Importante [Concurso Infinito de Relatos] Segunda ronda de la primera edición. Relatos.

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  • [Concurso Infinito de Relatos] Segunda ronda de la primera edición. Relatos.

    Hola,


    ¡Ya está aquí la segunda ronda de relatos!! En este hilo colgarélos relatos para que los leais, uno por post. Y en este otro: [Concurso Infinito de Relatos] Segunda ronda de la primera edición. Votaciones y comentarios., podréis poner las votaciones y los comentarios

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  • CATMAN, O LA DISTOPÍA DEL GATO-HOMBRE

    relato 1
    No está claro, para los habitantes de Ogatham, cual era la naturaleza original de ese peculiar ser.

    Algunos fabulaban que se trataba de un gato doméstico común y corriente que, en su afán de aseo, se aventuró a lamer un enchufe eléctrico y la consiguiente descarga de 230 voltios le granjeó una cantidad de súper-poderes, a la par que un peinado digno de la más ecléctica peluquería. Otras fuentes más conspiranoicas, atribuyen el fenómeno a una mutación, fruto de un ensayo médico secreto probando métodos de combatir la alergia humana a los felinos.

    Dejando a un lado el origen del misterio, los ciudadanos de Ogatham enseguida se encargaron de bautizarle apropiadamente: Catman.

    Aún que hay quien le atribuye participación en sucesos inexplicados de fechas anteriores, la primera aparición documentada tuvo lugar hace cerca de dos años. Corrían los días finales del otoño, el tiempo ya era fresco y húmedo, y oscurecía temprano. Cómo de costumbre, los alrededores del muelle pesquero se llenaban de gatos que acudían puntuales a la cena. Por gentileza involuntaria de la lonja de pescado, que cerraba la jornada tras la venta y dejaba olorosos desperdicios, que hacían coro con los efluvios de las barcas, en la atracción de todo gato desde muchas manzanas de distancia. La pobre luz que esparcían las bombillas del edificio de la lonja encontraba reflejo en las decenas, posiblemente centenares de ojos de quienes acudían a la llamada.

    De entre los habituales maullidos, con toda probabilidad a causa de la disputa por un pedazo de basura especialmente exquisito, se escucharon unos gritos (quizá humanos, pero definitivamente no gatunos). Un par de marineros que baldeaban mecánicamente la cubierta, se acercaron al callejón a curiosear, quedando ojipláticos al ver cómo una figura negra y con dos “orejas” puntiagudas asomando sobre la cabeza, le estaba dando una soberana paliza a un borracho grande cómo un oso y rojo cual tomate maduro, que trataba en vano de devolver alguno de los golpes, con toda la torpeza que le conferían los generosos tragos que llevaba a cuestas.

    La primera intención de los curtidos marineros, acostumbrados a presenciar situaciones parecidas, fue la de retener al extraño encapuchado hasta que se calmara un poco, pero un sonido agudo, mezcla de grito y sollozo, reveló la presencia de una tercera persona en el suelo: medio incorporada (y otro tanto desnuda) había una mujer. Dos ríos de maquillaje serpenteaban desde los ojos al mentón, y su pelo mal teñido de rubio, ahora revuelto, apuntaban a la profesión de la mujer, y su vestimenta, concretamente los escasa de esta, confirmaban el motivo de su presencia en ese lugar y hora, en compañía de un borracho bravucón.

    Con esa tercera pieza en el cuadro, la escena cobraba un nuevo sentido: el extraño que repartía hostias cómo panes, tan numerosas cómo certeras, dejaba de verse cómo un violento agresor robando a un indefenso borracho, y se convertía en un héroe, o algo parecido. Seguro que los adjetivos cambiarían dependiendo de si salían de la boca de la mujer, sabiendo a lágrimas y rimmel barato, o del infeliz etilizado, sabiendo a alcohol barato, sangre y dientes sueltos.

    El episodio terminó tan repentinamente cómo había empezado: Catman, que todavía no era conocido con ese alias, se apartó de la zona iluminada, lanzando un maullido potente y claro desde las sombras.

    El maullido se convirtió en una constante en las intervenciones de este héroe de la ciudad, hasta el punto de que en la actualidad, cualquier malhechor que oye el más leve maullido durante la comisión de sus fechorías, gira instintivamente la cabeza sabiendo que puede estar siendo asediado por Catman en ese preciso instante.


    Fin del capítulo primero.

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  • Viejo loco

    relato 2
    Esta mañana, como todos los días, he ido a ver a mi mascota. El pobre ya está un poco viejo ya, pero me da mucha pena deshacerme de él. Por eso, me veo con la obligación de darle un poco de vidilla.

