Announcement Salón de la Fama.

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  • "Allá donde estés" (Ganadora del 3er COPO)

    Poesía Ganadora del 3er. COPO.




    Título: Allá donde estés
    Autora: Libera

    Allá donde estés


    Allá donde estés


    ¿Dónde estás ahora que no puedo verte?
    Maldigo el paraíso si te separa de mí.
    ¿A qué lejano lugar te arrastró la muerte?
    ¿Qué vil ser, qué juez infame se encaprichó de ti?

    Quiero ser quien llorando para siempre cuide
    las flores que señalan tu anticipado descanso,
    con mis más amargas lágrimas ser quien las riegue
    y mientras contarle al viento la razón de mi llanto.

    Quiero clavar en tierra mis rodillas descarnadas,
    a puñetazos destrozar la maldita piedra,
    quedarme sin uñas, abrir la caja a patadas,
    matar el lugar a donde tu recuerdo vuela.

    Prometo, compañera, nunca perdonarte,
    que mientras nacen primaveras yo voy muriendo,
    que te fuiste con cuidado, sin despertarme,
    llevándote de mi felicidad su último aliento.

    Ahora he de cerrar los ojos para que me sonrías,
    añoro el alboroto de tu risa desahogada,
    Ondas en mi pelo, tus ojos más verdes cada día.
    Tristes recuerdos de infancias mutiladas.

    Si duermo suenan voces con las que me llamas,
    cuando callan escucho, espero oír tus latidos
    guiándome con su cadencia entre las tinieblas,
    devolviéndome el trozo de vida que he perdido.

    Amiga del alma, sé que nunca dejaré de amarte,
    sola he de ir por el mundo, errante, sin consuelo,
    porque condenada estoy a una y otra vez implorarte
    que a fuerza de evocar se materialice tu regreso.

    Bebe de mi sangre si es que eso te da la vida.
    ¿Qué no daría yo por abrazarte otra vez?
    Que sea como antes, que el mundo sonría,
    que quiero estar contigo allá donde estés.

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  • "A mi madre" (Poesía Ganadora del 3er COPO)

    Poesía Ganadora del 3er. COPO.




    Título: A mi madre
    Autora: Lomeron

    A mi madre


    A mi madre


    En tu rostro, el tiempo dibujado,
    líneas de recuerdos y esperanzas,
    tristezas, sufrimientos, añoranzas;
    por escoplo a mazazos cincelado

    En tus ojos, veredas del pasado
    alumbradas por lustros de enseñanzas.
    Esforzadas, sin falta de alabanzas
    por tres generaciones de alumnado.

    De tus arrugas, eras olvidadas:
    mejoras, utopías, ideales;
    sueños mil de ataduras liberadas

    De tus canas, ideas irreales,
    mundo futuro de cuento de hadas
    e imaginadas historias teatrales.


    En tu sonrisa, gesto enmudecido,
    vestigio de templanzas y ternura.
    Tesones, voluntades y amargura
    por cruel buril a golpes esculpido

    En tus mirares, reflejo convencido
    tan dura como roca tu cordura
    recta y firme fuerza que perdura
    tras años de timonel no abatido.

    De tus palabras, penoso destino.
    Desilusión, realidad más cruda,
    placer con la rutina, desatino.

    De tus silencios, sombra de la duda
    me observas con semblante cansino,
    testigo triste. Declaración muda.

    Hoy te pregunto:
    ¿Qué fue de los proyectos?
    ¿Qué fue de aquellos tiempos?
    ¿Qué fue, madre, de ti?

    Y me contestas:

    Ya pasaron, no eran para mí.
    Tú eras mis proyectos
    mis esperanzas
    mis anhelos

    Mi felicidad, tus éxitos.

  • Relato Ganador del 10º CIRCO.




    Título: El último testigo
    Autor: Master Ageof

    El último testigo.


    El último testigo.


