CONCURSO: Imagina tu historia. PRIMERA IMAGEN

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  • Historia 1 wrote:

    En una bonita ciudad del universo Andrómeda
    en plena ruta, esta un rincón llamado enigma
    por su cultura, sus puentes, torres, murallas, su luna
    en este destino te explican, para saber guerrear
    te transportará a una forma de querer estar siempre en el
    y no querer salir.
    Con una gran riqueza histórica, protegiendo siempre de las
    guerras a los aguerridos combatientes aya en el 60
    Tiene algo mágico e inolvidable
    siempre que te vas quieres volver
    invitamos a todo el mundo se venga ha nuestro universo.
  • Historia 2 wrote:




    El último príncipe de Arcadia
    Se presentó ante nosotros un caminante que presentose como bardo, nadie le creía, pues aunque viajara solo, raro era que en estos días alguien se adentrara en este peligroso bosque sin compañía. La mayor parte de su rostro se hallaba escondida bajo una gruesa y vieja capucha negra, detrás de la cual solo se podía percibir la oscuridad, lo único que era posible distinguir era el débil resplandor de su pipa, de la cual, tras un fuerte suspiro, inhalo el humo y lo dejó salir lentamente, junto con su propuesta, este desconocido, se ofreció a contarnos una historia a cambio de compartir nuestra comida y el calor de nuestra fogata. Accedimos, no podíamos dejar a este viajero pasar la noche en el frío bosque. Así pues, nos acomodamos alrededor del fuego, con las armas preparadas en caso de peligro y esperamos a que comenzara su historia. Su voz, profunda y baja se escuchaba tranquila al pie de las montañas, sujetando su pipa de forma cercana, comenzó con su historia.
    “La historia que os voy a contar trata sobre un reino lejano, y ahora extinto reino de Corvenia. Escuchad atentamente porque esta es la verdadera historia…

    Remontémonos a hace unos años, en la próspera y apacible ciudad de Mordifar, capital de Corvenia, vivía la Dinastía de los Arcadia, una poderosa y antigua familia que se remonta incluso a tiempos anteriores a la creación de dicho país. La familia Arcadia era una familia noble, sabia y bondadosa, a la par que humilde, aun así, siempre anteponían el bien de los habitantes de su reino ante cualquier problema, tal vez por ello, en el consejo, tenían más opositores que partidarios, al fin y al cabo, en más de una ocasión, habían literalmente arruinado el reino para evitar cualquier conflicto con algún país vecino. Su gente era pobre, sí, pero vivía en paz y armonía, y eran felices, ¿acaso algo así se puede comprar con oro? Sea como fuere, durante una tranquila tarde de primavera, los opositores de la familia Real, se reunieron, convocando al ejército y proclamando de esta forma un golpe de estado, el cual no estaría completo sin ver a la familia Arcadia perecer. El ejército de los traidores invadió el palacio real, asesinando a los guardias, al rey, a la reina, todo testigo de aquellas escenas debía morir. Pasaron las horas, el palacio quedó vacío de vida, aunque lleno de cadáveres, el golpe casi se había completado, aunque faltaba uno, el último miembro de la familia Arcadia, el príncipe, Dekim IV de Arcadia. Nunca se supo nada de…”

    El relato se detuvo de forma repentina, tal vez fue por la larga travesía, pero los viajeros, durante el relato de este caminante autoproclamado bardo, cayeron sumidos en un profundo sueño, por lo que este desconocido bardo, con una retorcida sonrisa, se acercó a nuestros inocentes compañeros y, aprovechando su descuido, vació sus bolsillos y se alejó silenciosamente, perdiéndose en la oscuridad.


    Fin.

    Pseudonimo: Dekim
  • Historia 3 wrote:

    Subió
    por la cuesta que limitaba la húmeda muralla, y entró en la ciudad por la
    puerta de la luna, iba vestido con un sayo oscuro y una negra capucha que
    le ocultaba la cabeza.





    Giró a la derecha y deambuló por la estrecha callejuela que
    limitaba con la iglesia de la Trinidad. El camino estaba lleno de inmundicias y
    excrementos, y un fétido olor le entró
    por la nariz mientras las pisaba, lo que le hizo contener brevemente la
    respiración. La peste negra acechaba y no era momento de arriesgarse.




    Al final de la calle divisó la tenue luz de la antorcha que
    señalaba su destino, una casa desvencijada con una robusta puerta de madera
    vieja. Todo estaba tranquilo y no se veía nadie en aquellas horas de la noche deambulando por la ciudad.


    La puerta estaba entreabierta, y la empujó mientras
    chirriaban los goznes rompiendo el silencio. Al entrar en la oscura estancia,
    divisó una pesada y vieja mesa y justo detrás de ella, dos sombras sentadas que
    le estaban observando.


    Se acercó con paso lento, pero no tranquilo, con mucha
    cautela porque la única luz que podía encontrase en la habitación provenía de la puerta entreabierta y la de las grietas
    de los portones carcomidos de los ventanales.




    -- Enseñádnoslo ,-– sonó una voz vieja pero fuerte.




    Bastián, puso su mano en el bolsillo y sacó un raido trapo,
    quizás un harapo, sucio y arrugado que albergaba algo, extendió con mucho cuidado el contenido en la
    mesa, y poco a poco lo fue desplegando y se fue abriendo el paquete, cuando dio
    la última vuelta al tejido, un resplandeciente brillo azul se mostró en las
    faces de los dos asesinos, la gran
    piedra quedó al descubierto y se hizo más el silencio si es que esto fuera posible, era el zafiro Ratnapura.


