envolvió poco a poco y una sonrisa terrorífica surgió justo detrás suya.

    La abrazó y ella gritó. Su piel se disolvió en la del Tejedor, y la tomó. La poseyó, de forma literal. Al cabo de unos pocos instantes, volvieron a surgir aquellos dos rubíes en medio de la nada. El soñador cayó clavado de rodillas.
    La sombra pareció reparar en él, y este se dio cuenta. Se puso en pie de un salto, y caminó hacia atrás, alejándose de aquella infame criatura. Samir intentó volver desesperadamente al mundo material, pero no lo consiguió.

    Como si fuera un puñetazo en plena cara, se dio cuenta de que ya no existía mundo material al que volver. Que ya no tenía un cuerpo físico al que regresar.
    - Debo darte las gracias, Samir Adlad. – Dijo con aquella voz inhumana. – Gracias a ti he podido dar con la última de todos ellos. Lo cierto es que no podía encontrarla en este maldito laberinto neblinoso.

    Samir estaba en un estado casi catatónico. Scinteriontenon pareció disolverse poco a poco, mientras su negrura se iba extendiendo por todo el plano.
    De repente, notó una brisa de aire, que poco a poco se fue convirtiendo en una ventolera que lo arrastraba hacia el centro de toda aquella oscuridad. La vorágine creció y creció, hasta que finalmente lo engulló todo, incluido al pobre y asustado hombre.

    Samir sintió que caía y caía como por un pozo oscuro y frío durante lo que le pareció una eternidad, hasta que por fin chocó contra una líquido tibio y asqueroso. Intentó nadar, pero no sabía que era arriba o abajo, y comenzó a asfixiarse lentamente mientras pataleaba en medio de la oscuridad. Justo cuando ya no aguantaba más, algo lo arrastró con violencia y notó que atravesaba una especie de estrecha abertura . . .


    Cuando despertó, se encontró tirado boca abajo sobre un suelo helado y áspero, recubierto de aquella sustancia pegajosa. Descubrió que estaba sumido en una oscuridad tal, que no podía ver ni sus propias manos. Aterrado, se puso en pie con dificultad.

    De forma súbita, un par de rubíes fulgurantes apareció enfrente suya, sobresaltándolo.
    - Bienvenido a mi propio mundo, soñador. – Dijo la voz de Scinteriontenon. Una sonrisa horrible surgió flotando bajo los ojos.
    - ¿T-tu mundo? – Articuló como pudo.
    - Sí. Mi propio mundo. – Su sonrisa se volvió más aguda. – Me gustaría darte las gracias por tu inestimable ayuda.

    El soñador retrocedió unos pasos.
    - ¿Y qué mejor forma de recompensarte que permitiéndote formar parte de él? – Dijo, y se acercó poco a poco a él.

    Samir gritó cuando una chispa de locura prendió lo que le quedaba de razón, y continuó chillando mientras las bestiales fauces desgarraban su piel.

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  • "Negro sobre blanco" (Ganador del 8vo. CIRCO).

    Relato Ganador del 8vo. CIRCO.




    Título: Negro sobre blanco.
    Autor: Reactive

    Negro sobre blanco.


    Negro sobre blanco.


    Querido Albert,

    Perdón por tardar tanto en contestarte, pero es que estoy muy ocupado últimamente. Parece como si todo el mundo quisiera operarse justamente durante estas semanas, así que todos los cirujanos estamos hasta arriba de trabajo, y, además, entre las obras de casa y el embarazo de Cathy tampoco tengo tiempo libre al volver del hospital.
    Fuera del trabajo, las cosas nos van muy bien. Las obras avanzan a buen ritmo: el cuarto que antes era un estudio lo estamos ampliando para que sea el dormitorio del niño, y estamos agrandando un poco la cocina para que quepa uno más. ¡Deberías ver cómo nos está quedando! En la cocina hemos puesto un ventanal muy grande, y, cuando sale el sol, parece que estás desayunando en el jardín. Tenéis que venir a verlo. ¿Qué os parecería quedar dentro de un par de meses, en julio, cuando Cathy ya haya dado a luz y las obras aquí hayan terminado?

    Ah, y, ¿cómo os va todo por Boston? He oído que está lloviendo a mares y que algunos garajes se han inundado. No os ha pasado nada, ¿no? Seguramente se habrán inundado los barrios pobres, los de los negros ésos. Y mientras sólo sea allí…

    La verdad es que estoy muy contento, Albert, como hacía tiempo que no lo estaba. Como desde la universidad, concretamente. ¿Te acuerdas de todas esas veces, hace quince años, que nos parábamos a pensar, entre juerga y juerga, en lo contentos que estábamos? Con las clases, las chicas, el béisbol, los debates, los amigos… Y por fin, quince años después, empiezo a estar otra vez así de contento.

    La perspectiva de tener un hijo me emociona mucho. Mi Cathy y yo lo cuidaremos muy bien: pondremos una cuna preciosa en su cuarto, y pintaremos la pared de azul clarito, con decoración… Bueno, Cathy elegirá eso, ya sabes que yo no soy artista. Le meteremos en el mejor colegio de la ciudad, que ya lo estamos mirando; y jugará al béisbol en el equipo del instituto, y luego en el de la universidad. Y, claro, estudiará medicina, como su padre; ¡y será uno de los mejores médicos del país!

    Ya verás, ya verás. Espero que los dos vivamos para verlo.

    Un abrazo, Albert. Espero saber de ti pronto.

    Richard



    Querida Amy,

    Necesito tu ayuda urgentemente. Ha habido un problema muy grande. Igual ya te has enterado, pero no te creas nada de lo que te hayan dicho.

    Mi hijo nació hace cuatro días, el 25 de Abril. Nació por cesárea, así que me tuvieron que operar y no me desperté hasta varias horas después. Pensé en escribirte entonces, pero estaba muy débil. Richard llevaba unos días de viaje y no volvería hasta el día siguiente. Aún no había visto a mi hijo, pero estaba agotada y me volví a dormir.

    Cuando me desperté ya era casi de noche y me sentía mucho mejor, mucha más recuperada. La enfermera me saludó y me trajo a mi hijo, que, me dijo con cara un poco preocupada, había nacido sano y fuerte. Eres mayor que yo, Amy, y ya tienes dos hijos, así que podrás imaginar la ilusión y la emoción que me invadían. Estaba ante la perspectiva de vivir uno de los mejores momentos de mi vida.

    Mi hijo tenía los ojos negros de Richard. Era muy pequeñito, y lloraba mucho. Tenía unos pies tan preciosos, tan frágiles; y unas manitas… Me sentí madre por primera vez, y me sentí feliz. Pero también muy preocupada.

    Mi hijo, mío y de Richard, era negro.

    Negro, ¿comprendes? De raza negra.

    Lo cierto es que me chocó mucho, y fui incapaz de reaccionar; me quedé muda. Creí que tenía que ser un error. Yo no podía tener un hijo negro. No es que tenga nada contra los negros, ya lo sabes, pero Richard y yo somos ambos blancos y de familia blanca. Mis abuelos son blancos, mis bisabuelos eran blancos y también mis tatarabuelos eran blancos. No hay ni rastro de sangre negra en nuestra familia; tú, Amy, que eres mi hermana, lo sabes bien.

    Y, ¿qué te voy a decir de Richard? Se enorgullece de pertenecer a una de las familias más puras del estado, de las que pueden presumir de no haber tocado siquiera a un negro desde que llegaron a Jacksonville. No creo que soportaran llevar ellos sangre negra… Son demasiado racistas para eso.

    Y yo… Te juro que no he tenido ninguna relación de ningún tipo con un hombre negro. Ni siquiera tengo amigos negros: Richard no me lo permitiría. Te prometo que no he tocado a un hombre negro; de hecho, no he tocado a ningún hombre que no sea mi marido. El hijo es suyo, es nuestro. ¡De verdad!

    Richard no lo creyó así. Estaba muy enfadado cuando me sacó del hospital, y ni siquiera me dirigió la palabra. Nos metimos en el coche, pero no fuimos a casa. Salimos de la ciudad y, cuando estábamos en una carretera secundaria, Richard paró el coche y me ordenó que saliera. Yo le hice caso, y él también se bajó, pero me prohibió tocar al niño. Estaba muy enfadado y empezó a hablar muy bajito. Me dijo que le había decepcionado mucho, que le había deshonrado. Que no sólo le había sido infiel, sino que además lo había sido con un negro.

    Yo le interrumpí y le intenté decir que no era así, que yo no me había acercado a ningún hombre, y menos a uno negro. Pero no me dejó acabar la frase. Apenas había dicho un par de palabras cuando me pegó un buen tortazo en la cara y me tiró contra el coche. El golpe fue tremendo: empecé a notar la sangre en mi boca. Intenté levantarme, pero Richard no me dejó. Me propinó una buena patada en las piernas, y otra en la espalda. Grité; grité y lloré, pero a Richard no le importaba. Empezó a insultarme, me llamó sucia, furcia, y todo lo que puedas imaginarte. Cada vez que intentaba levantarme me pegaba. Cada vez que intentaba hablar me pegaba. Llegó un punto en el que me pegaba con cualquier excusa: si lloraba, porque lloraba; si callaba, porque callaba. Al final, después de varios golpes más, ya desistí.

    Estaba aterrorizada. No podía moverme del miedo y del dolor. Richard dejó de gritarme; respiraba pesadamente. Me miró con muchísimo desprecio, y me dijo que me lo merecía; que me merecía eso y muchísimo más, y que me despidiera de mi hijo, que no lo volvería a ver. Yo quise replicar, pero no podía hablar. Sólo me eché a llorar otra vez. Richard ni siquiera se despidió de mí; sólo se subió al coche y se fue, y me dejó ahí tirada, con las ropas rasgadas, sin poder moverme y sin ninguna manera de contactar con nadie.

    No sé cuánto tiempo pasó, pero sé que un hombre que pasaba por allí me recogió y me llevó de nuevo al hospital. No sé quién era, ni nada de él. La enfermera me ha dicho que se fue rápidamente porque tenía que vender cosas en un mercado en otra ciudad, pero que volvería en unos días para averiguar cómo estaba. Le estaré eternamente agradecida.

    Y desde aquí, desde la cama del hospital, es desde donde te escribo, Amy. Tendría que haberte avisado antes, pero estaba asustada. Ahora estoy aún más asustada y no sé qué hacer. Necesito tu ayuda, Amy. Estoy en el hospital de Jacksonville; sé que te pido mucho, y que el viaje desde Philadelphia es largo, pero te necesito.

    Tu hermana, que te quiere;

    Cathy



    Querido Richard,

    Te escribo esto a día 4 de Septiembre de 1921. Si todo sale bien, nunca tendrás que leer esta carta y nada de esto será importante. Pero si las cosas se tuercen, como sé que puede pasar, esto te servirá para entender los motivos de tu desdicha y para saber a quién culpar llegado el momento.

    Naciste hace menos de tres meses, Richard, y me llevé dos enormes alegrías cuando te vi por primera vez. La primera porque eras mi hijo, y porque toda mujer siente una emoción y una alegría incontenibles cuando puede coger a su hijo entre sus brazos; la segunda porque habías nacido blanco.

    Te sorprenderá escuchar esto, porque tanto tu padre como yo somos blancos y nuestras familias son de ascendencia blanca, completamente blanca. Ninguna de nuestras familias ha tenido en ningún momento ninguna relación con negros. La familia de tu padre, y la mía en menor medida también, considera a los negros como una raza inferior, que se acerca más a los primates que a lo seres humanos. Yo no creo que sean primates, pero siempre había pensado que los negros no eran tan inteligentes como los blancos; siempre les vi más limitados, más brutos, más… Más animales.

    Por eso me extrañó tanto lo que me pasó cuando conocí a Marcus. Marcus era un joven inteligente, alto, ancho, fuerte, y con una sonrisa y unos ojos negros impresionantes. Tenía muchísima conversación, sobre todos los temas, y enseguida me atrajo mucho. Pero era negro. Me mantuve alejada de él todo lo que pude, porque sabía que tu padre se enfadaría muchísimo.

    Pero un día, uno de esos días que tu padre estaba demasiado ocupado como para ir conmigo y yo llevaba alguna copa de más encima, me lo encontré. Empezamos a hablar, y le acompañé a casa, y… Bueno, una cosa llevó a la otra… Y sí, Richard; me acosté con él. Y no una, sino varias veces, porque desde ese día tuvimos una relación que duró hasta que Marcus tuvo que irse de la ciudad por problemas familiares.

    Tu padre y yo llevábamos varios años tratando de tener hijos, pero no lo conseguíamos. Sospecho que tu padre era, y sigue siendo, infértil; por eso pienso que tú no eres hijo de Jonathan Pettigrew, sino de Marcus Wall, y que los ojos y el pelo que tienes no los has heredado de un hombre blanco, sino de uno negro.

    Si Dios quiere, nunca tendrás que leer esta carta. Igual que tuve suerte yo, espero que la tengas tú y que tus hijos sean blancos y nunca tengas que saber nada de esto. Pero si la fortuna no está de tu parte, al menos ya sabrás que la culpa de todos tus males y de tu desdicha es mía, y no tuya ni de tu futura mujer.

    Tu madre, con la esperanza de que nunca tengas que leerlo,

    Elizabeth Pettigrew


    Querido Albert,

    No te puedes imaginar la de vueltas que ha dado mi vida desde la última carta que te mandé. Parece que todo el mundo esté del revés. Creo vivir en una pesadilla, una de ésas de las que, extrañamente, no eres capaz de despertar.

    Te voy a contar todo lo que ha ocurrido, paso por paso.

    Me fui de viaje hace una semana, porque tenía que asistir a un seminario en la universidad en Nueva York. Mi mujer estaba a muy poco de dar a luz, y la ingresaron en el hospital al día siguiente. Durante el tiempo que estuve en Nueva York nació mi hijo; pero también recibí una llamada preocupante. Era Roy, uno de los médicos del hospital. Como yo trabajo allí, pues conozco a gran parte del personal, incluido Roy.

    Bueno, el caso es que Roy me llamó, y que parecía muy preocupado. Me dijo que me tenía que dar una mala noticia, y yo pensé que algo había salido mal con mi mujer o con mi hijo durante el parto. Le pregunté si estaban ambos bien y me contestó que sí, que estaban perfectamente, que ése no era el problema. Yo, ya más tranquilo, no entendía que pasaba, pero Roy se apresuró a explicármelo, con mucho tacto. Eso sí, la explicación era fácil.

    Simple y llanamente, lo que había pasado era que mi hijo había nacido negro.

    Sí, Albert, has leído bien. Mi hijo, ése que tanto había esperado, había nacido negro. Durante un momento pensé que tenía que ser un error, y así se lo hice saber a Roy, pero él me aseguró que no lo era, que el hijo de Richard Pettigrew era negro. Estaba tan asombrado que me había quedado paralizado. Colgué a Roy muy apresuradamente, y empecé a pensar.

    No podía ser que mi hijo fuera negro. Ni mi mujer ni yo teníamos sangre negra: nuestras familias eran puras, blancas, de origen completamente anglo-sajón. No éramos negros. Si lleváramos sangre negra, se habría notado hace tiempo. Ya sabes que los negros no tienen la inteligencia de los blancos, y un negro no podría haber estudiado en Columbia ni ser un gran médico ni nada de lo que yo he conseguido. Sencillamente no pueden; no están hechos para eso, no alcanzarían esas cotas. Y lo mismo en el caso de mi mujer: una negra no podría llevar una casa tan bien como lo ha hecho ella durante todos estos años. Es sencillamente imposible.

    Así pues, sólo quedaba una opción. Mi esposa me había sido infiel. No sólo eso, sino que se había acostado con un negro. ¡Con un negro, Albert! ¡Con un primate, con un orangután, por Dios! Con una persona que no era ni siquiera de su misma especie, que no estaba a su altura. O quizá sí, porque acostándose con un negro ella se degradaba a su nivel.

    Al principio pensé que eso era imposible, que Cathy nunca habría hecho eso, que había sido una esposa fiel y leal y que jamás se habría acostado con un negro. Pero cuanto más pensaba en ello, más me convencía a mí mismo de que sí que podía ser: todas esas tardes largas que me pasaba en el hospital, la alegría injustificada que tenía a veces y que nunca me sabía explicar, el no detestar a los negros como lo hago yo… Y que, en fin, mi hijo era negro. Sólo había una explicación para eso y estaba delante de mis narices, por más que yo no quisiera verla.

    Cuando volví a Jacksonville ni siquiera pasé por casa. Cogí el coche y me fui al hospital, recogí a mi mujer y a mi hijo sin dirigirles la palabra y emprendí la marcha. No sabía a dónde iba; estaba muy enfadado, más aún después de comprobar con mis propios ojos que mi hijo, que el hijo de Richard Pettigrew, era efectivamente negro. Me detuve en una carretera desierta y me bajé del coche. Mi mujer también se bajó.

    Le empecé a decir lo muy avergonzado que estaba, la decepción que me había llevado y la deshonra que me hacía sentir por haberse acostado con un negro. Y ella me interrumpió, seguramente tratando de justificar lo injustificable. Ahí mismo, antes de que pudiera engatusarme con sus palabras, le pegué un tortazo y se cayó al suelo.

    A partir de ahí, descargué toda mi ira y todo mi desprecio sobre ella. Me parecía tan asqueroso lo que había hecho, tan indignante para mí, que no pude contenerme. Grité, insulté, pegué patadas, puñetazos, tortas, más de lo que te puedas imaginar y menos de lo que ella se merecía. Al final, cuando ya me cansé, le dije que se despidiera de su hijo, me metí en el coche y me largué.

    Fui al primer orfanato que encontré y deposité allí a la criatura, al negro, sin ni siquiera mirarle a los ojos. Me parecía deleznable; no era un ser humano. Le dejé a la entrada, me metí en el coche y me fui por donde había venido, dirigiéndome esta vez a casa.

    Cuando llegué revisé el buzón y lo único interesante que encontré fue una carta de mi madre. Me senté a leerla y me llevé la otra sorpresa desagradable de la semana: mi madre confesaba haber tenido una relación no sólo sexual, sino ¡amorosa! con un hombre negro antes de nacer yo. La carta estaba escrita en 1921. Pero mi madre nunca había tenido el valor de admitirlo, nunca había tomado esa decisión.

    Y además pretendía convencerme de que yo no era hijo de mi padre, sino de ese negro con quien ella se había revolcado. ¿Te lo puedes creer? ¡Pensar que Richard Pettigrew no es hijo de Andrew Pettigrew…! Es verdad que no nos parecemos demasiado, pero es que yo he salido a mi madre. ¡Mira que intentar hacerme creer que soy hijo de un negro!

    ¡Y mi madre! Mi madre había hecho lo mismo que mi mujer: acostarse con un animal; peor, mucho peor. Sería mejor si hubieran amado a un caballo que a un negro. Las mujeres son incorregibles, Albert, exactamente igual que los negros; sienten tentación los unos por los otros. Repentinamente, me sentía suco y asqueroso: las dos mujeres más importantes de mi vida estaban contaminadas, contaminadas por los negros. Eran tan negras como cualquier mujer africana; me daban asco.

    Me volví a montar en el coche, con la carta en la mano y mi revólver, que ya sabes que vive en mi coche, como único acompañante, y llegué a casa de mis padres en menos de diez minutos. Mi padre había salido a jugar al póker con sus amigos. Mi madre estaba sola en casa. Entré a todo trapo, y le enseñé la carta. Mi madre me miró asustada, y me preguntó que qué había hecho. ¿Te lo puedes creer? ¡Me lo preguntaba ella a mí! Yo le dije que le había pegado una paliza a mi mujer porque se había acostado con un negro y me había deshonrado y desprestigiado, y que yo era hijo de mi padre y no de un animal negro y una sucia mujerzuela como ella. Debí de decirlo en un tono muy salvaje, porque mi madre retrocedió unos pasos hacia el teléfono.

    Le dije que dejara de huir y que hiciera frente a la verdad. Ella no me contestó y descolgó el teléfono. Le enseñé la carta, y le dije que ella se podía haber acostado con quien quisiera, pero que yo era hijo de mi padre, y que la que se había acostado con un negro era mi mujer. La respuesta de ella fue muy simple, y muy falsa:

    Me dijo que no me atrevía a aceptar que yo era un negro.

    Acto seguido llamó a la policía y me tildó de loco armado y muy peligroso, y les pidió que acudieran urgentemente. Yo la miraba incrédulo, tratando de entender porque me venían a buscar a mí, que no había hecho nada, y no a ella, que se había acostado con un negro. Le pregunté por qué se había acostado con ese tal Marcus Wall. Ella me contestó que porque estaba enamorada de él, y me intentó explicar que los negros eran seres humanos tanto como lo somos tú y yo, Albert. ¡Como yo! No me lo podía creer.

    No sé cómo había aparecido el revólver en mis manos , pero el caso era que lo tenía y que estaba cargado. Me había cansado de escuchar. Quité el seguro, apunté y disparé. No me tembló el pulso y apunté bien: directamente al pecho. Miré un momento mientras mi madre expiraba y su sangre manchaba la alfombra del salón; después dejé la carta sobre la mesa y salí de ahí.

    La policía me esperaba a la salida, y yo trate de explicarle al oficial al mando que la criminal a la que había que detener ya había recibido su merecido y que no tenía por qué molestarse. El oficial me miró muy extrañado, y me pidió que soltara el arma. Me negué: era mi revólver, y no iba a dejar que un oficial se lo quedara. No había necesidad de que estuvieran allí, la justicia ya había obrado; que se fueran y me dejaran en paz. El oficial insistió, y me amenazó. ¡Me amenazó con pegarme un tiro, Albert! Yo no lo consentí, apunte y disparé. La bala le dio en la pierna derecha, y el policía gritó en agonía. Rápidamente, sus compañeros sacaron sus armas de sus fundas, y no me dio tiempo a apuntar: una bala me dio en el brazo y caí desplomado.

    Luego me detuvieron y me metieron en la cárcel.

    Albert, necesito tu ayuda. Necesito que evites que mi mujer recupere a su hijo, porque no se lo merece. Y necesito que me saques de aquí, ¡diablos! Eres abogado, búscame una salida, ¡por Dios! ¡Es indignante que un americano de verdad como yo tenga que sufrir esto! Y todo es por culpa de lo negros, ¡todo su culpa, como siempre!
    Espero saber de ti cuanto antes, Albert. Ven a verme si puedes.

    Richard.

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  • "Locura" (Ganador del 1er. COPO).

    Poema Ganador del 1er. COPO.




    Título: Locura
    Autor: Butty_O

    Locura


    "Locura."


    Caigo, me levanto y corro de nuevo,
    terror, miedo y pánico en mi alma,
    doy un mudo grito a la eterna noche
    que voy atravesando; sin desearlo
    miro atrás y te veo tan cerca de mi;
    una gota de demencia endulza mi
    mente y corro; me persigues, te
    anhelo y te temo, te huyo mientras
    te busco; y pasan los largos años
    y aun corro, y aun no amanece la
    eternidad; y en la desbocada carrera
    me doy cuenta, que sigo huyendo de
    mi propia alma que clama por que
    vuelva a la razón.

    "Segunda epístola acerca de la perdida de la razón."

    Una noche de fresca lluvia mire al cielo
    y lo vi llorar desde el fondo del corazón.
    Una noche de fresca lluvia mire adentro
    y sentí llorar a mi pobre corazón.

    Un día volví mis ojos atrás y sentí que
    mi vida casi expiró, un día miré mi mente
    y comprendí que mi cordura acabó...

    Camino y por la calle escucho los susurros
    de una sociedad que no mira el cielo como yo,
    camino y escucho los susurros en mi mente
    que una sociedad no puede distinguir, creo yo.

    Esos dedos que señalan mi rostro hieren a mí
    afligido corazón, esos dedos que señalan mi
    vida no comprenden la carga que llevo solo yo.

    Miseria, injusticia y soledad; amalgaman el
    fastidio de lo cotidiano; dedos en mi contra
    y risas burlonas para destrozarme se juntan,
    y no se xq, y no se xq, y no entiendo xq me
    miran, no entiendo xq me gritan.

    Y de pronto amanece y todo eso delicadamente
    se desvanece, me veo al espejo y veo al extraño
    que me acompaña con un reflejo, y pienso el xq
    y no entiendo realmente la razón que me miren
    y señalen si el loco no soy yo...

    "Tercera entrega sobre la ausencia de raciocinio."

    Este nuevo día que acaba de empezar
    tristes recuerdos a mi mente empieza
    a inyectar, un nuevo mundo se acaba
    de crear, un nuevo sentimiento se
    esta por despertar.

    No quiero aquí permanecer, no quiero
    mas en este suelo yacer, quiero a mi
    antigua vida volver, quiero mi verdadera
    razón, no quiero que me digan que debo
    ver, no quiero que me indiquen que
    camino he de correr.

    Quiero al mar una vez más como mi
    verdadero hogar, quiero en mis ojos
    otra vez la sal, quiero que me dejen
    nadar, y en su suavidad poder delirar.

    A la realdad me han traído, de la locura
    me han salvado, pero añoro la demencia,
    añoro la verdadera independencia, quiero
    una vez más poder en mi mundo flotar,
    quiero que me dejen volver al mar.

    No quiero caminar, quiero en la tierra
    encallar, déjenme poder vivir en mi propia
    libertad, un sirena es para poder solamente
    nadar, no me traigan a la tierra, no me
    saquen mas de mi propia pecera.

    Porque la locura sin razón, debe ser
    motivo de preocupación, pero si es con
    su debida justificación, deben dejar que
    viva en mi propia canción...

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  • "Estás despierta" (Ganador del 2do. COPO).

    Relato Ganador del 2do. COPO.




    Título: Estás despierta
    Autor: sjleg

    Estás despierta


    Estás despierta


    Tan pequeña, tan frágil, tan sola…
    tan triste.
    Con tu cuerpecito lleno de tubos
    y cables.

    No lloras.
    “a las niñas que lloran no les hago caso”
    y pienso:
    cuando te darás cuenta de que siempre, siempre
    te hare caso.

    Me miras.
    Como si yo fuera capaz de solucionarlo todo.
    Pero apenas
    puedo contenerme y no llorar de impotencia
    y de miedo.

    Y quiero
    llevarte donde tu me pidas
    y luego
    jugar contigo a todas horas
    siempre.

    Entonces
    te pregunto: ¿jugamos a adivinar?
    Y dibujo
    un lagarto de colores.
    Tu sonríes.

    Y un sol,
    que te ilumina la cara.
    Y un robot,
    con muchos botones, y antenas,
    y cables…

    Y se que un día
    serás tu la que me haga sonreír.
    Y te prometo
    no dejar de creer en ti,
    y no llorar.

    O puede que si…

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  • "La Llamada de la Estepa" (Ganador de Duelo).

    Relato Ganador del 1er. Duelo del LdaB (Reactive VS Khram Cuervo Errante).




    Título: La llamada de la estepa
    Autor: Khram Cuervo Errante

    La llamada de la estepa.


    La llamada de la estepa.


    No le prestaba atención al sermón del Sumo Sacerdote sobre su Camino de la Espada. Primero filo, luego empuñadura y, por fin, pomo. Shun’karith, Vorda’shun y Vorda’Rugan. Siervos de la Justicia, Voz de los Siervos y Voz de Rugan. Todo fiel del Heraldo del Amanecer, debía seguir aquel camino en la fe del dios de la Armadura Brillante, aquel a quien los enanos llaman Tharkas el Forjador, quien debía haber escogido nombres menos absurdos y ridículos para sus servidores. Demasiadas palabras hueras y sin sentido. Para él, un bortai de la estepa, el único camino de la espada es el del guerrero: de la vaina a las entrañas del enemigo. No existe ningún otro camino de la espada en el mundo real. Aunque entre aquellos enormes muros, la realidad bien podría ser otra.

    Y sin embargo, allí estaba, oyendo la perorata de aquel anciano, medio calvo, y con algunos dientes de menos, pero en cuyos brazos y piernas aún se notaba la antaño poderosa musculatura, que había ido perdiendo tono según avanzaba su “Camino”. Malditos fueran los dioses que convertían a guerreros orgullosos en masas vocingleras y fofas que añoran los lejanos días de su plenitud.

    Hacía muchísimo tiempo que había dejado de confiar en los dioses, que sólo le habían fallado y, en lugar de premiarle por su fe, le habían castigado con la muerte del único ser que se había molestado en enseñarle los rudimentos de su arte. Los dioses no eran justos, como oía ahora decir al anciano. Con él sólo habían sido crueles, despiadados. Y por eso había dejado de adorar a la diosa y había jurado no volver a confiar en ninguna de aquellas divinidades traicioneras. Incluso le parecía que no había confiado nunca en los dioses. Y no iba a volver a confiar en ellos ahora. Prefería confiar en sí mismo, en su brazo y en su acero, como había hecho hasta ese mismo momento. Y no le había ido mal. Y sin embargo, allí estaba, rezando, o mejor dicho, haciendo como que rezaba, en el Gran Templo, bajo el auspicio del Sumo Sacerdote.

    - ¡Así decimos todos!

    Quince mil voces rugieron al unísono con la monótona letanía dedicada a Rugan, el dios de la Justicia, en la garganta de sus caballeros sagrados, los shun’karith, que apenas habían llegado a la primera fase de su “Camino de la Espada”. Khram los miraba con una expresión de ironía en el rostro. Le divertían. Aquellos guerreros, diestros con la espada, valientes, tan hábiles a caballo como a pie, doblaban la rodilla ante un dios menor, hijo de una diosa venida a menos, que había ido cediendo terreno frente a los dioses oscuros. Aquellos soldados, hombres curtidos en mil batallas, escuderos recién nombrados sin apenas pelusilla sobre los labios, repetían antiguas frases, vacuas, con un sentido perdido hacía miles de años y que los ruganitas actuales no recordaban más que por viejas leyendas. Resultaba paradójico que aquellos que decían luchar por la libertad de hombres y mujeres apenas fueran libres para acostarse con las mujeres que desearan. Estaban atados a su dios y a sus hermanos. A su lucha. A sus espadas y su credo. A su estúpido “Camino”.

    Por eso había tantos entre su pueblo, los bortai, que abrazaban la fe del dios guerrero. Hermandad y sangre. Espadas y camaradería. Eso sí. Le encantaría ver cómo, tras un saqueo, los “fieles” bortai de Rugan dejaban sus miembros quietos en sus pantalones.

    Una amarga risa acudió a la garganta del joven que esperaba pacientemente a la entrada del Gran Templo del Corazón de Rugan, en el mismísimo centro de Sirocitria, mientras esperaba que aquellos quince mil soldados, jóvenes y viejos, novatos y curtidos, abandonaran el templo. Algunos de los bortai que habían ido en peregrinación para adorar a su dios le saludaron con la mano. Khram apenas movió la cabeza. Llevaba quince años fuera de su tierra. Él no se creía mejor que ninguno de aquellos que estaban allí con sus enormes espadones colgados de la espalda, pero sí era distinto. Se preguntaba si alguno de aquellos enormes hombres vestidos de acero y pieles de la cabeza a los pies habría sido uno de los que se habían reído de él de pequeño, allá en las extensas estepas de su tierra natal.

    Los demás pasaban indiferentes ante él. Sólo era un viajero, alguien que no merecía ni siquiera una mirada de deferencia. Y además, extranjero y exiliado por voluntad propia. Otra contradicción de aquellas piadosas gentes que antes aferraban una espada para matar que para defender aquello que con tanto fervor pregonaban a los cuatro vientos. Quizá no eran tan distintos de aquellos a los que despreciaban, porque hedían a corrupción por todos lados. Eso mismo que decían que desterrarían de la faz de la tierra.

    Los disciplinados ruganitas terminaron de salir a los pocos instantes, dejando el templo vacío, con el joven apoyado sobre el pilar izquierdo del pórtico del Templo. Mientras esperaba al que le había invitado, Khram empezó a mirar aquel mastodonte de piedra. Era un edificio enorme, de tres naves, construído con la forma de una espada, coronado por un ábside semioctogonal en cuyo centro había un extraño altar cruciforme. La nave central, que constituía la hoja, tenía cientos de varas de longitud y se estrechaba poco a poco, para terminar en un estrecho pórtico, por el que sólo podía pasar un hombre a la vez. Tres hileras de enormes columnas, de las que pendían numerosos blasones de grandes shun’karith que se perdían en la noche de los tiempos, sostenían los lejanos techos, allá en lo alto. En las naves laterales, que formaban los gavilanes, se disponían altares menores, adornados con retablos con escenas de Rugan. Y en el punto exacto en el que se cruzaban las tres naves del santuario, como un gran ojo que escudriñara los corazones de los que se congregaran bajo aquellos techos, estaba el yelmo de Rugan. Una enorme cúpula que, según decían las leyendas, había sido cincelada a partir de un único y gigantesco zafiro por el propio Rugan, para enfrentarse a su ancestral enemigo por primera vez. Zafiro o no, aquella cúpula con forma de yelmo arrojaba una mortecina luz de color índigo, que, sin poder explicar cómo ni por qué, llenaba de paz el corazón del viajero, que permanecía allí expectante, pero que demoraba el momento de partir, deseando encerrar aquella paz para siempre en su corazón. Una paz que no había conocido nunca.

    - Nunca había visto endurecerse una mirada al contemplar el Yelmo de Rugan – dijo, mientras se acercaba, una voz cargada de años, pero con la firmeza y resolución de un muchacho. – ¿Es que acaso no te embarga el corazón la belleza del templo y su luz?

    - No – mintió Khram. – No hay más belleza que la de la ancha estepa, la de los vientos en los cabellos, la de la mujer sobre tus pieles y la de la espada llena de la sangre de los enemigos. Esa es la belleza de la que disfruta un bortai. ¿No creéis, Sumo Sacerdote?

    - No son esas cosas de las que hablar bajo la cabeza del dios – respondió, incómodo, suavizado el acento materno de Bort, el Sumo Sacerdote.

    - Veo que no soy el único que ha olvidado lo que es pertenecer a los clanes.

    - Hace ya tantos años que me exilié, que no recuerdo ni las viejas costumbres – prosiguió el anciano – ni las viejas tierras. Sólo puedo recordar a quien me recogió de las tierras del hielo y me trajo al Gran Templo para ser escudero de Rugan.

    - No será así conmigo, Sumo Sacerdote. Yo no deseo permanecer aquí. Me marcho. Esto no es para mí. No es para Bort.

    - Tú mismo acabas de decir que no recuerdas lo que es pertenecer a los clanes.

    - Y no pertenezco a ningún clan – repuso el joven, malhumorado. – Pero aún recuerdo de dónde vengo. Aún con todo el dolor – dijo, adelantándose al anciano – y la pena que carga mi corazón.

    Salieron ambos del Templo, donde la luz del sol lo bañaba todo, deslumbrándolos. La puerta del santuario se abría a una calle empedrada con granito, tan pulido, que el sol se reflejaba en toda la calle, arrancando destellos por doquier. El anciano tuvo que ponerse la mano sobre los ojos a modo de visera, para que la luz de Brishna, la madre de su dios, no lo cegara. Khram salió a la calle, despreciando casi las bendiciones de la diosa de la Santa Luz, con paso firme y decidido.

    - Llevas aún en la sangre el espíritu indómito de tu raza.