    Habitualmente, me acerco a su cama y le susurro al oído mientras le doy unos toquecitos en la cara. Le acerco los juguetes para que juegue conmigo, miramos la televisión juntos y nos tapamos con la manta. ¡Ohh sí, eso me encanta!
    Pero hoy al ver que no respondía a mis tonterías, he decidido tomar la iniciativa. Así que he ido a la cocina y he intentado hacer el café. A mí solo me gusta el café recién molido, de esta manera que he cogido con mi boca la bolsa de granitos de café.

    ¡Lo sé, soy un tipo muy peculiar!

    A continuación, los introduzco dentro del molinillo, pulso el botón, preparo la cafetera y sirvo dos tazas. Y…”Voilà” Café mañanero preparado.

    Una de las tazas, me la quedo mirando y la tiro al suelo, y la otra me la tomo a sorbitos. Pero aquí falta alguna pastita para acompañar.

    Voy a la panadería y espero en la cola como todo el mundo. ¡La gente se me queda mirando, y es cuándo me doy cuenta de que estoy desnudo, Claro! Nunca salgo sin mi sombrero.

    Por fin es mi turno, la dependienta al verme, me increpa y me echa del establecimiento. Le saco un par navajas muy afiladas y le robo una barra de pan… ¡Que se vaya a la mierda! Ya puede llamar a policía que yo no me quedo sin mis tostadas.

    Esta juventud de hoy en día está perdida, con este mal trago me dirijo al parque a darle trozos de pan a las palomas, a ellas les encanta y a mí me encantan ellas.

    Hay unos niños jugando a lo lejos con una pelota, uno chuta y la bola de se dirige hacia mi lado, así que la la miro, rajo y me voy. Así aprenderán a no jugar delante de los mayores.

    Después de esta mañana tan ajetreada, regreso a casa con media barra de pan, un tozo de plástico de pelota enganchado en mis zarpas, y una paloma para que se haga un bocadillo, mi humano. Gustavo sigue sin moverse, suerte que está el televisor encendido porque yo no lo sé sintonizar y las cacas en el arenero se me están acumulando. ¡Que dura es la vida de un gato!

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  • relato 3
    Lucas era un ratón de las afueras de la ciudad pero hoy se iba a vivir con su tío, que vivía en una antigua fábrica de pinturas abandonada. Llevaba una dirección escrita en un papel en el bolsillo del pantalón, un cuchillo colgado al cinto y un cigarrillo en los labios. Había estado tres días caminando bajo el asfixiante sol de verano, durmiendo al raso, cuando por fin llegó a la fábrica. En la nota ponía que sobretodo no entrase por la entrada principal, que se colara por detrás y así lo hizo. Escaló por una tubería de desagüe y entró por una ventana rota de la segunda planta de las oficinas. Dentro vio cientos de ratones moviéndose entre las mesas, sillas y las cajas de cartón amontonadas por todas partes. Una verdadera ciudad en miniatura. Apagó su cigarro en la ventana, bajó al suelo de la oficina y se dirigió a la dirección que marcaba el papel. Una taberna llamada El Queso Azul. Su tío viajaba mucho, así que por si acaso no estaba en casa le había dicho que hablase con los dueños de esa taberna.

    Cuando entró, vio a una joven camarera en la barra y a varios ratones jugando a cartas en algunas mesas, nadie le miró. Se dirigió a la barra y saludó:

    - Hola.–Dijo Lucas enseñando la carta –. Mi tío me dijo que te enseñara esto.
    - Hola cariño, déjame ver. – La camarera se puso pálida y abrió mucho los ojos durante un momento. – Oh, ya veo. – Dijo cuándo recobró un poco de color. – Debes de ser Lucas. Tu tío me habló de ti. Pero… eh… No volverá hasta dentro de unos meses. ¿Por qué no regresas a tu casa y vuelves entonces?
    - No puedo, no tengo sitio al que volver. – Dijo Lucas al tiempo que se sentaba, con los hombros caídos, mientras se encendía un cigarro. – ¿Me puedes poner un vaso de leche?
    - Ahora mismo. ¿Qué es eso de que no tienes sitio al que volver? – Preguntó la camarera mientras le servía la leche.
    - Mi madre no puede cuidar más de mí. – Dijo Lucas antes de darle un sorbo al vaso. – Se marcha a otra ciudad y no puede llevarme con ella; vendió la casa para pagarse el viaje y el nuevo alquiler.
    - Oh… - Dijo la camarera. - ¿Y tu padre?
    - Murió.
    - Lo siento.
    - Bueno, murió… – Dio una calada antes de seguir hablando–. Murió hace un par de años, murió salvándome la vida. – Dijo señalándose el trozo de oreja que le faltaba. – Si no hubiese sido por él, ese gato me hubiese comido.
    - Vaya… Bueno, puedes quedarte unas noches aquí si quieres. Ya lo pagará tu tío cuando vuelva. Por cierto, me llamo Bea. – Dijo Bea guiñándole el ojo.
    - Gracias, Bea.
    - Ven, te enseñaré donde dormirás. ¡María, te quedas sola!