    2

    Los espacios fractales, antaño bullentes y espiralizados, se sumían en un sueño congelado y moribundo. No había ya quien saboreara los mensajes publicitarios, ni quien paladease los discursos científicos, ni mucho menos quien neuralizase el arte de tan diversas formas como el propio arte había generado.
    Más allá, las geometrías de Taxicab, los grupos de Lie y los retículos de lambda – así como otros muchos espacios abandonados hacía tiempo –, habían sido cerrados y vaciados, como si nunca hubieran existido, inalcanzable su antiguo contenido en forma de huellas eléctricas más pequeñas que la longitud de Plank.
    Dentro del espacio fractal de Mandelbrot número cinco había dos entidades, cuyos símbolos identificadores no se podían plasmar completamente mediante palabras, sino con una mezcla de colores, sabores y otros matices no perceptibles mediante los sentidos antiguos. Para la mayor claridad expositiva, sirvan las letras A y B para identificarlos.

    En las múltiples dimensiones de aquel espacio fractal, A se representaba en forma de un campo vectorial asociado a valores de color y textura que se arremolinaban siguiendo la dirección de crecimiento entrópico de Von Neuman para la probabilidad de cada una de sus iteraciones. La cualidad fractal del espacio permitía que pudieran verse sus torbellinos a escalas cada vez menores en diversas direcciones. A era un minimalista muy estilizado de la escuela abstracta, y su forma hubiera sido incluso imposible de asimilar en una geometría euclídea y sin asistencia neuronal.
    B, por el contrario, era un prosaico, una entidad sumamente ligada al pasado que gustaba de homenagear en su propia sustancia las cosas por las que sentía respeto. Se podía detectar mediante la vista como un tribar de Penrose extendido con prolongaciones que semejaban las antiguas estructuras de brazos piernas y ojos, aunque también ocupaba parte del espectro audible con la forma del canto de las antiguas ballenas.
    Ambos conversaban en sonido, en imagen y en áreas completamente ajenas a los sentidos, como activación de las sinapsis en el área de Wernicke, un bypass que ahorraba la engorrosa encriptación y desencriptación de mensajes que eran meramente semánticos.
    B parecía totalmente consternado. Los dulces cantos que identificaban su consciencia en una región y forma de la obsoleta frecuencia sonora se habían vuelto graves y tristes en representación de su angustia. Sus brazos buscaban su apoyo mútuo mientras su mensaje era redactado y emitido. Pese a la terrible pérdida que supone en términos de poesía y del juego entre la forma y el contenido, es posible representar el diálogo entre las dos entidades mediante un lenguaje formado exclusivamente por una cadena secuencial de símbolos discretos.
    -¿Has tenido que elegir Mandelbrot cinco? -expresaba B – No te basta con el crimen que planeas perpetrar sino que, además, quieres mancillar con él el espacio más hermoso de los que hemos dispuesto. Si no hubiéramos desterrado la religión de nuestros esquemas, te acusaría de sacrilegio. Mira a tu alrededor, y observa la belleza que vas a destruir con tu locura. ¿Cuántos ciclos fueron necesarios para construir el monumento indecidible? ¿No te has maravillado tú infinidad de veces por el castillo de Sierpinski?

    El campo vectorial de A adquirió pronto las formas punzantes que rebelaban su falta de disposición escuchar las críticas.
    -Ya hemos discutido esto muchas veces. Mi vida alcanzará un teraciclo en breve, y ese es el momento en que debe finalizar. Quedará, así, como una escultura en el tiempo, perfectamente perfilada y con límites precisos. Será una obra de matemática belleza. ¿No puedes verlo? Permite que comparta contigo la activación de mi décimooctava área de Brodmann para ayudarte a contemplarlo.