    - De nuestra raza, anciano – Khram abandonó el tratamiento de cortesía. – Porque tú también vienes de donde yo vengo, aunque ahora vistas con esas ropas ridículas y brillantes.

    Khram retrepó a la grupa de su garañón, un animal tan salvaje como las praderas dónde fue criado. Regalo de caudillo del Clan Caballo a su padre. Ahora, su padre ya no volvería a cabalgarlo jamás. Quizá ahora montara junto a los dioses, esos dioses de los que él había renegado hacía ya tanto tiempo. Pero estaba seguro de que deseaba volver a subirse a aquel magnífico ejemplar que una vez montara.

    - ¿Vuelves a tu estepa?

    - Aún no – la cara de Khram se desfiguró en un rictus de rabia y dolor. – Voy a pasar antes por la Fiesta de las Flores, en Uthgard. Cogeré un barco que me lleve a las costas entrovinas, porque no creo que los mydonitas se alegren demasiado de verme atravesar sus tierras.

    - ¿Continúa la guerra? – preguntó el anciano.

    - ¿También eso has olvidado? ¿Cuándo han firmado la paz el Imperio y la gente libre de Bort? ¿No estuviste en la batalla de Gurthrak? ¿O fue otra de tus mentiras?

    El anciano puso cara de resignación. Él había estado allí. Gunthar “el Oso”, recién elegido caudillo de las tribus, (o más bien, victorioso del thing que se había disputado por el manto de líder), había comandado las huestes de los clanes y se había dirigido a la marca de Brunak, un territorio antaño inhóspito, seco, del que los bortai habían hecho una tierra próspera para la caza y la cría de caballos. Los mydonitas, sus enemigos ancestrales, lo habían abandonado porque era imposible obtener nada de las entrañas de aquella maldita tierra. Y malditos los bortai si los mydonitas acertaban a saber cómo habían logrado hacer que aquel suelo duro, estéril y desagradecido sirviera como pasto de los magníficos garañones que criaban los bárbaros. Por eso, los mydonitas creyeron que, habiendo sido suyo aquel pedazo de terreno abandonado de la mano de dioses y hombres, no les costaría nada recuperarlo.

    Pero vaya si les costó. El ejército mydonita era tres veces mayor que el de los clanes, pero los bárbaros acabaron con todos los soldados de las legiones imperiales. No sobrevivió nadie. Aquello fue una carnicería que para unos, fue merecida, y para otros, un acto cruel, vil y abyecto. Y así, se cantaba:

    A las tierras de Gurthrak
    Fueron las gentes de Bort
    Con las hachas preparadas
    A combatir a Mydon

    El ejército enfrentado
    Era tres veces mayor
    Tres mydonitas no bastan
    Para un guerrero de Bort

    Subían cantando al cielo
    Espadas y hachas de Bort
    Y cada vez que bajaban
    Había una viuda en Mydon


    Cuando al despuntar el día
    se atrevió a salir el sol

    sobre una estepa de muertos
    su roja luz alumbró.

    Entre los cuerpos sangrantes
    se juntaron los de Bort
    y lanzaron a los cielos
    el grito del vencedor




    Pero aquel anciano, que había pasado por el filo de su hacha a tantos y tantos mydonitas en aquella cruenta batalla, parecía haber olvidado los cantares de sus bardos, que llegaban a todos los clanes. En sus oídos ya no resonaba el entrechocar de las armas, ni el sonido de los huesos al astillarse bajo el filo de las armas, ni los estremecedores gemidos de los moribundos. Ya no sonreiría al escuchar como se hundía un cráneo bajo el peso de una maza. Ni soltaría una salvaje carcajada de victoria y furia al cercenar brazos, derramar tripas y degollar enemigos. No volvería a realizar un saqueo ni a violar a las mujeres que capturase. Ya no era un bortai, ya no era nada.

    Khram le miró con todo el desprecio de que era capaz, olvidando todo lo que había sentido por su interlocutor en algún momento de su vida. Tironeó de las riendas de su montura, que se puso lentamente en marcha.

    El anciano trotaba a su lado, intentando ponerse a la altura del caballo. Quería atraer la atención del joven exiliado, para poder decirle algo, pero Khram no volvió ni una sola vez la cabeza atrás. Solo clavó los talones de sus botas en los ijares de su caballo, que salió al galope por la calle del Templo, mientras el anciano tuvo que quedarse parado, con la mano derecha alzada, sintiéndose manco sin su espada ante las palabras del bárbaro.

    Khram salió de la ciudad como alma que lleva el diablo, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban en los ojos pero con intención de no derramar ni una sola. Apretó con fuerza las riendas, hasta clavarse las uñas en las palmas, y enterró la cabeza en las largas crines del animal. Ahogando un grito de rabia, hizo que el bocado se clavara en la boca del garañón, que relinchó indignado, por aquel trato que no merecía. Por fin, volvió la vista atrás, y con el rostro desfigurado por un dolor y una tristeza indescriptible musitó:

    - Adiós... padre.



    Título: Destellos
    Autor: Reactive

    Destellos.


    Destellos.


    Mis ojos se movían, inquietos, mientras contemplaba, con los pies mojados, el calmado mar. Las aguas, de un azul claro, me reconfortaban levemente, me permitían pensar en otras cosas, desviar mi atención del espiral de sucesos que estallaba a mi alrededor. Mi mirada perseguía, abstraída, a una ola venida a menos que hizo un intento de romper contra mis rodillas, fracasando. Sentí el frío tacto del líquido, y mis facciones se tornaron en una sonrisa nostálgica.

    Hacía años que no aparecía por allí, por aquella playa que tantas veces había querido recordar y que tantas veces se me había escapado entre los dedos; hacía años que no contemplaba aquel paisaje alegre, un símbolo más de la felicidad en la que había vivido hasta que uno de los miles de hilos que controlan las vidas de los simples humanos se rompió, destrozando también la mía, desgarrándola en mil pedazos. Unas lágrimas se deslizaron por mis mejillas, mientras me acariciaba suavemente la barbilla, expectante y, al mismo tiempo, soñador.

    No miraba a ningún sitio en particular. Tenía la vista plantada en el infinito, en un lugar lejano en el que estaba junto a todos aquellos a los que había perdido, sonriente, feliz, viviendo como uno más y no como un fantasma que cruzaba las calles de las ciudades, sin destino, y sin un solo pensamiento racional. Y, sin embargo, así me había ganado la vida durante los últimos años.

    El sol se ocultaba detrás de una nube que se atrevía a eclipsarle, a robarle su trono, la soberanía de su reino. La luminosidad que hasta entonces había dominado la playa se apagó repentinamente, mientras giraba mi rostro hacia las rocas que se erguían, imponentes, unos veinte metros más atrás. Unas escaleras de madera se veían subir, y, más arriba, una vez se acababa la playa, una taberna se erigía como reina de aquella jungla de acantilados y playas ocultas y recónditas, de acceso difícil, que parecían garantizar sosiego y calma. Para algunos.

    Volví a posar la mirada en el mar, mientras contemplaba otra ola formarse a lo lejos y acercarse a la orilla, como si estuviera impaciente. Comencé a escuchar las voces a mi espalda. No me hizo falta girarme para imaginar la escena. Mi mente formó rápidamente la imagen de un hombre armado llamando a la puerta de la taberna, y la del dueño de ésta saliendo e indicándole al visitante que debía dirigirse a la playa. Sonreí, y, mirando atrás un momento, comprobé que había acertado mientras veía al soldado descender lentamente.

    Por instinto, mi mano se deslizó hacia la empuñadura de mi espada, tal vez queriendo asegurarme de que seguía allí. Mientras sentía al hombre acercarse, los recuerdos de los últimos años me fueron envolviendo, asaltándome en el silencio de mi soledad. Los recuerdos no eran concretos: todos llevaban el sello abstracto del dolor, del llanto; de los gritos en el silencio de algún callejón. Alguno de tantos que serpenteaban en medio de una ciudad que recordaba, simplemente, como una representación de un infierno sin llamas, como la promesa de una muerte que no llegaba.

    Escuché las pisadas detrás mío, acercándose lentamente; los zapatos de cuero deslizándose sobre la arena sin intento alguna de disimular. En mi memoria flotaban recuerdos que se reflejaban con lo que estaba ocurriendo, una imitación macabra de sucesos que habían acontecido hacía ya días.

    El callejón estaba muy oscuro, aunque la luz de una lámpara colocada a la entrada de una posada llegaba a iluminar casi imperceptiblemente las fachadas de los destartalados edificios que apenas se mantenían en pie, y que parecían observar toda la escena con interés. Recordaba ver aparecer a mi objetivo, un viejo conocido; recordaba salir de mi escondite, espada en mano, sin disimular mi presencia; recordaba mis pasos sobre la calzada, amenazadores.

    -¿Me esperabas? – escuché la pregunta del visitante, mientras sus pies se detenían. Miré, con una sonrisa irónica, al infinito, mientras el subconsciente tomaba control sobre mí y los recuerdos desfilaban a través de mi mente.

    -¿Me esperabas? – murmuré, cuando estaba situado a la espalda de mi rival. Él se sobresaltó, y, al girarse, contemplé triunfante como su rostro se tornaba en una mueca de sorpresa primero y de horror después. Esperé a que desenfundara, creyéndome muy superior.

    Mi arma, ya libre de sus ataduras, se estrelló contra la espada de mi enemigo mientras mi pie derecho le pegaba una patada a la arena, levantando un puñado hasta la altura de sus ojos. Él reculó, repentinamente ciego, trazando arcos con su arma a todas las alturas. Sonreí.

    Su espada salió rápidamente de la funda, sorprendiéndome. Apenas detuve ese ataque, noté como un trozo de madera, muy pesado, caía sobre mi cuerpo. Me arrojé hacia el otro lado, mi derecho, estrellándome contra la pared de un lúgubre edificio; mientras sentía la sonrisa gloriosa de mi víctima.

    Mi espada se deslizó lentamente hacia sus piernas, pero él saltó hacia atrás. Maldije: ya veía, aunque fuera poco. Mientras un grito salía de mi boca, cargué hacia la posición de mi enemigo, adelantando el arma para empalarle aprovechando que estaba cerca y que él seguía sin estar en las mejores condiciones. Él trató de bloquear el ataque, pero no pudo. Una sonrisa se comenzó a dibujar en mi rostro. Se me borró en un momento.

    Mi puñal se encontraba justamente donde no tenía que estar: fuera de su funda. Maldije, porque significaría no poder usarlo durante la pelea. Mientras aunaba fuerzas para poder levantarme y tener alguna posibilidad de detener el ataque que sabía que vendría, me di cuenta de que era una ventaja. Miré a mi enemigo. Mi mano agarró la hoja del puñal al mismo tiempo que le veía acercarse, con la espada lista para atravesarme de lado a lado. En el último momento se dio cuenta, y una expresión de horror se dibujo en su rostro.

    Cuando mi espada llegó a su destino, a donde debería estar su cuerpo, me di cuenta de que él se había desvanecido. Tardé un segundo en escuchar aquel silbido, que sonaba lejano; tardé apenas un momento en saber que la espada me atravesaba el pecho, que la punta sobresalía por delante. Una sonrisa sarcástica oscureció mi rostro mientras mis piernas cedían. Caí sobre la suave arena, y mi enemigo se agachó conmigo. Estaba confiado, lo sabía sin ni siquiera mirarle. Mi mano se deslizó, casi imperceptiblemente, hacia mi cinturón; hacia la empuñadura de mi puñal.

    Lancé mi arma secreta, jugándomelo todo a una carta. La punta del cuchillo se clavó limpiamente en su tripa, mientras su espada chocaba, ya descontrolada, contra la pared de piedra a mi lado. Eché mano de mi propia espada de nuevo, y, mientras mi enemigo caía al suelo, sin respiración, yo me levanté. Le miré con un gesto triunfal dominando mi rostro, y me dispuse a dar el golpe de gracia cuando escuché los gritos a mi alrededor. Mi cuello se giró hacia aquella taberna cuya lámpara apenas lograba iluminar la serpenteante calle. Maldije. La pelea había durado demasiado y la patrulla más cercana estaría ya en camino. Había que acabar rápido. Volví a mirar a mi enemigo, y vi en sus ojos el reflejo de mi muerte.

    Ceñí la empuñadura de mi cuchillo con todas mis fuerzas, y, mientras mi enemigo buscaba las palabras adecuadas para sentenciarme, clavé mi puñal en su pierna. Escuché su grito, pero sabía que ya nada podía hacer. Me desplomé hacia atrás, sin fuerzas. Una nueva ola, venida a menos, llegó hasta mí, cubriéndome con agua salada. Escocía, pero poco me importaba.

    Aprovechando mi distracción, su espada trazó un arco que, de no haberlo visto, habría sido letal. Salté hacia atrás, pero aún y con todo el filo de la espada me alcanzó a la altura de la rodilla izquierda. Contuve mi primer instinto de gritar y devolver el golpe, y, mientras escuchaba a los soldados de fondo, y echándole una mirada de odio a mi enemigo, me retiré hacia las sombras que constituían mi hogar, y el de tantos otros.

    Mis ojos se cerraron lentamente, mientras sentía la herida quemarme en el pecho. Y, sin embargo, morir en aquella playa era para mí un deseo hecho realidad. Mi enemigo se debió de levantar, pero, al verme en esas condiciones, supongo que me creyó muerto. Mientras escuchaba sus pisadas en la arena, alejándose, empecé a visualizar todos aquellos recuerdos que cruzaban, como relámpagos, a través de mi pensamiento.

    Recuerdos alegres, macabros, preciosos, horribles; cuadros indescriptibles que habían adornado el pasillo que una vez fue mi vida. Dejé que me envolvieran.

    Los ojos de la mujer brillaban de felicidad mientras contemplábamos juntos la puesta de sol en aquella hermosa playa. La recordaba de pie, abrazada a mí, mirando hacia el cielo, hacia el infinito. Sus facciones, delicadas y suaves, y su pelo negro cayendo mansamente sobre sus hombros; sus ojos oscuros observándome en silencio. La recordaba como si la estuviese viendo en ese mismo momento, como si estuviese frente a ella en ese instante. Lo deseé, a sabiendas de que no volvería a verla.

    El dolor era más fuerte aún, y abrí los ojos, preguntándome si la muerte sería peor que la vida, si de verdad había un mundo más allá. Nunca me había parado a pensarlo, a decir verdad.

    Recordaba el día en el que la vi huir de aquella posada, de aquel lugar que se había convertido en nuestro hogar durante los años que estuvo con ella. Al lado de la playa que tanto amábamos ambos, esa taberna era nuestro medio de vida, y también lo que más felices nos hacía. Lejos del mundo, lejos de todo. Sólo a un paso del paraíso. Hasta que apareció aquel hombre. Ella se marchó con un desconocido dejándome sólo una nota de agradecimiento y de disculpa. Fue una huída furtiva, a escondidas. Pero no escapó a mi percepción. Me prometí que acabaría con ellos. Con los dos.

    Otra ola se precipitó sobre mi maltrecho cuerpo, y yo sonreí. Sonreí porque el sol volvió a salir. Parecía que amanecía, parecía que empezaba una nueva vida. Era irónico que, en mi caso, se estuviera acabando.

    Recordaba muchas noches de asesinatos, de traiciones, de dolor. Recordaba muchos gritos en la oscuridad de los angostos callejones de aquella ciudad, recordaba haberle enviado a la muerte varios inquilinos más. Y todo por labrarme una reputación, para que se me conociese y se me temiese. Era necesario para ganar algo de dinero y mantenerme mientras delineaba mi plan, mientras retocaba la idea inicial.

    La sangre se entremezclaba ya con el agua que iba y venía desde el mar. Me miré la herida, y sonreí.

    Ella murió antes. A la salida de una fiesta, en pleno centro, una flecha la atravesó el cuello. Los guardias buscaron por toda la zona, pero era noche cerrada y los callejones parecían infinitos. El asesino, pensaron, debía de haber huido entre las sombras. No había huido, aunque sí que me ocultaba entre la oscuridad. Llorando; llorando de tristeza, de amor, de rabia... Y de odio.

    Mi mirada atravesó la playa. Estaba solo. Mi enemigo había huido, y ya era hora de dejar de fingir.

    La noche que aquel hombre se puso a mi alcance, no dudé. No tenía un plan fijo, pero me lancé igualmente. Fracasé, y escapé por poco. Tuve que huir también de la ciudad, porque ya no encontraba trabajos que me mantuvieran. Esperé durante unos días a mi enemigo, consciente de que él conocía mi hogar.

    Y ahora él también había fracasado. Mientras me apoyaba en mi espada para levantarme, empecé a trazar un nuevo plan para vengarme. Eso sí, antes tendría que reponerme de la herida... Pero eso era cuestión de tiempo. Al igual que la caída del hombre que me robó la vida.

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  • "El llanto de los demonios" (Ganador de Duelo).

    Relato Ganador de Duelo (Khram Cuervo Errante VS Psyro).




    Título: El llanto de los demonios
    Autor: Psyro

    El llanto de los demonios.


    El llanto de los demonios.


    Un pequeño chapoteo turbó la superficie del lago por vez primera en toda la mañana. Los peces, sin embargo, hicieron poco por alejarse de la fuente de aquel súbito movimiento. Quizá valiera la pena arriesgarse por conseguir el tan ansiado y escaso alimento, quizá estuvieran ya acostumbrados a que las aguas se agitaran a su alrededor. Daba igual. Sólo eran dos consecuencias del mismo problema.

    Raro era el día en que nada rompía la monotonía que otrora empapara Acirpha en mayor medida, si cabe, que el mismo acuífero. Cuánto había cambiado todo en tan poco tiempo.
    Los milenarios árboles eran sin duda los más hábiles en dar testimonio irrefutable de las consecuencias que la Abertura había desencadenado sobre el bosque. Aunque no contasen con la maestría lírica de los poetas y trovadores que, con más o menos acierto, unían sus cantos a los de las aves arco iris, las palabras del más ilustre músico no podían equipararse a la fuerza de las armas esgrimidas por aquellos ancianos de madera. ¿Quién necesitaba voz con la que dar réplica? ¿Quién manos para sujetar una espada? Las flechas y hachas hendidas varios centímetros en sus cuerpos de corteza gris eran el más fiel reflejo de la guerra que azotaba toda la región. La guerra contra los monstruos. Los demonios de más allá del bosque.

    El niño cesó su juego. Era hora de comenzar otro nuevo: “Atrapa el pez”. Cerca de allí, una carpa plateada danzaba en círculos, despreocupada. Quería jugar con él. Se lo pedía a gritos con ese leve contoneo, casi hipnótico, que la mantenía a flote. El chiquillo dejó incluso de inhalar aire para no armar jaleo. Parecía haber olvidado ya el estremecimiento que había sacudido las aguas a causa suya hacía apenas cinco minutos y que no había espantado ni al más nervioso de los peces.
    Con un movimiento rápido, lanzó su brazo contra el animal. Tres pequeñas garras se cerraron en torno al cuerpo del endeble ser que ni aún fuera del agua parecía agitarse. El chiquillo contempló el trofeo con admiración: ese era su premio por haber ganado el juego. Que la presa no se moviera significaba que la Diosa había dado su visto bueno a la captura. Ese animal no deseaba seguir con vida. El ciclo de la naturaleza debía continuar.
    Estaba deseando mostrárselo a su padre.

    Nervioso como siempre que regresaba con comida a casa, el niño salió del agua, sin soltar ni por un momento su recompensa. Un leve rayo de sol acarició su mejilla. Sonrió, al menos por dentro, y luego sacudió todo el cuerpo para secarse bien el pelo. Tenía ganas de cantar, y no se lo pensó mucho más. El sonido trepó por su garganta y estalló en una alegre melodía tan pronto como llegó a su hocico.
    A su derecha, un pájaro decidió acompañarle en el canto. Apenas era un polluelo, aunque ya tenía el vistoso plumaje multicolor de los de su especie. El chiquillo sonrió de nuevo, feliz por su hazaña. Quizá cuando creciera fuese capaz de atraer bandadas de aves arco iris, igual que su padre. El líder de los suyos. Su guía. Y su ejemplo a seguir.

    Sin que la melodía cesara, comenzó a trotar por el camino que le llevaría a su hogar. Poco a poco la luz iba desapareciendo, víctima de la trampa mortal que las ramas de los árboles la tendían. Cada metro que se alejaba, atravesando la exuberante vegetación, era un metro menos de distancia a casa, pero también uno más de oscuridad.
    Un khte’zral, un arbusto de espino, golpeó su hombro en plena carrera. El golpe no había sido muy fuerte; apenas un susto y un arañazo superficial. Estaba acostumbrado a esos cortes. Pero no recordaba que olieran así…
    El niño olfateó con curiosidad. No, no era él. No muy lejos, en línea recta, había humo. ¿Quizá estaban cocinando algo en la ciudad? Aceleró el paso para comprobarlo. Podrían asar su pez.
    La nube gris continuaba escalando hacia el cielo, y cada vez con más presteza. Se había vuelto ya una columna excesivamente ancha para haber sido causada por el fuego de cualquier cocina u horno del lugar. Un escalofrío recorrió el cuerpo del pequeño. ¿Acaso se trataba de un incendio?

    Dirigió una plegaria a su señora, como tantas veces había visto hacer a sus mayores cuando necesitaban consejo. Estaba asustado, pero sabía que su padre nunca dejaría que los nervios le dominasen. Él era un Druckz’ii, un guerrero, un heraldo de la Diosa. El hijo del jefe del clan. Mientras que ella le apoyara, nada había que temer.
    Corrió en dirección a la fuente de toda aquella humareda, atravesando los arbustos como si no hubiera allí más que aire. Los khte’zral parecían apartarse a su paso. Esa era la señal de la Diosa. Ella les había dado el don de proteger su hogar: podría oler las llamas a kilómetros. Iba por buen camino.

    Paró. Apenas habría recorrido unos metros más cuando el paisaje que se abrió ante él le obligó a detener su carrera. La imagen le había golpeado con una dureza tal que tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para permanecer en pie.

    Decenas de árboles habían sido talados.

    Ya no había canto alguno. El polluelo que hasta hacía poco revoloteaba a su alrededor había desaparecido. Las aves arco iris no saben llorar. En cambio, en ese momento el niño no pudo hacer otra cosa. Alzando su cabeza, gritó. Quería poder ser como su padre. Quería poder seguir las huellas de los demonios que habían marcado su bosque con aquella horrible cicatriz de acero y fuego. Pero antes de todo eso, deseó que su madre le abrazara y diese consuelo.

    -¡Ahora!

    Apenas tuvo tiempo de reaccionar ante lo que sabía que ocurriría a continuación. El idioma de los demonios sonaba hueco en sus oídos, pero no así sus intenciones: Era consciente lo que se avecinaba incluso sin comprender el significado de la extraña palabra. Había escuchado un sin fin de veces lo que pasaba cuando te rodeaban. Primero, la indescifrable orden. Después, la red. Por último, la muerte.
    La malla pareció planear sobre su cabeza en los instantes previos a su caída. No pudo esquivarla. Demasiado ancha. Se agitó en su interior, desesperado, luchando por escapar. Su padre los aniquilaría…

    -¡Tenemos a uno! -rugió uno de los demonios en su ininteligible lengua, brotando desde la arboleda-. Pero es pequeño. Los otros medían dos veces más, como poco.
    -Como si eso importara -sentenció. El niño no entendía por qué, pero el monstruo acababa de lanzar su saliva contra el suelo.

    El segundo asesino apareció a sus espaldas. El niño lloró. Aquellos espantosos seres no tenían piel propia sobre sus carnes rosadas y debían protegerse con la de sus víctimas. Podía reconocer las plumas de una decena de aves arco iris formando una especie de manto que cubría sus ridículamente estrechos hombros. Aquel demonio era endeble hasta para los de su raza.

    El chiquillo miró hacia su derecha, con unos ojos verdes que se habían teñido de lágrimas. Su pez había ido a parar a medio metro de distancia, rodando por el suelo. Ni siquiera se había dado cuenta hasta ahora.

    El demonio avanzó, esgrimiendo un cuchillo de acero con sus débiles manos. Estaba muy cerca de la red. El final parecía claro. Y mientras, el niño se había quedado completamente quieto.

    -Los bichos estos… cuando van a morir, se parecen de piedra -comentó uno. Probablemente hablara de lo que harían con su carne. Un abrigo, quizá. El chiquillo sollozó.
    -Éste me da lástima. Míralo, si casi parece una persona. Aún no tiene demasiado pelo, ni dientes.
    -Pero sí garras. Y probablemente veneno, también. -El portador de la capa fabricada con plumas de ave también se estaba acercando. Sus pies retumbaban con la energía de una manada de elefantes, o eso le pareció al pequeño desde su posición - Es una bestia.
    -Pero…
    -No has guardado reparos en acabar con toda su maldita aldea, ¿no? ¿Por qué iba a ser diferente? -gritó.

    El demonio se acercó más y asió su brazo con fuerza. Apretaba sus dientes, unos dientes ridículamente romos. Podrían ser de un cachorro de entre los suyos, y sin embargo jamás se había sentido tan asustado ante la dentadura de ninguno de los grandes cazadores del bosque.
    Gritó. El cuchillo se había hundido varios centímetros en su hombro. De nada servía la gruesa capa de piel que en otras circunstancias le protegía incluso de los arbustos de espino. Aquello era acero, el cáncer que había traído el dolo a su pueblo. La Abertura, el contacto con el exterior… los demonios… La sangre comenzó a brotar con avidez hasta formar un charco fucsia sobre el suelo.

    -¡Es el último, idiota! -gruñó el demonio que acababa de herirle- ¡el último en toda la zona sur del bosque! ¡El último de la raza que atacó nuestro hogar, que mató…! Mató a tu hija, joder.
    -Es un cachorro -pareció contestar el otro- Tendrá más o menos la edad de ella.

    Lloraban. El demonio y el niño, los dos. Ninguno de los dos hubiese imaginado nunca que los monstruos lloraran.

    -Crecerá -sus facciones se habían endurecido-. Y será como todos. Asesinos, están hechos para matar… Mira sus dientes, por Dios. Y sus garras… el veneno te paralizaría, de tocarte esas garras. ¿No lo entiendes? Es el último de toda su especie en la zona sur. Le matamos, y se acabó la guerra. No habrá mas altercados, ni en la frontera ni aquí. El norte del bosque está demasiado lejos…. Y aquí, los que no han ardido morirán pronto por sus heridas. La cabeza de su jefe está siendo llevada a palacio, para adornar el salón de nuestro rey.

    La sangre seguía brotando.

    -¿C-cómo…? ¿Cómo sabemos que no hay más? ¿Acaso no ha aparecido éste? -le señaló. El chiquillo rogó a la Diosa que se marcharan.
    -El humo los atrae. Acuden instintivamente a apagar el fuego. Por eso están todos muertos. Irónico… de no haber sido así, nos hubiera resultado imposible acabar con ellos. El Padre nos ayuda.

    El otro sacudió levemente su cabeza, primero hacia delante y luego hacia atrás. ¿Qué gesto era ese? Después se acercó también para sujetar su otro brazo. Ése era su hombro herido. Dolía mucho.
    El sol se reflejaba sobre la hoja del arma a medida que ésta se iba alzando sobre la cabeza de su portador. En cuestión de segundos descendería sin piedad para acabar con la vida de un chiquillo que no parecía estar dispuesto a defenderse.

    Los demonios descubrirían su error demasiado tarde. Los Druckz’ii no sólo se quedaban quietos cuando iban a morir. También lo hacían para cazar.

    El niño sonrió cuando las garras de sus pies lograron asirse a sus nuevos compañeros de juego. “Atrapa al pez”.

    -¿¡Pero qué coj…!?
    -¡El veneno!

    Los dos ahogaron un grito cuando las garras atravesaron su carne. El único ruido que se oyó fue el del acero impactando contra el suelo y el de dos cuerpos desplomándose.
    No se movían. El círculo de la vida continuaba.
    El pequeño se revolvió con fuerza bajo la red. Era imposible escapar sin ayuda. Pero volvía a tener ganas de cantar. Iba a llevar su premio a casa., tan pronto como su padre se diera cuenta de que estaba allí.

    Sí, él vendría. No tardaría demasiado.

    La sangre seguía brotando…



    Título: Marionetas
    Autor: Khram Cuervo Errante

    Marionetas.


    Marionetas.



    - ¡Quiá! – dijo Humghar, el posadero. – A ese ya no sacaisle de ahí ni a gorrazos.

    - Y yo te digo a ti que sí, home. Que no podemos aguantailo ahí, a ese echamaldiciones...

    - ¿Y vaiste a acercar tú? Antes véote cagando en los pantalones – rió un tercero.

    - ¡Bah! Buen gallinero hacís entre tós. Dejaile... dejaile ahí que sus agusane los sembraos y sus amondongue los ganaos. ¿Y entonces qué? ¿Qué vais comer vusotros y vuestras familias?

    - ¿Y qué apropones tú? Porque mucho daile a la alpargata... pero ná sacaiste en claro.

    En el pueblo de Derrich llevaban unos cuantos días a la gresca. No hacía mucho, había aparecido desde el norte un tétrico personaje, enfundado en un gabán de cuero negro, portando un gran medallón en su cuello. Delgado, pero recio, como enjullo de tejedor, de tez y cabellos morenos, su mirada congelaba la sangre en las venas, como si acabara de salir de alguna sima olvidada. Bajó de un carro enorme, donde llevaba uncidos una pareja de bueyes cárdenos, y comenzó a bajar libros y más libros. Parecía que aquel carretón no se iba a vaciar nunca.

    El posadero, un hombre regordete que siempre tenía la nariz roja, y que cuando hablaba hacía retemblar una flácida papada, fue el primero que había entrado en contacto con el “problema”. Había visto cómo aquel individuo había seguido subiendo volúmenes al cuarto que había alquilado pagando buen oro por adelantado. Al principio, estaba encantado. El extranjero le había pagado lo mismo que había ganado en todo el año anterior, así que, cuando el hombre del gabán le dijo que no abriera la boca, que no hiciera preguntas indiscretas, y que no se le molestara, accedió encantado. No siempre se ganaba tanto dinero por tener la boca, los ojos y los oídos cerrados.

    Pero después, todo cambió. A los dos días, en la alcoba que le había alquilado al extraño, empezaron a oírse unos chirridos espantosos, y unos sonidos que semejaban uñas rascando en la madera. El posadero, al oírlo, pensó que su distinguido huésped podría estar enfermo, tener las fiebres rojas o algo peor. Así que abrió la puerta de golpe y... de allí salieron despavoridos dos enormes canes de fauces babeantes que a poco no lo echan escaleras abajo. Del dueño del gabán sólo quedaba eso, el gabán. Más nada se veía en aquella habitación, que, aparte de los gañidos de los perros, estaba pulcra e impoluta como jamás había estado. Ni libros, ni enseres, ni hombre.

    Hasta que se dio la vuelta. Allí parado estaba el hombre, sujetando a las dos bestias por una traílla y mirando al posadero con una cara que habría helado el infierno. Sólo acertó a abrir y cerrar la boca en un incongruente e insonoro balbuceo que quedó más ahogado aún con el portazo que el individuo le endilgó en toda la papada al hostelero, como gustaba de llamarse a sí mismo el dueño de la venta.

    Eso no fue todo. Y es que, a los dos días del suceso de los perros, el siniestro individuo, deja su habitación y se va... Hasta aquí todo bien. El suspiro de alivio que exhaló el gordo hombrecillo debieron oírlo hasta en la capital. Y ya se las prometía tan felices, gastando el dinero que había ganado, cuando entraron Junn y Garad blasfemando.

    - Maldito hideputa... ¡un brujo! Lagarto, lagarto... que a mí estos gandarrias me dan mu mala espina.

    - ¿Y quién iba a imaginailo? Vinía, pagaba bien y se iba. Pos dinero a la saca y a correr. ¿O encaso tú preguntaisle daonde sacaba las perras? A mi dábaime igual... era dinero y me vinía bien.

    - Sea que estás a gusto con esa torre que ha hacido ahí, como si fuera un puerro silvestre...

    - Quiá... a mi me engatusan estas cosas de la magia lo mismo que a ti, hermano...

    - Tonces deja de defendeile... que empareces la su madre o la su hermana...

    - ¡A ti sí que te gustaría fornicáitela a la su hermana!

    No había terminado de decir Junn esto, cuando lo único que quedó de él fue un tiznajo grasiento en la silla en la que había estado sentado.

    Mortalmente cadavéricos, Garad y Humghar convocaron a la asamblea del pueblo. Y en estas estaban, intentando decidir qué hacían con el hechicero, pues, a todas luces, eso es a lo que se dedicaba el nuevo vecino. Eso sí, todo el mundo andaba con cuidado, no fuera a ser que se le escapara algún improperio. La mancha en la que se había convertido Junn era un claro testimonio de que al mago no le gustaba nada que se le mentara a la familia, y mucho menos en conversaciones ajenas.

    - Algo hay que haceile – habló de nuevo Garad, después de un largo silencio, – la cosa está en el qué.

    - Es brujo... seguro que sabe que tramamos contra él – sollozó el aún tembloroso posadero.

    - Brujo o no brujo, dormir, dormirá. Pues cuando duerma, se le entraviesa con una garieta y asunto terminao. Aluego se quema ese engendro de torre y aquí paz y después gloria.

    El valentón era Safferd. El tal Safferd había servido en la milicia durante la guerra con Hallia, hacía unos diez años. Tras, según él, haber acabado harto de la vida de soldado, había pedido la licencia, y, como premio a su honrosa campaña, le habían dado un terruño con un molino en la aldea y unos cuantos reales para comenzar una nueva vida.

    - Tú fueste soldao. Para ti es fácil largar la lengua... pero y nusotros ¿qué? Nusotros teneimos costilla y críos. Teneimos muncho que perder.

    - Pues por eso mesmo... ¿o quieres matailos de hambrunas cuando no tengas perras para comprarles medecinas y alimento? Que los estómagos hay que llenailos... y sin perras no se llenan...

    Aún siguieron discutiendo durante mucho tiempo más. Lo que uno decía no le parecía bien al otro y lo que proponía el otro, no le gustaba demasiado al uno. Sin embargo, poco a poco, la opción de Safferd iba tomando fuerza. Ninguno estaba a gusto con el hechicero cerca. Y luego estaban las familias, a las que había que cuidar y alimentar. Y Safferd, quien en realidad le había ganado su propiedad a los dados a su sargento, y tirando de malas artes, convenció a los demás para intentar la acción suicida de asesinar al brujo.

    Tomando horcas y guadañas, garietas y hoces, y encendiendo antorchas, la multitud iracunda, que ahora estaba mucho más que segura de que odiaban a muerte a aquel extraño salido de algún rincón del infierno, se dispuso a tomar por asalto la torre del mago.

    Torre que no era más que una sólida construcción de piedra que, en lugar de una sola planta, tenía dos.

    La chusma, que ya había perdido todo sentido de la individualidad y ahora se movía, diríase por el escándalo y el hedor, como una piara de jabalíes, empezó a gritar y a barbotar insultos contra el mago. Algunos eran ingeniosos; otros, simplemente soeces. Y los más de ellos, habrían hecho sonrojarse sin duda a cualquiera de las tribus bárbaras del sur. Aquellos brutos se habían convertido en una marea cuyo único propósito ahora era el de arrasar el caserío, que en sus perturbadas mentes, veían como una enorme torre de hechicería, como las que antaño poblaban todas las grandes urbes del mundo.