    Lucas siguió a Bea hasta la esquina de la taberna, donde unas escaleras subían al segundo piso. Le enseñó donde estaba su habitación y le explicó que el día siguiente era Jueves de Duelo y que no debía salir a la calle para nada hasta el viernes a las nueve de la mañana, que desde hacía muchos años el primer jueves de cada mes lo pasaban así porque ocurrió una desgracia. Esta noche ella le dejaría comida y bebida suficiente para que no tuviese que salir para nada.

    Fue un día aburridísimo. Lucas durmió hasta tarde, pero después no supo que hacer. Llevaba horas mirando cómo el humo de sus cigarros ascendía hasta el techo cuando se dio cuenta que había anochecido. Aprovecharía la oportunidad. Bajó sin hacer ruido por la ventana y se dirigió a las escaleras que bajaban a la planta de la fábrica. Después, se encaminó hacia la parte de la entrada principal. Llevaba todo el día dándole vueltas a que sería lo que habría allí y no pudo resistir la tentación. Caminó con sigilo, pegado a la pared. Se coló por una puerta entreabierta al vestíbulo y le golpeó un olor putrefacto.

    Siguió el olor con la nariz y encontró su procedencia: debajo de la esquina de una mesa había algo, cuando se acercó a mirarlo mejor lo vio. Era su tío. Algo, seguramente un gato, lo había destripado. Había jugado con él, le había matado lenta y dolorosamente y ni siquiera se lo había comido. Se llevó la mano al trozo de oreja que le faltaba. Tenía que salir de allí. Tenía que avisar a todos de que había un gato en la fábrica. Regresó todo lo rápido que se atrevió sin hacer ruido y en cuanto salió del vestíbulo apretó el paso, sin embargo, cuando llevaba medio camino hasta las escaleras vio una luz moviéndose en su dirección desde las escaleras. Se quedó helado. El corazón le iba a mil. Le iban a descubrir. Se escondió detrás de unas cajas y aguardó a que pasaran de largo.
    Eran seis encapuchados. Vestían una túnica negra e iban en fila de dos: los dos de delante llevaban un fanal cada uno y en medio de los otros cuatro iba una ratona con una túnica blanca. Era Bea. Y la llevaban atada.

    Lucas empezó a trazar un plan todo lo rápido que podía, pero demasiadas preguntas bombardeaban su mente: ¿Qué iban a hacer con Bea? ¿Por qué la llevaban atada? ¿Tenía algo que ver con el Jueves de Duelo? ¿Iban a dejarla en el vestíbulo cómo a su tío, para que se la comiera el gato?

    Se tocó la oreja. No podía consentirlo. Regresó hacía atrás y se subió a una de las mesas, encima había una botella de disolvente. Se sacó a toda prisa el cuchillo que llevaba en el cinto y lo clavó en la superficie metálica. En cuanto consiguió volverlo a sacar, el disolvente empezó a salir en un fino chorro. Repitió el proceso varias veces hasta que una pequeña cascada caía de la mesa al suelo. Entonces bajó y aguardo escondido detrás de una de las patas de la mesa.
    En cuanto los dos primeros ratones pisaron el líquido, tiro su cigarro, que prendió fuego al disolvente inmediatamente. Cuando las primeras llamas empezaban a brotar, Lucas corrió en dirección a los ratones del final, cuchillo en mano. El fuego alcanzó a los dos primeros ratones, que gritaron de dolor mientras el fuego les consumía, los fanales que llevaban cayeron al fuego, explotando y rociando a los pobres desgraciados con aceite en llamas. Apuñaló al primer ratón por la espalda, antes de que advirtiera su presencia. El segundo ratón tuvo tiempo de darse cuenta de que estaba siendo atacado cuando el cuchillo de Lucas se le hundió en el cuello, salpicándolo todo de sangre. El elemento sorpresa se terminó, y Lucas se vio enfrentado a los otros dos ratones que quedaban. Detrás de ellos estaban las llamas que ya se iban consumiendo y en medio de los tres se encontraba Bea, que parecía no saber dónde estaba.