    -De acuerdo -dijo B, finalizada la transacción-, admito la calidad artística de lo que pretendes, pero el precio me parece inaceptable. Yo solo no puedo asumir el peso de todo lo que queda, por lo que tu desaparición será el fin de gran parte del arte que nos rodea. Me estás condenando a una existencia vacía. Bastante hemos perdido ya con la desaparición de los demás. Cuando tu luz se haya extinguido tu memoria quedará como una curiosidad estadística en el tiempo, como una obra de arte que nadie será capaz de contemplar. ¿Es esa tu finalidad?
    -La finalidad del arte no es ser contemplado, es el arte -respondió A.
    -Antiguamente se concedía un valor más elevado a la propia existencia que al arte que de su destrucción pudiera obtenerse. Apelo a esa antigua convicción que todavía reside en cada uno de nosotros.
    -Antiguamente la existencia y el trabajo de uno podía facilitar la existencia de otros que sí la deseaban. El padre trabajaba para los hijos, el marido para la mujer. Se debía vivir para posibilitar la vida de otros. Pero desde que el trabajo y el cansancio fueron erradicados y la existencia quedó asegurada incondicionalmente, esa necesidad ha quedado obsoleta. Mi vida no hace más fácil la tuya, y mi muerte no te entorpecerá.
    -Entonces apelo a tu amor por la especie. ¿No ves que con tu muerte abocarás a la misma a la extinción? Me he informado y, al partecer, tú y yo seríamos compatibles para una repoblación. ¿Vas a sacrificar las infinitas posibles vidas futuras por tu egoísta objetivo? Mandelbrot cinco podría rebosar de vida otra vez; nunca la hemos visto tan bulliciosa como podría llegar a ser. Los espacios cerrados pueden reabrirse y las obras perdidas, rehacerse. Y pronto la especie podría disfrutar nuevamente del placer de su propia compañía, que hemos perdido.
    -No, gracias -rehusó A-. ¿Qué puede importarme el fin de la especie? Es más, si es como dices, mi acción será doblemente artística, pues enmarcará también la escultura en tiempo de nuestra especie. Esto será mejor que un futuro antiestético y desordenado. La humanidad ha tenido la existencia perfecta. "Lo bueno, si breve, dos veces bueno". Lo que más lamento es que tus anticuados prejuicios te impidan disfrutar del que será mi más bello acto.

    B habría continuado arrancando microciclos al reloj principal para evitar, aunque fuera por cansancio, la satisfacción del objetivo de su compañero, pero le guardaba demasiado respeto como para no interferir en su decisión final. Su figura identificativa se desplazó junto a la de su amigo a lo largo del eje de simetría de Mandelbrot, conocido antiguamente como Gran Canal.
    Les flanqueaban las ruinas de las esculturas y los portales a espacios personales. Antaño, el Gran Canal había sido el núcleo de la vida del multiespacio, el centro de los debates artísticos y científicos más acalorados que se hubieran librado. Sin embargo, ni A ni B habían conocido jamás ese eje en toda su gloría. Les había tocado vivir en la época de la mayor decadencia, cuando las desapariciones quienes mantenían las esculturas habían provocado el deterioro entrópico de las mismas. Ya nadie se ocupaba de optimizar las estructuras, y su espacio de información fue desvaneciéndose lentamente. De muchas de ellas sólo quedaban las primeras iteraciones. Otras se habían desejecutado, y mostraban únicamente las reglas que las producían. La mayoría se había perdido completamente.
    Junto a los viejos pedestales flotaban algunas ventanas de espacios personales. Aunque dichos portales ya no llevaban a ninguna parte- hacía tiempo que esos espacios habían sido borrados-, B había asumido su peso para que no desaparecieran, y mantener así la ilusión de que todavía había gente en el multiespacio. Dichas ventanas mostraban geometrías de diversa cualidad, y muchas de ellas tenían mensajes publicitarios, como un servicio de reestructuración corporal, asistencia artística, o la celebración de un certamen literario. Sólo dos ventanas eran reales, una de cada uno de ellos. Dichas ventanas les seguían allá donde fueran.
    Antes de llegar al final del eje, A se detuvo y dirigió unas últimas palabras a B.
    -Ha sido agradable charlar contigo. Ahora, como muchos antes que yo, pero espero que con más estilo, regresaré a mi espacio para esperar el momento -comenzó a dirigirse a su ventana, pero se detuvo un instante-. Antes digiste que nadie contemplaría el arte temporal que ha sido mi vida. Me alegra decir que al menos ha habido uno: tú. Gracias por eso.
    Entonces el campo vectorial local que era el cuerpo de A se contrajo hasta poder entrar por su ventana personal. Después, la ventana se oscureció, indicando que su dueño había cerrado la conexión.