    Safferd intentaba en vano que la gente se callara, que iban a despertar al brujo, que hacían mucho escándalo. Pero no lo consiguió. Y sus peores temores se confirmaron.

    De la “torre” emergió, como si de un espíritu diabólico se tratara, la oscura silueta del gabán, con su dueño dentro. No movió ni un músculo. Pero sus fríos ojos de color aciano bastaron para acallar en un instante lo que no pudo acallar la atronadora voz del antiguo miliciano. Las antorchas y las hoces bajaron por un momento, amedrentados sus portadores. Se oyeron murmullos de duda entre las filas de los aldeanos.

    - ¡Por vuestras familias, paisanos!

    Eso bastó para encender otra vez el odio de la gente, como yesca sobre madera seca, en un violento estallido. Volaron las lanzas de los arados, en dirección a la cabeza del mago, pero tan pesadas eran que atizaron más bien a algún pueblerino, dejándole descalabrado. Las garietas surcaron el aire con mejor suerte, clavándose a unos cuantos codos del siniestro personaje. Se acercaron peligrosamente al brujo, que siguió en su sitio, sin moverse. Los aldeanos se enardecieron más, seguros de su victoria, pues su enemigo parecía no tener intención de menearse, cuanto menos de defenderse. Así pues, se lanzaron con renovado ímpetu a su carga homicida, viéndose con los intestinos del mago colgados de sus armas.

    Allí no pasó nada.

    Clavaron al brujo en las horcas, atravesaron su enjuto cuerpo con las garietas, lo partieron en dos con las guadañas y lo desollaron con las hoces. Pero todos sus esfuerzos fueron vanos. Lo único que hendieron, pincharon, mataron y asesinaron fue a un fantasma del propio brujo que, aún sin vida alguna, pareció reírse de ellos con una muda y áspera carcajada.

    De repente, el fantasma hizo un leve gesto con la mano, señalando hacia arriba, al tejado del caserón que intentaban asaltar. Por encima de él, se veía la sombra de un gigante. Todos los aldeanos retrocedieron asustados.

    Por un momento se quedaron como sin habla, paralizados por el miedo que arrojaba sobre ellos la sombra de aquel desmesurado humanoide. Y entonces fue cuando lo vieron.

    Aquellos ojos acianos, fríos, como si fueran témpanos de hielo arrancados de las mismísimas Nieves Eternas los miraban desdeñosos, como si fueran a comérselos. Sus labios se curvaron en una sonrisa irónica, dejando entrever dos o tres dientes blanquísimos como la leche, encerrados en el oscuro marco de su luenga barba. Con una gracia que parecía impropia de su tamaño, agitó su mano derecha en un misterioso ademán.

    De pronto, el cielo se oscureció. La noche se comió al día, dejando a la turba desconcertada y sumida en el caos. Se giraban para mirarse los unos a los otros y preguntarse qué estaba pasando, pero nadie podía dar respuesta. Aunque todos se imaginaban que tendría que ver con alguna brujería o arte oscuro del hechicero, ninguno sabía qué estaba pasando en realidad. Sin embargo, como Safferd iba a descubrir, lo peor no había ocurrido aún.

    Fue el único que se atrevió a mirar hacia arriba, buscando el origen de tal fenómeno. Y vaya que lo encontró. Cuando vio cómo el gigante manejaba algo en su mano, exhaló un horrendo grito que atrajo la atención de sus convecinos. Y entonces fue cuando se desató el caos. Todos los vecinos se deshicieron en llantos, sollozos, chillidos y lamentaciones. Las mujeres aullaron, los hombres bramaron y los niños berrearon. Los ancianos lloraron, los amantes se abrazaron sollozantes.

    Una enorme montaña se cernía sobre ellos... y no vieron nada más...

    Salió el sol.

    Había sido un bonito amanecer, un buen augurio para los negocios. Ya no tenía huéspedes, pero seguro que los labradores llegarían sedientos a refrescarse después de los rigores del trabajo en el campo. La mañana, que se había levantado perezosa y con la promesa de un calor infernal, hasta para un día de verano, se había transformado en una tarde pesarosa y umbría. No paraban de discutir, y la mancha negruzca llevaba siendo testigo de aquellas discusiones toda la tarde.

    - ¡Quiá! – dijo Humghar, el posadero – A ese ya no sacaisle de ahí ni a gorrazos.

    - Y yo te digo a ti que sí, home. Que no podemos aguantailo ahí, a ese echamaldiciones...

    El hechicero observó lo que parecía una maqueta de un pintoresco pueblecito montañés, metida en una caja. Ahora sí que se sentía un dios. Y empezaba a aburrirse de ver una y otra vez la misma escena cada vez que levantaba la tapa...

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  • "El Escritor de Suertes" y "Comemos lo que somos" (Empate en Duelo).

    Relatos Empatandos en Duelo (Alastor V VS Psyro).




    Título: El Escritor de Suertes
    Autor: Psyro

    El Escritor de Suertes.


    El Escritor de Suertes.



    Un estruendoso pitido atravesó el almacén. Casi una decena de cabezas se giraron en el acto hacia el transmisor que, desde su privilegiada posición en lo alto de la pared, anunciaba la hora.
    Ocho de la mañana. El timbre que marcaba el inicio de la jornada laboral se interrumpió tras cerca de treinta segundos de repiqueteo. Como cada día. Durante un maravilloso -y para muchos, corto- espacio de tiempo, el silencio era absoluto. Entonces empezaba la canción.

    Ha comenzado un nuevo día, ¡lalá!
    ¡Un nuevo día para trabajar!

    Siempre el mismo himno. Siempre. Con una puntualidad deleznable. Resultaba más que crispante soportar la dichosa musiquilla cada mañana, lo que no dejaba de ser irónico. Después de todo, la intención del supervisor general, Yao Shin, era la de animar el día de sus empleados. Todos odiaban a Yao Shin.

    Apliquémonos con ilusión
    ¡Todos juntos! ¡Tú! ¡Yo! ¡Lalá!

    Al principio, a Joel no le disgustaba la melodía. A veces incluso se sorprendía a sí mismo tarareándola en el vagón del metro, o en la ducha. Por supuesto, eso fue hasta que cumplió su primer mes en el restaurante Da-fa. Quizá porque hasta entonces la canción le había sonado a lo que era, a chino. Es mucho más bonita si no entiendes ni una palabra.
    Con el transcurrir de las semanas, Joel comenzó a rasgar en la superficie de la aglutinante lengua. Esto mejoró sus relaciones laborales a la misma velocidad a la que el odio por la canción crecía. Claro que, si le preguntas, te dirá que el hecho de oírla sesenta veces en un mes también pudo influir negativamente.

    ¡Con-a-mor! ¡Cumplamos nuestra labor!
    ¡Y nada de hablar de un sueldo me-jor!

    Suspirando, desempaquetó su material: una gigantesca máquina de escribir. Aún no podía creer que sus jefes no supieran de la invención de los ordenadores portátiles.

    -“Igual se hacen los chinos para no gastar el dinero” -sonrió. El chiste tuvo como única respuesta una nueva estrofa de la canción. -Por favor, que alguien me pegue un tiro…

    ¿Cómo había llegado a esto? Ni siquiera se acordaba con detalle. Sólo estaba seguro de haber intentado encontrar un puesto como cocinero por toda la ciudad. Algo que obviamente resultó imposible. A los demás no parecía entusiasmarles su pato a la Joel, pese a ser la receta de pollo más deliciosa de cuantas hubiera probado. Entonces, un amigo le informó de que el restaurante de comida china de la calle de enfrente tenía puesto un cartel de “se necesita personal”.

    La entrevista fue como un sueño. Para empezar, le preguntaron su nombre.
    -“Joel” -contestó
    -No, señol Juel. Usted escribil. Aquí.-imperó, tendiéndole un papel y un bolígrafo.
    Obedeció, claro. Luego el tipo se le quedó mirando unos segundos, sonrió, y le dijo:
    -“Empieza a las ocho”

    Por supuesto, era demasiado bueno para ser verdad. Quizá debió haber preguntado en qué iba a consistir su trabajo exactamente.
    Ahora, era demasiado tarde. Joel se enorgullecía -o entristecía, dependiendo de si escuchaba la musiquita en ese momento- de ser el único neoyorquino con residencia en Alicante que trabajaba como escritor de mensajes para galletas de la fortuna.

    Él prefería llamarse “escritor de suertes”. Era una bonita forma de decir lo mismo, más corta y menos embarazosa cuando alguien le preguntaba por su ocupación. En cualquier caso, no le pagaban tan mal. Y además era divertido escribir las suertes.
    Las teclas de la vieja máquina chirriaban bajo sus dedos. Sobre todo, la letra “u”. La tecla estaba tan atascada que resultaba sencillamente horrible presionarla. De modo que trataba de evitar emplear ese signo.

    “El amor le llegará esta semana”

    Había usado la misma fórmula al menos treinta veces en un mes. De todas formas, no pensaba que nadie fuera a pedir esas pequeñas piedras disfrazadas de postre más de una vez. Y si alguien lo hacía y, por casualidad, tenía dos mensajes iguales… Pues mira, mejor para él. Dos amores.

    “Arriésgese; la fortna le sonríe”

    Definitivamente, era imposible escribir nada con “u”.
    Otras veces, se permitía el lujo de incluir mensajes de inventiva propia. Su grado de ingenio dependía de la hora; solía comenzar el día con un “dispárenme, por favor” y terminarlo con algo más elaborado.

    “¡Socorro!, me obligan a escribir galletas todo el día ¡En el almacén! ¡Sálvenme!”

    -Total… -murmuró- ¿Quién hace caso de estas idioteces?

    Además, el supervisor Yao Shin nunca ponía pegas. Joel barajaba seriamente la posibilidad de que no supiera ni leer. Todo lo que hacía era pasear entre las mesas, sonriendo. Nadie acababa de comprender cómo semejante idiota ganaba más dinero que ellos.
    Y por si fuera poco, les ponía esa horrible música. Joel se planteó varias veces el enviarle una amenaza de muerte camuflada en una galleta de la fortuna, pero no estaba seguro de que supiera leerla. Así que la idea comenzó a atraerle sobremanera.
    Por fin, la melodía cesó. Por un momento, sintió auténticas ganas de arrojarse a los brazos de sus compañeros mientras entonaba alguna burda versión del “We are the champions”. No, prefería lo del anónimo con forma de galleta.

    De improviso, la puerta se abrió. Un hombre joven, de aspecto descuidado, entró en el almacén. Desde luego, no tenía buena apariencia. Su cara, cubierta por una incipiente barba, parecía demacrada y pálida. Llevaba el pelo corto, en un peinado que a Joel le recordó al suyo propio, salvo porque él era rubio, y el desconocido, moreno. Y lo más llamativo: no era asiático. Aquello debió hacerle sospechar, pero no lo hizo. En lugar de ello, se encontraba enfrascado en una titánica batalla contra la tecla “u” para no escribir “apesta” en lugar de “apuesta”. De acuerdo, su supervisor no sabría leer, pero a algo en su interior le parecía poco ético llamar cochinos a los futuros amoríos de sus clientes. Ya que iban a perder los dientes tratando de comer las galletas, al menos que encontraran buena pareja.

    -¡A ver! -gritó el escuálido extraño -¿Quién escribe aquí los mensajes de esta porquería?
    Con esa descripción, podía estar refiriéndose a casi cualquier plato del restaurante. Por fortuna, acompañó las palabras con una extensión de su puño en la que se apreciaban los inconfundibles restos de un fragmento de granito. Sí, sólo podían ser sus galletas.
    -Buenos días, cliente. -saludó el supervisor, sonriendo como siempre- ¿Qué desea?
    -¿Quién demonios escribe las notas?
    -¡Ajá… aaaah! -gritó Joel, triunfante. Luego su exclamación pasó a ser algo más cercano a un lamento cuando observó la palabra “apuuesta” en su papel.
    -¡Tú! -le apeló el desconocido -¿Trabajas aquí?
    -¿Eh? Eh… sí. ¿Por?
    -¿Por? ¡¿Por?! ¡Yo te mato, malnacido!
    En algún momento del insulto -Joel no sabría decir cuando, exactamente- la otra única persona que podía abrir los ojos como platos sacó un arma. Joel alzó las manos, casi por instinto. Estaba más preocupado de no orinarse encima que de cualquier otra cosa, pero pudo notar cómo el ritmo de su corazón iba en aumento.
    El espectáculo de después casi mereció esos segundos de tensión. Los trabajadores, con Yao Shin a la cabeza, habían comenzado a dar vueltas en círculos por la habitación dando saltos con una coordinación que cualquier equipo de natación encontraría más que envidiable. Llegado un punto del extraño baile, algunos optaron por refugiarse bajo las mesas, otros por saltarlas y unos cuantos por seguir dando vueltas. Sin embargo, ninguno dejaba de proferir gritos en su idioma natal.

    -O… oiga, amigo- trató de tranquilizarle- Creo que, como caballeros que somos…
    Un disparo atravesó el almacén. Por algún capricho del destino, la bala fue a parar al aparato de la pared que, lejos de estropearse, comenzó a reproducir la melodía a un ritmo anormalmente rápido. Ahora sí, los chinos se retorcían como si el balazo lo hubiesen recibido ellos.
    -Eh… bien. Continúo…
    -¡A callar! Tú… ¡te voy a volar la cabeza! ¡Tu mensaje…!
    Trató de hacer memoria. Y luego, cuando vio la cara de psicópata que tan gentilmente le dedicaba su interlocutor, lo mismo pero más rápido.
    -Oye, eh… gracias, pero lo de la nota no iba en serio, no quiero morir aún.
    - Hacomenzadounnuevodía¡lalá!¡Unnuevodíaparatrabajar! -se oyó
    -“Bueno, quizá sí” -le hubiese gustado decir. Pero estaba demasiado asustado como para pensar en hacer bromas de ese tipo. Es más, estaba demasiado asustado como para hacer bromas de cualquier tipo.
    -¡Que te calles! ¡Leches! ¡Tú has arruinado mi vida! ”Esta semana el amor te llegará”. ¿No? ¡Cinco veces me has dicho lo mismo, cinco!

    Ahora entendía la mala pinta del pobre desgraciado. Siempre había sospechado que la dosis mortal de galleta rondaría las seis unidades máximo.

    -¡Pero oye, no debes abatirte! Eres joven, entusiasta… Es el sueño de muchas mujeres…
    -¡Me dan igual! Solo la quiero a ella…
    -¡Pues… ¡ -meditó bien sus palabras. ¿Qué ponía en el horóscopo de hoy?- ¡Pues ve a por ella! Neptuno está en conjunción con Venus y… ¡Ve a por ella, en vez de gastar tu tiempo asustando a unos pobres extranjeros! ¿Nos merecemos eso? ¿Acaso somos ciudadanos de…?
    -¡Que calles! Tíiiio… ella pasa de mí, pasa de mí. Y cada vez que vengo y leo la misma maldita nota...

    Un característico sonido metálico retumbó en el interior del arma. Si había visto las suficientes películas de espías, iba a morir.

    -¡Con-a-mor!¡Cumplamosnuestralabor!¡Ynadadehablardeunsueldome-jor!

    Cerró los ojos, esperando el final. Lo peor, aunque en ese momento no se percatara, era que iba a morir rodeado de chinos que lanzaban maldiciones incomprensibles mientras la canción sonaba, con más ritmo que nunca. Por suerte, no vio a Yao Shin sonreír.

    Pum. El golpe retumbó con una fuerza mayor de la que hubiese esperado. Abrió los ojos. Indescriptiblemente, seguía vivo. Desvió la mirada hacia su agresor, con una mueca de asombro. El hombre se encontraba en el suelo, a los pies de un segundo extraño que, por algún nuevo juego del destino, parecía haberle agredido accidentalmente con la puerta.
    -¿Estás… bien? -jadeó su salvador.
    -Oh Dios. Oh Dios, sí. Muchísimas gracias -exclamó, mientras sus compañeros se levantaban con la sincronización que los caracterizaba.- ¿Oyó el disparo? ¿Vino por eso?
    -¿Qué? No, recibí su nota. “¡Socorro!, me obligan a escribir galletas todo el día ¡En el almacén! ¡Sálvenme!”. Entonces, todo en orden, ¿no? -Luego, para mayor estupor de Joel, añadió-: Oiga, ¿Qué es esa crispante musiquilla que suena todo el rato?



    Título: Comemos lo que Somos
    Autor: Alastor V

    Comemos lo que Somos.


    Comemos lo que Somos.



    Hace ya muchos años que empezó la Guerra de los Sabores, eso todo el mundo lo sabe, pero pocos conocen el porqué empezó. Según cuentan, todo ocurrió en una cena entre dos grandes reyes.
    Cuando llegó el postre el plato más sabido de todos fue una fuente repleta de helados de Stracciatella. Tenía éste un cucurucho delicioso y un helado capaz de derretirse en la antesala de la garganta, y dado que su sabor apremiaba a la alabanza, y que el vino aceleraba la lengua, ambos reyes pronto se vieron enzarzados en una sonora riña. Aunque el helado se comía en los reinos de ambos monarcas, cada territorio estaba especializado en uno de los dos ingredientes esenciales. Discutiendo sobre si el cucurucho era o no el componente más importante y viceversa, la diatriba pronto se puso por escrito en forma de declaración de guerra.
    Las fronteras de ambas tierras trataron de engullirse entre sí, y mientras, los ejércitos elegían tal frágil línea como fosa común en un constante baño de sangre. Pero cuanto más duraba el conflicto mayor era la avidez de ambos bandos por aquello que el vecino atesoraba con mayor ahínco: su ingrediente particular y secreto. No se comió un helado de Stracciatella con cucurucho nunca más, pero se soñó mucho con él, hasta que al final… hasta que al final pasó lo que tenía que pasar…






    PRIMER ACTO

    Llega y desmonta un jinete
    estandarte y rostro blanco,
    preocupado como siete
    de quedarse más que manco



    - Buenas… eh, yo; soy mensajero del ejército enemigo y…
    El arbusto permanece impertérrito ante la noticia. ¿Habrá hecho algo mal?
    - ¿Tu eres idiota, no? No puedes decir que eres enemigo al presentarte, aunque lo seas…
    - ¡A ti nadie te ha pedido opinión! Y ahora déjame en paz- y le vuelve la espalda, centrándose de nuevo en su interlocutor arbóreo.

    Otro intento.

    - Saludos… soy, soy mensajero; y querría hablar con vosotros…
    Los arbustos siguen callados, pero mansos… resulta complicado negociar con ellos; son puro nervio.
    - Dirás con su jefe… ¿y tú habías sido entrenado para esto?
    - ¡No me obligues a subir ahí arriba!- y le vuelve la espalda, más furioso aún.

    Ultimo intento.

    - Soy mensajero y… tengo un mensaje…
    Algo le dice que va por buen camino… los arbustos parecen predispuestos a oír más.
    - ¡No lo habría adivinado nunca!
    Se vuelve de nuevo, mientras frunce el ceño.
    - ¡Púdrete!
    - En eso estoy- responde él a la vez que esgrime una dentadura con más caries que dientes- y si no te andas con cuidado, tu cuerpo decapitado hará igual.
    - No pueden tocarme… soy un mensajero y tengo una oferta que proponerles.
    - ¡Oh, sí! ¡Menuda oferta! ¡Una rendición incondicional! Brincarán de alegría en cuanto lo menciones… Creo que se te olvida un detalle, zopenco, ¡la gente de Osagarrad no son arbustos! ¡Al primer descuido te harán picadillo y te usarán de relleno para sus cucuruchos!
    - Y me lo dice un condenado a muerte… ¿quién es el zopenco aquí, eh? - y dirige la mirada al gigantesco árbol en el que se mece una pequeña jaula de hierro.
    - Los de Asegoist sois todos iguales.
    - Di lo que quieras, pero estoy seguro de que no lo harías mejor que yo.
    - Tienes razón… no lo haría mejor, lo haría bien.
    - ¿Y si me voy y te dejo ahí arriba? ¿Eso te resultaría tan gracioso?
    - Vete si quieres… ¡que yo me quedo con tus amigos los arbustos!- y el reo, condenado a una lenta muerte a la intemperie, se ríe como ningún rey lo ha hecho ni hará.
    - Chalado.


    SEGUNDO ACTO

    Como hablan no han oído
    que se acerca un enemigo.



    - Daos todos por muertos- grita, y justo desenvaina su espada.
    - ¿Otra vez?- pregunta el condenado desde su jaula, mientras el mensajero también se apremia a desenfundar su arma, que en el último instante se le escurre y va a dar entre los arbustos.
    - Me rindo- concluye tras su torpeza- pero soy mensajero- añade, por si sirviera de algo.
    - ¿Del enemigo?- pregunta el recién llegado, pues no ve la insignia del otro.
    - No hombre, soy mensajero de los de mi bando…
    - Lo que eres es un tonto de baba- se oye desde lo alto.
    - O sea, que eres del enemigo. Pues yo también soy mensajero, de Osagarrad.
    - ¿Y te importaría llevarles un mensaje a los tuyos?- habla el que no tiene arma.
    - No puedo, tengo que ir a tu campamento en Asegoist. ¿Y que haces aquí, en mitad de ninguna parte?
    - Es que no estoy muy seguro de que vayáis a aceptar mi oferta, y ya sabes, aquí se lleva mucho eso de que un no es igual a un mensajero que vuelve sin cabeza.
    - A mí me pasa igual… temo que en cuanto llegue con los tuyos me den muerte.
    - ¡Quien os mandaba meteros a mensajeros!- de nuevo la voz viene de arriba.
    - Oye, ¿y tú que mensaje llevas?- pregunta el de Asegoist.

    - El de rendición.
    - ¡Que casualidad! ¡Yo también!
    Se calla unos segundos y luego habla el mismo:
    - Entonces, problema resuelto, si vosotros ya vais a entregarnos la receta del cucurucho no veo necesidad para que yo vaya a tu campamento a proponerlo.
    - ¿Cómo que entregar la receta? Mi ejército abandonará las armas y se retirará siempre y cuando vosotros nos deis a nosotros los ingredientes del helado de Stracciatella- dice indignado el de Osagarrad.
    - ¡Pero si vamos ganando! ¡Tenemos más tropas que vosotros!... tendréis que capitular.
    - Quizá tengáis más hombres, pero hasta ahora en todas las batallas perdéis más que nosotros. Seréis vosotros los que tendréis que firmar la paz- y levanta la espada en gesto amenazador.
    - Oye, que a mí se me ha caído entre los arbustos- dice molesto el Asegoistiano- no puedo defenderme.
    - ¿Ves lo que te decía? Mira de lo que te servía ser mensajero…- de nuevo el condenado.
    - ¿Y qué quieres, que te deje la mía y me quede yo sin nada?
    - Yo creo que mejor será que no nos matemos…- arguye el de Asegoist.
    - ¿Por qué?

    - Pues porque como alguno de vosotros dos tenga al ocurrencia de dejarse morir a los pies de mi jaula, empezará a echar pestes en seguida, y entonces algún pajarraco de mal agüero se dejará caer por aquí atraído por la pestilencia- decía el condenado- y en cuanto devore vuestros cuerpos no creáis que se irán tan ricamente, no… alguno mirará hacia arriba y dirá “hombre, pero si hay doble ración”, y entonces estaré bien jodido. Si hay algún sitio en el que uno debe guardarse de los malos olores, es éste…
    - Yo creo que tienes problemas más graves ahora mismo…- dice el mensajero desarmado.
    - ¿Tú eres muy observador, no?
    - Tengo… tengo una idea- anuncia esta vez el de Osagarrad, que ya se ha sosegado y ha puesto a buen recaudo su espada- para lo de los mensajes.
    Se hace un silencio extraño; pronto capta la atención de los otros dos pero duda al hablar.
    - Genial, al ritmo en el que adelgazo habré muerto antes de que este chimpancé se decida a hablar- le increpa el condenado desde su jaula.

    - Podíamos hacer una cosa; como estamos muy cerca de mi campamento- mira ya al enemigo con el que comparte oficio- te acompaño y así garantizo que tu cabeza en todo momento se mantenga cerca de tu cuello.
    - Lo que realmente tendría mérito es que garantizases el que pueda decir más de dos palabras seguidas con sentido- es el de siempre.
    - O también te podría acompañar a ti a mí campamento y asegurarme de que nadie te pusiera la mano encima- propone en esta ocasión el de Asegoist.
    - Ya, ¿Y si algo falla qué? ¿Le pido responsabilidades al demonio?
    - Somos mensajeros… no pueden ejecutarnos- dice con la mejor de sus sonrisas el primero, que por fin ha recuperado su espada.
    - Que no pares de repetirlo no significa que sea cierto- murmullos desde la jaula.
    - Si tanta confianza tienes en que no pase nada no veo porque no quieres venir conmigo…- inquiere el que había ideado tal propuesta.
    - Pues verás…- se excusa el otro.
    - Dejaos de gaitas, anda, que me estáis dando la tarde. Hablemos de cosas más interesantes… ¿no tendréis algo que se deje comer, por caridad?- el reo de muerte les mira a los dos con una fingida sonrisa.
    Los dos rebuscan un poco entre sus provisiones, pues acaban de descubrir que ellos están también más que hambrientos.
    - Yo tengo algunos cucuruchos…- anuncia el de Osagarrad.
    - Y yo Stracciatella…- musita el segundo, y ambos se miran con un brillo en los ojos.

    Tantos años que han pasado
    cada uno con su asado
    que ninguno ha recordado
    el sabor de un buen helado


    - No hace falta que me lo deis todo- se queja el desdichado a los mensajeros, que ya mezclan sus provisiones y se regalan a una simbiosis de la que solo oyeron hablar y en ningún caso se acuerdan del hambriento cuyas tripas rugen ya. Añade:
    - Supongo que tampoco se os había pasado por la cabeza bajarme de aquí, ¿me equivoco?
    - No eres mi tipo- dice el mensajero que primero ha conocido.
    - Los míos te encerraron… no soy el más adecuado.
    - Lo cierto es que ahora que estoy a punto de morir ya no soy tan remilgado a la hora de elegir a quien me salve- se queja el reo con algo más que sorna- aunque quizá si soluciono vuestros problemas vosotros solucionéis el mismo.
    Los dos le miran, algo incrédulos. El de Asegoist tiene helado en la nariz, pero no se da ni cuenta.

    - ¡Vivir para ver! Dos mensajeros "instruidos"- pronuncia la palabra de una forma que no gusta a sus interlocutores- en las artes del engaño, la palabra y la astucia y a ninguno se le ocurre preguntar el porqué un servidor ha acabado así. ¿Habéis oído hablar del barquillo relleno y del ponche de Stracciatella?
    Asienten.
    - A mí se me ocurrieron, pues si la guerra no tiene fin por lo menos que cada parte disfrute aquello que atesora. Pero los reyes son reyes por tercos y viejos, y la idea les supo peor que el invento… así que aquí estoy…
    Los mensajeros se miran, pero sólo habla el silencio.
    - ¿Siempre sois tan perspicaces? ¿No se os ocurre qué puedo ofreceros a cambio de mi libertad?
    - ¿Barquillos rellenos?- el que nació en Osagarrad.
    - ¿Ponche?- éste se crió en Asegoist.
    - ¡Mierda os voy a ofrecer al final! Pues si tuve el ingenio para inventar lo que inventé… hasta un mono podría deducir que conozco las recetas del cucurucho y del helado de Stracciatella. Así os libráis de un hacha en la nuez y conseguís al final aquello que vuestros superiores ansían. ¿Está claro o es necesario que os haga un croquis?

    Pero no es necesario; en lo que se tarda en hacer dos croquis y medio, el reo a muerte ya sólo es un viejo libre, y escribe en unos pergaminos unos garabatos. Los mensajeros están radiantes, y uno todavía tiene la nariz manchada.

    - Os repito que esto no os servirá de nada, pero haced lo que os parezca.- dice el anciano cuando ya se despiden.
    - ¿Por qué dices eso?- pregunta el de Asegoist, mientras el otro ya desaparece entre la espesura.
    - Tu rey no come helados, inepto, otra cosa es que diga que lo haga.
    - ¿Y qué come entonces?
    - Lo mismo que todos sus nobles… oro y tierra… oro y tierra.
    Pero el mensajero nunca ha visto a nadie comer tierra y metal, así que se aleja al galope y bendice su buena suerte.


    ULTIMO ACTO

    Todos tienen ya su postre
    y aún la guerra juega al jaque,
    y dos hombres y dos postes
    se preguntan si hay porqué



    Las dos jaulas se mecen mucho; se mecerán menos cuando sus ocupantes adelgacen, y en cambio mucho más cuando vengan nuevos inquilinos alados al festín.
    - Pues parece que esta vez la hemos hecho buena- dice uno de los dos condenados.
    - No pueden hacernos esto… nuestro oficio nos da inmunidad- contesta otro, que no se cree que le pase lo que le pasa.
    - Pues espero que los cuervos estén de acuerdo.
    - Lo único que sé es que nos han traicionado.
    - Tiene gracia que lo digas… según ellos nosotros somos los traidores.
    - Y todo por traerles de vuelta el cucurucho… me acusaron de haber entregado nuestro helado.
    - Cambia cucurucho por helado y helado por cucurucho y tendrás mi historia- recita su compañero y enemigo.
    - Y ahora los míos comen helado de Stracciatella light únicamente…
    - Y los míos helado con virutas de frutas del bosque.

    - Al final tenía razón ese viejo…
    - ¿Qué viejo?
    - ¿Sabes? Me parece que nuestros reyes no han probado en su vida ni el helado de Stracciatella ni el cucurucho, ni los barquillos, ni el ponche ni las virutas. ¡Que demonios! No sabrán ni lo que es light, pero de algo sí que estoy seguro…
    - ¿Y qué es?
    - Bah, déjalo…
    - No hombre… ahora no me dejes con la intriga.
    - ¿Alguna vez has comido oro y tierras?
    - Pues no… ¿es que se puede?
    - ¿Ves como era una tontería?

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  • "Coincidencias" (Ganador de Duelo).

    Relato Ganador de Duelo (Wind Master VS Reactive).




    Título: Coincidencias
    Autor: Reactive

    Coincidencias.


    Coincidencias.



    Descendieron lentamente por la ladera de la colina, mirando ya hacia las trincheras. Desde atrás, sus enemigos eran vulnerables. Los nativos tenían a todos sus hombres luchando en el frente contra la abrumadora mayoría de invasores que les atacaban desde la otra orilla del río. No habría nadie para verles venir una vez el regimiento que tenía que avisar estaba desgarrado en pedazos algunos metros más atrás. Aún así, Abdul era consciente de que seguramente no sobreviviera a esta expedición. Ni él ni nadie.

    Eran una unidad de infantería ligera, sin ni siquiera armas de asalto ni conocimiento de la lucha de trincheras, y se tendrían que enfrentar a todo un ejército enemigo. Contaban con el factor sorpresa, pero, aún y con eso, muchos morirían. “¿Y a mí qué?”, pensó, “nadie me echará de menos”.

    Inconscientemente, su mano se dirigió a una cadena que le colgaba de su pecho. No tenía ningún recuerdo de su infancia, y lo único que alguna vez había poseído que tuviera algún valor era aquella placa. “Abdul Shagin; hijo de la ciudad de Nueva Moscú. 17 / 04 / 2643.” Siempre le había dado suerte.

    -Muy bien – dijo el sargento Williamson, bajando la voz y usando los intercomunicadores. Era un hombre alto, de más de dos metros, y con un físico imponente. Portaba el subfusil de asalto que toda la unidad llevaba y un machete que, en sus manos, parecía pequeño. De su hombro colgaba una escopeta recortada, usada ampliamente entre los soldados de las brigadas de asalto para abrir brechas entre formaciones enemigas, pero considerada poco práctica para las tropas ligeras. No obstante, en sus manos había demostrado ser extremadamente útil en muchas ocasiones-. Vamos a por ellos; en parejas y a matar a todos los que podáis. Recordad: sargentos, oficiales o cualquier hombre que lidere a esas tropas son nuestros objetivos. ¡Vamos!

    Se pusieron en marcha, todos a la vez y corriendo. Era su misión y debían completarla. Abdul seguía de cerca de su compañero Moha, que más que correr parecía que volaba sobre el césped de Nuevo Neptuno. Abdul miraba al suelo, distinguiendo las piedras y los agujeros entre la hierba, prefiriendo concentrarse antes en eso que en el inminente choque.

    Quedarían unos doscientos metros. Involuntariamente, los ojos del soldado se deslizaron hacia sus compañeros: una fila de hombres con escaso equipo de combate que se dirigía directamente hacia la retaguardia de unas trincheras plagadas de enemigos, de gente defendiendo sus tierras, sus casas, sus familias. Gente armada que no dudaría en sacrificarse con tal de que ellos no tuvieran éxito. Gente a la que, quisiera o no, temía.

    Moha se giró repentinamente hacia la derecha. Abdul miró en esa dirección mientras seguía a su compañero, y alcanzó a ver una figura vestida en elegantes ropajes de un color verde turquesa que sobresalía, y mucho, entre los trajes azules, manchados y llenos de barro de sus enemigos. “Otro oficial más”, pensó. “Son todos iguales, estemos en el ejército en el que estemos. Dejan que muramos por ellos”.

    Agarró con fuerza aquella placa, aquella placa que tantas veces le había acompañado durante su vida. Confió en ella, le confió su vida, sus miedos, sus pensamientos. Todo.

    Cien metros.

    Ya podía divisar a la perfección las armas de cada uno de los hombres con los que ahora se iba a jugar la vida. Escuchaba las pisadas de sus compañeros a sus espaldas, siguiéndole. También escuchaba, algo más lejos, los gritos de agonía y los gemidos de ayuda que provenían de la trinchera. Del infierno que debía de ser aquella trinchera: granadas, fuego, balas; gritos, alaridos, órdenes; dolor, añoranza, rencor... Un conjunto de sonidos y sensaciones que no tenía otro nombre que el de la muerte. Y allí se dirigía.

    De repente, el hombre de la túnica verde se giró en redondo. Abdul se sorprendió de tal manera que su cabeza se echó hacia atrás involuntariamente.

    Moha, Abdul y todos los que iban por esa zona corrieron con todas sus fuerzas para llegar lo antes posible. Unas palabras en un idioma desconocido brotaron de la garganta de aquel oficial, y unos cuantos hombres parecieron darse la vuelta. Abdul alcanzó a ver su rostro. No tenía una expresión de sorpresa, ni de miedo, ni nada que se le pareciera. Simplemente... Confianza. “Ya sabía que veníamos”, comprendió con horror.

    Estuvo a punto de detenerse, pero sus compañeros seguían adelante y sólo unos pocos enemigos se habían girado. El hombre de verde extrajo de su túnica un machete, muy parecido al que Abdul portaba en su mano derecha. Una hoja basta, poco elegante, pero muy eficiente en el combate cuerpo a cuerpo.

    Cincuenta metros.

    Unos diez hombres se habían plantado entre aquel oficial y los escasos compañeros que les habían acompañado. Sin embargo, sus armas estaban descargadas, y se apresuraron a intentar recargarlas. Demasiado tarde.