    Con el cuchillo en la mano y la cara manchada de sangre, Lucas pensaba a toda prisa cómo enfrentarse a los dos ratones que quedaban sin dañar a Bea, pero la situación se resolvió sola, ya que los dos ratones huyeron en direcciones distintas. Bea pareció empezar a darse cuenta de lo que había pasado y alternaba la vista, horrorizada, entre los cuatro cadáveres de ratón que acababan de aparecer, cayó de rodillas y Lucas corrió a consolarla.

    - Tranquila. – Dijo Lucas, de rodillas, apoyando la mano que le quedaba libre en su hombro–. Todo ha pasado.
    - ¿Qué has hecho? – Contestó Bea con la mirada fija en el cuchillo de Lucas.

    Él se dio cuenta de lo que estaba mirando y dejó caer el cuchillo. De pronto sintió cómo el cansancio volvía al pasarse los efectos de la adrenalina.

    - Esos bastardos querían sacrificarte, Bea. En la entrada hay un gato y…
    - ¿Qué has hecho? – Volvió a repetir Bea, cortándole.
    - Tranquilízate. –Dijo Lucas apoyando ambas manos en sus hombros–. Todo ha pasado ya.

    Se oyó un maullido en la lejanía y a Lucas se le erizó todo el pelo. Se llevó la mano instintivamente al trozo de oreja que le faltaba.

    - Tenemos que salir de aquí. –Dijo poniéndose de pie entre Bea y el origen del ruido, en la entrada principal.

    Entonces notó un dolor que le penetraba desde la espalda hasta la barriga. Bajó la vista y vio cómo sobresalía la punta de su cuchillo y cómo la sangre empezaba a manar de la herida. Se dio la vuelta tambaleante y allí estaba Bea, de pie y con la mirada perdida. Otro maullido se escuchó, más cerca.

    - ¿Por qué…? –Logró articular Lucas mientras caía al suelo.
    - Te dije que no salieras. –Contestó Bea sin mirarle–. Casi nos condenas a todos.

    Lo último que Lucas vio antes de perder la conciencia fue a Bea caminando en dirección al gato que acababa de aparecer.

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  • La gran evasión

    relato 4
    Era una noche calurosa; como todas las del ultimo mes y medio, Silfcat merodeaba por el parque en busca de alimento para sus crías, últimamente la comida escaseaba, había pocos ratones y los que quedaban se habían vuelto mucho mas astutos.

    Sabia que existía una colonia en algún lugar, comandada por un viejo conocido suyo al que todos conocían como Guntharat, que se hacia cargo de los pocos ratones que aun quedaban y los mantenía a salvo. Dar con él seria una solución, al menos a corto plazo, para dar de comer a sus crías, las tres que le quedaban, Donmiau, Romanfu y Osisblack.

    Tenia dos más pero hacia poco, la dueña del parque, Pilifu, acabo con ellas, se las comió en un despiste de Silfcat al salir a cazar, ella jamás podrá olvidar la imagen de Aureilgris y Dorfu muertos y ensangrentados.

    Tenia que hacer algo, así que esa noche dejo a sus criaturas a cargo de Blackcat, una joven gatita, para que las cuidase y salio en busca de la madriguera de Guntharat, sabia que no seria fácil encontrarla pero era eso o la muerte para toda su familia.

    Había escuchado rumores de que la colonia ratonil se encontraba en el centro del parque, una zona ideal para escaparse en caso de problemas y a no ser que fuera asaltada por una gran cantidad de gatos, poco daño les haría, pero con las bajas que hay últimamente, ir sola era prácticamente una locura.A medida que se iba acercando, Silfcat, se agazapaba más y más entre la hierba y los setos podados que había en la zona, varios puentes la separaban de lo que creía era su objetivo, así que decidió ir por debajo de ellos, para que la tenue luz de la luna no desvelara su posición.

    Cuanto más se acercaba, más tensos notaba sus músculos aunque su corazón seguía siendo un remanso. Algo llamo su atención de forma inesperada, se paro y escondió bajo unos pequeños arbustos antes de subir por el lado del puente; alcanzo a oír unos murmullos así que con toda la lentitud del mundo, asomo sus ojos verdes para ver de que se trataba. Pudo ver como Karakrat y Melmouse, dos de los amigos ratoniles de Guntharat estaban justo enfrente de ella. Parecía como si hablasen entre ellos, parecían distraídos; sin duda este era el mejor momento para lanzarse sobre uno de ellos pero....¿sobre quien? Karakrat era muy hábil y esquivo mientras que Melmouse tenia técnicas aprendidas en el extranjero. Probaría suerte con Karakrat, era una buena pieza. Coloco sus patas traseras en posición de salto, tenso sus patas delanteras, puso sus orejas de punta para oír todo mejor, y justo, justo en ese momento, noto un mordisco en su cola que la hizo saltar hacia arriba lo menos metro y medio, pero dándole tiempo a ver que tenia a Guntharat mordiéndola la cola.