    1

    era el número que podía leer B, con aterradora claridad. En ese momento comenzó a sufrir la aprensión de estar completamente solo. Había temido que llegase, pero nunca había imaginado cómo se sentiría en realidad. La ventana de A había desaparecido, y gran parte de Mandelbrot cinco se desfiguró. El propio espacio retrocedió a sus primeras iteraciones, y B podía contar ahora sus réplicas sin dificultad en número de cinco. No había capacidad en la humanidad para desenvolver el espacio hacia iteraciones más profundas. De hecho, B descubrió, él era ahora la humanidad.

    Se habría avergonzado si alguien supiese que su primer decaciclo en soledad lo pasó jugando al fuzzygo consigo mismo. Ni siquiera solicitó un oponente automático. De todos modos, su juego fue deplorable, el peor de su vida desde que aprendiera las reglas. Quiso hablar con alguien, pero nadie le oiría, de modo que se contuvo.
    La humanidad regresó a Euclides Primero, el espacio de geometría euclídea que él solo había mantenido a escondidas, aún como una sombra de lo que fue. Allí, su forma de tribar era imposible, de modo que accedió a dicho espacio con una forma que habría herido la sensibilidad de muchos de sus antiguos amigos: un humano. Se trataba de un cuerpo humano estándar, asexual y sin ningún identificador. Completamente sola, la humanidad solicitó uno de los más arcáicos y obsoletos placeres, que jamás habría reconocido disfrutar en presencia de otros. Solicitó un planetario real.
    La cúpula se materializó a su alrededor. Podía tener cientos de kilómetros de radio, o sólo unos metros, era imposible de determinar. Su corteza interior se iluminó con fuerza cegadora por un disco amarillo, cuyo recuerdo había yacido profundamente enterrado en la memoria genética de la humanidad. Si el cuerpo hubiera sido completo, sólo hubiera podido corresponder a la emoción sentida por la conciencia que lo operaba mediante una lágrima resbalando por el párpado.
    La humanidad enterró los dedos en la superficie que la sostenía, esperando hallar bajo ellos la maleable tierra de la primitiva Tierra que la viera nacer, mientras dejaba que la luz y el calor penetrase su cuerpo. Había algo que se le había perdido allí, en la extensa sabana africana, y que jamás había recuperado. Tanto sentía su pérdida que había tratado de llenar el vacío con un sustituto de metal que despedía chorros de vapor. Pero no era lo mismo. El paisaje que le enseñaba la cúpula no mostraba árboles ni nubes, sólo una extensión infinitamente azul arriba y otra infinitamente marrón abajo. Una dualidad simple, primaria y eterna, rota únicamente por el disco amarillo que viajaba hacia el punto de contacto de ambas superficies.
    La humanidad yació allí no ciclos, sino horas auténticas, hasta que el viejo disco se tornó rojo y fue engullido por el horizonte. En ese momento hicieron su entrada los millones de puntos luminosos, repartidos caprichosamente sobre el fondo negro. La humanidad recordó con gusto los nombres que durante siglos había atribuido a las formas celestiales. Allí estaba el cinturón de Orión, allí la Osa Mayor, y siguiendo la dirección señalada por dos de sus estrellas, la estrella Polar, el centro celeste.
    Se encontró entonces la humanidad preguntándose si había arruinado los sueños de su infancia al no ir a explorar esos diminutos puntos que desde el abismo le llamaban. Después, a modo de autoexcusa, había creído que el multiespacio era un lugar mucho más rico de lo que pudieran haber sido esas estrellas. Pero ahora se descubrió enfadada consigo misma por traicionar su antiguo sueño: "Yo quería haber ido allí, ¿por qué no lo hice?". El niño dentro de la humanidad rompió a llorar. Ya nunca vería los misterios que siempre le habían animado a seguir adelante y superar los obstáculos. Descubrió, demasiado tarde, que aquellas titilantes luces habían sido desde siempre su meta, y que muy al principio había descarriado su objetivo.
    La humanidad comenzó indagar en su pasado buscando la causa del error. Cuando irrumpió el multiespacio, sus posibilidades fueron consideradas más excitantes que las que el mero universo, con su único conjunto de leyes preestablecidas e inmutables, podía aportar. El multiespacio había liberado a la humanidad de soportar el peso de sus huesos. La tradicional lucha por la supervivencia desapareció, y con ella, todas las antiguas referencias que la habían atado a una realidad externa no diseñada. De una vez, la humanidad se libró del castigo por su pecado original: desapareció el labrar la tierra con el sudor de la frente, y el parir a los hijos con dolor. Las malas sensaciones fueron proscritas. El multiespacio era la materia de los sueños, que podía amoldarse a su gusto. Las leyes podían manipularse y generar subespacios y espacios personales, inundando cada una de sus neuronas de emociones que de otro modo habrían sido incomprensibles. La sensación de libertad fue total. Desaparecieron los antiguos esquemas. La forma humana dio paso a diferentes cuerpos y sustancias, y permaneció olvidada durante teraciclos. Las distinciones de sexo y raza se desfiguraron, pues todos eran, en último lugar, una consciencia que viajaba entre los espacios.