    _____________________


    (continuará con la próxima foto)
  • Historia 4 wrote:

    El recuerdo. El pseudónimo: Moonlight.


    Ven, forastero, antes que mi memoria se pierda, sombra crepuscular de épocas desgastadas. No temas, pues el único hechizo que te aguarda es el lejano eco de mi historia. Entra, sé mi anfitrión, atraviesa mis viejas vértebras. Déjate llevar por la melodía de los pajarillos posados en ellas, rivales incansables de los vivos cantos de las lavanderas, abrevando sus coloridos ropajes en mi lívida sangre. Adéntrate, siéntate en mi delgado regazo de madera crujiente y oye el bullicio de aromas a cítricos, especias y transpirada tierra regada de vaporosa luz. Levanta la mirada, observa, en lo alto de mi anciano cuerpo se alzan orgullosas, mecidas por la amistosa brisa, odiadas por la envidiosa borrasca, altas ramas de encinas vigorosas.

    No te duermas aún, pues en la incipiente noche, yacen los enamorados bajo mi caluroso abrigo. Dulces luciérnagas bailotean suavemente en sus incansables miradas, brasas de un fuego inagotable. Mientras afuera, mis desdichados sanan sus heridas, arañazos profundos de algún gato travieso, en un placebo brevaje, anhelando un futuro esquivo en sus melancólicos sopores. Descansa tranquilo, amigo, pues no hay rincón que la Luna, mi triste compañera, no visite con su luz, pálido faro desprovisto de fervor. Cenicienta de un eterno baile cósmico, sus ojos solo vislumbran blancas tinieblas. ¿Cuál fue su pecado? ¿Ensombreció, juguetona, al altivo Sol? Déjala entrar en tus irisados sueños, viajero, alivia su pesar. Pues me desgarra las profundidades de mi cimentada alma, ver sus lágrimas matinales sobre los rosales. Conmovidos, mis seres frágiles de piel cruel, en vano se alzan para mostrarle sus amorosos sonrojados velos.

    Despierta desconocido, ¿no oyes el lejano recuerdo del latido de mis campanas, anunciadoras metronómicas de lo cotidiano? Aún siento el repiqueteo de los pasos aligerados, aguijoneando mis anquilosados dedos. Pero grato es el dolor si viene acompañado del sudor del yunque y el horno, del telar y el torno. Mas no necesito balsámicos adornos. Me bastan los ruiseños aleteos de mis jovencitas mariposas, bebiendo del néctar del conocimiento. ¿Ya partes, viajero, a la niebla grisácea del alquitrán? Vuelve pronto, antes que la herrumbre se lleve en su incansable río del tiempo, mi pasado.

    The post was edited 1 time, last by SoldieRyan ().

  • Historia 5 wrote:


    Pseudónimo: Supercalifragilístico Espialidoso

    Sin título

    Llevaba esperando en esa esquina desde el anochecer. Mis ojos vigilando esa puerta de las murallas, lo único iluminado que alcanzaban a ver. Pero a pesar de estarla mirando fijamente, aún que le hubiesen aparecido ojos y, cobrando vida, engullera la ciudad entera y a mí mismo, mi mente no se hubiese apartado del objeto de mis pensamientos.

    Dos semanas de veraneo habían dado para muchas miradas cohibidas, al principio; juguetonas luego, y claramente insinuantes en los últimos encuentros. Pero el tiempo se había agotado: por la mañana volvería a Madrid, y ahora quería redimir el pecado del exceso de pudor de dos semanas en un solo rato a solas, al fin apartados del resto de chicas y chicos que nos acompañaban en todo momento, durante el día.

    Por la tarde, al despedirme de mi quinta, al turno de ella, le dejé en la mano una nota doblada, citándola tras la cena en las puertas[, dónde ni los borrachos de turno nos iban a molestar, pues quedaba por el lado alejado de la taberna.

    Si bien ella no había respondido a la invitación, mientras me alejaba de las chicas, rodeado de los amigotes, volví la cabeza y la vi con la nota abierta en la mano y dedicándome una de sus sonrisas.

    El fresco de la noche, mi vestimenta mínima para el calor del verano extremeño y una punzada de miedo, pensando que quizás no pudiera (o no quisiera) reunirse conmigo... me causaban escalofríos. La oscuridad de los alrededores y los ruidos extraños no ayudaban a darle seguridad a un quinceañero ante la perspectiva de la inminente separación de su primer amor hasta el año próximo.

    Unos pasos se acercaban: podía oírlos a lo lejos, entre la penumbra de las callejuelas interiores del casco viejo. Apareció una sombra en dirección al exterior de la ciudad, pero resultaba imposible de reconocer a quien correspondía. Se aproximaba a la puerta, dónde las farolas revelarían su identidad. Mi corazón se aceleraba conforme la silueta recorría los últimos pasos hacia la luz. Cruzó la puerta y apareció ella: preciosa, coqueta, luciendo su larga y cuidada cabellera y, enmarcada en el centro, su encantadora sonrisa. Por fin los dos. Por fin a solas. A la luz de las farolas y con la vieja muralla por único testigo, el primer beso.