    Las otras dos ratas se asustaron al ver aquello y salieron despavoridas en direcciones distintas y sin mirar atrás.Guntharat siguió aferrado a la cola de Silfcat hasta que esta casi se poso nuevamente en el suelo, momento justo en la que la soltó y salio corriendo en una tercera dirección, pero Silfcat juro que eso no quedaría así, se lanzo como una flecha detrás de él.

    Guntharat había elegido un mal camino, casi despoblado de hierbas o arbustos que le dieran protección, su única salvación seria llegar a una pequeña zona de rocas en las que se podría esconder, pero para ello tendría que zafarse de la rápida y tenaz Silfcat. Sus dos compañeros estaban a salvo ya, o al menos eso pensaba él, así que sólo tendría que preocuparse por si mismo.Silfcat atino a darle un zarpazo rozando su costado, algo que hizo salir volando a Guntharat hacia un lado, esto fue una severa advertencia de que la cosa iba enserio. Guntharat pudo rehacerse rápidamente y con una serie de fintas, sacar unos metros de ventaja a Silfcat aunque sabia que eso no seria suficiente.

    Cuando estaba apunto de ser cazado, de que sus correrías y andanzas llegaran a su fin, Silfcat pego un tremendo salto, Guntharat sin parar de correr casi ya extenuado alcanzo a ver que , un viejo amigo suyo, Chandaltete, un viejo gato cascarrabias que por azares del destino, había cruzado caminos con Guntharat, los cuales se debían favores mutuos, salio por un lado asustando a Silfcat y volviendo a salir disparado para ocultarse, seguramente le debería la mayor por esta pero no era tiempo de pararse y agradecer.

    Casi asfixiado, Guntharat llego a las rocas y pudo esconderse, a los pocos segundos noto el aliento jadeante de Silfcat y sus penetrantes ojos verdes rebuscando por todos los agujeros y recovecos. Sabia que seria una larga noche pero bueno, tocaba esperar.

    Silfcat maldijo a los 4 vientos el nombre del Chandaltete, ese maldito gato le había vuelto a joder, y no sabia bien porque, su presa se había escondido bien, ella no podía hacer nada en esa situación y esperar no era una opción...¿quedarse de guardia toda una noche con sus crías sin apenas vigilancia?....No les podía hacer eso, sobre todo a Donmiau, que era el más inexperto de la camada.

    Realmente esto fue un aviso. Estas en problemas Silfcat....tienes que volver pronto a casa y llevar algo que comer para seguir escondida, no soportarías que Pilifu devorase a otra de tus crías.

    Merodeo un poco por la zona buscando una solución pero no encontró nada, la zona de rocas no es que fuera muy amplia pero un ratón podría sacarle provecho y en un despiste escapar sin que se diera cuenta, y ella podría tirarse ahí las horas muertas sin nada que hacer.

    Decidió desistir, Guntharat se la había jugado, se había escapado, así que resignada emprendió el camino de vuelta a su refugio, tomando otro camino distinto por si conseguía hacerse con algo de provecho.

    Pudo hacerse con algunos trozos de pan y carne que unos domingueros habían dejado por allí tirados, seguro que de algún picnic o algo similar, No era mucho pero les valdría al menos para esa noche, tendría que pensar en algo mas audaz si quería sobrevivir, aun meditaba la opción de abandonar el parque pero sus crias aun eran pequeñas y no sabia a ciencia cierta si estarían preparadas para un viaje largo por la gran ciudad.

    Mañana intentaría volver a dar caza a alguno de esos malditos ratones, tratando de tener antes algo de reserva por si acaso.

    Mañana había un festival infantil por la zona, fin de curso o algo así como dicen los humanos, en esas cosas siempre hay comida, vería a ver si podría sacar algo de eso, pero ahora era de noche y había que comer lo poco que tenia y descansar. Llego al lado de su camada, la cual estaba durmiendo, siendo vigilada por Blackcat; los despertó, comieron algo y volvieron a dormir no sin antes que los gatitos dieran unos lametones a la cara de Silfcat en señal de agradecimiento.

    Lejos de allí, Chandaltete y Guntharat estaban subidos en una roca, al fresco, ambos se miraban pero no se decían nada, una de las que le debía el gato ya se ha pagado con eso así que la próxima le toca al ratón, veremos como Guntharat se la puede pagar en todo caso se había quedado una buena noche, sus amigos ratoniles, Karakrat y Melmouse andaban cerca, pero no se acercaban, sabían que Chandaltete tenia cierto caché y que sólo respetaba a Guntharat.