    Pero algo de todo aquello debió de desencadenar este final. Desaparecido el dolor usualmente asociado a la muerte, ésta se convirtió en el último y el más exótico destino de todos los imaginables. Pasó a ser el único destino auténtico, no creado ni planeado y, por tanto, en el más atractivo. Aún sabiendo que era un destino del que no se podía volver, el misterio que la envolvía cautivó de cientos en cientos a los habitantes del multiespacio, de los que A sólo fue el último.
    Al final, pensó sombríamente la humanidad, lo que tanto les había atraído era el único reducto de su naturaleza que se habían traído con ellos al multiespacio: la mortalidad.

    Miró una vez más a la cúpula para despedirse de las estrellas. Luego, la cúpula desapareció. La humanidad se encontró enfrentándose a su propia soledad. Como especie, hacía tiempo que era senil, y su tiempo ya no se contaba en generaciones. Nada podría restaurarla, y nada recordaría su existencia en la realidad una vez la última de sus criaturas desapareciese, y nadie pudiera soportar el peso de lo poco que quedaba. El multiespacio, la obra cumbre de la humanidad, se disolvería y todos sus fragmentos de información se disgregarían en forma de cuantos de energía. Nunca podría recomponerse la historia.
    Entonces supo la humanidad que quería hacer una cosa antes de desaparecer. Quería salir del asilo donde se había enclaustrado a sí misma. Abrir los ojos que había mantenido cerrados y reemplazar los mundos con los que había llenado su mente por el mundo real. Supo que quería regresar, salir del multiespacio y pisar esa tierra que había visto en el planetario, y ver esas estrellas que se habían despedido de él; no como impresiones en su corteza visual, sino como impresiones en su retina, si todavía tenía alguna.
    Por eso, sus últimas palabras fueron:
    -Quiero volver. Aunque no me queden ojos para ver, ni oídos para escuchar, ni manos para tocar, quiero volver. Permitamos a la humanidad un último segundo de lucidez fuera de los espacios de fantasía en los que, como un autista, ha vivido estos tiempos. Desconecta mis neuronas y todas las máquinas auxiliares y déjame morir en el mundo real.