    No quedarían ni diez metros cuando Abudl apretó el gatillo y las balas parecieron desfilar hacia los cuerpos de los nativos. El tiempo parecía difuminarse, perderse entre las balas, los gritos, la arena, la sangre. El azul de los nativos se tornaba rojo cuando las heridas empezaban a aparecer, cuando los hombres se daban cuenta de que tenían varias balas clavadas entre hombro y hombro.

    En un momento se plantó allí. Moha había llegado antes, y la culata de su subfusil ya había derribado a un hombre cuando el machete de Abdul reventó contra lo que parecía una pared. Abdul separó la hoja antes de mirar qué había delante, y cuando vio la cara de un joven, asustado y sin saber qué hacer, lanzó una patada a las rodillas y derribó al chico con un certero golpe de fusil. Dudaba que estuviera muerto, pero no podía pararse a pensarlo.

    Los gritos abarrotaban sus oídos. Su subfusil se disparó casi solo cuando un gigantesco hombre apareció ante él, con un sable que parecía sacado de le edad media. No quedaba nada visible de él cuando se giró hacia su izquierda y vio caer al sargento Williamson entre una marea de uniformes azules. Lanzó un alarido, agotó las balas de su arma para derribar a unos cuantos enemigos más, y, echándolo a un lado para blandir su machete, se sumergió en la refriega.

    Notó como algo se partía, y la cara de un veterano ensangrentada y desecha en un gesto de dolor apareció ante sus ojos. La figura se sujetaba un brazo partido, pero su pierna derecha ya se adelantaba para darle un buen golpe. Apartó de sí al hombre con una filigrana rápida y certera al torso, trazó un arco amplio hacia su lado izquierdo para apartar de sí a los múltiples enemigos que le acosaban. Distinguió los rostros de varios jóvenes, y lamentó sus posibles muertes mientras su mano izquierda relampagueaba hacia el mango de su pistola automática, que se disparó casi instantáneamente repetidas veces abatiendo a cuatro de los hombres.

    Entonces su tímpano reventó y sintió que todo daba vueltas. Se caía, y notó el golpe seco que su cuerpo se dio contra el suelo. Sabía que si se movía era hombre muerto, así que permaneció quieto mientras oía los disparos, los gritos, y la muerte. La notó sobrevolando la zona, pescando a sus víctimas indistintamente entre un bando u otro, entre los jóvenes y los más mayores, entre oficiales y soldados rasos. Sin diferencias.

    Mientras contemplaba como uno de sus compañeros caía, herido de muerte por el machete de la figura de verde, pensó en lo que podría ser una vida fuera del ejército. Sin rangos, sin obediencia, sin tener que servir a gente que se limitaba a dar órdenes a través de los comunicadores sin ni siquiera ver cómo sus hombres morían. Con libertad.

    Otro de sus compañeros cayó, pero esta vez con una herida de bala. Vio como el hombre de verde se escondía, haciéndose pasar por muerto. “Como yo”. Todos sus compañeros se internaron en las trincheras, y de repente el sonido de los gritos, de los disparos, y de las pisadas parecía muy lejano. Incluso le pareció creer que la muerte se alejaba de allí.

    Se levantó de un salto, recargó rápidamente su subfusil, recogió su machete y su pistola, y se dispuso a seguir a sus compañeros. Envainó el acero, guardó la pistola y sujetó con fuerza el arma de asalto. Había una puerta abierta que conducía a los túneles, a las trincheras. Lugares conocidos como los túneles de la muerte. Túneles que despedían un hedor a sudor, a tierra mojada, a sangre. A condena.

    Ya tenía el primer pie dentro cuando se detuvo. Tenía algo que hacer ahí fuera. Y no quería morir.

    Se giró en redondo, y no se sorprendió cuando se encontró al hombre de la túnica verde de pie, frente a él. Apuntó su subfusil a la cabeza de aquel oficial, mientras analizaba sus rasgos.

    Tenía unas cejas morenas, muy anchas y muy pobladas, como las suyas propias. Sus ojos estaban casi cerrados, con un brillo de extraña alegría, y se diría que quizá de tristeza; pero su color azul verdoso estaba allí, como en los suyos propios. El cabello le caía mansamente más o menos hasta los hombros, y unas canas blancas se alternaban con los aún puros pelos castaños oscuros. Una fina barba marrón le cubría el mentón, y un espeso bigote del mismo color dominaba todo el rostro. Con la mano izquierda, que estaba libre, se palpó la barbilla. También tenía esa zona de la cara cubierta por barba marrón, y el color castaño oscuro de su pelo destacaba contra el blanco de su uniforme.

    Coincidencias, pensó.

    -Ríndete – le espetó al oficial. Éste le miró de arriba abajo con una sonrisa nostálgica, y alzó su machete manchado de sangre. “De la sangre de mis compañeros”, pensó Abdul, repentinamente lleno de rencor.
    -Sé que no me matarás así- contestó, convencido de lo que decía -, sin oportunidad alguna de defenderme.

    -¿Que no haré qué?- preguntó Abdul, estupefacto.
    -No me matarás sin darme una oportunidad de defenderme-. La confianza de aquel hombre parecía poder mover montañas-. Sería deshonroso – añadió.
    -No te mataré, ¿eh? – dijo Abdul, consciente de que el hombre decía la verdad. Le miró largamente, y luego, arrojó el subfusil al suelo. ¿Quién era aquel hombre que parecía saberlo todo sobre él? No importaba. Debía morir; ya era cuestión de honor.

    Desenvainó su machete, y se lanzó hacia delante sin decir palabra. Sus oídos se estremecieron cuando los dos aceros chocaron. Las dos hojas permanecieron pegadas un momento, hasta que Abdul, con un elegante paso de baile, se giró y trazó un arco a la altura de la rodilla, que el hombre repelió interponiendo su propia arma.

    Abdul se retiró hacia atrás esperando un ataque que no llegó. En cambio, el hombre había dado un paso hacia su lado derecho. Abdul le observó largamente, y, cuando el hombre lanzó su machete en un movimiento vertical, Abdul ya sabía que el ataque cambiaría a medio camino para permitir que la punta se clavara en su desprotegido flanco izquierdo. Era un movimiento suyo., su mejor movimiento, aquél con el que había derrotado a tantos y tantos hombres en combate, en campañas anteriores. Ignoraba cómo aquel hombre lo conocía.

    Le esperó, y, cuando la muñeca se giró y el acero se dirigía ya a su costado, arremetió contra su enemigo. Su grito de triunfo debió de haber resonado por todo el campo de batalla, o eso creyó. La punta de su machete atravesó limpiamente el pecho de su enemigo, que cayó hacia atrás. El golpe de su cuerpo contra el suelo debería haber dibujado una sonrisa en el rostro de Abdul, pero en vez de eso se encontró con que unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas. “¿Por qué?”, se preguntó.

    El hombre reposaba ya en el suelo, y Abdul se giró rápidamente para que el hombre no viera sus lágrimas. Mientras pensaba en lo necio que era llorando por un enemigo, escuchó unos balbuceos a su espalda. Se giró. “No, estúpido,” se increpó a sí mismo, “tenías que haberte ido ya”.

    -¿Qué decías? – le preguntó secamente. El hombre de la túnica verde tenía una sonrisa alegre en el rostro. Una sonrisa que Abdul había visto muchas veces.
    -Vive libre. Sé que has pensado en ello durante el día de hoy – murmuró el hombre, mientras sonreía por última vez. Sus ojos se cerraron. Parecía estar dormido, y no muerto. Pero su corazón había dejado de latir.

    Abdul no sintió a la muerte aquella vez. No sintió aquella familiar presencia de algo que se lleva la vida de una persona, su identidad, para siempre. “Y quizá no se la lleve”, comprendió.

    Su mano se dirigió lentamente hacia el cuello del cadáver que tenía delante. Una cadena gris, descolorida, lo rodeaba. Colgaba una placa.

    Abdul sabía lo que ponía incluso antes de leerla.

    “Abdul Shagin; hijo de la ciudad de Nueva Moscú. 17 / 04 / 2643.”



    Título: Mercenari non machina
    Autor: Wind_Master

    Mercenari non machina.


    Mercenari non machina



    - No me guardes rencor; no soy más que un mercenario. - Con estas palabras, el soldado dio el tiro de gracia al hombre se encontraba agonizando a sus pies.

    El casco se hundió debido al proyectil y manchó la ropa gris saqueada de una mezcla asquerosa de sangre, hueso y cerebro. Adón negó con la cabeza; definitivamente no le gustaba matar. Pero matar era la única forma de ganarse la vida que conocían, al igual que sus padres, y los padres de sus padres.
    Registró al soldado muerto y encontró munición sólida para su metralleta. Se agachó y dio las gracias al muerto, no obstante, no había ni gota de ironía en sus palabras. Era la tradición kurska.

    Los kurskan era una tribu nómada de mercenarios, vivían del saqueo a otras tribus o, de muy vez en cuando, de algún trabajo bien pagado por el Imperio. La vida en Gallamar era muy dura.


    Levantó la vista y vio al resto de muchachos recogiendo armas, comida o cualquier otra cosa útil de entre los caídos. Una vez hubieron terminado, los reunieron en un motón al que prendieron fuego, sin distinciones. Así era la tradición kurska.
    Volviendo de camino a sus tiendas cantaron una canción, que a pesar de haberla oído miles de veces, siempre era entonada con la misma pasión, una canción que pedía paz para los muertos.

    Cuando estaban muy cerca del campamento, una gran cantidad de niños salieron a recibir a sus padres. Unos se tiraban literalmente de cabeza contra ellos, otros se agarraban a sus piernas, pero había algunos que ya no lo harían nunca más; sus padres habían muerto en la refriega. Adón recibió a su hijita de melena castaña y ojos vivaces con un abrazo, y acto seguido la subió a sus hombros.
    - ¿Qué me has traído, papi? - Preguntó con una cálida sonrisa. Él rebuscó entre los bolsillo de su manchado y viejo pantalón de faena y le entregó el casquillo de una bala de un tamaño más grande del estándar.
    - ¡Wow! - Dijo, abriendo mucho los ojos.
    - Esa no la tenías, ¿verdad? - Preguntó con fingida ingenuidad.
    - ¡No! - Contestó muy contenta.

    Ambos continuaron, pero el hombretón vio una cosa que lo hizo detenerse. Su hija, que iba repitiendo de memoria toda su colección, se dio cuenta.
    - ¿Qué pasa, papi? - Preguntó
    - No es nada. - Respondió bajándola. - Anda, corre y avisa a tu madre de que he vuelto.

    La niña salió corriendo. Él la vio alejarse y girar una de las numerosas tiendas del poblado.

    Con un suspiro, se acercó a un niño que todavía estaba esperando el regreso de su padre, no obstante, ya no quedaba nadie por regresar. Al llegar a su altura comprobó como unas silenciosas lágrimas recorrían su mejilla. Sin intercambiar ninguna palabra lo abrazó, una vez que se separaron, le dijo un par de cosas al oído, a lo que el muchacho asintió restregándole los ojos. Adón metió la mano en su bolsa y sacó un machete manchado de sangre, se lo entregó y se dio la vuelta.



    Al llegar a su tienda fue recibido por su esposa; una kurska de caderas anchas, joven y hermosa, con pelo castaño y ojos claros. A pesar de su aspecto inocente tenía una gran personalidad, cosa que había heredado su hija.
    La besó apasionadamente, como hacía siempre que llegaba.
    - ¿Y nuestra parte del botín? - Preguntó, escudriñándole.
    - Luego iré a por ella, ahora mismo necesito un baño. - Respondió. - Por cierto, ¿dónde está Laia?
    - No es más que una niña, estará jugando fuera con los demás. - Contestó su esposa.
    - Bueno. ¿Qué tenemos de cena? - Preguntó, muerto de hambre.
    - Todavía quedaba carne del kikas que cazaste, así que he hecho un guiso. - Dijo encogiéndose de hombros. Él asintió, expresando su conformidad.

    La kurska se giró para dirigirse al rincón separado donde tenían los útiles de cocina y él le palmeó el trasero; esta noche abría fiesta.

    Cogió una vieja y áspera toalla, salió de su tienda y se dirigió a la parte de atrás de las letrinas del campamento. Allí había unos barreños llenos de agua templada especialmente preparada por sus esposas. Se desnudó, dobló su ropa a un lado y se metió en el que reconoció como suyo.
    Allí estaban algunos de los chicos que habían combatido ese día: Jony, Bara o el Viejo Jeff.
    Ahora que lo pensaba, Jeff no era tan viejo. Quizás tuviera treinta y ocho, pero para un mercenario, esos eran muchos años de vida.

    Terminó se asearse, se despidió de ellos y regresó sólo con la toalla puesta.


    La tienda entera olía a uno de los típicos guisos de su mujer. Se apresuró a vestirse con ropa limpia y se sentó con ellas. Una vez terminaron de cenar, Adón volvió a salir de la tienda.

    Normalmente, el centro del asentamiento tenía infinidad de usos, pero a las reparticiones del botín sólo podían asistir los guerreros que habían participado en la refriega.
    Allí se quedaron hablando hasta tarde, contando batallitas y, por supuesto, monedas. Regresó con el Viejo Jeff, cuya tienda estaba dos más allá de la suya. Se despidió de él con un gesto y entró.

    Laia estaba ya durmiendo en su saco, así que pasó tratando de hacer el menor ruido posible. Su mujer lo esperaba al otro lado de la estancia, en la cama, si es que aquello podía llamarse cama. Se metió en ella y comenzó a acariciarla, para terminar haciéndole el amor.



    Una mezcla de gritos y disparos lo levantó a media noche. Salió semidesnudo pero con su arma en la mano, no sin antes ordenar a su familia quedarse dentro de la tienda.
    Pero lo que vio al salir fue como un puñetazo en plena cara; mercenarios vatones corrían entre las tiendas, disparando y sembrando el caos a su paso.
    Adón recordó de repente, como hacía escasamente dos días, habían rechazado la oferta de un extraño mecenas para aniquilar a otra tribu mercenaria con la cual tenían un pacto de amistad. Al recibir la respuesta el sumamente tapado mecenas, cosa comprensible en este tipo de negocios, no se había mostrado disgustado, sino que simplemente se marchó inexpresivo.

    ¡No obstante, la tribu vatona los había traicionado!
    Sintió una creciente furia dentro de él; ningún pacto, incluso remontándose a la época de sus ancestros, se había quebrantado.

    Se lanzó a la carrera y giró en una tienda que se encontraba en llamas. De frente se encontró con un par de vatones que portaban una boca-dragón, antes incluso de que pudieran reaccionar, fueron acribillados a balazos por el kurska. Una de las balas se estrelló en el depósito de combustible del arma, haciéndola estallar y levantando una llamarada al aire que podría haberse visto desde varios kilómetros de distancia.

    Adón se cubrió el rostro para no abrasarse con la ola de calor. Apartó la mano de su cara justo para ver un par de sombras que disparaban a través del fuego. El mercenario saltó a un lado y se coló por el hueco que existía entre dos tiendas.
    En su carrera, sólo escuchaba los latidos de su corazón retumbando en sus oídos. El campamento no era más que un borrón en un tapiz de colores apagados.


    Disparó a un grupo y derribó a varios traidores, no obstante, un par de ellos se encararon contra él. Uno de ellos disparó con un arma láser, fallando por el canto de una moneda. El otro cargó con el kurska dispuesto a empalarlo con la bayoneta de su rifle. Este amagó y esquivó al soldado, que se frenó bruscamente y se dio la vuelta, para ver como un par de tiros a quemarropa le atravesaban la frente.
    El compañero del caído disparó, pero esta vez acertó en su objetivo. Adón sintió un penetrante y abrasivo dolor en el brazo izquierdo. Con los ojos llenos de lágrimas se giró, y justo cuando otro disparo fue a acabar con su vida, el traidor cayó bajo el fuego kurska; el Viejo Jeff y Parko se acercaron corriendo.

    El mercenario sonrió, pero su sonrisa se borró cuando un silbido lo advirtió de un inminente peligro. Miró angustiado hacia arriba, pero ya era demasiado tarde. El proyectil del mortero explotó a los pies de sus hermanos, que murieron en el acto, y lanzó por los aires a él.

    Se estrelló contra la inmisericorde arena y notó como sus costillas se rompían y aplastaban sus órganos. Comenzó a asfixiarse, a la vez que su mente lo torturaba con imágenes de su hija y su mujer asesinadas, o aún peor.
    Abrió los ojos, presa de la desesperación, y a través de la mezcla de sangre y sudor distinguió una figura.
    - No me guardes rencor; no soy más que un mercenario. - Dijo.

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  • "Cosmocardio" (Novela, por Mowgli).

    "Cosmocardio" (por Mowgli)




    Título: Cosmocardio
    Autor: Mowgli

    Capítulo I - Sístole.


    Sístole.



    Aquel viejo, de barba y melena ralas y canas, se recostó en el diván de su camarote y cerró los ojos.
    Llevaba su uniforme azul de contralmirante descolorido y remendado. Las medallas hacía tiempo que yacían a buen recaudo en un cofrecillo de exquisita madera de Junglera, decorada con una finísima talla de xilografía fluorescente. Al lado, sobre el escritorio de Marmölia, se balanceaba una estatua líquida de Bósfor IV.
    Apareció un gato a rayas. Ronroneando, se acercó al diván, donde el viejo, con un gesto indiferente, lo despachó, provocando que el gato parpadease primero y desapareciese después en el aire. No tenía ganas de gatos holográficos.
    Abrió los ojos y contempló el cuadro que flotaba en el techo. Arte xenónico, quinta dinastía. Una obra maestra de la pintura gaseosa, siempre mutando, siempre viva. Ahora mostraba tres espirales irisadas entrelazándose en un lacónico baile.

    - Cariño, -dijo en voz alta mientras se reincorporaba- algo de música triste.
    - Como mande, Almirante. ¿Coros de Rorschach, quizá? -la respuesta vino de la nada.
    - Vale cielo, pero dos octavas más grave. Me viene especialmente en gana estar triste.

    'Porque hoy hace cincuenta años' añadió para sí.
    Descalzo, se acercó a una estantería (aluminio policromado de Górgora, estilo neorrenacentista) y apartó sendas esferas cristalinas (plutonas, siglo XXX, aprox.). Tomó aire para hacer coincidir su siguiente gesto con el inicio de la música y cogió con ambas manos la maqueta de una nave, de unos dos palmos de largo, en cuya base se leía: Diástole.

    El Almirante siempre defendió que podía aprenderse más de una civilización deleitándose con su arte que enviando cientos de espías. Coleccionar arte y antigüedades galácticas y mantener esa postura son dos cosas que hizo hasta su mismo lecho de muerte, aunque será mejor no adelantar acontecimientos.

    La Diástole estaba ideada para ser la nave gemela del Destructor Sístole , donde nos hallamos. Sin embargo, una serie de acontecimientos, tales como inesperados aumentos de presupuesto y la entrada en guerra contra una alianza rival provocaron que la Diástole , al salir del astillero orbital, fuera un súperbombardero estelar, la mayor y mejor nave jamás concebida, un milagro irrepetible de la economía bélica y de la ingeniería aeroespacial. Fabulosa en todos los aspectos, hasta en el estético. La Diástole hipnotizaba, como lo haría un cometa, cuando se situaba al alcance de un telescopio cualquiera. Era simplemente preciosa, la última de las maravillas de la Humanidad era a la vez la más mortífera y la más bella.

    La maqueta estaba tallada de una sola pieza en perla abisal con engarces de carbono puro, siendo en sí una proeza casi comparable a la nave que representaba. Pese a su tamaño, era tan liviana que parecía poder empezar a volar en cualquier momento.
    Según reflejaba la luz podían verse brillar los miles de detalles, calcados de la nave original. Mientras el Almirante la miraba -como otras tantas veces- se discernían las compuertas, los cañones y los ventanales uno por uno.

    Una luz intermitente en su pulsera sacó al Almirante de su burbuja.
    Con toda ceremonia devolvió la maqueta a su escondrijo original, ocultándola de nuevo tras las dos esferas. Respiró profundamente antes de decir:
    - Nena, apaga la música.
    - De inmediato, Almirante -respondió la voz en off.
    Luego, de la pulsera apareció un diminuto holograma de un joven vivaz aunque serio.
    - Almirante, aquí el Doctor, desde la cubierta Hospital. Venga, tengo su diagnóstico.
    - De acuerdo, voy -aquello pareció animar al Almirante, que se sentó en el diván y se enfundó unos viejos patines en linea. Empezó a deslizarse para salir del camarote, pero antes de hacerlo se frenó en seco.
    - Cariño, ajedrez. tipo clásico, dos dimensiones.
    - Sí, Almirante. ¿Usted blancas, cómo siempre?
    - Sí -mirando al techo- Peón cuatro Rey.
    - E cinco -respondió la nave.

    El Almirante sonrió ante la predecible respuesta y se acercó a la sensopuerta, que se abrió con un siseo hidráulico.
    - Guapa, luego seguimos.
    - Como mande, Almirante.
    Y se encaminó, con una vitalidad y energía renovadas, en dirección al Hospital de a Bordo, a través de kilómetros de pasillos, patinando alegremente.

    Mientras recorría las numerosas secciones que le separaban de su destino, los escasos miembros de la tripulación se cuadraban al paso de aquel viejo decrépito y harapiento, que les respondía saludándoles a todos por su nombre: "Descanse, Hind; Hola Straw; ¿qué tal, Felz?..."
    Muchos de ellos eran aún jóvenes, hijos e hijas de otros que a su vez sirvieron a sus órdenes años en el Destructor Sístole años ha. Le admiraban, aunque sólo fuera por las historias y leyendas sobre él con las que se criaron desde pequeños. Igualmente, el Almirante quería a todos aquellos voluntariosos subordinados aun más que a su museo particular.

    Tras recorrer el laberinto de cubiertas, pasillos y galerías, llegó a la zona reservada al Hospital. Aquel sector era bastante representativo del estado de la nave en general. Estaba obsoleto, descuidado y sin apenas uso. El Destructor Sístole, pese a su orgullo y poder ofensivo, llevaba ya demasiados años patrullando sistemas limítrofes y anclando en colonias fronterizas de escaso o nulo interés. En todos aquellos años apenas había podido alistar ni a una parte de aquellos que se jubilaban por ahí o decidían regresar al planeta Capital.

    El Doctor le recibió en la sala laboratorio. Era un hombre brillante, ya entrado en la cuarentena y consciente de haber sacrificado su carrera al alistarse en el Destructor. Ahora además, su cara prometía malas noticias, en contraste con la renovada jovialidad que lucía el Almirante. Éste se acomodó en la silla y se despojó de los patines con un gesto infantil.
    - Lo veo muy serio, Doctor. ¿No era yo el enfermo? -y sonrió.
    - Sí, y está muy grave.
    El Almirante no perdió la sonrisa y le habló al techo: -Nena, música de intriga. A ver, ¿qué me pasa, Doctor? -dijo burlonamente mientras se rascaba el cuello.
    - Como ordene, Almiran...-empezó a emitir la nave.
    - Nave, música no -interrumpió el Doctor.
    - ¿Cómo que no? Nena, redoble de tambores en re bemol.
    - Nave, música NO -repitió el Doctor, y se hizo el silencio.
    El Almirante rebufó y se puso a hacer pequeños malabares con unas pelotitas antiestrés que cogió de la mesa del Doctor, sacándole de quicio: -¿Quiere parar de hacer eso, Almirante?
    - Está bien, Doctor. Usted gana -devolvió las pelotitas a su lugar- ¿Cuál es su diagnóstico?
    - Se muere -tomó aire y repitió, aún más solemne: -se está muriendo.
    - No me lo creo. No quiero morir y no lo haré sólo porque usted lo diga, Doctor -respondió burlonamente- opéreme, aplique terapia génica, lo que sea, tanto me da.
    - No es broma, Almirante. Lo lamento, de veras. No puedo hacer nada.

    El dicharachero, excéntrico y lunático Almirante envejeció de golpe.
    Ya más tranquilo, se limitó a preguntar:
    - ¿Cuánto?
    - No lo sé. Dos o tres meses. Quizá menos.
    La respuesta no agradó al Almirante, que aún así intentó permanecer ausente de ese dato.
    - ¿De qué?
    - Vejez, Almirante. Lo único que no podemos curar -al Doctor le dolió reconocer ese dato tanto como a su interlocutor escucharlo- Su cuerpo ya no quiere vivir más.

    El Almirante se alzó, altivo, aparentando serenidad. El tiempo, ahora, se le echaba encima y le parecía poco cuando llevaba tanto tiempo buscando la forma de perderlo. Fingió una sonrisa de indiferencia y aguantó las lágrimas y apretó los puños.

    - Gracias, Doctor. Nena, cielo: llanto de violines.


    Capítulo II - Diástole.


    Diástole.



    Súperbombardero estelar Diástole: 50 años antes.

    - Capitana, canal abierto y cifrado con el Destructor Sístole –dijo el oficial.

    La Capitana era de una belleza rabiosa. Ella, sólo ella, sin lugar a dudas, era capaz de domar a esa otra belleza rabiosa que era a su vez el Súperbombardero. Su informalidad en la vestimenta –sin la gorra, con la casaca desabrochada y unas botas no reglamentarias- así como sus modales –impulsiva, vivaz y poco dada a los protocolos- le habían granjeado no pocos enemigos en la jerarquía militar. Pero también era cierto que sus méritos y coraje habían abrumado tanto a los tecnócratas del Senado como a los vejestorios del Alto Tribunal de Defensa. Era la mejor formada, la más creativa y la más feroz, y lo sabía. Por eso era la capitana de esa joya, la Diástole, y tantos la odiaban, tantos la admiraban. Hay que decir que esa nave y ella estaban hechos el uno para el otro; y que verlos juntos en acción era como ver a una pantera parda de Junglera de caza.

    La Capitana se dirigió al intercomunicador, donde le atendió el holograma de un señor con la barba bien cuidada, de rasgos firmes y serenos y ataviado con un perfecto uniforme de contralmirante.

    - Jefe, has perdido. Mi niña abandonó el híperespacio hace seis minutos. Hemos llegado antes –presumió.
    - Capitana, haga el favor de llamarme Contralmirante, pues ése es mi rango. Y no creo que al Alto Tribunal le haga la más mínima gracia que usted ocupe un canal de astrocomputación para usted sola –reprochó firmemente.
    - Te quejas porque eres mal perdedor, en ésto como en todo.
    - No le tolero ese desacato, Capitana. Haga el favor de...
    - Sí, sí, de comportarme. Lo haré cuando te vea con patines, jefe –y no hizo intento de esconder la burla. El Contralmirante permaneció impasible, como si no hubiera oído nada.
    - Capitana, tenemos órdenes.
    - Vaale, vaamos –y apagó la comunicación.
    Luego se dirigió a la IA de su nave:- Guapo, precioso, resúmeme porqué estamos aquí. Y pon música, algo festivo.
    El hilo musical hizo aparición con una tonadilla desenfadada y una viril voz masculina se hizo oír: - Colonia Yliria. Orden de mantener y proteger de la flota invasora.
    La Capitana miró la pantalla de sensores. Vio como alrededor de la Diástole y de la Sístole se materializaba el resto de la flota aliada, cientos de naves entre acorazados, cruceros y cazas de escolta, adoptando una formación hexaédrica defensiva. La Capitana sabía que aquella era la formación idónea para defenderse de la presumible formación de arco envolvente con carga angular de la armada enemiga. Además, el Contralmirante lo había ordenado de esa manera.
    El Destructor Sístole, como nave insignia, ocupaba una de las aristas frontales de la formación. En la posterior opuesta, el Diástole.
    - Nene –habló la Capitana a la nave- ¿distancia del objetivo?
    - Dos minutos quince segundos.
    - Bien, aún hay tiempo –se giró y contempló a sus oficiales dispersos por las terminales del puente de mando.
    Cada una de sus palabras estaba impregnada de adrenalina: -¡Artillería! ¿Estamos listos?
    - Sí, Capitana. Potencial de fuego, al completo y ansioso por demostrarlo.
    - ¡Phalanx! ¿Con ganas?
    - Operativo al completo y con ganas de guerra, Capitana.

    La Capitana se relamió de placer. Aquello le encantaba. Los momentos anteriores al combate eran como un intenso y excitante juego previo. Y más en aquella ocasión. No solamente habían interceptado al enemigo, además ella misma se reservaba una sorpresa por descubrir.
    - Phalanx, indique a Artillería las coordenadas de la nave insignia enemiga. Estará a dos cuartos por el centro, seguro. Artillería, concentre el fuego exclusivamente en ese punto cuando tenga un blanco –la Capitana detuvo un momento sus órdenes para mordisquearse el labio inferior de placer- y...Cielo, Propulsores al máximo a mi señal. Desvíales inicialmente energía de los escudos, salvo el mínimo para colisiones. No nos harán falta si somos suficientemente rápidos –se acarició los muslos con ambas manos- y quiero esa música más alta. Esto será una fiesta al fin y al cabo.

    A bordo del Sístole, el Contralmirante estaba cuadrado ante el panel de control, rodeado de sus oficiales.
    - Hind, ¿artillería?
    - Perfectamente, ¡señor!
    - Jows, ¿Phalanx?
    - Al máximo, ¡señor!
    - Nave, ¿tiempo?
    - A la espera, Contralmirante. Veinte segundos...diez...

    En la gigantesca pantalla que reinaba la sala, el Contralmirante vio atónito como el icono que representaba la Diástole abandonaba su posición y aceleraba desde la retaguardia hasta adelantar toda la formación defensiva. Y siguió avanzando a toda carrera por el vacío hacia el lugar donde haría aparición la flota rival.
    El Contralmirante se llevó las manos a la cabeza, fuera de sí: -Pero que, ¿qué hace? ¿¡Qué está haciendo!?
    Los oficiales se miraron estupefactos, primero unos a otros y luego a su superior, quien tampoco le veía el sentido a aquello. El Contralmirante se sobrepuso y pensó rápidamente una reacción sensata.
    - Nave, comunícame con toda la flota; Armada Estelar al habla el Contralmirante, mantengan la posición y no rompan la formación –intentó aparentar una calma que había perdido.

    En aquel lapso de tiempo la flota enemiga había hecho aparición en el lugar y con la formación previstos. Su nave principal se materializó centésimas de segundo antes de ser acribillada por todo el rugir ofensivo de la Diástole a bocajarro, haciendo explosión en millones de esquirlas y fragmentos incandescentes.

    - Contralmirante, ¡la Diástole también ha roto el silencio por radio y nos envía un mensaje!
    La voz de la Capitana inundó la sala de mando del Destructor:
    - Jefe, ¿me sigues o sigo la diversión a solas?

    El Súperbombardero de la Capitana atravesó el denso campo de escombros dejado por el destructor enemigo a la vez que, pese a su enorme tamaño, giraba sobre sí mismo tras un corto tirabuzón, invertía los motores para anular la inercia, frenaba en seco y empezaba a arrojar salvas de plasma a diestro y siniestro a toda la punta de lanza de la formación enemiga desde su desprotegida retaguardia.

    ‘Vaya, pues sí que puede hacerse’ pensó el Contralmirante tras ver la majestuosa acrobacia de la Diástole. Maravillado por la osadía aunque dolido por semejante imprudencia de la Capitana, el Contralmirante recobró la sangre fría y actúo en consecuencia, contradiciendo su orden anterior.
    - Armada, formación acorazada a dos tercios a los flancos rivales, avante toda; cruceros y escoltas a mi estela, avante toda; Nave, propulsores al cien por cien.

    Simultáneamente, las escasas defensas de Yliria, desde la superficie del planeta, colaboraban disparando a discreción contra el grueso de la flota enemiga; las naves de batalla golpeaban los flancos incisivamente y Sístole y Diástole, uno frente al otro y protegidos por cazas y cruceros, sajaban y amputaban desde el meollo de la vorágine a los escuadrones enemigos en una formidable, espontánea y violenta carnicería.
    Antes de que terminase la batalla legiones de naves recicladoras ya se dirigían hacia allí provenientes de Yliria y otras colonias cercanas, propias o aliadas, en busca de su botín, y tal como se recogió en numerosas bases de datos tras la muerte del Almirante muchos años después, la formación enemiga, decapitada de buen principio y separada en dos, nunca gozó de oportunidad alguna.

    Mientras los recicladores regresaban a sus bases, el Alto Tribunal se comunicó con la Armada al completo –un hecho realmente excepcional- deshaciéndose en elogios, promesas y más elogios. De forma inmediata, el Contralmirante fue ascendido a Almirante y los festejos en Yliria, otras colonias, e incluso en el Planeta Capital, prometían durar días.

    Pero en aquel momento todavía había lugar para un giro macabro del destino.

    - Contralmi...¡perdón, señor!, Almirante, comunicación con la Diástole establecida.
    El Almirante se dirigió al comunicador: - Felicidades Capitana. El mérito de nuestra abrumadora victoria es suyo y de su Diástole. Informaré pertinentemente al Alto Tribunal de todos los detalles tan pronto como...
    -Ahórrese los cumplidos, jefe – en su imagen, la Capitana era mostrada despeinada y con una sonrisa de oreja a oreja, saciada y con los colmillos a la vista. Era como ver a un depredador disfrutando del regusto de su última presa. Tras humedecerse los labios con la punta de la lengua en una mueca demasiado lasciva, sentenció: -¿Una carrera de vuelta a casa?

    Justo terminó la frase, la soberbia Diástole se difuminó antes de entrar en el híperespacio, muchísimo antes de que el Almirante pudiera dar las órdenes precisas para seguirla.
    Nunca llegó a su destino. Nunca más se volvió a saber de ella, ni de su Capitana ni de su tripulación.


    Capítulo III - Sístole.


    Sístole.



    Destructor Sístole. Presente.

    - Cielo, caballo a Ge Seis.
    - Peón Hache Siete, Almirante.

    El Almirante permanecía cómodamente recostado en el sillón de su camarote (puffiquismo neauveau, de gelatina degradé) con los ojos cerrados, visualizando mentalmente el tablero. Para él, el ajedrez existía mucho antes que el Alto Tribunal, que su carrera militar o que su primer amor incluso. Era la mejor forma de no estar en ninguna parte, o de estar donde él quisiera. Con los ojos cerrados, aquel tablero inexistente podía estar en Marmolia o en la Base Orbital, como era el caso.
    Un zumbido en su holopulsera le trajo de vuelta de su refugio virtual al aquí y ahora.
    Un mensaje del puente de mando. Buenas noticias.