    Ambos se quedaron un rato allí y luego con un gesto de despedida , se alejaron, la noche es larga, y alberga horrores.

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  • Tribulaciones y venganzas felinas.

    relato 5
    No servía de nada seguir maullando, estaba perdido y ya no iba a venir mi madre a llevarme con mis hermanos, agarrándome de la nuca. La culpa fue mía pues no debí alejarme. Pero no podía dejar de perseguir ese nuevo ser. Sucumbí al embrujo y aroma de su caótica danza. Sus vaporosas alas se nutrieron de mi curiosidad, cobrándose los últimos instantes de mi corta infancia.

    La noche había esparcido su somnolienta tela, pero no había lugar para descansar en este mundo de fríos olores. Altos y delgados animales acechaban inmóviles con sus únicos y brillantes ojos. Era imposible eludir sus miradas pues la manada estaba en todas partes, aunque no parecía muy hambrienta. Divisé a poca distancia un lugar más acogedor, con árboles, pero había que andar previamente sobre una asfixiante negrura. Había dado unos pocos pasos cuando un ruido tenebroso se acercó a enorme velocidad. Sus deslumbrantes ojos se habían clavado en mí mientras un áspero sonido surgió de sus entrañas. Había caído en una trampa y me iba a devorar. El miedo me agarrotó el cuerpo pero de repente el terrible depredador se apartó de mí. ¿Había errado el blanco? Como fuera, no iba a desperdiciar otra oportunidad de seguir viviendo y corrí hasta abandonar el mortífero lugar.

    Al fin, pisé la frescura de la hierba mientras mis latidos se iban calmando. Pequeños arbustos salpicados de flores, eran un buen reclamo para poder pasar la noche. Me iba quedando dormido cuando un bufido me puso de nuevo alerta. Era el mismo que daba mi madre cuando defendía el territorio de intrusos. Se acercó hacia mí y desde luego su tamaño era muy superior al mío. Me alejé tan rápido como me posibilitaban mis cortas patas, pero un zarpazo me alcanzó en el lomo haciéndome perder el equilibrio, mientras un lacerante calambre recorría mi cuerpo. Rodé sobre mí mismo, acabando dentro de un arbusto, momentáneamente fuera del alcance de mi enemigo. Se dispuso a rodearlo y pude escapar del lado por donde había penetrado, cruzando sin importar otros peligros hacia donde se ubicaban las luces. Por suerte no me había perseguido. Me escondí en el hueco entre una pared y una estructura de la que emanaba un putrefacto hedor. Me lamí la superficial herida mientras recordaba los juguetones mordiscos de mis hermanos. Los añoraba. Me dormí.

    El alba trajo una nueva e intrigante sorpresa. Un ser se sostenía sobre dos de su patas mientras me acercaba un cuenco de leche. Su voz era agradable y melódica, pero su hilera de dientes me resultaban inquietantes. Sucumbí al hambre y salí despacito del escondite. Empecé a beberme la leche y sentí cómo recobraba las fuerzas. En ese instante, caí en el engaño del animal. Me agarró con sus dos largas patas delanteras y me alzó. Maullé con fuerza asustado por la altura, pero sentí cierto calor que me fue reconfortando, aunque me pregunté qué extraña enfermedad le había desprovisto de pelaje.

    Entré en un lugar cerrado. Olores avainillados llenaban la enstancia. Me dejó de nuevo en el suelo mientras me trajo otro cuenco con pequeños trocitos de crujiente comida. Volvió a agarrarme brusca y torpemente. Me llevó cerca de un enorme recipiente blanco lleno de agua. Desde luego era mucha como para beberla y de repente me sumergió en ella. Volví a maullar mientras intentaba escabullirme pero solo conseguía que me entrase el translúcido líquido en los ojos y la nariz, pues me agarraba fuertemente a la vez que me untaba una sustancia apestosa. El calvario duró una eternidad y desde luego jamás lo olvidaré. Un día creceré y me vengaré destrozando el lugar donde te sientas, estúpido bicho de dentadura roma. Pero antes me afilaré las uñas en esa tela que se mece lentamente. Mientras, voy a dormir de nuevo y más te vale que haya comida cuando me despierte.

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  • EL VIAJE DE FAVARO

    relato 6
    — ¿Cómo dices, que Favaro ha regresado?—dijo con incredulidad Kaiser. Su ojo sano se abrió completamente en expresión de sorpresa ante la noticia que acababa de escuchar—¡Convocad inmediatamente una reunión de toda la familia!