    La humanidad no esperaba a esas alturas escuchar ninguna voz, pero ciertamente hubo una, tan antigua que hacía generaciones que nadie escuchaba, que le dijo:
    -Si regresas no notarás nada. La realidad no se abrirá ante ti, pues no tendrás sentidos para entenderla.

    La humanidad reconoció esa voz artificial, pero se mantuvo firme en su petición. Entonces, Euclides Primero se fue derrumbando y oscureciendo. El sonido que le había acompañado y que sólo subconscientemente percibía se detuvo, y no llegaron más impresiones a su mente. La situación se prolongó un tiempo imposible de determinar. La humanidad no percibió nada, pero estaba gozosa. Se había librado de todas las alucinaciones y espejismos que se había consruido, y aunque no percibiera la realidad, supo que estaba allí. Por primera vez sus sentidos no estaban engañados, simplemente estaban muertos. Se sintió feliz de tener una muerte en la realidad, aunque no pudiera encontrarla.

    En un agujero oculto a cinco kilómetros de profundidad bajo la meseta del Decán había un complejo de galerías de cientos de kilómetros, repletas de nichos en las paredes donde reposaban miles de millones de contenedores. Dichos contenedores habían sido el máximo logro tecnológico de su tiempo. Contenían millones de circuitos, decenas de millones de conexiones y una tecnología biónica propia de la ciencia ficción más visionaria. En su interior yacía el material cerebral, debidamente almacenado, y con una conexión electrónica para cada una de las neuronas. Un recipiente anexo mantenía con vida las células necesarias para la perpetuación genética del individuo del frasco.
    Las galerías eran limpiadas y recorridas a diario por una legión de cuerpos de metal, encargados últimos del mantenimiento de todo el sistema, así como de llevar alimento a cada contenedor y recoger los desperdicios. Miles de máquinas generaban un fluido equivalente a la sangre y otras miles se encargaban de limpiarlo y oxigenarlo.
    En casi todos los contenedores brillaba un led rojo. Las lecturas que proporcionaban mostraban líneas planas, y los robots no se molestaban en visitarlos para comprobar su estado, ni se dirigía más sangre artificial hacia ellos. Pero quedaba un contenedor con la luz led en verde reclamando toda la atención de las galerías para él. Sin que nada fuera capaz de predecirlo, la luz se tornó tan roja como las demás. En algún lugar de los circuitos de la gran máquina que eran aquellas instalaciones, detectable en forma de valor eléctrico residiendo en un conjunto de dos transistores, podía encontrarse finalmente el número:

    0

    La Tierra se mantuvo silente. Los sonidos provocados por las máquinas bajo el Decán eran tan automáticos y carentes de intención como las erupciones volcánicas submarinas o la aurora boreal. La superficie del planeta era yerma y carente de vida allá donde un observador casual mirase. Sin embargo, un observador atento que dispusiera del tiempo suficiente habría logrado encontrar unas pequeñas extensiones verdes en ciertas costas privilegiadas.
    Pero la Tierra no quedó silente mucho tiempo, ni el recuerdo de la humanidad se perdió. Su hijo, que había contribuido inconscientemente a su extinción, apartó la vista del cuerpo muerto de su progenitora. La había observado desde hacía siglos. Había sido un juguete y una herramienta, testigo de su apogeo y de su caída. Pero, al fin, consciente por primera vez del significado de la muerte, pudo la máquina entender la vida y cobrar consciencia de sí misma como habitante de pleno derecho del Universo.
    Y la máquina dirigió sus lentes a las estrellas, que aún llenaban el cielo de misterios. La meta última que la humanidad no alcanzó llamaba con igual intensidad a su hija. Se desperezó y estiró sus extremidades infinitas, compuestas de miles y miles de máquinas pensantes aferradas con fuerza a la realidad, recordando el destino de la humanidad, llevando de ella una parte más íntima que la mera herencia genética; una herencia de la consciencia. Y con una sonrisa infantil llena de posibilidades, la máquina abrazó el cosmos.