    En otra sección del destructor, tres soldados disfrutaban, entre comida biofilizada y zumo descongelado, de una calurosa conversación en el comedor.
    - …Dicen que abandonaremos la zona fronteriza para ir a la Espiral Exterior…-dijo uno, el más joven.
    - Anda ya, so bobo –respondió el más veterano- llevamos toda la vida aquí y no iremos a ningún lugar.
    - A lo mejor el Almirante reemprende la búsqueda de la Diástole… –intervino el tercero.
    - ¿La Diástole? ¿De veras existió? –curioseó el chaval, apasionado por ese tema.
    - No, es un mito –zanjó el mayor, dejando claro que el tema no era de su agrado.
    - Mentiroso –le acusó el otro- sólo porque el Almirante borrase los archivos de la nave no quiere decir que no exista esa nave, lo sabes tan bien como yo.
    - Por favor, si tú ni siquiera habrías nacido entonces…-le reprochó el mayor.
    - Me lo contó mi madre. Ella estuvo en Yliria –argumentó el segundo.
    - Sí, ya, seguro. Otro con padres en Yliria…
    - En Yliria no, a bordo de este mismo destructor, ¡durante la batalla de Yliria!
    - Eso, tú haz la mentira más grande. No tienes vergüenza, decir eso delante del chaval.
    - ¿Me estás llamando mentiroso? –hizo amago de levantarse de la silla y encarársele- ¿Me estás llamando mentiroso, acaso? –e insistió.
    - Vale, termina el número ya, payaso. Todos sabemos que si tu madre estuviera aquí en vez de estar jubilada en Capital, no dirías todo eso –tras estas palabras se creó un tenso silencio, hasta que el chaval lo deshizo, ansioso por sonsacar más datos a los dos veteranos. En todos sus años en la Sístole, todo lo que había llegado a saber del tema es que era un tabú hablar de él.
    - Perdón, la Diástole…si existiese, claro –se protegió tras ver la cara del mayor- era la nave gemela de ésta, ¿verdad?
    - ¿Ves? ¡Ves! –saltó el mayor golpeando con el fondo de su vaso la mesa- otro argumento más a mi favor. ¿Crees que habría otra nave tan vieja y cochambrosa como ésta? –apoyó sus argumentos mostrando su comida con un gesto despectivo.
    - No digas eso. El Sístole sigue siendo un destructor, aunque sea algo viejo – y rebatió a su compañero llevándose una cucharada a rebosar a la boca.
    - Como tú digas, pero la Diástole es una leyenda, sólo una leyenda para niños.
    - Qué no. Mirad, os diré algo más… –creo un conato de expectación bajando el tono- mi madre estuvo presente cuando el embajador de Yliria le entregó al Almirante la medalla al Arrojo Estelar y una reproducción de la Diástole tallada en una enorme perla.
    - Oh vamos –se decepcionó el mayor- ¡te he oído contar eso miles de veces! Nadie ha visto nunca esos trofeos, y menos tú, porque no existen.
    - Cuidado, ¡el Almirante! –alertó el jovenzuelo.
    Los tres callaron de golpe y disimularon seguir comiendo de sus platos con la cabeza baja.
    - ¿nos habrá oído? –susurró uno.
    - no creo –masculló el otro.
    - pues viene hacia aquí- dijo el joven.

    El Almirante, descalzo y con los patines colgados al hombro, varió su camino para acercarse a la mesa. Al momento los tres tragaron de golpe lo que tenían en la boca para levantarse y cuadrarse. En un largo momento, una de las sillas cayó al suelo, resonando metálicamente en toda la sala, acallando al resto de mesas y centrando toda la atención del comedor sólo en aquella.
    El Almirante desfiló ante los soldados. Con tono mandatario, indignado, díjoles:
    - ¿Qué tal marineros? ¿Algún problema, acaso?
    Los dos soldados mayores, avergonzados, respondieron al unísono, como si aún estuvieran en la Academia: - No, ¡señor! Ningún problema, ¡señor!.
    El Almirante asintió con la cabeza y se giró al más joven:
    - Y usted, grumete, ¿algún problema?
    - No, ¡señor!. Ninguno, ¡señor! .respondió aún más enérgicamente que sus compañeros.
    Una sonrisa inundó el rostro del Almirante. Relajó su interpretación de Almirante enfadado y adoptó la misma actitud que un abuelo contándole el secreto de la vida a un nieto:
    - Descansen. Y nunca, bajo ningún concepto, vuelvan a dudar de la existencia de la Diástole. Pronto la encontraremos, ¿entendido?
    - Sí, ¡señor! – respondieron los tres.
    Acto seguido el Almirante se alejó en dirección al puente de mando a grandes pasos. Ya fuera de la sala se puso los patines con dos ágiles movimientos y prosiguió su camino deslizándose de forma harto señorial.
    Tras de sí, dejó la sala a rebosar de murmullos y rumores.
    - ¿Ves? ¡Te lo dije! – y le propinó el segundo un cariñoso codazo en las costillas al mayor de los tres, que tan sólo pudo agachar la cabeza y farfullar una maldición mientras que al menor se le llenaban las pupilas de ilusión.

    -¡Almirante en el puente de mando! – se oyó al abrirse la sensopuerta.
    - Descanse, oficial –dijo el barbudo Almirante a la vez que derrapaba en el centro de la sala -¿novedades?
    - Sí, señor –informó el oficial de sensores- nave no identificada de origen incierto y naturaleza desconocida a dos horas dieciséis minutos, cuadrante Épsilon.
    - Ajá. Y esa nave tan incierta y desconocida, ¿qué huella tiene? –frunciendo el ceño.
    - Por su huella energética, podría ser un destructor. Quizá modificado, es muy grande. Y está solo –el oficial dejó este último dato en el aire, a fin de que el Almirante lo valorase tanto o tan poco como desease.
    “Un destructor…o un súperbombardero” pensó el Almirante para sí analizando los datos de la pantalla. Se giró y le habló a la nave:
    - Nena. ¡Fanfarrias! ¡Rumbo de intercepción con el objetivo!
    - Como mande, Almirante –respondió la sensual voz de la nave- fanfarrias de la orquesta planetaria de Eolia.
    - ¡A todo volumen! ¡Y a toda máquina! –y rió por todo lo alto, con los brazos en jarras mientras se alzaban las trompetas triunfales.
    Segundos más tarde, ya empezado el estruendo metálico de las tubas y los trombones, otro de los oficiales tuvo que gritar para hacerse oír:
    - Almirante, ¡pido la palabra, señor!
    El aludido se giró para ver a aquel oficial gritando y gesticulando.
    - Señor, ¡el objetivo está justo más allá de la espacio-frontera, SEÑOR!
    El Almirante hizo un gesto de indiferencia con los hombros, más pendiente del canon entre las trompetas y las cornetas. “Y a mí, ¿qué?”.
    - ¡ESTÁ VIOLANDO UNA ORDEN DIRECTA DEL ALTO TRIBUNAL, SEÑOR!
    La sonrisa del Almirante iba ampliándose a la par que se emocionaban los trombones y aquel oficial gritaba y hacía aspavientos cada vez más exagerados. “Ah, esa orden…pues no hará años ni nada de aquello.”
    El Almirante se alisó la barba y se ajustó la gorra. Patinó hasta el comunicador más cercano y susurró: -preciosa, baja un poco el volumen.
    El volumen del himno victorioso descendió hasta quedar de fondo en seguida.
    - Señor, ¿¡ ME OYE, SEÑOR!?
    - Claro que le oigo, ¿por qué grita?
    Durante un momentito reinó un incomodísimo silencio, al que colaboró la música pasando de una canción a otra.
    - Guapísima, sube un poquito el tono y pone por megafonía a todas las secciones de la Sístole.
    - Listo, Almirante –replicó la voz de a bordo.
    - Hola Sístole. Hola a todos. Aquí el Contralmirante.
    En todas las secciones y galerías del destructor todo el mundo dejó de hacer lo que estaba haciendo (la mayoría, nada) y prestó atención exclusivamente a los holovisores, donde se veía tembloroso el rostro del Almirante mirando a un lado y al otro. Era innegable que la mayoría estaba ansiosa por ver que se les diría. Se creó de inmediato un clima de expectación tremendo, más con aquella música épica de trompetas de fondo que le otorgaba al mensaje un tono solemne y oficial.

    - Os habla el Contralmirante –cachis, se había puesto nervioso. No recordaba la última vez que había usado ese sistema, o cuando se dirigió a toda la tripulación a la vez- esto…hola a todos –realmente, su capacidad de oratoria se había oxidado con el paso de los años. Empezaron a haber murmullos y algún tosido entre los grupos congregados alrededor de los holovisores. La expectativa se multiplicó.

    - Os comunico que me he pasado por…-se detuvo antes de decir una grosería al ver la cara de susto de sus oficiales- …por ahí, las órdenes del Alto Tribunal de permanecer anclados en este aburrido sector y he puesto esta maravilla rumbo a más allá del límite fronterizo. Si a alguien no le gustase esta decisión, que se sirva de venir patinando y me lo diga. Gracias por vuestra atención –y se vio al propio holograma haciendo el gesto de acercarse a la cámara y apagar la retransmisión.

    La tripulación se miró estupefacta unos a otros. Las fanfarrias subían de escala. La mayoría no sabían ni que existían esas órdenes, convencidos de que la Sístole siempre había estado allí, o que había alguna misión de alto secreto por en medio, o que la nave no podía moverse mucho de lo vieja que estaba o que estaban allí por que el Alto Tribunal quería librarse de aquel viejo y loco Almirante.
    En esto último estaban en lo cierto.
    Trompetas en la sostenido, toda una redonda de trompetas ensalzando la última nota de la victoria final.

    Alguien dijo, muy bajito: “¿tres hurras por el Almirante?”.
    Pero fue suficiente. La Sístole se sacudía las telarañas y se ponía en marcha. El clamor fue unánime, automático y atronador, esparciéndose cubierta tras cubierta, galería tras galería, por todas las secciones de la nave, hasta llegar al mismísimo puente de mando, donde los oficiales vitorearon, aplaudieron y auparon hurras a su Almirante allí presente.
    El Almirante se sonrojó. Había olvidado el suave mecer del destructor con los propulsores a plena potencia, pero sobre todo había olvidado lo que era ser Almirante.
    Ambas cosas le llenaron de una felicidad tal que, a cambio, olvidó que se estaba muriendo en una cuenta atrás que nadie podía detener.
    Entre la tripulación empezaron de inmediato a rumorearse las cosas más dispares, sobre su destino o misión, o lo que fuere que estaba pasando, pero todos alegres, todos felices: al menos hacían algo, al menos la nave iba a algún sitio y por fin notaban el orgullo de estar a bordo de un destructor –aunque fuera aquella antigualla-y por fin, de veras, tenía sentido el haberse alistado tantos años atrás a las órdenes del legendario Almirante en la Sístole.

    Sin embargo, todo aquel jolgorio y dicha eran fruto de la ignorancia, puesto que a la Sístole le esperaba el más aciago y nefasto de los futuros.

    Un futuro, en este momento, a escasas dos horas de distancia.


    Capítulo IV - Diástole.


    Diástole.



    Base Orbital, planeta Capital. Hace 50 años y un día.

    Él -el futuro Almirante- y Ella -la futura capitana- llevaban horas enteras, casi toda la noche, contemplando desde los ventanales de la Sala de Supervisión la construcción del Súperbombardero estelar Diástole.

    Aprovecharon para charlar de cualquier cosa. Pese a sus diferencias de edad y rango, parecían buenos amigos. O algo así. La Historia nunca da detalles de esas cosas.

    - Edificio, música relajada -dijo Él en voz baja sin dejar de mirar por el ventanal al armazón de la enorme nave.
    - Nanay. Guapetón, música alegre -interrumpió Ella, también sin dejar de mirar al exterior.
    - ¿Guapetón?¿has llamado "guapetón" al edificio? -girandose hacia Ella, sorprendida.
    - ¿Por qué no?¿a ti te gustaría que te llamasen "humano"? humano haz ésto, humano haz lo otro...
    - Vaya tonterias dices. No es lo mismo -volvió a mirar por el ventanal.
    - Pues yo no pienso así -e hizo lo propio.

    Fuera los invisibles nanorobots hacian crecer la nave poco a poco, terminando el esqueleto y empezando a encofrar los depósitos de combustible de los futuros propulsores hiperespaciales.

    Dentro sonaba una pegadiza musiquita astropop, el hit del momento en Capital, pese a que ninguno de los dos se inmutaba.
    - ¿Por qué has puesto esta música? -inquirió de pronto Él.
    - por si me invitabas a baliar -respondió Ella sin mirarle, con los brazos cruzados.
    - ¿Bailar?¿aquí, a solas? -se puso hecho un flan de golpe.
    - ¿Por qué no?¿y dónde si no? -replicó haciendose la enfadada- ayer noche tampoco bailaste en la disco cerogé por que había demasiada gente...
    - Edificio, música no -e ignoró el último comentario recuperando su atención por el paisaje.
    - Como sigas así, acabaras hecho un cascarrabias, jefe -masculló Ella.

    Colocados ya los motores (traídos por una descomunal grúa) empezaron a aparecer y desarrollarse todos los sistemas ultralécticos e infragnéticos siguiendo el patrón de la estructura de la nave.

    - He oído que ya eres contralmirante, jefe. Enhorabuena -dijo sin ganas y sin mirarle siquiera. No era la primera vez que jugaban a ignorarse.
    - Gracias -contestó, como si le doliese darlas, como si le ofendiese que Ella no supiera eso ya.

    Ahora hacia aparición el romo morro del bombardero, donde empezaron a situarse los sistemas de astrocomputación y telerastreo, así como la sobredimensionada carlinga que sería el puente de mando.
    Minutos más tarde, Ella retomó la iniciativa.

    - ¿Qué nave has escogido? -demostrando en cada sílaba que Ella sabía la espuesta. De ayer a hoy sólo se hablaba de eso en la Comandancia.
    - La Sístole -como tampoco se lo creía del todo, lo repitió para reafirmarse- el Destructor Sístole, nave insignia de la Armada.
    - Aah. Sabia elección, jefe -y lo dijo lo más seria que pudo, pero una sonrisa maliciosa ya asomaba de sus labios. Se mordió la lengua lentamente.

    Aquella nave rezumaba arte desde su misma gestación. Las formaciones romboidales de baterias de plasma en la proa superior y la popa inferior asemejaban mosaicos de acerómica de Alandalûsia (neomudéjar, por supuesto). Las lineas de cañones Gauss y láseres pesados se trenzaban a lo largo de la columna vertebral como si fueran bordados sobre un etéreo tapíz blanco.

    Pese a no mirarla Él no podría mantener la calma mientras Ella siguiera con aquel secreto en la manga.
    - ¿Qué tienes que decirme?
    - Soy capitana -dijo de inmediato, como activada por un resorte.
    - Ya lo eras, qué novedad -si sólo era eso, ya podía respirar tranquilo.
    - Pero ya no de la Sinapsis -se refería al acorazado de batalla Sinapsis.
    - ¿Ah, no? -se giró para verla de perfil. La encontró radiante, toda una diosa hecha de carne y confianza en si misma.
    Ella no dijo nada, con la vista fija en el ventanal.
    Él comenzó a deducir a la vez que Ella se relamía los labios.

    - Pero, no hay ninguna nave mejor que la Sinapsis por asignar... salvo...

    Ella, disfrutando de cada fracción de ese momento, permaneció impasible y sonriente mirando como se ultimaban los detalles finales del blindaje deflector de la Diástole.
    El Súperbombardero estelar Diástole. El Alto Tribunal le había asignado el mando de esa nave, pero haberlo visto nacer le daba un poder equivalente a haberlo parido ella misma.

    Él permaneció total y absolutamente estupefacto, fascinado por ella mientras ella miraba su nave. Quería dejar de mirarla, pero no podía.
    Durante un largo instante pasó por detrás del astillero el Destructor Sístole, que llegaba a Capital en su último viaje antes del cambio de poderes.
    De una forma silenciosa e invisible, como sólo aquellas enormes saben hacerlo, se saludaron solemnemente, como si ya se conocieran de antes y llevasen tiempo a la espera del presente reencuentro.

    Ambos, Contralmirante y Capitana, tomaron aire y suspiraron, permitiendo que el tiempo siguiera su curso de nuevo.
    Ella se encaró a Él, le cogió de la mano en uno de sus imprevisibles gestos, y salió de la habitación camino del Lago Artificial: -Ven, vamos a celebrarlo- dijo mientras con la otra mano recogía su mochila de oficial del suelo.

    El Lago Artificial de la Base Orbital fue años atrás el destino preferido de los enamorados de Capital para perder el día entre promesas y besos. Tras la militarización de la Base y su reconversión en astillero, de noche era un lugar muerto y lúgubre, a la vez que solitario y silencioso. La cúpula de protección mantenía un brillo tornasolado que hechizaba el ambiente con un aire de misterio.
    Algún día, cuando la historia sea mito y el mito leyenda, una placa conmemoraría en este lugar la presente escena, quizá algo mitificada, quizá no: "Porque así empezó todo".

    Llegaron a la orilla. La Capitana se acuclilló y dejó la mochila en el suelo. Tras abrirla y dejar a un lado unos flamantes patines, extrajo de una caja una bella maqueta de un velero (concretamente una carraca isabelina, terrestre, finales del s.XV). Bajo la mirada de sorpresa de él, la posó cariñosamente en el agua y, tras ponerse a gatas, sopló con todas sus fuerzas.
    El barco infló las velas y empezó a surcar elegantemente el gran mar que era para él el Lago Artificial, con rumbo decidido y orgulloso de sí mismo.
    Aquel sencillo ritual había sido tan enigmático para el Contralmirante como simbólico y espiritual para la Capitana.
    Cuando ella se reincorporó notó enseguida que él estaba incómodo, por lo que desechó de inmediato la tentación de tirarlo al agua.
    Él no sabía estar a solas con ella, no sabía estar lejos de ella y, para qué engañarnos, nunca supo qué hacer en su mera presencia. Ella era la incógnita que desordenaba su rutinaria y perfecta vida a la vez que amenzaba con ser el motor que le obligara a mejorarse, la estrella que marcaba su camino a un ritmo demasiado rápido para su gusto.

    La Capitana optó por calmarlo -aparentemente. Le propuso algo que no podía rechazar.
    - Jefe, ¿un ajedrez? -le dijo, y él suspiró aliviado.
    - Pero si no me ganarás nunca. Soy el mejor de la Base, ya te lo dije.
    - Da igual. Juguemos. Cielo -al aire- tipo clásico...
    - ...dos dimensiones -terminó él, ansioso de encontrarse en un terreno más cómodo. Apareció entre los dos el holograma del tablero con las piezas y se sentaron uno frente al otro junto al Lago.
    - Peón cuatro rey -empezó ella, decidida.
    - E cinco -respondió él al momento.

    Tras un gambito de dama rechazado, un fiancetto y dos enroques, había llegado la hora de las dobles amenazas. Acabada la apertura, empezaba realmente la partida.
    Ataque, contrataque, defensa. Intercambio, sacrificio.
    - Peón torre de dama por Peón be cinco -a cada jugada él iba recobrando la confianza perdida. En el ajedrez las normas son las normas y ni siquiera ella podía saltárselas.

    - ¿Qué te hace pensar que vas a ganar? -inquirió él.
    - Porque hoy soy invencible. Torre a uno -y se desabrochó la blusa, dejando ver un precioso sujetador negro de camaleoseda que realzaba sus exquisitos pechos.
    "Oh, no". Avergonzado, bajó la vista al holotablero de inmediato. Había visto muchas mujeres en su vida pero aquella era demasiado para él. Las piezas no le decian nada. La miró de reojo y vio que ella le miraba fijamente, orgullosa de haber sacudido sus cimientos. Devolvió de inmediato la vista al tablero. Tenía varias jugadas preparadas, ¿donde estaban?. Le ardían las mejillas. Optó por un movimiento conservador. Eso siempre le daba resultado.
    - Alfil e seis -dijo cabizbajo con un hilo de voz.
    - No está mal, jefe, Alfil por Alfil e seis -y con un sutil gesto tocó con la yema del dedo índice entre los aros del sujetador.

    La camaleoseda pasó de ser negra a serlo transparente.

    La sangre inundaba la cabeza del Contralmirante y su corazón se aceleraba sonoramente. Debía mantener la sangre fria o perdería no sólo la partida si no también su último reducto de cordura ante aquella mujer. La miró de reojo, otra vez, sólo un instante, y se maldijo porque ella seguía mirándole fijamente sin parpadear ni prestar atención al tablero, desafiante.
    - Peón de alfil por Alfil e seis... -aquello era demasiado evidente. Si al menos ella dejase de contemplarle, él podría mirarla, pero...
    - Torre a ocho, jaque. Te veo nervioso, jefe.
    - Rey a ce siete -temblaba- yo, ¿por? -y temblaba su voz.
    - Torre por Dama -ella acababa de sentenciar la partida.

    El Contralmirante permaneció unos momentos con la mirada perdida entre las piezas. Finalmente, se resignó y derribó su rey virtual, gesto que aprovechó ella, felina, para agarrarle de la muñeca y llevar la palma de su mano a su propio pecho, acción que casi le provocó el desequilibrio y un infarto.
    Pumpum. Entre los pechos de la Capitana, un poquito a su izquierda, latía un corazón joven, fuerte y decidido. Pumpum.

    - Te has rendido -y con la mano de él firmemente sujeta a su pecho se echó hacia adelante, atravesando el holotablero para besarle. Pumpum. Pumpum.

    Todos tenemos al menos una decisión en la vida de la cual nos arrepentiremos siempre. El Contralmirante no era una excepción.
    Se zafó, se alzó y se irguió en un gesto violento, dando dos pasos atrás, tropezando con los patines y volviendo a levantarse del suelo casi antes de caer. En un día, la Capitana le había hecho perder la razón.
    - ¿Por qué me haces todo ésto? -airado.
    Ella no supo que contestar, y él prosiguió:
    - No te entiendo, no entiendo tus locuras, no entiendo nada, ni a ti ni...¡ni lo del barco siquiera!¡Estás loca!

    Él sabía que se arruinaría la vida si tan sólo la besaba. Sabía que todo su perfecto orden, su mundo, se vendría abajo en cuanto se volviesen a tocar. Aquella mujer era una hoguera que no podía evitar admirar y de la que, sin embargo, su razón le decía que debía alejarse lo más posible. Debía frenarla ahora o estaba acabado.

    - ¿Qué? qué... -por primera, única y última vez a ella le costó articular las palabras- el barco... como los grandes ancestros, un barco yendo al desconocido horizonte... -lloraba, mientras la camaleoseda regresaba al opaco negro y se abrochaba la blusa- pensaba que lo entenderias, que te gustaría... -se sentía humillada, ridícula.
    - Pues no, ¡NO LO ENTIENDO! -estaba alienado, como si él viviese la escena en tercera persona- SÓLO SÉ QUE ME SACAS DE QUICIO.
    - ¿Qué? ¿Pero no lo ves? -se levantó, con todo el orgullo que puede reunir una persona recién rechazada- por Sístole y Diástole, porque tu corazón y el mio laten juntos, porque...

    Y él se marchó corriendo, furioso, dejándola con el último y más importante de los motivos en la boca.
    - ...porque te quiero.

    Pumpum. Pumpum.


    Capítulo V - Sístole.


    Sístole.



    Destructor Sístole : 28 minutos para llegar al objetivo.

    Pumpum. Pumpum.
    El Doctor retiró el bioescáner portátil de la descubierta espalda del Almirante, quien se incorporó de la camilla donde se hallaba para vestirse.
    - Me noto fuerte como un cíbertoro, Doctor.
    - Me alegro, pero su situación no ha cambiado –sentenció antes de cambiar de tema- ¿vamos por la Diástole ? Pensaba que ya había abandonado esa idea. Hemos detectado más naves así en los últimos años y no hicimos nada.
    - Sí, ya. Pero tengo una corazonada, Doctor. Al fin. Y quiero encontrarla antes de, bueno, antes de ya sabe usted qué –dijo el Almirante con los ojos brillantes.
    - ¿Pero el Alto Tribunal no le ordenó cesar la búsqueda?
    - Hace mucho de eso. Además, ¿acaso les hicimos caso? Usted aún no estaba a bordo, pero nos dieron esa orden veinte años después de lo de Yliria. ¡20 años! ¡Tan sólo veinte años para rebuscar el Universo entero! –el tono del anciano se encendía igual que hieren las heridas que no cicatrizaron bien – ellos no querían encontrarla.
    - Bueno, oficialmente su desaparición fue consecuencia de una anomalía en el espacio-tiempo: una Brecha en la Uniformidad Galáctica. –El Doctor intentaba exponer el tema de la forma más pausada posible, pues no quería correr el riesgo de enojar al Almirante.
    - Mire Doctor, si sólo fuera eso no habrían borrado la base de datos de esta nave, ni nos habrían enviado aquí, a la nada –resignóse.
    - Almirante, fue mi padre quien firmó el acta de su incapacidad psíquica. He leído el informe en alguna parte. Creo que ese fue el motivo que el Tribunal...
    - A punta de pistoláser. Algún día lo reconocerá, y no le culpo por ello. Acérqueme los patines, gracias.
    - Aquí tiene –dándoselos en mano- y Almirante,
    El Almirante lo miró, compasivo, antes de recordarle que
    - Ya no soy Almirante. Hace mucho que el Alto Tribunal también me quitó eso.
    - Da igual. Mantenga esa actitud, le hace bien, Almirante.
    - Gracias, Doctor –y le devolvió la sonrisa.

    - ¡Almirante en el puente de mando! –bramó el oficial.
    La sensopuerta dejó paso al Almirante, que se detuvo de un frenazo. Tras dudar un momento, se quedó mirando al oficial que anunciaba su llegada. Aparte de que su cara le parecía terriblemente cómica, le era muy gracioso que hubiera alguien sólo para pregonar si él estaba o no estaba allí. Se lamentó por no haberse dado cuenta antes de ese detalle, y aguantándose la carcajada se le acercó:
    - Descanse, oficial, y dígame, ¿cuál es su función?
    Evidentemente, este gesto desconcertó a aquel pobre hombre bajito, de nariz demasiado grande y boca demasiado pequeña, quién se cuadró lo más fuerte que pudo y contestó:
    - Anunciar la presencia del Almirante en el puente de mando, ¡señor!
    “Parece un títere”, pensó antes de soltar una carcajada que hizo eco por toda la sala. Mientras el oficial mantenía estoicamente la posición, el Almirante hacía esfuerzos por no volver a empezar a reír. De haberlo hecho, aquello hubiera sido una escena en exceso delirante.
    - ¿Y eso le gusta, oficial?
    - ¡Es un gran honor, señor! –dijo convencidísimo.
    El Almirante se serenó, mirando fijamente a sus ojos. Aquello no tenía ninguna gracia. Aquel hombre estaba diciendo la verdad, o era una mentira tan fosilizada que se la creía con todo su ser.
    - Está usted seguro, ¿oficial? ¿Es eso lo que más desea hacer a bordo de esta magnífica nave? –buscó una por una cada palabra.
    - ¡Sí, señor! ¡Sin duda, señor! –hizo fuerza con los dientes- aunque si me lo permite, señor.
    - Continúe, haga el favor.
    - Desearía ser artillero Gauss, señor. Es mi sueño desde la Academia, señor.
    El Almirante se tranquilizó un poco. Aquello ya estaba mejor.
    - ¿Y es usted un buen artillero Gauss, oficial?
    El oficial tomó aire. Volvió a tomar aire. Y lo soltó todo de golpe:
    - ¡Voy a ser el mejor artillero Gauss, señor!
    El Almirante, visiblemente satisfecho, se giró y se encaró al oficial en jefe de artillería.
    - Señor Hind. Usted lleva aquí tanto como yo. Sabe cuanto le aprecio.
    - Sí, señor, y es un gran honor, Almirante.
    - ¿Y cree usted que habría algún puesto de artillero Gauss para este hombre? –ilusionado con la idea, se atusaba la barba.
    - Por supuesto, señor –le siguió la corriente- falta gente en esa sección, señor –en esa como en todas, concluyó Hind mentalmente.
    - Asígnele un cañón entonces. Desde ya mismo.
    Hind se dirigió al oficial de la entrada:
    - Sírvase cualquiera de la segunda cubierta de proa. Pregunte a sus nuevos compañeros lo que necesite. Es una orden.
    Aquel oficial, de segunda y feúcho, no se podía creer lo que estaba oyendo.
    - ¡Gracias señor! –se cuadró haciendo sonar sus talones- y ¡gracias, Almirante! – para girarse ,marcialmente y abandonar el puente de mando.
    - ¡Un momento, cañonero! –dijo el Almirante de improviso.
    El nuevo artillero tardó un momento antes de asumir que se dirigían a él y casi lo atrapa la sensopuerta.
    - ¿Sí, Almirante?
    - Indique a mantenimiento que instalen un sensotimbre en la entrada del puente. Puede retirarse.
    - ¡SÍ, SEÑOR! –y salió del puente con la espalda bien recta, justo para empezar a correr hacia su nueva vida en cuanto se cerró la puerta tras de él.

    - Reina, ¿cuánto nos falta?
    - Seis minutos, Almirante.
    - Pues da tiempo de un par de jugadas más –hizo memoria para recordar la última posición- Reina a tres alfil.
    - Peón a efe seis –respondió, ipso facto, la etérea voz. El resto de oficiales presentes nunca se acostumbraban a cosas como ésta.
    - Peón cuatro torre de dama…-el movimiento del Almirante fue casi una pregunta, un dejà vú.
    - Alfil ge siete –dictó la máquina, creando una defensa casi inexpugnable- minuto y meido para salir del híperespacio, Almirante.
    - Gracias, guapa –se ciñó la descolorida gorra de contralmirante y repasó con la vista el puente de mando: -¿Phalanx? Quiero oír al vigía en cuanto echemos ancla. ¿Artillería? Llegaremos a sotavento, quiero salvas de a doce listas por la proa y babor.
    Cada uno tradujo las órdenes según terciaba y respondieron al unísono: -Sí, señor.
    Finalmente el hormigueo híperespacial se detuvo y cada estrella del paisaje recobró su lugar.

    Era como si el Destructor Sístole se viese reflejado en un espejo de feria.
    Ante él posaba una obscena, deforme, gargantuesca y enorme nave grungüenlandesa.
    Chata y lisa de un lado, vertebrada y nudosa por otro, sembrada de afilados vértices y aristas entre las diferentes secciones. Era como un grotesco cruce entre Sístole y…”Cielo, música de intriga” iba a decir, pero se interrumpió a sí mismo:
    - ¡Escudos, nena! ¡ESCUDOS! –y saltó para agazaparse en algún lado.
    Antes de llegar al suelo salió despedido de cabeza contra la pared de la entrada. El resto de los presentes, sin excepción, perdió el equilibrio o chocó contra algo, víctimas del brutal impacto.
    Décimas más tarde el Sístole se protegía con un halo azul y todas las secciones se bañaron del rojo parpadeo de las alarmas.

    Tras la primera andanada de impactos, empezó a materializarse una jauría de cazas alrededor del destructor grungüenlandés, que prestos como una nube de insectos se lanzaron a envolver al Sístole . Por detrás hicieron aparición varios cruceros de combate y dos acorazados de guerra, que estrellaron sus disparos contra el escudo recién alzado, debilitándolo visiblemente.

    El Almirante, desde el suelo, gritó “¡Fuego de represalia!” y, tras un fugaz vistazo a la pantalla de control, se levantó, sangrando por la sien y empezó a dictar órdenes aquí a allá. El viejo lobo de mar estaba furioso por aquella treta tan burda y por haber sido emboscado por una parodia sobredimensionada y un cruce macabro y antinatura de su propia nave y aquella que buscaba.
    ‘¡Propulsores a toda vela, fuego graneado de proa y viramos quince grados a babor, Phalanx, quiero los datos ya, Guapa, informe de daños, cómo estás, plasmas del castillo de popa céntrense en la santabárbara enemiga, lásers de quilla protejan la contramesana, Nena, nena, desvía los sistemas auxiliares al escudo, Hind, disparan esos cañones o qué, rumbo a la colonia aliada más cercana…!’

    La herida de la cabeza no paraba de manar sangre, manchando su cara, mientras alrededor del Sístole se cruzaban pinceladas láser y brochazos de blanco plasma sobre el lienzo azul del escudo de protección. Las diferentes explosiones creaban pequeñas y grandes burbujas de energía coloreada alrededor de la nave.

    Al Almirante se le empezó a emborronar la vista, consecuencia del golpe y se aferró con fuerza a una barandilla: “Cariño, te lo ruego, activa los híperpropulsores o no salimos de ésta…vamos vamos vamos…”
    La voz no respondió pero la nave empezó a temblar. Un esquema de una pantalla mostraba en rojo seis propulsores dañados. El séptimo empezó a mover la nave de una forma exasperante. Era como ver a Sísifo en acción.
    El Almirante destacó en una recreación tridimensional el exagerado interés de los enemigos por ciertas zonas de la Sístole . En seguida entendió el porqué: “por si no nos hunden, dejarnos inmóviles y ciegos”. Un comité de raudos cruceros se situó en la trayectoria del navío, barrando su escapatoria hacia el híperespacio. Si no conseguían suficiente aceleración, de nada serviría poder plegar el espacio: sería coger un atajo para ir a donde ya estás.
    El Almirante se apartó la sangre de los ojos nublados de sangre, tambaleándose. Con el escudo tan débil, no había lugar para la opción óptima de embestir a los cruceros. Ya de bruces, sólo supo gritar :”¡Fuego por proa, abrid, paso, fuego por proa!” y toda una batería de cañones disparó al unísono contra los cruceros y el escudo relampagueó antes de disolverse.
    A rastras, el Almirante recorrió el puente hasta su extremo frontal para atender personalmente una de las terminales. Cuando uno de los cazas enemigos se estrelló junto al morro de Sístole , el resplandor dejó ciego al Almirante y el impacto dejó ciega la nave. Pumpum, pumpum.

    Y un solitario Gauss a destiempo, destemplado, clavó un disparo a un costado de un crucero, que herido de muerte rompió la formación de barricada estrellándose contra el más cercano y contagiando en la deflagración a otros dos. Aquello daba paso libre al Sístole hacia su salvación.

    Aunque el Almirante sólo pudo oír aquel disparo errante, nunca necesitó preguntar quién lo había realizado. Apostaría su colección de arte al completo a que provenía de la segunda cubierta.
    Dolorido, aunque con aquel alegre pensamiento en mente, quedó inconsciente, y tal como perdía sangre resucitaba recuerdos de mucho, mucho tiempo atrás, de antes de ver desaparecer al único amor de su vida, de antes incluso de haberlo rechazado.


    Capítulo VI - Diástole.


    Diástole.



    Gran Salón de la Comandancia, Base Orbital. Hace 50 años y dos días.

    Por orden del Senado, el Alto Tribunal se hallaba reunido al completo. Ante aquel museo de la decrepitud, los huraños tribunos escuchaban a un viril y formal caballero que intentaba exponer la situación de la forma más diplomática y serena posible:
    - ...Tras analizar los informes de espionaje recolectados en las colonias y, tras una exhaustiva interpretación de los datos interceptados por el Phalanx sito en la luna de Junglera...-mientras esto decía se representaban a su lado tridimensional y holográficamente todos los esquemas y datos astrográficos- considero que el ataque de Grungüenland a nuestras fronteras es inminente, seguramente Yliria. Aconsejo enérgicamente agilizar los trámites logísticos para finalizar la construcción de la Diástole en el Astillero Orbital, evacuar esa y las otras colonias más sensibles y crear un escuadrón de intercepción operativo con el Destructor Sístole como nave insignia.

    Los ancianos del Alto Tribunal murmuraron entre sí. Uno de ellos, su portavoz, tomó la palabra.