    El gato era el líder de la familia asentada en aquella zona de la ciudad. Justo pero duro, las numerosas cicatrices de su cuerpo dejaban claro que había ganado su título a pulso. Todos respetaban y temían a Kaiser el Mataperros. Aunque, en realidad, lo único que hizo fue darle una paliza a un chihuahua que cayó desplomado por el estrés… bueno, qué más daba. Era el gato más duro de la zona, y todo el mundo lo sabía.

    Para cuando el enorme felino grisáceo y su escolta llegaron al lugar de encuentro, la mayoría de la familia se había reunido ya. Se trataba de un desguace abandonado en el extremo norte de la ciudad. La noche de octubre era fresca y agradable, y se podía ver perfectamente a la luz de la luna llena. Allí se encontraban prácticamente todos: desde Bill Maullidos hasta Greta la Ratera. Incluso le pareció ver al fondo la silueta redonda de Fred el Pastas. «Supongo que hasta esa bola de pelo no quiere perdérselo. Cuando acabe, le recordaré que aún me debe una lata de anchoas. A golpes.», pensó para sí mismo Kaiser mientras comprobaba el estado de sus uñas.

    Justo cuando tomó asiento en su trono, situado en el salpicadero de un Volkswagen escarabajo, vio abrirse paso por entre la multitud a alguien que conocía muy bien: un gato joven, pelirrojo a rayas. De gran tamaño y porte, pero que destilaba agilidad con cada uno de sus pasos. Hacía gala de sus dotes sociales mientras saludaba a los allí presentes:

    — ¡Ey, Tony Zarpas! ¿Cómo van esas garras, has cazado últimamente algo? ¡Señora Maullidos!, ¿qué tal esos ataques de gota? ¡Vaya, vaya! Parece que la pequeña Linda ya no es tan pequeña. ¿Qué te parece si luego tú y yo vamos a un tejado apart…?—sus últimas palabras no llegaron a pronunciarse, pues el joven gato se encontró con la mirada firme de Kaiser. Su actitud juguetona desapareció, al igual que la algarabía de maullidos y bufidos que se escuchaba de fondo. Todo el mundo en la familia sabía cuál era su lugar y cuándo debían guardar silencio. Todos menos Binky Chicharra, que recibió un garrazo anónimo para callarle.

    —Jefe, es bueno estar de vuelta en casa—dijo Favaro mientras inclinaba levemente la cabeza en señal de respeto.

    —Uhm—asintió con energía Kaiser—bienvenido a casa, hijo. Cuéntanos cómo ha ido tu viaje: ¿pudiste encontrar el lugar que te pedí?

    —Pues sí, aunque fue bastante más complicado de lo que parecía. No me extraña que el abuelo se refiriese a él como la Tierra Prometida de los gatos—dijo Favaro despreocupadamente mientras se lamía una pata.

    — ¿Entonces, qué nos puedes contar? Has estado casi 1 mes fuera de nuestros dominios. Llegamos a pensar que habías fallado. O incluso peor: que te habían atrapado los humanos de las jaulas—. Repuso Kaiser en tono firme pero con cierto deje de preocupación.

    — ¡Pfft! Padre, ¿por quién me tomas?—dijo Favaro, haciéndose el ofendido—sabes que yo nunca fallo. Menos con las avispas. ¡Odio a las malditas avispas, ya lo sabes!

    — Sí, sí. Lo que tú digas—. Repuso Kaiser mientras ponía su ojo sano en blanco. Favaro tenía un miedo atroz a las avispas desde que una vez le picaron en el hocico por meterlo donde no debía. —Pero cuéntanos a todos lo que has encontrado en tu viaje. Queremos saber qué hay de verdad en las palabras del anterior jefe.

    — ¡Ah, claro, sí!... Disculpa, ¿puedo?— Pidió permiso al jefe para comenzar su relato, recibiendo un gesto positivo con la cabeza. Comenzó entonces a hablar en voz alta para todo el mundo: —Las cosas no nos van demasiado bien en nuestro territorio. Somos cada vez más y cada vez hay menos ratas, ratones y contenedores para todos. Se acerca el invierno y no sólo tenemos que vérnoslas con el frío y la falta de comida, sino con esos puñeteros perros callejeros.

    Es cuestión de tiempo que esto acabe mal, y como nosotros somos más listos que esos chuchos, el jefe decidió que lo más conveniente era mudarnos a otro lugar mejor, lejos de aquí. Imagino que mientras estuve fuera, el jefe os lo comentó—muchos de ellos asintieron—. El problema era sólo uno, pero grande: ¿A dónde podríamos ir?

    La respuesta la tenía mi abuelo y el anterior jefe, Jeff el Bigotes. No pongáis esa cara… todos sabíamos que estaba un poco tarumba y que decía cosas raras… como cuando se empeñó en decir que las cajas se hacen con árboles, pero esta vez no ha sido así; el jefe recordó una historia que le contaba a menudo sobre un lugar que vio en su juventud. Comentaba que era un lugar enorme que estaba al otro lado del río, a varios días de aquí, dentro de la ciudad. Que era un sitio donde todos los días iban muchos humanos vestidos de forma rara.

    ¿Qué tenía de especial ese lugar según Jeff?—Favaro hizo una pequeña pausa dramática para captar la atención de todos. Era un gran orador, y Kaiser había decidido organizar la reunión en público por eso—. Para él, ese lugar era nuestra Tierra Prometida: un sitio hecho a nuestra medida, donde tendríamos todo lo que necesitásemos. Pero el jefe, lógicamente, no estaba dispuesto a arriesgarse por las palabras de su padre, y necesitaba alguien que comprobase de primera mano si era cierto.

    — ¿Y qué descubriste, Favaro? ¡Dinos! —dijo un gatete que no reconocía—. Mi madre dice que si de alguien nos podemos fiar, quitando al jefe, es de ti.

    — ¡Eso mismo! ¿Qué has encontrado, Favaro?—Se sumó a decir Tony Zarpas. La multitud comenzó a preguntar lo mismo. Una mezcla de curiosidad y esperanza tiñó el ambiente. Favaro sonrió para sí mismo, y comenzó a hablar de nuevo:

    —Os contaré lo que vi. Tras un viaje de varios días atravesando la ciudad, esquivando perros callejeros, coches y humanos de color amarillo, llegué al lugar siguiendo las indicaciones de mi padre. Y allí estaba: un lugar enorme, rodeado de tiendas de comida por todos lados, ¡Tres y cuatro contenedores grandes en cada calle, todos juntos! Todo está limpio y no vi un solo perro, salvo los que llevan cogidos los humanos con correas. Pero lo mejor no es la zona… es el edificio. Pude colarme por una pequeña ventana, y lo vi claro: Jeff el Bigotes decía la verdad: dentro de ese lugar se está calentito, y los humanos que entran todos los días allí van a dormir, obviamente. Todos los días hacen lo mismo: gritan cosas durante un rato, y luego muchos se quedan dormidos en un lugar tan cómodo. Luego salen un rato a comer, y vuelven allí para seguir haciendo el vago. ¡En verdad es el Paraíso!

    Las palabras de Favaro consiguieron el efecto deseado: una alegría indescriptible se apoderó de todos los allí presentes. Por fin iban a poder abandonar esa zona en decadencia, llena de perros y sin futuro para los gatitos. Pero en medio de la algarabía, una fina voz se impuso para preguntar: — ¿Y qué hay de los humanos que allí vaguean y duermen? ¿Compartirán el lugar con nosotros?—era Linda. La joven siamesa no parecía estar convencida del todo. El silencio regresó al desguace abandonado. Pero Favaro respondió rápidamente.

    —Vaya, vaya… además de guapa, inteligente—replicó Favaro juguetón, guiñándole un ojo—. Yo también pensé en eso el mismo día que logré entrar en el edificio. Pero no te preocupes; nuestros enemigos dicen que somos unos animales vagos, egoístas y que nos da todo igual. Bueno, un poco de razón tienen ja, ja, ja— la carcajada del gato se hizo eco en varios más que escuchaban.

    — Pues bien, he podido comprobar que esos humanos son mucho peor que nosotros. Créeme, pequeña: lo único que hacen es sentarse ahí todo el día sin hacer nada. Ni se enterarán que estamos allí. Así que… ¿Qué opinas, jefe?

    Todas las miradas de ojos irisados e impacientes se dirigieron hacia Kaiser.

    —Opino que es el momento de dejar atrás la mala vida, y de ir a reclamar nuestro Paraíso. ¿Quién está conmigo?—Un alboroto lleno de maullidos, bufidos y chillidos se pudo escuchar por toda respuesta—. ¡Perfecto! ¡En marcha, familia!

    Días más tarde, todos los noticiarios abrían con la misma noticia: una horda de felinos asaltó el Congreso de los Diputados. Fuentes del gobierno atribuyeron el fenómeno a las políticas de la oposición al frente del Ayuntamiento. Los demás partidos vieron la invasión felina como un ejemplo a seguir en sus políticas de oposición e instaron al pueblo a seguir el ejemplo de los animales. Tras varios intentos fallidos de capturar y desalojar a los animales por parte de los servicios de control, la cámara tomó la decisión de permitir a la comuna de gatos la estancia en el Congreso, habilitando para ello un área específica. La moción fue aprobada por mayoría suficiente con los únicos votos en contra de los alérgicos.

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