    - Gracias por su exposición. Considérese Contralmirante desde este preciso instante. Quedará asignado al mando del Destructor Sístole tan pronto como éste regrese a Capital, tal como solicitó. ¿Algo más?
    - Propongo que se empiece a trabajar en los simuladores, con lo que solicito acceso ilimitado al Gran Simulador, para estudiar diferentes prototipos de tácticas defensivas. Tendremos bajas, pero podríamos repeler a la flota grungüenesa con la táctica adecuada y...

    Las dos enormes sensopuertas que custodiaban la entrada al Gran Salón se apartaron hidráulicamente a lado y lado de par en par y aquella mujer, medio vestida de capitán, medio disfrazada de civil irrumpió en la sala patinando a toda velocidad hasta llegar a la altura del Contralmirante, donde hizo un ágil giro y frenó en seco haciendo chirriar el suelo de mármol. Miró al Tribunal.

    - Perdón. Llego tarde.- Dijo resoplando por el carrerón e intentando terminar de abrocharse la casaca a la vez.
    - Por desgracia terminaremos acostumbrándonos a su constante impuntualidad e indisciplina, Capitana – y dicho esto el anciano optó por presentarlos – Capitana del Acorazado de Batalla Sinapsis, le presento a...
    La Capitana no dejó acabar la frase al tribuno, tanto le daba igual el rango de aquel hombre tan serio y con cara de tan pocos amigos.
    - Mucho gusto, ya verás qué bien –y le tendió la mano al Contralmirante, que no estaba sino mirándola fijamente sin parar de pestañear incrédulo.

    Esa mujer tenía fuego en los ojos. Esa mujer respiraba con todo el cuerpo, parecía sentirse más allá de lo que la rodeaba. El simple hecho de que ella estuviera allí banalizaba con su mera presencia al Alto Tribunal al completo, máximo órgano militar de Capital. Su actitud, por sí misma, ponía el mundo patas arriba. A ojos del Contralmirante, ella estaba ahí enfrente y él no podía dejar de contemplarla, el Tribunal estaba allí a lo lejos y pasó a significar menos que nada. Intuía la mano tendida de ella ahí, esperándole, pero sus rasgos le habían convertido en gelatina y ella era puro nervio, un muelle, una cuerda de violín perfectamente afinada.

    Tras tres, cinco, o siete eternidades de un segundo cada una, el Contralmirante finalmente estrechó la mano de la Capitana, pero lo hizo de una forma tan fláccida que la decidida respuesta que recibió lo sacudió de pies a cabeza. Todo lo que oía estaba amortiguado por el tambor de su propio corazón desbocado.

    El Alto Tribuno se dirigió a ella, algo asombrado quizá por el ensimismamiento que clamaba la faz del Contralmirante.
    - Capitana, usted, la Sinapsis y toda la división acorazada a su cargo estarán bajo las órdenes del Destructor Sístole y del aquí presente a su mando. Sus referencias son intachables, y vista la gravedad y lo apremiante de la situación, no falte decir que se espera lo mejor de ambos.
    - Vale, gracias, Tribuno – e hizo una reverencia simbólica e invitó al Contralmirante a abandonar el Gran Salón- nos vamos, ¿jefe?

    Hay quien dice que en el futuro no existirá el amor a primera vista. Es posible incluso que no exista el amor siquiera. Se equivocan. Todo el Alto Tribunal, al completo, es testigo de que cualquiera, cuando sea, es capaz de enamorarse, al menos, una vez.

    El Contralmirante no recobró el sentido de la Realidad hasta bien haber salido de la gigantesca sede de Comandancia. Se sacudió la cabeza y se encaró a la Capitana, que patinaba alegremente orbitando a su alrededor.
    - Quédese quieta. –Ella se detuvo ante él- ¿me has llamado ‘jefe’?
    - ¿Eh? ¿Tú mandas, no? Pues jefe. –Aunque algo extrañada por lo tonto de la pregunta, la respuesta le era evidente- ¿Qué hacemos ahora, jefe? –preguntó apoyando ambas manos en las caderas e inclinándose hacia delante, dejando su nariz a menos de un palmo de la de él.
    El Contralmirante hizo el asomo de hacerla a un lado y siguió caminando. No muy lejos de allí se hallaba la Sala de Supervisión y un poco más allá el Gran Simulador.
    - Vamos al Gran Simulador. Tenemos trabajo que hacer – gruñó secamente.
    - Vale, jefe – y dejó que él avanzara unos pasos al sentarse para quitarse los patines y colgárselos al hombro. Descalza, aceleró el paso hasta alcanzarlo y avanzar a su mismo ritmo desde entonces.

    Caminaban a paso vivo, él decidido y mirando al frente con la barbilla paralela al suelo; ella mirándolo a él de arriba abajo llena de curiosidad. ¿Aquel era del que tanto le habían hablado? La verdad, no parecía ni especialmente guapo ni especialmente inteligente. En definitiva, el típico oficial pasmarote, sensato hasta la médula, aburrido y condenado a ser un carcamal y amargar a los demás hasta el fin de sus días.
    Pero esa descripción, siendo sensata a sí misma, no era del agrado de la Capitana, por lo que se obligó a llegar a la conclusión –acertada a su gusto- de que aquel hombre debía tener un nosequé misterioso que merecía ser investigado, cosa que se propuso hacer de inmediato para salir de dudas. Caminaban a la vera del Lago Artificial, algo concurrido al ser lugar de paso por el día en la Base Orbital.
    - Me han dicho que te gusta el Arte, ¿no? Es extraño en un oficial de alto rango como tú.
    - Sí –y punto. Respuesta más fría, imposible. Aún estaba pensativo sobre la escena en el Gran Salón y le aterraba la idea de estar dominado por una sensación indomable.
    - A mí también, aunque no soy una entendida. Y también he visto por ahí que eres el capitán del equipo de ajedrez clásico.
    - Sí, de dos dimensiones - ¿por qué le saturaba el cerebro aquella mujer? ¡Había hecho el ridículo ante el Alto Tribunal! Todavía notaba como le ardían las mejillas y se imaginaba ya que terrible y cruel mote le iban a colocar a sus espaldas.
    - Qué bien, a ver cuando echamos una partida – y sin previo aviso le propinó un exagerado empujón para arrojarlo al agua. Él, como acto reflejo, se agarró a sus muñecas y cayeron ambos al lago con un centrífugo giro propio de un baile regional.

    Algunos transeúntes se giraron sorprendidos.
    De debajo del agua reaparecieron los dos, Capitana y Contralmirante. Ella, a carcajada limpia, chapoteando como una niña y disfrutando de lo más divertido del día.
    Él, como no podía ser de otra forma, visiblemente contrariado. Se aupó rápidamente a tierra firme y la maldijo por aquella soberana estupidez, por aquella broma de mal gusto impropia de una oficial de alto rango de la Armada.
    Ella, aún riéndose a pleno pulmón, continuó salpicando por doquier con las palmas de las manos, hasta que vio la actitud de desprecio y la cara de furia del Contralmirante. Salió del agua, ágilmente, y se calmó.
    - Oh vamos, no te irás a enfadar ahora, jefe –le dijo.
    Él no contestó y prefirió girarse para no ver como el agua ceñía toda su ropa a las formas de su cuerpo y ahuyentó con un explosivo gesto a los curiosos que se acercaban. Empezó a caminar de nuevo hacia su destino, esta vez dejando un reguero de agua dulce a su paso y rogando que no empezasen a circular por la Base habladurías que pudieran manchar su impoluta carrera militar o le vinculasen con aquella impresentable.
    Ella le dio alcance un poco más adelante:
    - Venga va, desahógate. Te echo una carrera, jefe, hasta el Simulador.
    E hizo un amago de salir corriendo. Ni caso. Hizo otro. Tampoco.
    El Contralmirante recorrió el resto del trayecto inmerso en un silencio fúnebre, a la espera de que se secasen sus ropas y ánimos. La Capitana se distraía silbando y canturreando una pegadiza canción popular de Junglera, una que sólo tenía una estrofa que se repetía una y otra vez, como si de una nana se tratase.

    El Gran Simulador –o Sala de Simulación- era un nexo entre los infordenadores más potentes de Capital y la Base Orbital. Allí podía simularse, con suficientes datos, casi cualquier cosa. Tomaron asiento cada uno a un extremo de una gran mesa redonda.
    Sin esperar ni comentar nada, empezó a dictar en voz alta diferentes configuraciones, formaciones y tácticas, basándose en la flota conocida de Grungüen, que los infordenadores e IAs recreaban tridimensionalmente alrededor de la mesa.
    Ella, simplemente, le miraba, con los codos en la mesa y las palmas de las manos en las mejillas, algo ausente a las órdenes que él formulaba al Simulador.

    - Trapezoidal frontal con ataque en tres y siete octavos; dodecaédrica en cinco, nueve y doce.
    Y tal como lo dijo empezaron a representarse una batalla holográfica a escala y a proyectarse multitud de hipotéticos informes y reportes hasta concluir en un resultado dispar, un fracaso, que parpadeaba en rojo neón flotando sobre la mesa. Intentó buscar otra solución al puzzle.
    - Icosaédrica con arista defensiva en segunda y decimonona contra octoédrica, variante invertida y carga en los flancos.

    Mientras aparecían las imágenes, ella pensó, algo indiferente, que aquello no estaba mal del todo. Complicado, quizá demasiado lenta por dejar a la Sinapsis y otros pesos pesados en segunda fila. Pero igualmente, el resultado tampoco convenció al Contralmirante, que de todas formas no se percató de la mueca de desaprobación de la Capitana ante los resultados virtuales.

    Ella continuó guardando silencio mientras él probaba otras combinaciones.
    - Dodecaédrica en traslación contra Corona, espinas en tres, seis y nueve - sin el resultado esperado e insistió - nonaédrica frontal contra Arco con carga angular.

    Aquello sí estaba bien pensado, concluyó ella. La formación de Arco con las naves con mayor capacidad ofensiva en medio sería seguramente la formación que adoptarían los grungüeneses. Sin embargo, la defensa de doce caras ponía en un riesgo excesivo a la Sinapsis y al resto de naves de batalla, pues las obligaba a defender a todas las demás. La Capitana se extrañó de que él, sin mediar palabra, desechase esa posibilidad tal como la máquina le proporcionaba los resultados en el aire.

    - Heptaédrica de doble fondo contra Arco de carga angular.

    Ella tuvo que reconocer para sí que aquel hombre era un estratega brillante. En apenas unas horas estaba resolviendo planteamientos que podían requerir días o semanas.
    Sí, realmente era muy brillante, tanto o quizá más que ella, y sin duda más aplicado a su trabajo. Sólo le faltaba un poco de intuición y ella se propuso dársela. Eso sí, a su manera.

    De un compartimento de la sala extrajo un bote de fluoropintura (de la que se usa para escribir en las oscurizarras) y, tras desellarlo y abrirlo, hundió una mano hasta el fondo.
    El Contralmirante se giró, con los ojos abiertos como faros, despistándose de las naves intangibles que bailaban a su alrededor. Ella llevaba toda la tarde ahí, mirándole –cosa que le incomodaba en exceso- y aquella excentricidad era lo primero que la veía hacer en todo ese rato que llevaban en la Sala.

    La Capitana se acercó a la pared y marcó allí su mano manchada de pintura, con los dedos bien separados uno de otro. Se echó hacía atrás y contempló su propia huella brillando ajena a los hologramas y estadísticas proyectadas de la nada.

    Él se acercó. No ganaba para sorpresas ese día.
    - Capitana, esto, ¿por qué? –y esa fue la forma más condescendiente que se ocurrió de preguntarle.
    - Porque así empezó todo, jefe –sentenció.
    - Explíquese –él se interesó por ese motivo tan rotundo y aparentemente fuera de lugar.
    - Bueno, a ver cómo te lo digo –aquello no era fácil de explicar, aunque formase parte de ella misma y de su forma de entender el mundo, un intento de resumir una religión personal en un solo párrafo- veamos: hubo un momento en que alguno de nuestros primitivos antepasados pintó la pared de su cueva con la mano manchada, ¿verdad jefe?
    - Sí, claro, supongo –tampoco cabía otra respuesta a ese planteamiento.
    - Pues así empezó el Arte. Antes que los propios artistas, y por supuesto antes que las guerras –y acabó la frase con un chasqueo de su lengua, satisfecha por su explicación.
    - Pero no entiendo por qué ha hecho eso ahí.
    - Porque así empezó todo –repitió ella, convencida de que la frase se explicaba por sí sola.
    - Ya, ¿y? –insistió, ansioso por zanjar ese absurdo asunto y volver con las simulaciones, con o sin la ayuda de ella.
    - Cuando algo se complica en exceso, es útil recordar el origen de las cosas. A mí me sirve, y he supuesto que podría inspirarte a ti también, jefe.

    El Contralmirante se quedó pensativo, contemplando aquella refulgente y femenina huella en la pared, aquella ‘obra’. ¿Qué le intentaba decir la Capitana?
    Repasó mentalmente otros estilos pictóricos y corrientes artísticas buscando un enlace con aquella simpleza en la pared digna de una niña traviesa.

    De golpe todo le pareció evidente. Desvió su atención de la pared a la Capitana, que le miraba complacida de verle alcanzar la misma conclusión a la que ella había llegado hace rato.
    ‘A veces sólo han de recordarnos que todo puede ser más fácil’. El Contralmirante, sin dejar de mirarla fijamente a los ojos, díjole al Simulador:
    - Piramidal en 90º contra Arco de carga angular – y de inmediato ambas formaciones aparecieron a su alrededor, cara a cara, dispuestas a enfrentarse en una batalla ficticia.

    El resultado era óptimo. La flota grungüenesa sería rechazada. Salvo una lacra: o la Sístole o la Sinapsis deberían sacrificarse, dato éste que parpadeaba insistentemente en rojo. Era improbable que sobreviviesen las dos, pues una debería tomar la iniciativa atrayendo a la artillería enemiga, liderando la carga y escudando a la otra y a las demás.

    Ambos permanecieron unos instantes pendientes de aquel maldito dato. El Contralmirante se adelantó al siguiente paso, no fuera –pensó inconscientemente- que la Capitana respondiera por compromiso.
    - Hexaédrica contra Arco de carga angular –y lo que vio fue muchísimo más de su agrado.

    Tras comprobar los pormenores de aquella que sería la táctica a utilizar en la defensa contra Grungüenland, abandonaron la Sala, no sin antes de que la Capitana añadiera en su imaginación un retoque personal a aquella estrategia.

    - Jefe, ¿crees que una nave podría adelantarse y romper la carga de Grungüen para luego protegerse a su espalda?
    - No diga bobadas. Ninguna nave podría hacer algo así.
    - Ya, claro. Bueno, te invito a bailar – preguntó así, sin más. Total, ya estaba todo dicho.
    - ¿Qué dice? Más sinsentidos, no, por favor, Capitana –le rogó.
    - Los oficiales tenemos acceso a la discoteca de gravedad cero en el otro sector de la base, no me diga que no ha ido nunca. ¡Vamos!

    Y el Contralmirante, como bien sabemos, se dejó arrastrar hasta allí.
    Sin embargo aquella noche –ni la siguiente- tendría los resultados esperados para ninguno de los dos. El Contralmirante aún se creía a tiempo de recuperar el control de su vida, al margen de la inminente batalla contra Grungüen.
    Quizá murió de viejo medio siglo después, pero también quizá por no morir de amor, murió de orgullo aquel mismo día.


    Capítulo VII - Sístole.


    Sístole.



    Destructor Sístole . Presente.

    El Almirante recuperó el sentido y la vista poco a poco. Llevó una mano a su cabeza, aún dolorida, manchándola de sangre fresca.
    El Doctor estaba biosensorizándole allí mismo, en el Puente de Mando, sentado a su lado. Tenía una horrible fractura a la altura de la rodilla, pero no parecía darse cuenta.
    - Almirante, ¿se encuentra bien? La hemorragia se detendrá en seguida –el Doctor giró la cabeza al oficial más cercano - aún está aturdido.
    El Almirante no estaba conforme. Desde el suelo gruñó:
    - ¿Estoy vivo aún, no? Pues entonces estoy bien, mejor que usted incluso. ¿Dónde estamos?
    - En la órbita de Kimia, señor, el planeta laboratorio. Llegamos hace tan sólo unos minutos. No se muestran muy contentos de vernos. Y mi pierna está bien, no se preocupe, ya regeneraré el nervio con algún fármaco o algo.

    Mentía. No había medios –a día de hoy- en la Sístole para salvar esa rodilla. El Almirante no quiso decirle nada al respecto, y lo envió de vuelta a la cubierta hospital a atender a los heridos.

    Todavía acomodado en el suelo, el Almirante miró a su alrededor. A través de las cabezas de sus oficiales, observó por una de las pantallas que el planeta estaba rodeado de cientos, quizá miles de satélites solares. Estos satélites se usaban para desviar la energía solar a algún punto concreto del planeta, donde seguramente se intentaba desarrollar algún tipo de novedosa fuente energética. Sin embargo, según podía deducirse por la estadística adjunta, el proyecto se detuvo hará un tiempo.

    Había algo que se le escapaba.

    - Cariño, ¿cómo estás?
    Un holograma algo desenfocado mostró el informe de daños de la Sístole . La propia nave hizo un breve resumen:
    - Almirante, durante el trayecto se han podido reparar dos de los seis propulsores dañados, restando operativos tres de siete. Varias secciones de popa han sido destruídas junto con la artillería que había en ellas y carecemos de astrocomunicación a medio y largo alcance. Dos cientos quince muertos y un número similar de heridos de diferente consideración.

    El Almirante intentó levantarse, apoyando la mano en el charco de sangre que él mismo había creado. Notaba como sus fuerzas y pensamientos se iban poniendo en orden.
    Una vez estuvo de pie, reunió a sus oficiales alrededor de la terminal de control.
    - Señores, espero sus opiniones, deducciones, lo que sea.
    Hind, siendo el más veterano, se propuso como portavoz.
    - Durante su…descanso, señor, hemos llegado a la conclusión de que la presencia de la nave grungüenesa era algo más que un anzuelo o una emboscada al Sístole .
    - Qué rencorosos –destacó el Almirante. Hind prosiguió:
    - Los últimos datos que obtuvimos, y no tendremos más, es que su flota al completo se estaba reuniendo en aquel punto. Podríamos augurar que desde allí sería sencillo establecer un vector hiperespacial directamente a Capital.
    - Por eso esa obsesión de dejarnos mudos y cojos…por si acaso no nos destruían. Esa gente piensa en todo. ¿No podemos comunicarnos son Capital, verdad?
    - No señor. Y desde el planeta tampoco. El Consejo Kimiano dice que no constamos en sus archivos. Nos dejan permanecer en órbita como nave neutral necesitada de reparaciones, pero tampoco nos han facilitado repuestos. Sólo combustible, por causas humanitarias y a disgusto.
    - Gracias Hind. Una cosa más. Aquella nave enemiga, ¿tenía nombre?
    - Lo desconocemos señor, pero el análisis óptico indica que no es ni la Diástole ni ninguna otra nave conocida, aunque evidentemente hay una influencia en su diseño.
    - Pues la llamaré La Abominable .

    Y así, con ese nombre, pasó a los libros de Historia bélica: la Abominable , la más ambiciosa y mortífera de las naves grungüenlandesas. A su forma, también era una obra de arte, pero de una forma que sólo los grungüeneses podían admirar.

    Ya en su camarote, el Almirante buscó ideas con la vista. Reapareció el gato holográfico –parecía haber pasado una eternidad desde la última vez- jugueteando y ronroneando entre los pies descalzos del Almirante.
    Repasó mentalmente sus conocimientos sobre Grungüenland. Era un planeta pequeño en comparación con sus planetas-colonia. Era un planeta inhóspito, eternamente bajo cero. Su único continente era rico en tungsteno y yacimientos de mercurio. De hecho, su único bien era la síntesis del preciado deuterio extraído de las profundidades de sus océanos de nitrógeno y cloro. Grungüenland era una recreación demente del mismísimo infierno, la antítesis de Capital, con sus continentes jardín y sus urbes de elegantes y kilométricos rascacielos de mármol y alabastro flotando sobre islas artificiales.
    De un arcón de acero orgánico y taracea de oro rojo (barroco de Capital) extrajo una urna de cristal. En su interior parecía no haber nada, pero el Almirante la acercó a su cuerpo y en el interior apareció una amorfe gelatina que adaptó al momento el color grisáceo de su vieja casaca de Contralmirante. Aquello le recordó la bonita y sensual camaleoseda de Capital, donde tan en boga estaba hacía medio siglo. En vez de rechazar esa nostálgica sensación, hizo partícipe a la nave, no sólo de su estado de ánimo si no también de su búsqueda.
    - Nena, cantos de las profundidades grungüenesas.
    - Como mande, Almirante.
    Acto seguido, unos coros graves, asíntonos y lánguidos se esparcieron por el camarote. Era una música realmente tétrica, reflejo de la naturaleza de aquel planeta. Las ciudades de Grungüenland se hallan bajo tierra para aprovechar la energía geotérmica. Toda la agricultura está basada en diferentes especies micológicas, mohos y líquenes. No era de extrañar que aquella gelatina gris fuera, en su momento, arte puro. Su sentido de la estética estaba basado en su entorno y en su cultura.
    En su origen, Grungüenland era una civilización débil, que ni siquiera comerciaba por temor a delatar sus recursos. Sus cargueros llevaban distintivos de planetas neutrales, modificándolos cuento fuera necesario para perfeccionar el disfraz. Fruto de aquella lejana época, el sigilo y el acecho son aún hoy en día dos valores fundamentales de la moralidad de aquel lugar.
    El Almirante regresó la urna al arcón (y su contenido volvió a desaparecer) y extrajo una estatuilla de negro cuarzo vulcanizado que, de una forma bastante figurativa, representaba una misteriosa bailarina de Lubraquia, la primera colonia grungüenesa.
    Tras una primera etapa mimética (hasta el siglo II antes de su Gran Colonización) su arte se vio contaminado de influencias de aquellos planetas con los que trataban. Una magnífica muestra de ello era esa estatuilla, pues la expresión antropoforme era desconocida hasta ese momento.
    El Almirante contempló detenidamente la valiosa estatuilla (arte sincrético, fechada hará quinientos años). La bailarina lubraca lucía joyas dignas de una princesa de Al-Andalûsia, llevaba el cuerpo pintado como una cazadora de Junglera y bailaba –estática- sobre una peana con filigranas de Marmolia. Porque sí, porque hasta no hace tanto ambas razas habían convivido en paz, como buenos vecinos. Hasta aquel ataque a Yliria, para ser exactos.
    El Almirante devolvió la pieza al cofre y se lamentó por carecer de algún ejemplar más reciente, más contemporáneo. Optó por continuar unas jugadas más su partida con la nave y dejó a su hologato guardián custodiando el camarote antes de regresar al Puente de Mando.

    Ya en él, quedaban muchas cosas por solucionar. La más importante era el tema de los motores. Si la Sístole sólo podía ir a medio gas, a lo mejor llegaban a Capital antes que sus enemigos –que aún habían de reunirse- para dar la alerta –fuera esta creíble o no- pero una vez allí sólo servirían como barricada espacial, o tal vez ni eso.
    Hizo aparición por la sensopuerta un humilde técnico de mantenimiento:
    - Hola, saludos a todas vuesas mercedes. Maese Almirante…-se quitó la gorra en una reverencia digna de un mosquetero- venía a instalar el sensotimbre que usía ordenó.
    El Almirante recuperó algo de humor imaginándose a aquel oficial gritando “¡técnico de mantenimiento en el Puente!”.
    - Gracias, señor técnico, pero seguro que existen quehaceres más importantes a bordo de la Sístole .
    - Bueno, sí, gracias a usted, Almirante. Ahora iré a desfacer entuertos por ahí, pero ya que aquí me hallo, déjeme al menos limpiar esto –y se dirigió al charco de sangre, ahora seca, que el Almirante dejó tras golpearse en el ataque a traición de la Abominable .

    Sangre seca. El Almirante se había apoyado en ella al levantarse. Allí estaba aún la huella de su mano, una espontánea obra de arte realizada sin querer. ‘Porque así empezó todo’. ‘Porque así empezó todo’. ‘¡Porque así empezó todo!’
    El Almirante empezó a mirar, locamente a su alrededor, dando vueltas sobre sí mismo.
    Buscó con la mirada a sus oficiales, las terminales, las pantallas, las ventanas…centró la vista en la atmósfera de Kimia y sonrió, con los ojos brillantes, con la mente viva, con el corazón redoblando de emoción.
    Despachó al técnico con un raudo “lo haré yo mismo, señor técnico, muchas gracias, ha sido usted de mucha ayuda” y se abalanzó sobre el hombro del Oficial de Artillería Hind, quien iba a recibir, en la más absoluta sorpresa, la orden más extraña que jamás recibiera nunca un oficial de artillería de la Armada de Capital.

    A su señal, todos los láseres y cañones de la Sístole abrieron fuego a discreción contra la red de satélites de Kimia.

    Simultáneamente, a bordo del Destructor Modificado Grungüenlandés:

    Alrededor de la ingente nave se congregaban cruceros, acorazados, naves logísticas y centenares de cazas de escolta e intercepción.
    Su Comandante, durante aquella exasperante espera, se mantenía en su camarote hechizado por un cubo verde amarillento de palmo por palmo situado sobre un pedestal.
    Se le acercó el Segundo al mando, en confianza. (Traducido de la versión original en grungüenés)

    - Regalo del Emperador, ¿señor?
    - Mejor aún. De su hija. Mañana será el gran día de la revancha de Grungüenland, pero también será el día de mi gran victoria –contestó sin flexionar la voz, de una forma monótona a más no poder.
    - Me alegro por usted, Comandante. Espero que cuando pertenezca a la familia imperial no se olvide de sus amigos, señor.
    - Descuide. Ahora observe esta maravilla –refiriéndose al cubo- la última moda grungüen, arte asimilativo. Los aristócratas de las profundidades se pirran por cosas así.
    - Hace mucho que no paso por allí, señor, ni voy a un museo.
    - Pues debería. Hay muy pocas cosas capaces de alterar el curso de un pueblo, y el Arte es una de ellas. Y la guerra, por supuesto. Ambas son una expresión de la otra, aunque no creo que usted lo entienda, Segundo.
    El Segundo intentó no pensar demasiado en el grosero insulto que el Comandante le acababa de dedicar y devolvió la atención al dichoso cubo.
    - ¿Y qué tiene de especial? Se parece a las figuritas de moho que hacen mis sobrinos.
    - Acerque su mano y verá - El Segundo accedió e ipso facto, aquella ameba cúbica e inorgánica mutó y se estiró hasta alcanzar la mano, y el antebrazo, y el codo, asimilándolos, absorviéndolos y deshaciéndolos como si de un potentísimo ácido se tratase. En una ridícula fracción de segundo, el Segundo cayó fulminado al suelo, manco y muerto por el shock.
    El Comandante observó complacido como el cubo regresaba a su forma original, llamó a mantenimiento y se lamentó en voz alta, con pose filosófica, de que las naves no pudieran hacer lo mismo que aquel cubo. A fin de cuentas, el Arte transmitía una actitud, no una acción. Incluso así, una actitud como esa había llevado a Grungüenland a construir la nave que ahora él comandaba. No hacía falta tener la muestra original para hacer una copia. Ni tampoco hacían falta los dos originales para hacer una mezcla, aunque quizá aquel cubo pensase –si pudiera hacerlo- lo contrario.
    - ¡Nave! Muéstrame el holofilm de la batalla de Yliria, quiero repasarlo las veces que hagan falta. Nuestros ancestros reclaman venganza y no seré yo quien cometa los errores del pasado.
    (Fin de la traducción de la versión original)

    Destructor Sístole . Presente.

    - Preciosa, rumbo a Capital. A toda máquina.
    - Rumbo a Capital, Almirante. Motores al 42 por ciento.

    Al oír aquella cifra, los oficiales quedaron algo apesadumbrados. Tras un día entero de reparaciones, ese era el máximo al que podía aspirar moverse la Sístole . Tampoco quedaba muy clara la viabilidad de las modificaciones efectuadas, pese a que se habían desarticulado secciones enteras del destructor en el intento de llegar a Capital antes que la flota grungüenesa.
    Al menos, lo único que quedaba claro después de haber destruído y reciclado los satélites de Kimia por la necesidad de recursos y repuestos, era que el Consejo Kimiano habría alertado a Capital de la llegada del Sístole . Lástima que la recepción no prometiese ser amigable.

    En la Sístole reinaba un ambiente triste y solemne. El Destructor se movía a velocidad de tortuga para dar el aviso del ataque de la flota enemiga. Sin embargo, en Capital les recibirían como extraños, no como héroes. En todos aquellos años, el Alto Tribunal había optado por hacer desaparecer al Sístole en vez de tener que dar un montón de explicaciones.
    La eterna búsqueda del Almirante de la Diástole y su Capitana parecía que nunca tendría fin; y el viejo y maltrecho Sístole había encontrado su némesis con la Abominable , la viva y deforme imagen de la naturaleza grungüenesa. Un engendro producto del odio y la rabia, una fusión viciosa entre los atributos de aquellos que les habían derrotado. ¿Para qué inventar, pudiendo copiar? ¿Para qué mejorar pudiendo mezclar lo mejor de los mejores?

    Con esto en mente, el trabajo en la Sístole era frenético. El Almirante recorrió, patinando hábilmente, todas las secciones del Destructor repartiendo palabras de apoyo y órdenes precisas. Algunas de esas órdenes, dijeron algunos, imposibles de imaginar.

    En lo referente a este relato, tan próximo a su fin, debe destacarse que muchas de las cosas que ocurrieron en el trayecto de Kimia a Capital a bordo de la Sístole se mitificaron, como otros tantos hechos, tiempo después, pero no es nuestro deber juzgar tales conclusiones.
    Dejemos ahora que la historia siga su curso.
    Antes de nada, había que oficiar el funeral por los caídos en el ataque de la Abominable . Cuando los ataúdes fueron expulsados al vacío según el rito militar, el Almirante rompió todo el protocolo y se echó a llorar desconsolado. El Doctor, cojeando visiblemente, lo apartó de la estupefacta mirada de sus subordinados, que no vieron en esas lágrimas una muestra de debilidad, si no una vez más, la personificación de todos ellos y de la nave que tripulaban.


    Capítulo VIII - Diástole.


    Diástole.



    Destructor Sístole : presente. Pocas horas para la llegada a Capital.

    - Almirante, los representantes de todas las secciones supervivientes de artillería de la nave se hallan reunidos en la sala auxiliar de la cubierta de proa, tal como ordenó –susurró la nave.
    - Gracias, cielo. Y con los poderes que en su momento me confiriera el Senado de Capital, y como oficial de más alto rango a bordo de esta magnífica nave, la Sístole , yo os declaro, marido y mujer. Podéis besaros –y dio un alegre giro en el mismo sitio sobre sus patines.

    Fue una ceremonia rauda a más no poder. De testigos, el oficial jefe de cocina y la hermana de la novia, suboficial técnica de comunicaciones internas. El Almirante abandonó la sala tras felicitar a los recién casados e insistir al chef que hiciera suficientes raciones de pastel para toda la tripulación.
    Recorrió lo más deprisa que pudo la galería de popa camino de la proa de la nave. Por el camino llamaron su atención gritos provenientes de una pasillo lateral.
    Era una pelea.

    - ¿Qué rayos ocurre aquí? – y al acto dos soldados que de inmediato reconoció como de la primera cubierta de popa se dejaron separar por otros que intentaban apaciguarlos. Bajaron la cara, avergonzados. Ambos respondieron a la vez, entre dientes:
    - Nada, señor.
    - ¿Y entonces? ¿Peleáis por nada?
    Se miraron el uno al otro. Varios soldados más de secciones vecinas se acercaron a los que ya había allí presenciando la escena. Uno de los dos soldados involucrados, tomó la palabra a la vez que se pasaba la mano por el cardenal de su mejilla.
    - Yo no quiero morir, Almirante.
    El otro hizo amago de saltar sobre él, siendo retenido por dos de sus compañeros. Lanzó varias patadas al aire en vano.
    - ¡Deja de decir eso! ¡Nadie va a morir! Verdad, ¿verdad que no, Almirante? ¡Dígaselo, por favor, no para de decir eso!
    Durante unos momentos, la única respuesta fue el zumbido lejano de los lisiados motores del destructor. El Almirante recordó las posiciones de aquellos dos: eran adyacentes a las secciones destruidas por la Abominable . Vio el miedo tangible en sus ojos. Estaban aterrados, y no era para menos. Pero el tiempo apremiaba, y no había lugar para largos discursos.
    - Abrázalo –ordenó al más airado – abrázale –repitió- y júrale que morirás por salvarle la vida si fuera necesario.
    El soldado no entendía qué le estaba diciendo. El Almirante lo separó de aquellos que lo retenían y lo empujó a los brazos del cobardica: - No tenemos tiempo, ¡júrale que morirás por él! ¡Es una maldita orden!
    El soldado rodeó las espaldas de su compañero y susurró lo que su Almirante le pedía. Al otro se le iluminó la cara. Aquel gesto irracional le infundió un coraje insospechado, afianzó su abrazo y respondió:
    - Yo también moriré por ti si hiciera falta.

    En el fondo, los soldados sólo temen a la muerte cuando ésta es sin motivo. La idea de morir por otro como ellos, y expresarlo en voz alta en aquellas últimas horas, era de un valor incalculable. Capital quedaba muy lejos en sus mentes. Pero aquel que habían tenido al lado todos aquellos años, en medio del vacío de la zona fronteriza, podía llegar a ser algo más importante que ellos mismos. El Almirante reanudó su trayecto hacia la proa de la Sístole , mientras los espectadores repetían espontáneamente unos con otros aquel sorprendente y maravilloso gesto, con abrazo incluido, atrapando a otros ajenos al gesto original que a su vez lo contagiaron a otros, fueren amigos, rivales o desconocidos. De hecho, los abrazos y juramentos volaron por las galerías de la nave más rápidos incluso que el propio Almirante, al que Hind esperó en la sala acordada con los brazos abiertos, ante todos los suboficiales de artillería.
    - Juro que moriré por usted, Almirante.
    - Yo también, Hind, yo también.


    La Abominable : pocos minutos antes de la llegada de la flota grungüenesa a Capital.

    El Comandante revisó el holofilm de Yliria una y otra vez, cargándose más de rabia cada vez. Los creídos capitalinos y sus ruines colonias debían ser destruídos. La venganza era un don de los justos, se repetía para sí. Los muertos de Yliria debían ser honrados. Grungüenland nunca más debería humillarse negociando una paz. Grungüenland ya nunca debería rebajarse a comerciar como hicieron sus antepasados.
    ¡Calor y luz para Grungüen! ¡Luz y calor para la dinastía Grungüen!

    Una dinastía de la que en breve él también formaría parte. Y la idea de llegar a ser algún día emperador del imperio más poderoso de la galaxia era, simplemente, maravillosa. Tan maravillosa como formar parte de esta expedición con el beneplácito del Emperador y de ser el artífice de la inauguración de una nueva era de supremacía absoluta y total vasallaje a su estirpe. Una nueva era, su nueva era.


    Destructor Sístole : media hora antes de la llegada a Capital.

    Tras el abrazo con Hind, el Almirante dio órdenes precisas de desincronizar los láseres de babor y estribor. Aquello aumentaría en un valioso porcentaje la cadencia de fuego, aunque los disparos requerirían más del instinto del tirador que no de los cálculos automatizados del sistema de precisión. Ya no se podía garantizar el impacto a un blanco bloqueado, pero tampoco hacía falta bloquear al blanco para dispararle.

    Mientras los artilleros láser marchaban a realizar esos incómodos reajustes, el Almirante se quedó a solas con los líderes de las diversas secciones Gauss. No les dio ninguna orden, y se limitó a empezar a cantar.
    Al principio parecía una nana, una tonadilla de niños.
    Era una canción popular de Junglera. Una, que como podemos adivinar, sólo tenía una estrofa que se repetía una y otra vez. Y en Junglera los niños y los adultos cantan juntos las mismas canciones desde tiempos ancestrales.

    - Solo ante la noche y sus miedos…
    Hind, nativo de ese planeta, la reconoció de inmediato y se unió a él, emocionado:
    -…busco a mis hermanos de caza…
    Los pocos junglereses presentes se animaron en seguida:
    - …porque esta noche hay cacería hasta el alba…cacería de sueños.

    Volvieron a empezar, y el resto de artilleros pesados no tardaron en unirse al pegadizo cántico. Cada vez más fuerte, hasta convertirse en un verdadero alarido. Todos en pie, todos gritando, todos al mismo ritmo, y mientras Hind y el Almirante marchaban al puente de mando, cada uno regresaba a su puesto con aquella cancioncilla por dentro. Daban ganas de ponerse a los mandos de un cañón.

    Destructor Sístole: puente de mando, ocho minutos veinte segundos para la llegada a Capital.

    - Ocho minutos veinte segundos –informó la nave.
    - Gracias, cielo. Oficiales de la Sístole, acérquense, gracias.

    - Señores –recorrió uno por uno sus rostros- sepan que es para mí el mayor de los placeres tenerles conmigo a bordo de esta nave. Ignoro que nos encontraremos al llegar, igual que ignoro como expresarles cuanto les agradezco todos estos años, contra viento y marea, de tanta dedicación y lealtad. Gracias, de veras, a todos- amenazaba con romper a llorar, pero se contuvo.

    Los oficiales presentes en el puente miraron de reojo a Hind, quien tomó la palabra.
    - Almirante. Creo que hablo en nombre de todos cuando le digo que el honor ha sido, y es, nuestro. Gracias a usted.

    - Sístole, cariño, ¿estás lista?
    - Por supuesto, Almirante. Fui concebida para este día. Será un honor.

    Quién no estaba preparado para ese día era Capital. Pese a la celeridad con que emergieron del mar las baterías de defensa y la elección de agrupar la flota en una defensa decaédrica invertida, pese a los informes de última hora del sistema de espionaje que alertaban de la magnitud del ataque y pese a la más que sabia decisión del Senado de evacuar a la población civil a los búnquers subterráneos, aquello era excesivo. Y entre medio de aquella masacre, la Abominable y el resto de la flota grungüenesa, en una perfecta formación romboidal, bombardeaban a placer las defensas terrestres y la cúpula de protección del planeta.
    Cuando el gigantesco escudo planetario parpadeaba, una ciudad entera corría el riesgo de evaporarse en cenizas.
    En la exosfera, la situación era equivalente. Vista la gran cantidad de naves de escolta que eran sacrificadas para mantener la formación cohesionada ante el avance del rombo enemigo, se optó por mutarla de decaédrica invertida a dodecaédrica con carga en uno y doce. Ello obligó a la flota grungüenesa a prestar más atención a la Armada y menos al planeta, que pudo respirar un momento y reordenar su mermada artillería tierra aire.

    Sin embargo, era cuestión de tiempo. La superioridad numérica y tecnológica de Grungüenland iba haciendo mella en los defensores inexorablemente.

    Entre toda la marabunta de informes, datos, estadísticas y más informes, se coló al Alto Tribunal una información estrambótica desde la Base Orbital.
    - Tribunal, señores –se oía apresuradamente y cargado de ruido estático- una nave se acerca a Capital por el sector Omega. No está identificada, pero utiliza un viejo canal de astrocomputación en desuso. ¿Es de los nuestros?
    El Alto Tribunal murmuró y farfulló, desesperado y temeroso de que los grungüeneses hubieran interceptado su sistema de navegación estelar.
    Sólo uno de los tribunos, el más anciano, se dignó a enarcar una ceja, a arrugar la frente para contestar:
    - Base, ¿cómo es esa nave? ¿Es la pirata de Kimia?
    - Pues…no sé. Por su huella energética parece un reciclador, pero sería un reciclador enorme, del tamaño de un destructor, señor.

    Aquella anécdota quedó eclipsada casi al momento por nuevos y abrumadores datos, informes y estadísticas. La Abominable y su séquito acorazado habían desmembrado el ala interior de la formación dodecaédrica de la Armada, permitiendo a los bombarderos grungüeneses reanudar su atroz ataque a Capital.

    Pocos segundos antes de llegar a su destino, los sensores de corto alcance del Sístole facilitaron –previa una improvisada recreación tridimensional holográfica- al Almirante un esbozo de la situación que les aguardaba. Reaccionó haciendo chasquear sus nudillos y dando unas sencillas órdenes:
    - Guapísima, quiero un canal para oír a Hind y a los suyos y abre un canal de comunicación con la Base Orbital.

    Su mente hervía de información, en un esfuerzo inhumano de rebuscar cosas que su cerebro había desechado por falta de uso: “romboidal contra dodecaédrica en uno, sin doce”, “romboidal contra dodecaédrica con carga en uno, sin doce”, “dodecaédrica con carga en uno…” había que tomar decisiones y había que tomarlas ya.
    - ¡Cielo!
    - Almirante, cinco segundos para abandonar el híperespacio, a barlovento, como pidió.

    El Sístole hizo aparición indeciso, como si hubiera caído ahí, con el Sol a su espalda, la Armada a estribor y la magnífica flota enemiga presionando a las naves de Capital entre él y el planeta. Visto así, a contraluz, el destructor daba la imagen de haber salido del Sol mismo, en vez de haber aparecido híperespacialmente allí. Con la poca inercia que podían darle sus maltrechos motores, el Sístole arrancó poniendo rumbo de colisión contra la Abominable .
    De la nave madre grungüenesa se dio la orden precisa para que un enjambre de cazas saliera al paso de la lenta y torpe Sístole .

    - Solo ante la noche y sus miedos – se empezó a oír la voz de Hind por megafonía a la vez que daba la orden de abrir fuego. Como se ensayó, se unieron a él los demás artilleros:
    - Busco a mis hermanos de caza, porque esta noche hay cacería…
    - Tribunal, ¡aquí Base Orbital! Lo que parecía un reciclador se identifica como un destructor de nuestra Armada y envía un mensaje –oyó el viejo tribuno, quien interceptó el micrófono al instante:
    - ¿Y qué dice? ¿Qué dice? –gritaba histérico agarrando el aparato con ambas manos ante la mirada estupefacta del resto del Tribunal.
    Era un coro: “…hasta el alba, cacería de sueños”, que justo ahora tomaba aire para volver a empezar más fuerte: “SOLO ANTE LA NOCHE Y SUS MIEDOS…”

    Entre verso y verso, la proa del Sístole emitía andanadas para recibir a sus atacantes. A la distancia adecuada, los láseres de babor y estribor comenzaron su frenético festival en una secuencia aparentemente al azar que, por sorpresa primero y por suerte o habilidad después, hizo estragos en la primera oleada de cazas enemigos.
    Aquellos láseres disparaban de una forma tan acelerada y aleatoria que los sistemas de navegación de los cazas poco podían hacer para colaborar con el piloto a esquivarlos. De otra forma aún menos ortodoxa, la artillería pesada del destructor disparaba tan sincronizadamente y con tanta saña que, a cada salva –“busco a mis hermanos de caza”- barría literalmente toda la avanzadilla del escuadrón hostil –“porque esta noche hay cacería”- obligándolo a reagruparse- “hasta el alba, cacería de sueños”.
    De esta forma, el Sístole , “solo ante la noche y sus miedos”, avanzaba con pies embarrados hacia la Abominable , “llamo a mis hermanos de caza porque esta noche”, que en algún momento optó por desviar sus disparos hacia quien le amenazaba con echársele encima. Toda una división acorazada grungüenesa recibió la orden de separarse del flanco del grueso de la flota y cañonear al Sístole .

    - ¡Apóyenle, apóyenle! ¡Es el Sístole ! –chilló el anciano tribuno, que ya se había puesto en pie, pataleaba el suelo mientras su mandíbula parecía querer desencajarse -¡¡¡Es el Sístole , apóyenle!!! –gritaba a la vez que abortaba pulsando con los puños grandes botones rojos cualquier intento de la artillería terrestre de atacar a esa nave.

    El Almirante, tenso en el centro del puente de mando, observó como el panel de comunicaciones indicaba que el Tribuno había abierto un canal de comunicación con toda la Armada. El Almirante adoptó un tono solemne, aunque habló rápido, decidido a aprovechar la ocasión hasta el límite.

    - Os habla el Almirante de la Armada de Capital a bordo y al mando del destructor Sístole .

    En los sucesivos puentes de mando y en las carlingas de los cazas se sucedieron los gestos de incomprensión. Daba la impresión de estar oyendo una voz de ultratumba. El holograma mostraba a un viejo de cana melena, con gorra gris de contralmirante, la barba más larga que el cuello y el rostro salpicado de mugre y sudor. Tomo aire y decidió en voz alta, como quien se zambulle en el frío mar:

    - A toda la Armada de Capital, aprovechen la distracción para pasar a formación piramidal frontal de dos tercios. Ya –y la última palabra quedó congelada en el aire.

    De todas formas, aquello no tenía sentido. La flota grungüenesa adoptó, como era de esperar y como defendían todos los estrategas, una soberbia formación de doble hélice con la Abominable ni más ni menos que en el centro del eje helicoidal.
    Este tipo de formación, extremadamente agresiva, otorgaba la máxima capacidad de disparo, cosa que teniendo en cuenta sus dimensiones, era impresionante. Intentar penetrarla en un desesperado contraataque, con una formación piramidal, era, simple y llanamente, un suicidio, máxime mientras la Abominable , escoltada por pesados acorazados, siguiera existiendo.

    Una de las naves, visiblemente dañada –y anticuada, muy anticuada- rompió la formación de la Armada y se situó delante de las demás, marcando el vértice tras del cual debería desarrollarse la pirámide. Sea casualidad o no, era la obsoleta Sinapsis.

    …Sea casualidad o no, era la obsoleta Sinapsis. Tal muestra de arrojo no tardó en inspirar al resto de acorazados de batalla que empezaron a ocupar los puestos posteriores, y al resto de naves que completaron la nueva formación y empezaron a avanzar hacia el enemigo.
    Al otro lado del conflicto, las pesadas naves grungüenlandesas abrieron fuego al unísono contra el Sístole, volatilizando su escudo protector y desgajando gran parte de la quilla. La nave emitió un lamento con forma de ensordecedor chirrido metálico y vio como más de una sección implosionaba con todos sus tripulantes en el interior. Por suerte o por desgracia, el sonido no puede recorrer el vacío, así que nadie pudo escuchar sus últimos gritos de agonía. En el puente de mando, bajo el parpadeo carmesí de las luces de emergencia, algunas terminales ardían en llamas mientras sus respectivos oficiales yacían muertos o intentaban desesperadamente no estarlo. El Almirante observó de reojo que todo el sistema de comunicaciones era un amasijo de hierros incandescentes a apenas unos metros de él.

    De vuelta a la Armada, la Sinapsis, abriéndose paso por la fuerza entre cazas, cruceros e interceptores, volaba por los aires tras recibir el letal fuego concentrado de las baterías de la Abominable. Otra nave, la corbeta pesada Aorta ocupó su lugar al frente de la formación antes de sufrir la misma suerte y ceder el puesto a una tercera, al acorazado Femoral, en una frenética carga a la carrera contra el muro de naves rival.

    En el puente de mando, el sonido de las alarmas se mezclaba con el canto de los artilleros supervivientes a través de la maltrecha megafonía, con las chispas de la red eléctrica y el eco de las explosiones secundarias que iban mutilando al Sístole de proa a popa. Alertado por la nave, el Doctor irrumpió en el puente, donde el Almirante le indicó con una mirada el cuerpo de Hind aplastado bajo una viga, junto al ventanal resquebrajado. Hind, con el rostro desfigurado de dolor estaba más allá de los poderes del Doctor o de cualquier otro mortal. Pero aún así, por aquellas cosas de los héroes, el destino le permitió despedirse, en su último aliento, de su bienamado Almirante con los versos de aquella cancioncilla que le guiaba físicamente a la batalla y le devolvía mentalmente a su hogar: “…cacería de sueños”. A su lado, la terminal de sensores phalanx ardía en llamas donde nadie quedaba en pie para extinguirlas.

    En un póstumo homenaje a su oficial, la artillería restante lanzó una última andanada con toda la intención de causar el máximo de daño en las naves enemigas. La respuesta no se hizo esperar y desde la santabárbara hasta la panza del Sístole el fuego grungüenés hizo callar a los cañones Gauss, a la megafonía y a aquellos que aún albergaban esperanza de salir victoriosos. Los cazas enemigos se cebaron como hienas sobre los motores del destructor y, en ese momento, se apagó la luz, dejando al Sístole a solas y a oscuras en su noche más terrorífica jamás imaginada, mientras multitud de extremidades de la nave se desgranaban y explotaban. Ahora, reducida apenas a su esqueleto y a sus cubiertas de su estribor y babor, la nave avanzaba ralentizada, atraída tan solo por la gravedad del planeta.

    El Doctor se abalanzó arrastrando su tullida pierna, sobre el cuerpo del Almirante, tendido, inconsciente, en el suelo. Gritó a la nave con todas sus fuerzas para que volviera a la vida. Gritó igualmente al Almirante mientras todos sus conocimientos médicos se peleaban a puñetazos en su mente, intentando negar lo innegable: parada cardiorrespiratoria. Un infarto.

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  • "Expedición al Mundo" (relato participante del 2do. CIRCO).

    "Epedición al Mundo" (por Master Ageof).




    Título: Expedición al Mundo
    Autor: Master Ageof

    Expedición al Mundo.


    Expedición al Mundo.



    Azul, como le llamaban, se había detenido en mitad del túnel, sosteniendo en alto su lámpara de fosforescencia. Al parecer había encontrado algo. Kuhn se le acercó y echó un vistazo. En aquella parte donde se encontraban la pared del conducto excavado en las profundidades de la tierra parecía mostrar un extraño relieve.
    -¿Qué crees que es, Azul?
    -Esto no nos dice nada –respondió el aludido -. Pero podría ser interesante para otras investigaciones. Caballeros –dijo dirigiéndose al resto de la expedición -. Tenemos ante nosotros un altorrelieve de la cultura Ileen, la cultura más antigua de la que tenemos noticia. Por su estado y estilo, se diría que fue tallada hace unos ocho mil años, al principio de la era Ileen.
    “Esto es muy importante. Estos grabados marcan la frontera entre nuestro mundo de abajo, aquel del que tenemos constancia, en el que nos hemos criado y que creemos conocer, y el mundo desconocido que se encuentra más arriba, donde sólo nos aguarda el misterio.”
    -La expedición continúa –anunció Kuhn.

    Los siete expedicionarios, que apenas habían tenido unos segundos de descanso, reanudaron su marcha. Era obvio que Azul les inspiraba más autoridad que el propio Kuhn.
    El más joven contaba con veinte años, pero ya tenía experiencia en otras expediciones, lo que le convertía en un miembro útil del equipo. Otros tres eran lenkanios, de una etnia bastante poco considerada, a pesar de lo cual, uno de ellos, Llur, iba como ayudante científico, mientras que los otros dos se ocupaban de llevar gran parte de las provisiones.
    El séptimo miembro era Túlvid, un kriesser, la etnia dominante. Nadie sabía muy bien cuál era su labor, pero aceptarlo en el equipo había sido una de las condiciones para que tal expedición fuera aprobada. Túlvid era el de más edad, a punto ya de cumplir los sesenta. Pese a su presencia obligada, caía bien a los demás.

    Hacía dos semanas que habían iniciado la expedición. Habían partido de la ciudad de Umrad, la que se encontraba a más altura de todas. Umrad había sido excavada en roca blanda hacía menos de cien años. Sus constructores no sabían que el sitio elegido era un antiguo asentamiento de una cultura ancestral cuyos restos fueron descubiertos al poco. Entonces se formó la gran teoría.
    Dicha teoría surgió para explicar por qué las ciudades más profundas eran más modernas que las más elevadas, y por qué los restos encontrados eran tan antiguos en ciudades como Umrad. Esta teoría, apodada “de la evolución descendente”, sostenía que las primeras civilizaciones habrían aparecido en un punto situado en la cima del pedregoso Universo, y por alguna extraña razón, las nuevas culturas se iban alejando hacia abajo, cavando más en la tierra, hasta los niveles más conocidos, donde se asentaban las ciudades de hoy.

    Pocos pudieron creer que aquella enorme extensión de tierra y roca tuviera un final, pero Azul era uno de ellos. Desde hacía muchos años había estudiado las antiguas culturas, y verificado en la medida de lo posible la primera teoría. Fue entonces cuando decidió formar una expedición, con el objetivo de alcanzar los restos de la primera civilización, y comprobar así, de una vez por todas, si el Universo tenía un límite, si había una altura máxima que no se podía rebasar.

    La expedición prosiguió su camino. Al cabo de varios kilómetros angostos, el túnel desembocó en una cámara enorme de la tierra. Las paredes estaban pintadas con extraños colores, y algo producía un extraño sonido. Miraron a una esquina de la cueva, y sus ojos se iluminaron al ver el primer rastro de agua den cuatro días. Jker, uno de los porteadores lenkanios, acudió presto a rellenar las cantimploras, mientras Túlvid introducía la cabeza en la charca para beber.

    Una vez que todos hubieron saciado su sed, empezaron a fijarse en la caverna donde se encontraban. Lejos de ellos había una gran cantidad de huesos y adornos fúnebres. Azul se aproximó para investigarlos. Cogió un hueso, que al momento se deshizo en su mano.
    -Es imposible calcular su antigüedad –dijo Azul.
    -¿Diría que es la cima de la civilización?- aventuró Túlvid.
    -No. Todavía no.
    Pero entonces se fijó un poco más en sus adornos. Asombrado, cogió uno de ellos y los miró bien. Luego alzó la vista para anunciar:
    -Esto es un trozo de metal fundido con forma de anillo –se llevó la otra mano a la cabeza, murmurando -. Escapa a mi comprensión. Ninguna civilización empezó a fundir metal hasta hace cuatro mil años, pero a esta altura, esta gente debió de vivir hace más de diez mil años… Sugiero que continuemos.

    Al cabo de unos días llegaron a otra cueva, más impresionante que la anterior. Sus paredes estaban compuestas por planchas de metal, y estaban además cubiertas por varios paneles de cristal negro. Había una mesa de dimensiones ciclópeas con varios botones de una sustancia extraña, que brillaban al ser pulsados.
    -Esto es increíble –se emocionó Azul-. Vean este material. Estoy seguro de que nuestra civilización no podría crear nada parecido –Luego se acercó a la mesa para ver los símbolos-. Parece un mapa, aunque es muy esquemático. Por desgracia, no comprendo sus letras.
    -¡Imposible!- estalló Kuhn-. No puedo creer que estos primitivos fueran más inteligentes que nosotros.
    -No más inteligentes –respondió Azul-. ¿No lo comprende? Es obvio que su civilización era mucho más avanzada que la nuestra.
    -¿Y cómo explica que ahora estén muertos?
    -Debieron de sufrir alguna catástrofe. Algo terrible. Algo como la radiación.
    -¿Me viene ahora con ese cuento de viejas? –se enojó Kuhn-. La radiación no existe. No hay nada que pueda provocar los efectos que se le atribuyen. Que sea uno de los mitos más antiguos no significa que sea real.
    -Perdonen- dijo Llur-. ¿Qué es eso de la radiación?
    -La radiación –respondió Azul-, es un nombre de la muerte, que según una leyenda omnipresente en todas las culturas antiguas, fue llamado por nuestros antepasados en una gran guerra, que trajo la destrucción y el caos. Esta leyenda afirma que el lugar místico habitado por la primera civilización, llamado “superficie”, fue quemado y cubierto de esta radiación, y esto empujó a los pocos supervivientes a las profundidades.
    -¿No le recuerda a algo? –intervino Túlvid-. Eso de la “superficie” me recuerda mucho al lugar donde suponen ustedes que se hallaba la primera civilización.
    -No importa –dijo Kuhn-. Seguiremos adelante.

    Entraron en un pasillo, y pronto llegaron a unas escaleras, las primeras que pisaban en mucho tiempo. Azul estaba ahora seguro de su teoría. Llur calculó que se encontraban a más de cuatro mil metros sobre la ciudad de Umrad, lo que equivalía a cien mil años de años de antigüedad en la escala de Klejer. Pero Azul sospechaba que el metal bajo sus pies era pisado por primera vez desde hacía más de un millón de años.

    Cuando llevaban seis mil metros de altura recorridos se encontraron con un obstáculo. Una piedra extraordinariamente dura tapaba el conducto. Llur descubrió que se podía girar, aunque era muy difícil. Todos ayudaron y mientras giraba, la piedra fue retrocediendo hasta que cedió y pudieron apartarla. De pronto entró un olor repugnante.
    El equipo se aventuró a entrar en la nueva sala, que tenía forma de nave alargada por el centro de la cual discurría una especie de riachuelo de color indefinible y olor nauseabundo.
    Con prisa por salir de allí, Azul encontró una escalerilla que subía. Se agarró a ella y empezó a ascender, seguido de los otros. Sobre él, en el techo de la bóveda, había una tapa circular. Empujó con fuerza, y la levantó.

    La bóveda fue inundada de luz. Aquella no era una luz normal, como la que expulsaban las bacterias de las profundidades, pues era muy intensa. Azul se asomó para ver lo que la causaba, saliendo del conducto.
    Cerca de él había una barra de metal de increíble altura sobre la que brillaba una potente luz que al principio le deslumbró. Pero, al poco, pudo darse cuenta de algo muy extraño. Miró hacia arriba, y no vio un techo, ya fuera de metal o de roca. Sólo había oscuridad, salpicada de puntitos de luz.
    Miró en redondo a su alrededor, y vio que extraños edificios se erguían hasta donde alcanzaba la vista. Entonces pensó:
    “Esto debe de ser la superficie. Un lugar por encima del cual no se puede subir. En ese caso, esta ha de ser la primera civilización, sólo que parece que no hubo radiación. Entonces, nuestros antepasados huyeron a las profundidades en vano, huyendo de un mal que no existía. Ahora debemos entablar amistad con nuestros hermanos de la superficie…”

    Pero entonces se fijó bien en uno de los habitantes de la ciudad. Era como diez veces más grande que el arqueólogo. Se erguía verticalmente, y tenía sólo dos piernas, que balanceaba adelante y atrás para producir su movimiento, acompasándolo con sus dos únicos brazos a modo de péndulos. En su cara, dos únicos ojos simples estaban enmarcados por dos párpados.
    El arqueólogo se rascó la cabeza con uno de sus cinco azulados tentáculos, mientras pensaba comprendía que aquella era otra especie, surgida de modo distinto a la de sus antepasados.
    Ante tal panorama, dio por concluida la expedición, y decidió que nunca nadie debería ir a la superficie para descubrir tal verdad.

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  • "Golpe de Suerte" (relato participante del 2do. CIRCO).

    "Golpe de Suerte" (por Alastor V).




    Título: Golpe de Suerte.
    Autor: Alastor V

    Golpe de Suerte.


    Golpe de Suerte.



    "El pasado día 4 el primer ministro de Asuntos exteriores, tal y como recordarán, expuso en la cadena Federal la versión del gobierno acerca de los oscuros acontecimientos de Alia Prime y de la polémica intervención de la Legión Galáctica en dicho planeta. Hoy, en este manifiesto, y como testigo presencial de los intereses económicos en el sector, quisiera desmentir las afirmaciones del Ministerio de Guerra. Basándose en las acusaciones sobre investigaciones en armamento Biológico que el gobierno vino utilizando de forma fraudulenta aquellos años, y a pesar de la ausencia de pruebas y de la derogación en el Parlamento de la intervención militar, lo cierto es que el Comandante Stukov lo tuvo muy claro a la hora de ensuciar sus manos de sangre.
    ¡Lectores! Yo formé parte de la intervención militar en la operación “Lucky blow”, y formé también parte del ejecutivo encargado de la extracción de deuterio en el Sistema. ¡No se encontró ni un maldito laboratorio ilegal en toda Alia Prime! ¡Ni rastro de los supuestos “recicladores de la muerte” o de los temidos nanobots asesinos! ¡Todo fue un fraude! Una operación militar planificada con un único objetivo: aumentar las arcas de los altos cargos y obtener grandes cantidades en bruto de deuterio sintético.
    Todo un pueblo, señoras y señores, destruido únicamente por el beneplácito de unos pocos, que se han manchado las manos con la sangre de millones ante las miradas permisivas de toda la comunidad Galáctica¡ Yo, humilde redactor de este periódico, acuso al gobierno, acuso al ejército, a las empresas extractoras y al Comandante Stukov de perpetrar una de las mayores atrocidades de todos los tiempos.

    ¿Cuánta sangre de inocentes seguirá siendo derramada en vano? ¿Cuánto vale el deuterio?“



    No era un día precisamente bueno en Nueva Esperanza, aunque, a decir verdad, nunca podría serlo en un planeta tan alejado del sol. La tormenta había retomado su ímpetu y golpeaba furiosamente las puntiagudas paredes rocosas de aquel acantilado artificial. El viento parecía embestir las paredes de la vieja prisión, filtrándose por los pequeños ventanucos que daban acceso a las celdas como si de un aullido interminable se tratara.

    Glentar estaba ya acostumbrado y apenas si prestaba atención a lo que ocurría fuera de esos muros. Tenía mucho trabajo, como siempre, y no quería desperdiciar su tiempo. Mientras contemplaba como el viento mecía la mortecina lámpara de la sala, comprobó el estado de las correas de aquella peculiar silla. “No sé para qué, nadie se resiste nunca”, se dijo mientras aflojaba las ataduras para el cuello, que nadie se había molestado en desatar desde la última vez que se usó “la cuna”.
    A Glentar nunca le había hecho demasiada gracia que se bromeara con aquel aparato de esa forma, pero ya nadie le hacía caso.

    Dirigió una discreta mirada al guardia que esperaba impaciente justo en frente de la puerta. Parecía muy nervioso y no dejaba de manosear el reloj de su muñeca para comprobar una y otra vez la hora. Glentar odiaba que le observaran mientras realizaba su trabajo. “Como si no tuviera nada mejor que hacer”, pensó cuando el soldado fue a por algo de café, “será que es su primera ejecución”

    A Glentar le habían dado la oportunidad, dada su carrera profesional, de formar parte de la milicia de la cárcel de seguridad, pero se habían negado en rotundo. Eligió desde el principio ese puesto, puesto que nadie quería y que nadie respetaba.

    “Todo el mundo aborrece mi trabajo; nadie disimula su estupor cuando me preguntan sobre mi oficio.” se dijo el hombre mientras comprobaba las precisas jeringuillas quirúrgicas, “pero por muy mal considerado que esté, alguien tiene que hacer este trabajo. Alguien tiene que limpiar las calles de marginados, de vagabundos y de demás escoria. Al fin y al cabo, yo sólo aprieto un botón y ya está, pero no… la gente debe de pensar que los mato yo. Son todos muy escrupulosos a la hora de tratar a un simple funcionario que se encarga de ejecutar a los que ellos han condenado, pero en cambio, cuando es el gobierno quién se ensucia las manos para que ellos puedan vivir mejor ha nadie le importa lo más mínimo”

    Glentar llegó a la parte que menos le gustaba de su trabajo. La comprobación rutinaria de la parte más importante de la cuna: el administrador de deuterio. Mediante una pequeña inyección de esta valiosa sustancia por vía sanguínea, la muerte era rápida y silenciosa. El deuterio no era en sí nocivo para el organismo, pero producía un fenómeno de hipertensión que producía un paro cardíaco en cuestión de minutos. Podría ser doloroso, pero los propios efectos somníferos del deuterio hacían de la muerte una simple siesta… eterna.

    A Glentar no le molestaba en sí la muerte de los reos, ni las convulsiones que sufrían cuando su corazón comenzaba a rebelarse, sino el periodo que venía después. Como efecto secundario, el cadáver expulsaba por la boca todo el deuterio ingerido, junto con varios litros de sangre. Era repulsivo, pero tampoco era eso en sí lo que turbaba al verdugo.
    Le molestaba que, una ejecución tras otra, se empleara siempre la misma pipeta de deuterio, y es que, una vez este se vomitaba, era él quien tenía la desagradable tarea de separarlo de la sangre para su futura reutilización.

    Ni siquiera unos mililitros de deuterio valían la vida de un hombre.
    Una mano en el hombro sacó a Glentar de sus cavilaciones.

    -Ya es la hora.- dijo aquel enfermizo guardia de seguridad mientras dirigía al verdugo algo similar a una mirada de compasión- ¿Quieres… quieres que lo haga yo?
    Glentar negó con la cabeza.
    - Conozco muy bien el procedimiento.
    - Como quieras, pero vete preparándote ya, el alcaide está al caer.
    Y antes de irse, se volvió:
    - ¿Por qué lo haces, Glentar?
    Este le miró fijamente a los ojos:
    - Fue un golpe de suerte.

    El guardia se dirigió hacia una de las habitaciones anexas. Allí estaban también Rooden y Angus.

    -----------------------------------------

    - Pero Dennys, ¿cómo se te ocurre dejarle ahí, sólo?
    - Yo… parece totalmente inofensivo. De hecho, es como si fuera otra persona la que hoy se fuera a sentar ahí.
    Rooden dio un paso hacia delante, para vigilar al recluso.
    - Paparruchas, sabe perfectamente que la cita de hoy es para él. Se está haciendo el tonto.
    Dennys, muy lejos de darse por vencido, volvió a la carga.
    - Pero, ¿como… como tiene tanta sangre fría?. ¡Miradle!- dijo señalándole mientras Glentar se sentaba el solito en “la cuna” y comenzaba a atarse los tobillos con las correas- No creo que esté pensando en fugarse, es más como si…
    - … como si estuviera loco.- murmuró Angus- ¿Sabéis que estaba aquí antes de que llegáramos cualquier de nosotros?
    - ¿Tanto tiempo lleva condenado?- se extrañó Rooden.
    - No, en absoluto. Por aquel entonces trabajaba en verdad aquí, era el encargado de las ejecuciones.- explicó Angus mientras preparaba otro café para él.- un día vinieron y le detuvieron. Le ingresaron en la propia cárcel en la que trabajaba…- soltó una risita- resulta increíblemente irónico. ¡Pero aún cree que trabaja aquí como el que más¡
    - Yo no le veo la gracia- dijo enojado Dennys, mientras volvía a echarle otro vistazo al condenado. Había terminado de atarse el brazo izquierdo, y aún seguía comprobando el monitor electrónico con la otra- ¿Qué se supone que hizo? ¿A quién mató?
    - A nadie, que yo sepa.- aclaró Angus.
    - Entonces, ¿qué demonios hace aquí?
    - Según los archivos, se le ingresó por desacato, deslealtad y alta traición.- dijo esta vez Rooden.
    - ¿Y por eso le matan después de tanto tiempo?- Dennys cada vez estaba más alterado.
    - Tranquilízate un poco, hombre. ¿No querrás que el alcaide te vea así en tu primera ejecución?- dijo Angus mientras se volvía hacia Rooden- Que, ¿le damos ya el último deseo?
    - Me parece que a este le da igual.- respondió el musculoso guardia mientras se incorporaba. Se reunieron en torno a Glentar.


    - ¿Un cigarrillo?- le ofreció Angus.
    El recluso negó con la cabeza, además, ya daba igual, se había atado por completo.
    - ¿No quieres nada, de verdad?
    Glentar siguió sin responder.
    - ¡Eh! Mirar esto.- dijo Rooden señalando el hombro del condenado- Es el sello de la Legión. Este tipo sirvió en la legión.- se volvió a Glentar- mi padre también sirvió en la Armada, ¿dónde luchaste? ¿En Osternerse? ¿en la batalla de Leofia?
    - Hay una cosa que me gustaría.- murmuró lentamente el prisionero.
    - ¿Sí?- se ofreció Angus.
    - Acérquese y se lo diré.
    Ante la mirada preocupada de Rooden su compañero se arrimó junto a Glentar, que le susurró algo.
    Dennys estaba a punto de explotar, sabía que debía mantener su puesto allí, pero tenía cosas que averiguar.
    - Esto, chicos- les dijo- no me encuentro muy bien, así que, voy a tomar el aire un poco.
    - ¿Con este tiempo?- se sorprendió Rooden- Bueno, haz lo que quieras, pero si el alcaide pregunta por ti…


    Le costó bastante dar con el recluso Glentar Delsen en el registro, y de hecho, si no se hubiera colado ilegalmente en los archivos privados del alcaide, nunca hubiera podido entrar. Según el archivo, había servido a las fuerzas Armadas como Legionario en el segundo batallón, uno de los encargados del asalto a Alia Prime. Había sido condecorado en la operación “Golpe de suerte” y después, misteriosamente, fue relegado de su puesto por sus propios superiores.

    Se le había destinado, según el archivo, a misiones de escolta interplanetaria. Dennys sabía que eso no era así, aunque había pasado mucho tiempo desde el escándalo de Alia Prime, se habían descubierto muchas cosas. Entre ellas, se sabía que el gobierno había dado órdenes confidenciales a gran parte de sus soldados para que llevasen a cabo un operación especial en el planeta que, según se creía, estaba relacionado con la extracción de deuterio. La versión oficial había sido que todos esos destacamentos se habían reasignado a otras misiones lejanas, pero la verdad es que nunca salieron del planeta.

    Continuó leyendo.
    Tras dos años más de servicio, Glentar Delsen dimitió en su excelente carrera militar y desapareció del mapa. Después debió cambiar de identidad por un tiempo, porque el archivo no decía nada más sobre él. Sobre la pena, se le había acusado de alta traición como respuesta a un artículo que publicó en un periódico, donde, según se leía literalmente, “como motivo de la operación "Golpe de Suerte", había incitado a la rebelión provocando sucesivos actos de violencia y terrorismo”. Le habían caído treinta años, pero en futuras pruebas aportadas por el departamento Militar, y firmadas por el ya ex comandante Stukov, sobre sus implicaciones en unos crímenes de guerra le habían valido la cadena perpetua.


    El motivo final de su ejecución era de lo más extraño. Dennys no salió de su asombro, ni siquiera cuando releyó por tercera vez aquello: “Sentenciado a muerte por el decreto nº 236: aquellos reclusos mayores de sesenta y cinco años con cadena perpetua en prisiones de seguridad beta con problemas de capacidad serán ejecutados bajo inyección letal de deuterio”.
    Sintió ganas de llorar.
    - ¡Pero si en esta prisión el cuarenta y cinco por ciento de las celdas están vacías!- murmuró al viento.


    Decidió no asistir a la ejecución. Espero una hora y después, regresó a la sala. Sólo Angus seguía allí, con el cadáver de aquel desdichado.
    - ¿Qué tal? ¿Ya estás mejor?
    Dennys ni siquiera respondió.
    - Has tenido suerte, el alcaide casi ni ha venido. Apareció en el ultimo minuto, lo justo para comprobar que las constantes vitales finalizaban. ¡Después se marchó, sin solicitar informes, sin nada…! ¡Incluso me ha prohibido que archive la defunción en el diario!
    Parecía demasiado contento, Dennys se preguntó cómo podía ser tan iluso.
    - ¿De verdad que estás bien?
    - Si pesado. Estoy bien- mintió- a propósito, ¿cuál fue su último deseo?- dijo mirando al horrible cadáver que yacía en “la cuna”. Ya había vomitado y Angus no parecía haberse esmerado mucho en recoger todo aquello.
    - Me dijo que por favor usara una nueva pipeta de deuterio con él y que después me deshiciera de ella.
    Dennys se quedó extrañado. Volvió a echar un vistazo al símbolo de la Legión sobre el brazo de Glentar, tenía un aspecto aún más horrible, con incisiones y muescas, como si aquel hombre se lo hubiera intentado arrancar de la piel en repetidas ocasiones.
    - ¿Lo hiciste?
    - ¿El qué?- respondió Angus, mientras salía de la sala.
    - Lo de la pipeta de deuterio… ¿lo hiciste?
    Simuló estar pensativo, luego respondió con una sonrisa.
    - Que va… ¡con lo que vale el deuterio!

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  • "Trece por Diez a la Novena" (relato participante del 4to. CIRCO).

    "Trece por Diez a la Novena" (por Mowgli).




    Título: Trece por Diez a la Novena
    Autor: Mowgli

    Trece por Diez a la Novena.


    Trece por Diez a la Novena.



    Cada persona sabe exactamente trece mil millones de cosas. La cifra no es discutible, es una mera cuestión neuronal. Aun así, no se sorprendan, la cifra es algo engañosa. No es lo mismo saber que el cielo es azul que saber por qué el cielo es azul. Hay quien sabe 13·10^9 cosas fabulosas y hay quien ni sabe cuántas cosas sabe. Pero de tal cantidad de cosas hay una importantísima que nunca debe caer en el olvido, y es, simplemente, que cada cual es quien decide que cosas quiere o no quiere saber.

    Centro de mando de la armada imperial:
    - Los primeros teónomos especulaban con la posibilidad de que, si el Universo era la obra de un ser superior, en algún lugar debería estar su firma, su marca, de la misma forma que lo haría cualquier artista para reivindicar su obra. Llegado el momento, la idea dejó de ser minoritaria y se aceptó el número Pi como firma de Dios. Poco después sucedió, como bien saben, la Primera Gran Escisión.
    El Alto Mando asintió, cada uno a la vez, algo impacientes.
    - Algunos teónomos renegaron del número Pi y abrazaron el dogma del número e. Esta primera herejía fue aplacada rápidamente, pero fue sólo el comienzo. De algún rincón de la Galaxia surgieron los Áureos con los dos tercios como bandera y su respectiva facción rebelde, los Argentéreos, defensores de los tres cuartos como firma de Dios.
    - Teónomo, por favor, sea breve. Todo lo que dice está en cualquier infoteca.
    - Perdonen, pero es importante, se lo ruego. Prosigo. Durante la Segunda Gran Escisión, la Yijad Infinitesimal y las Cruzadas Cósmicas provocaron la aparición de los bloques Senótido y Cosénido. Las secuelas de su debate sobre la concavidad o convexidad del Universo aún perduran hoy en día, junto con una serie de sectas armadas de variada índole. Aparte de las bajas militares, las pérdidas civiles durante los últimos siglos son incalculables, así como los daños a la economía galáctica.

    Cuarto cuadrante meridional, planeta 6:101:3.
    Ruinas del Coliseo:
    El viejo, nonagenario y caduco, pasaba la mano por todas y cada una de las piedras que se encontraba a su paso por las ruinas, erosionadas por el olvido, del ancestral Coliseo. Se recreaba contemplando todas y cada una de las amputadas unas, decapitadas otras, estatuas. Estatuas de antiguos héroes, cuyos nombres habían desaparecido tiempo atrás de la historia y de las losas de sus pedestales. Intentaba evitar mirar allá donde el pillaje y el vandalismo habían hecho estragos. Acariciaba los cascotes de mármol y posaba el oído en los muros, como si aún pudieran transmitirle las ovaciones y los clamores que antaño hicieron resonar. No era inusual que llorase, allí, en lo que fue la puerta al Valhala, a los Campos Elíseos y la misma Eternidad; y ahora era casi un vertedero por el día y un refugio de pordioseros y excrementos del sistema social binario por la noche.

    Órbita alrededor de coordenadas polares, origen:
    - Al habla nave recicladora Alfa. Flota Recicladora lista. Motores de combustión orgánica preparados. Abandonamos órbita según rumbo y tiempo previstos. Volveremos con las bodegas llenas para la cena de San Euclides.

    Cantina en Pi Terrae. Prohibida la entrada a poetas:
    - Mira, oye, escucha éste: están todos los santos de fiesta en una discoteca en el cielo, ya sabes, de buen rollo, formando un gran conjunto.
    - De acuerdo –respondió su también ebrio contertulio- una fiesta en el cielo.
    - ¿Pero una fiesta súper guay, eh? Imagínatelo, Fibonacci tocando con los tambores un ritmo in crecendo, Newton haciendo malabares con manzanas e Imhotep apilando vasos de güisqui...
    - Vaale, me hago la idea. ¿Y qué?
    - Pues en eso que estaba Pi hablando con Tesla, que tiene mucha chispa, y de reojo ve a E elevado a equis en una esquina, soso, aburrido y bebiendo a solas.
    - Muy propio de E. Sigue, sigue –y se giró al tabernobot para pedir dos refrescohólicos solubles más.
    - Entonces Pi, que es topenrrollao, se acerca a E^x y le dice “¿qué te pasa? ¿por qué no te integras como los demás?
    - ¿Y E qué le contesta?
    - E elevado a equis le contesta –terminó sin poder sofocar la risa- “¿para qué voy a integrarme? ¡Si me quedo igual!”
    - ¡Jajajajá! ¡Mira que eres irracional!

    Prima Borealis, búnker antiaéreo. Doscientos quince metros bajo el nivel del mar:
    - ¡No me gutan os simulacros! –chilló el niño, llamando la atención de todos los presentes en el abarrotado búnker - ¡on abuguidos!
    - Perdonen –se disculpó la joven madre al momento- discúlpenle, no sabe lo que dice.
    Dicho esto, todos regresaron su mirada ansiosa a las pantallas a la espera de alguna noticia, la que fuera, aunque el pregrabado mensaje de su Gran Líder no hacía más que llamar a la calma una y otra vez con la bandera y el himno planetario de fondo. De toda aquella gente anónima, un señor ni muy apuesto ni muy mayor se deshipnotizó de la pantalla y se acercó al niño y a su madre:
    - Chaval, ¿nadie te ha dicho que esto no es un simulacro? ¿no sabes que hay gente muriendo allí arriba? ¿Muriendo por ti? ¿Muriendo por tu madre, muriendo por E ?–dijo indignado por la ignorancia del pequeño.
    - Sí que lo sé –respondió el niño- ero no sé como se dice un simulacro que no es un simulacro. Sólo sé que no me gusta.
    - Bombardeo, chaval. Se llama bombardeo. A ver si aprendes.

    Acorazado de batalla Vocación:
    - Al habla el Trigonobispo Ortodoxo. Todo el mundo en pie.
    - Creador del Universo, Señor de los Axiomas...-empezó a orar el clérigo ante la tripulación, que repetía los versos enérgicamente.
    - Hágase tu voluntad tanto en lo natural como en lo entero,
    despeja nuestras incógnitas así como integras nuestros deseos,
    corrige nuestros errores así como nosotros corregimos a nuestros enemigos,
    tres coma catorce quince nueve veintiséis aleluya.
    - Tres coma catorce quince nueve veintiséis aleeluuuya –entonaron todos al unísono.
    En lo que duró la breve oración, la nave acorazada se incorporó al escuadrón de naves de su misma categoría en un movimiento milimetrado. Y ese escuadrón se integró, junto con otros escuadrones, en un ala que, escoltada por cientos, miles de cazas y cruceros se arremolinó alrededor de otros grupos de naves mucho más grandes que a su vez maniobraban para colocarse en posición de otras alas gemelas de la Armada y entrar a la vez, como un único ser, al hiperespacio, hacia la batalla, hacia la victoria.
    Y en todas y cada una de esas naves, todos y cada uno de sus tripulantes entonaban los mismos versos con idéntico final: Tres coma catorce quince nueve veintiséis aleluya; y todas y cada una de aquellas naves había el mismo símbolo en el morro y las mismas banderas en el puente de mando, y en todas esas naves había la misma convicción: derrotar a todas y cada una de las naves que, al otro lado del pliegue espacial, eran diferentes por no rezar igual, por no llevar los mismos símbolos o por no tener las mismas banderas.

    Prima, búnker antiaéreo. Doscientos quince metros bajo el nivel del mar:
    - Chaval, ¿dónde está tu padre?
    - Está en el cielo, y mamá dice que no volverá –zanjó el niño.
    - Oh, lo siento, perdona...-el hombre no supo como excusarse- no imaginaba que...
    - ¡Ero no está muerto, señor! Papá es piloto de caza.
    El hombre giró la cabeza hacia las pantallas de la pared. En aquel momento apareció el Gran Líder en directo con un mensaje patriotiquísimo sobre la supervivencia de la fe, el coraje de sus súbditos y la eterna falta de palabras para dar el pésame a los familiares de los caídos en combate. Si el padre del niño no estaba muerto, sería un milagro.
    - Gracias a E, parece que ya ha terminado –dijo la madre.
    - Sí, gracias a E –sentenció el señor, incómodo.

    Cantina en Pi Terrae. Prohibida la entrada a poetas:
    - Pues mira, yo tengo otro mejor: está Coseno intentando ligarse a Seno, y Seno, que ya sabes como es, dándole largas y yendo de un lado al otro del igual sin que Coseno pueda aislarla.
    - Qué gracia, en los chistes Seno siempre es la hembra.
    - Ya, bueno, a lo que iba: en eso que Seno, de tanto rehuir a Coseno, dando tantas vueltas...
    - ¡Bah! –interrumpió con un desaire- se sale por la tangente. Es muy malo, ya lo sabía.
    - Pues escucha este otro pues, anda.
    - Uno más y listos, que quiero ver el parte bélico semanal.
    - ¿El parte? Si siempre ganamos, no sé para qué ves eso. Atento, escucha: ¿qué necesita un punto drogado en el espacio para saber dónde está?
    - ¿Eh? No sé...otro punto, ¿quizá?
    - ¡Jajajá! ¡Necesita dos rayas! –y de nuevo volvieron a reír ambos a carcajada suelta.
    - Vale, vale, ahora yo: ¿qué dice San Galileo al despertase por la mañana con una erección?
    - ¡Eppur si muove! –dijeron a la vez, entre risas contagiosas.

    Nave recicladora Alfa.
    Órbita alrededor de coordenadas polares, destino:
    - Buf. Aquí ha habido una buena. Piloto, rumbo 15,-25. Y desactive los escáneres de baja frecuencia, no me apetece una sesión de psicofonías.
    - Sí, señor. Hay muchos escombros, señor y el resto de recicladores ya están trabajando. ¿Buscamos algo en especial?
    - Sí, eso –y señaló un gigantesco motor aún incandescente alrededor del cual su propia densidad atraía esquirlas del fuselaje de otras naves.
    - Según el sensor, apenas son dos mil quintales...de una nave llamada Vocación. Era de los nuestros.
    - Sí, piloto, dos mil quintales de fe y materiales cristalinos de última generación. Es mucho más valioso que no toda la demás chatarra. Nos lo llevamos.
    - Sí, señor. El Alto Mando estará contento con unos escombros de tal calidad. Aleluya.
    - Aleluya.

    Cuarto cuadrante meridional, planeta 6:101:3.
    Ruinas del Coliseo:
    El viejo se enjugó las lágrimas que caían adonde en su momento caía la sangre y la tinta, y caminó patizambo por la arena donde antes pisaban sandalias y botas del más fino cuero. En medio del coso, se alzaba un pequeño montículo, perfecto para un lanzador de béisbol-a-muerte (deporte de moda) pero donde el anciano imaginaba en su momento un precioso atril ubicado para aprovechar al máximo la cuidada acústica del lugar. Tragó saliva y entonó con voz trémula: “Así como creamos constelaciones al navegar entre estrellas...”
    No pudo seguir. Su memoria era un reflejo del lugar donde se hallaba. Rabioso, gritó:
    -¡ Hallo! ¡Haaallo! ¡¿Wie geht’s?!
    Lloró. Lloró desconsolado, lloró como quien quiere llorar hasta morirse. Lloró porque seguía habiendo trincheras pero nadie llevaba piezas de ajedrez consigo, lloró porque nadie creerá que el universo nació de una apuesta, o porque nadie buscará a nuestros primos perdidos en las profundidades de la Tierra. Lloró, porque a nadie le importaba ya el origen de la luna de un planeta olvidado o el destino de un soldado perdido en una cápsula de salvamento.
    Al final, harto de llorar, siguió llorando, sin moverse de allí, para nunca más abandonar aquel lugar y para que aquel lugar jamás le abandonase a él.

    Centro de mando de la armada imperial:
    - Gracias, Teónomo. ¿Adónde quiere llegar?
    - Tras largos años de estudio, y si me permiten la osadía, creo que estoy en posición de confirmar que Dios no existe, o si lo hubo, no dejó más legado que un puñado de fórmulas al azar. Ignoro si la primera dinastía Pi tenía una fe sincera, pero sí puedo asegurar que a día de hoy esta guerra, en cualquiera de sus escenarios, carece de cualquier argumento moral o teonómico. Hay alguna entidad u órgano que se está beneficiando gracias a esta guerra eterna, y es nuestro deber desenmascararlo y poner fin a tanta barbarie cósmica.
    - Ajá. ¿Y? –los mandamases se miraron unos a otros, indiferentes. El joven teónomo habría esperado una respuesta más exaltada. De hecho, cualquier otra respuesta menos ésa.
    - Insisto: Dios-No-Existe.
    - Ya lo sabíamos, teónomo. Y si existiera, sería un ludópata de tanto jugar a los dados.-el resto de mandamases rieron la broma de mal gusto de su portavoz- ¿Para esto nos ha hecho perder el tiempo? Guardias, deténganlo por pagano y hereje. Y por conspirar contra el linaje Pi. Mátenlo, ya puestos.
    - ¿Qué? ¿QUÉ? – balbuceó en su asombro mientras los guardias ya lo arrastraban pasillo abajo- ¡Dios no existe! ¿Es que no lo entienden? ¡¡¡DIOS NO EXIIIIIIISTE!!!


    Cada cual es quien decide que cosas quiere o no quiere saber. Pero hay una cosa importantísima que nunca debe caer en el olvido: cada persona sabe trece mil millones de cosas, cifra no discutible, aunque algo engañosa, porque no es lo mismo saber que el cielo es azul que saber por qué el cielo es azul.

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  • Relato Ganador del 9no. CIRCO.




    Título: Pantomima
    Autor: z666

    Pantomima

    PANTOMIMA


    Ante ellos un amplio pero angosto panorama, rasa estepa salpicada de áridos prados anegados de estiércol. Con sus desgastados rayos un sediento sol, antaño centelleante ráfaga de destellos, iluminaba a media luz la desolada y exhausta tierra donde un día yacerán los restos mortales de media humanidad.
    Se divisaba casi imperceptible a la hora vespertina el hasta ahora nunca hollado huerto del vecino. Bajo el plomizo firmamento los elegidos recorren la vasta distancia para romper el séptimo mandamiento y consumar la inaudita amenaza en su día sellada con sal y limón. Y aunque a sus tímpanos llega el cacofónico sonido de los cuervos al graznar el nefasto augurio no abate su afán, porque el fin está cercano. Ya desde el dominador peñasco se vislumbra el esmeralda jardín del opulento condenado.
    Hallándose en noche cerrada, a la luz del cuarto menguante, se presentan los insensibles raptores como noctámbulas hienas en busca del putrefacto alimento: la fruta prohibida.

    - Antes de mancillar el alma escucha atentamente, amigo Zanfonio, mis palabras: ¿Significan lo mismo amistad y compañerismo? ¿Son sinónimos amigo y compañero? Piensa que yo no puedo decir “tengo dos manzanas y tres manzanas”, ni tampoco “tengo dos amigos y tres amigos”, pero sí puedo decir “tengo dos amigos y tres compañeros”. Asimismo piensa en que dos amigos sienten amistad mutua pero dos compañeros ¿qué sienten? De cierto de cierto te digo que en este tema aún está la pelota sobre el tejado, y esta incertidumbre me carcome por dentro, me obsesiona en gran medida y distorsiona mis sueños. Pongamos por tanto en tela de juicio la concordia y la discordia, porque yo no busco en ti un amigo para las ocasiones, ni mucho menos un parásito que edifique a mi cuenta castillos en el aire (ya sabes que de esperanzas vive el hombre); no, yo no busco eso, sino que mi sueño dorado, mi más anhelada ambición sería encontrar en ti un sentimiento de afecto personal y desinteresado por mí. Pero escucha: dos hombres pueden ser amigos y rivales pero no amigos y enemigos, por eso te digo que jamás me niegues el saludo, ni siquiera cuando las desavenencias auguren contienda, ya que son enormes la animadversión, el odio y la ojeriza que un ser humano puede sentir por sus semejantes. Y eso mi buen Zanfonio no tiene vuelta de hoja. Con esto quiero decirte que seguirías siendo mi amigo si la prudencia combinada en buena proporción con el miedo te hiciera achantar y volver arrepentido a tu humilde morada.

    - ¡Oh mi gentil y sabio amigo! ¡Turbado me has! Deberías de sobra saber que no soy un infausto pusilánime ¿acaso no me conoces? Yo no me amilano por un ponme allá estas pajas, puesto que el miedo, el temor y la duda no pueden en mí más que la vanidad, el orgullo y la soberbia. Y aún te diré más para sacarte de tu fingida ignorancia sobre mí: sabe que por mi chaveta pasaba la idea de expresarte el mismo contenido que tú me acabas de transmitir. ¿No lo ves? Sobre el huerto hay nubes negras. ¡Somos los heraldos de la tormenta que se avecina! Sal ya de tu congoja y caminemos jubilosos hacia el festín que nos espera.

    Reinando una oscuridad impenetrable y en medio de un silencio absoluto llegan a los oídos de las gentes del lugar los tañidos que marcan el inicio de la tenebrosa y lóbrega noche en la que dos extasiados mancebos hurtarán para gloria suya ciertos frutos en la hacienda del vecino.
    Pero entre ellos y el titánico tesoro un abismal obstáculo: la descomunal muralla (a la vez también colosal y desmesurada). Compuesta de rocas milenarias, culebreante y sinuosa, zigzaguea en tierra de nadie guardando con agudos y afilados dientes la fenomenal ambición que atrae a transeúntes, peregrinos y extranjeros.
    Mas en poco tiempo se descubre el punto débil y ya los dos Mercurios prosperan en vertical. Trepando, escalando, ascendiendo hasta la cima y coronando la cúspide del recién sometido muro. En pié, en la altura, contemplan fuera de sí el negro paisaje. Van sin luces ¿y quién las necesita? Sus brillantes ojos iluminan por sí solos el rutilante paraíso.
    Desde la cumbre de la defensa escudriñan en cuclillas en las sombras buscando cualquier obstáculo imprevisto que les pueda impedir llevar a cabo su desalmada misión: irreductibles gárgolas, grifos, esfinges, escorpiones; fieros cancerberos, Argos, mazmorras o dragones; el terrible minotauro, astucias, trampas, acertijos; algún cíclope, la horrible medusa, o peor aún: el ultrajado propietario dispuesto a lacerarlos hasta el último de sus suspiros si de improviso los cachara con las manos en sus frutos.
    A la vista de ningún peligro toman tierra de inmediato y a ciegas trotan de árbol en árbol adentrándose en el opaco jardín de la abundancia. No ven las maravillas, es de noche y está oscuro. Sólo en su imaginación intentan recrear los olímpicos prodigios que los rodean, nerviosos, extasiados y tan sólo preocupados por colmar sus sacos de fruta para regresar a su famélico pueblo victoriosos.
    Naranjas, plátanos, limones; trigo, maíz, melocotones; a los pocos y los muchos orujo y hierbabuena, también metiendo manzana y berenjena; sin dejar atrás fresas y sandías, añadiendo por fin cerezas y pavías.
    De lejos parecen felices ladrones absortos en su tarea; más de cerca enfermos maníacos cargando sus bolsas de incalculables tesoros

    Pero una luminaria se encendió entre tanta oscuridad:

    - ¡Aguarda, Zanfonio, recapacita! Nos hemos dejado embaucar por la leyenda del huerto y sin embargo nuestros ojos no ven, nuestros tímpanos no oyen, no olemos ni degustamos, en fin, no gozamos del placer de sentir el paraíso bajo nuestros pies y a lo largo y ancho de nuestro cuerpo. ¿Podrías acaso decirme cuan altos son esos árboles, qué se oculta en sus copas, de qué color son sus frutos? ¡Dime si por sus ramas corretean las ardillas, do anida el fénix que canta en la mañana! Oh, no, tú no puedes decirme eso ni yo mismo lo sé.

    Al punto Zanfonio detuvo su mano, contempló crítico su supuesta proeza, a la vez que a sí mismo, y agachó la testa contrito:

    - ¡Estás en lo cierto, mi buen Viperito, no era esto en absoluto lo que yo deseaba! Nos estamos envileciendo mas… ¿qué hemos de hacer?

    - Debemos volver aquí mañana con la fuerza del sol, una vez hayamos puesto a salvo la fruta recogida esta noche, para culminar esta hazaña propia de animosos argonautas. Tenemos por ventura que salvaguardar la dignidad con que nacimos. ¿Y qué mejor modo de hacerlo que enfrentarnos a nuestros hechos como hombres libres y sin remordimientos?

    - Gran elocuencia muestran tus palabras. No tengo argumentos con que rebatir tus ideas pues bien es cierto que somos más que simples rateros. ¿Qué nos quedaría después de haber devorado tan suculentos manjares? Tan solo el hueso, la semilla y el pellejo. ¡Ningún recuerdo alimentará nuestras mentes ansiosas de fantasías, a nadie podremos contar las maravillas que a nuestro alrededor reposan dormidas! Por eso te doy la razón y mi incondicional apoyo.

    Con gran diligencia concluyen la afanosa tarea de arrancar frutos a ciegas llenando a saco sus bolsas para después volver a casa con ellas. Dejado atrás el despreciable muro mantienen en pié el sagrado pacto de no degustar, ingerir o probar el botín hasta que no se extinga el peligro de ser atrapados por el guardián del huerto.

    ¡Viperito y Zanfonio, la noche duró poco en sus manos! Todo cuanto ella es se fue con los frutos dentro de sus gabanes, moviéndose a gran kilometraje hasta llegar salvos y sanos a su nuevo hogar temporal, un yermo paraje, a distancia neutral entre el pueblo y el huerto, cielo e infierno sin saber cual es cual. Allí pernoctan y aguardan la alborada para retornar al encantado jardín.

    Y el sol en perfecta combinación con la tierra da lugar a un nuevo día de verano en Valdehelechos, reino sombrío y extraño a no ser por la inexplicable gentileza de los terrenos cercados por el maligno parapeto de piedras seculares del que se dice no fue erguido por mano de hombre.

    - Estoy impaciente, Zanfonio, por llegar al huerto y hallar la fuente de su exuberancia.

    - Quizá podamos departir amistosamente con Geranio, su guarda, si aún allí se encuentra.

    - No te precipites, amigo mío, la severidad del guardián es legendaria y su integridad mítica. No nos permitiría ni asomarnos al muro y sin embargo siento curiosidad por saber para quién vela el huerto. Siempre se ha hablado del centinela, pero ¿y el amo? ¿Quién es que nadie lo ha visto ni ha oído nunca hablar de él?

    - Es posible, Viperito, que el guarda sea el propio dueño en una de sus facetas.

    - Yo no lo creo así. Un guarda nunca es dueño de lo guardado, ya que está subordinado a ello y más bien el guarda pertenece a lo guardado, e incluso al dueño. Si siempre Geranio ha sido considerado por el folclore local el custodio del huerto éste no puede ser el patrón, a no ser que lo haya sido en un principio y con el paso de incontables eones el huerto lo hubiese absorbido y al fin el jardín se haya hecho dueño de sí mismo y Geranio sea sólo un desgraciado títere.

    Hecho como dicho ambos al huerto se remiten y por el sendero platican para no tener oportunidad de pensar en lo venidero. Sobre sus cabezas se gesta una tormenta, ya las primeras gotas de lluvia caen tocando el suelo y las ropas de los viajeros.

    - ¿Así que no estamos satisfechos con hurtar sus bienes que además queremos humillarlo mostrándole que sus orgullosas defensas son inútiles ante cualquier individuo que albergue el deseo de poseer parte su patrimonio?

    - ¡Zanfonio! Detecto un cierto aroma cáustico en tus palabras. Geranio siempre ha gozado, según la leyenda, de incontables privilegios, así que no le vendrá mal un poco de realismo en su vida. Y en cuanto a si estoy o no satisfecho con lo que hago o dejo de hacer debo decirte que la satisfacción plena para mí no existe, y por tanto todo el mal que en el mundo pueda infligir a Geranio no me llenaría nunca.

    - ¿Tal es el odio que sientes por ese hombre aún sin conocerlo?

    - Tanto que me atrevería a negarle la vida si tuviese la ocasión y el pundonor suficientes.

    - ¡No, por Dios, Viperito -rió Zanfonio cargando sus gestos- ya nos llegará la fama como ladrones!

    - ¿Ladrones? Yo no me siento como un ladrón, ¿tú si?

    - Es difícil no sentirse así después de haber robado.

    - Entonces, Zanfonio, piensa que tan sólo seríamos ladrones de su aliento si llegamos a matarlo.

    - ¡Detente, amigo -exclamó Zanfonio aparcando ya su sonrisa-, basta de chanzas! Si eso es lo que en verdad piensas más nos valdría en este mismo momento cejar en nuestro empeño y retornar con las manos limpias a nuestro hogar. Vayamos al huerto si es tu deseo parlamentar y presentar tus tribulaciones a Geranio, pero huyamos si tu ánimo es meramente belicoso ¡te lo imploro!

    Acto seguido se presentaron ante las puertas del perímetro del huerto, evitando dejar nuevamente en ridículo el viejo muro de piedra. Para su sorpresa el pórtico estaba totalmente abierto para ellos.

    - Observa, Viperito. Las puertas se hallan franqueadas, nos está esperando.

    - Date cuenta, Zanfonio, de que afrontamos fuerzas que desconocemos y nos superan. No es normal que en tierra yerma crezcan tales brotes, tan frondosos árboles y se den esas fructíferas cosechas que sólo el mezquino Geranio aprovecha. Mira bien ahí, delante de ti, y considera ese cerezo al que le sería imposible subsistir tan sólo unos metros más allá del muro.

    No gozó de tiempo Zanfonio para decir nada, aunque sí para pensar en lo que decir. En ese momento Geranio aparecía de donde estaba y las palabras hablaron por sí solas cuando las pronunció:

    - Habéis cometido una grave falta para con nuestro Dios.

    - Hablas como si suyos fuesen estos frutos.

    - ¿Acaso no pertenece a Él todo cuanto nos rodea?

    - Entonces que venga Él y no tú a reclamar sus derechos sobre estos bienes cuando alguien los quiera hacer propios.

    Sonó, a lo lejos, el primer trueno.

    - Él se halla siempre con nosotros, pues Su Ley es Su presencia. Pero dime, chico, ¿no os contentasteis con mi cosecha que venís también a robar mi tiempo?

    - En efecto -respondió Viperito-, nuestra ha sido la mano que recolectó clandestinamente sabrosas piezas de este huerto. Lo hemos hecho y nos hemos sentido rufianes y canallas. ¿Y es eso digno de dos hombres que se quieren tener por justos? No, no éramos merecedores de sentirnos de tal modo, pues no era nuestro afán enriquecernos indebidamente, sino subsistir para seguir honrando al Creador. Por eso retornamos iluminados con la luz del día

    - Venís, pues, a redimiros buscando mi perdón.

    - Nada más lejos. Pretendemos derribar el infame murete para transformar en comunal lo particular y que nadie mañana se vea en la tesitura de tener que quebrantar ninguna ley para saciar su natural hambre.

    - ¡Que dices, Viperito!

    - Calla, Zanfonio. Calla y escucha.

    - Bandidos con pico de oro, pero bandidos al fin y al cabo -sentenció el guarda del jardín-. Esta muralla no es un simple resguardo del viento, niño. Separa la civilización de la barbarie, la virtud del pecado: el Bien del Mal En definitiva, lo mío de lo tuyo. Y antes de derribarlo tendrías que matarme a mí –y lanzó Geranio su espada a los pies de Viperito en un mortal desafío- porque yo soy el responsable de su vigencia.

    - ¡Locos, reflexionad por un instante! ¡Viperito, atiende!

    - ¡Atrás, Zanfonio! –Exclamó Viperito recogiendo el arma del suelo sin titubear-. Esta espada no conoce amigos.

    - Harías bien en escuchar a tu compañero –avisó Geranio-. Acepta lo que el Señor ha dispuesto para ti y los tuyos, reza para suplicar su misericordia y vete por donde has venido.

    - No, escúchame tú a mí: ésta es tu última oportunidad. Debes renunciar a tus privilegios, permitir la destrucción del muro y compartir las cosechas con el pueblo. Si no accedes estarás firmando tu sentencia de muerte.

    - ¿Qué te da derecho a exigirme tales condiciones? ¿Qué alto tribunal te asiste y da poder?

    - ¿Me hablas de justicia? ¿Tú, que puedes disfrutar de este admirable jardín y usas ese espantoso parapeto para mantener alejados de él a tus iguales? ¿Piensas que eso es justicia? Porque si lo es, lo que me propongo hacer está de sobra justificado.

    - Te estás dejando llevar por tus más primitivos instintos, muchacho. Debes sobreponerte al poder del mal que pretende regir tus actos.

    - ¡No intentes engañarme! No existe ninguna fuerza maligna que me esté manejando, soy yo mismo quien decido lo que quiero o no quiero hacer.

    - ¡Lo que encierran estos muros no te pertenece!

    - ¿Has creado tú las semillas de las que nacen los árboles? ¿La tierra y el sol de los que se nutren? ¿El viento que los fecunda? ¿O sólo lo has usado en tu egoísta beneficio? En cambio tú sí perteneces a la raza de los hombres y si esa raza muere de hambre es legítimo que se sirva de ti.

    -Por encima de las necesidades de los hombres está la voluntad de Dios, y el Señor me ha confiado a mí, y no a otros, estos dones. ¡Es Su voluntad!

    -Entonces es Su deseo que hoy te asesine, ya que a mí me ha entregado una espada en lugar de alimento. ¡Cumplamos Su voluntad!

    La hoja chasqueó cual sierpe en busca del corazón enemigo. Atravesó su pecho, luego el aire y después la tierra. La sangre roja y negra saltó a su rostro y la chispa de la muerte apareció súbitamente con un parpadeo.

    De repente el jardín perdió toda su belleza. Geranio yacía muerto, el pecho de Viperito ondulaba velozmente acorde a su tensa respiración y Zanfonio se hallaba erguido incrédulo ante lo que acababa de contemplar.

    Ambos permanecieron en silencio largo rato, ensimismados en sus propios pensamientos.

    - Viperito, has perdido tu humanidad –determinó finalmente Zanfonio-. Has matado a un hombre. Has matado a un hombre desarmado el cual no te había hecho daño previamente y lo has hecho únicamente por tu voluntad. Nunca te creí capaz de hacer algo así, pero ahora lo sé. Y me hubieses asesinado a mí también de habértelo impedido, lo pude ver en tus ojos cuando empuñaste la espada.

    - ¡Zanfonio, amigo mío!

    - No, no puedo ser más tu amigo. Desde ahora sólo veré el rostro de la culpa y la muerte en tu mirada ¡estás marcado, Viperito! Qué ciego he estado al no advertir tu verdadera naturaleza. El Mal ha conquistado este lugar y tú has sido su instrumento, tal como Geranio intentó revelar. Ahora lo comprendo. ¡Debemos separarnos de inmediato!

    - ¡Aguarda! Esto lo he hecho por nosotros, por nuestro pueblo ¡por ti! No dejes que mi sacrificio sea en vano... Guardaremos el secreto. A nadie contaremos lo sucedido, y si en la vida que nos espera al morir alguien ha de pagar por este acto cometido, lo haré únicamente yo.

    - De ninguna manera. Si no confieso lo sucedido me condenaré tanto como tú. Todos estos frutos son ilícitos ahora ¿no te das cuenta? Volveré a nuestro pueblo, no tocaremos el huerto ni nadie deberá volver jamás a él, como siempre ha debido ser. Viviremos o moriremos en nuestra tierra por la voluntad de Dios. Ésa es la lección que he aprendido y la nueva que llevaré.

    Terminado su voto, Zanfonio dio la espalda a su congénere, traspasó el umbral del jardín y se alejó en dirección al pueblo. Al verlo partir Viperito lloró copiosamente cubriéndose el rostro con ambas manos.

    - ¡Yo no quería hacerlo! –Sollozaba- ¡He sido engañado, engañado por mi humana condición!

    Enajenado, arrancó la espada del cuerpo de Geranio y se encaramó a lo alto del muro, desde donde clamó al cielo blandiendo su arma aviesamente.
    Pero el bramido de la tormenta ahogaba sus patéticos lamentos.

    - ¡Callaos vosotros, dejadme hablar! ¿Que es lo queréis de mí, dioses del viejo mundo? ¿Acaso pensáis que podéis usarme a vuestro antojo y desecharme después? ¿Acaso pensáis que podéis traicionarme y luego olvidarlo? –Conversaba enloquecido con el rayo y el trueno- ¿No me habéis creado a vuestra imagen y semejanza? ¿No está bien entonces lo que he hecho? ¿Cual será ahora mi papel en esta farsa interpretada por hombres y dioses?

    Ensordecedores truenos eran la única réplica a las preguntas lanzadas al viento. Entre tanto, la silueta de Zanfonio se perdía en la lejanía del nuboso crepúsculo. Cuando la oscuridad fue total en el alma de Viperito dio éste sepultura a Geranio, tomó su vivienda y ocupó así su lugar en la leyenda del jardín encantado.

    - Volverás, amigo mío, volverás. Cuando de nuevo veas a tus hijos llorar de hambre sé que volverás -profetizaba Viperito mientras sus encolerizadas manos reforzaban la muralla y atrancaban las puertas del huerto-. Y entonces seré yo quien arroje esta espada a tus pies.