[Concurso Infinito de Relatos] Primera ronda de la segunda edición. Relatos.

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    • [Concurso Infinito de Relatos] Primera ronda de la segunda edición. Relatos.

      Hola,



      ¡Ya está aquí la segunda ronda de relatos!! En este hilo colgarélos relatos para que los leais, uno por post. Y en este otro:[Concurso Infinito de Relatos] Primera ronda de la segunda edición. Votaciones y comentarios., podréis poner las votaciones y los comentarios

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    • Historia de miedo

      Relato 1
      Joan se quedó mirando como su hijo observaba el portal de su nueva casa, estaba preocupado por si su hijo Iban de 9 años no se adaptaba al cambio de vivienda y de entorno: su hijo estaba acostumbrado a la ciudad y a lo que ello conllevaba, pero debido a la separación con su mujer y a su nuevo trabajo se había visto obligado a mudarse a una zona rural. Sabía que el niño no asimilaba bien todo el asunto así que para el era importante verlo feliz.
      -Qué te parece iban, ¿has visto que grande? - Le dijo con afecto.
      Iban se quedó mirando la casa: era una de esas típicas casas de campo de estilo rústico, de color blanco y con porche. Iban puso cara de pocos amigos, pero entonces vio unos columpio en el patio y se le escapó una sonrisa.
      -Esta chula, ¿Puedo ir a jugar? - Le contestó a su padre.
      -Claro hijo, ve, yo entro las cosas y voy contigo, luego te enseño lo que hay dentro ¿vale?.
      Joan cogió dos mochilas enormes, parecía mucho pero enrealidad era una porción muy pequeña de las cosas que dejaban atras, empujó la puerta y entró al recibidor. Un olor a viejo inundó sus fosas nasales, ya había venido el fin de semana anterior para ventilar y dejarla lista para que viniese su hijo, pero parecía que ese olor característico no se iba. Siguó andando hasta llegar al salón, era enorme y tenía ventanales muy grandes que hacían que estuviese todo muy bien iluminado, desde allí podía ver como su hijo de divertía con el columpio a lo lejos.
      Joan se alegró de que la primera impresión de Iban hubiese sido buena, aunque fuesen por los columpios. Iban lo saludaba desde lejos, le pareció extraño que le hubiese visto a través de la ventana. Cuando le iba a devolver el saludo alguien picó a la puerta, debía de ser su madre aunque habían quedado en que vendría mañana, era muy despistada la mujer así que fue a abrir.
      -Alaaaaaa que casa más chula! - Le dijo su hijo con una sonrisa.
      A Joan se le helo la sangre, era imposible que su hijo hubiese picado al timbre si le estaba saludando desde fuera de casa.
      -¿Está la abuela? ¿Has picado tú al timbre?- Dijo acelerado.
      -Zi he sido yo, la abuela no esta papá que dices.
      Joan cogió la mano de su hijo y entró al salón, desde la ventana vio como el columpio se movía pero no había nadie. Se le erizó el bello del cuerpo y miró a su hijo.
      -Papá me haces daño - Dijo Iban a punto del llanto.
      -Perdona no es nada, papá que está muy nervioso - Dijo Joan decidido a ignorar el tema, y pensando que era alguna mala pasada de los nervios aunque le había dejado una sensación muy desagradable.
      Luego de enseñarle la casa a su hijo fueron a la nueva habitación del niño: tenía las paredes empapeladas de azul claro con dibujos de astronautas y cohetes rojos, además las colchas eran blancas con estampados de lunas y estrellas. A Iban le encantó la decoración, le gustaban los astronautas desde que veía en la televisión unos dibujos de ellos.
      -Venga iban vamos a colocarte la ropa en el armario.
      -Pero tengo pipi
      -Bueno vamos al baño - Le dijo su padre con dulzura
      -No! Voy yo solo ya soy mayor - Dijo el niño mientras se iba corriendo cerrando la puerta al salir-
      Joan dejó que su hijo se hiciese el mayor y empezó a sacar la ropa de la bolsa y a ponerla encima de la cama: la separó por camisetas, ropa interior y pantalones; abrió el armario y empezó a colocarlo todo bien ordenado. Mientras se concentraba en esa tareaba oyó como se abría la puerta del la habitación.
      -Papá papá esa camiseta roja no me gusta, no la pongas en el armario, es fea.- Dijo el niño desde la puerta.
      -Que dices Iban, si es tu favorita!
      -Pues ya no me gusta, no la quiero, mi nuevo amigo dice que es del coloro de la sangre- le replicó el niño.
      -¿Qué amigo? - Dijo Joan mientras se le aceleraba el pulso.
      -El que conocí en los columpios, me lo acaba de decir cuando estábamos en el baño- Le respondió el niño en pleno berrinche.
      El miedo invadió a Joan como si le hubiesen tirado un cubo de agua fría. Corrió hacía el baño y abrió la puerta de golpe, no había nadie. Entonces se dio cuenta de que había dejado a su hijo solo y fue corriendo a su habitación. Entró sudoroso y con los ojos muy abiertos, su hijo le esperaba encima de la cama con unos coches de juguete que había sacado de la bolsa ajeno a sus preocupaciones.
      -¿Juegas? - Le dijo con una sonrisa.
      Joan se calmó y respiro hondo, estaba poniéndose muy paranóico, seguramente fuese algún amigo imaginario de su hijo.
      -Claro hijo, juguemos - Dijo mucho más tranquilo
      Se pasaron la tarde jugando y luego de cenar se fueron a la habitación del niño, le acostó y se fue a la suya a dormir.
      En medio de la noche Joan se despertó con una mala sensación en el cuerpo, creía haber escuchado en sueños como su hijo le llamaba, se levantó de un salto y le dio un vuelco al corazón cuando entró en la habitación del crio y no estaba en su cama, pero rápidamente abrió la puerta del armario y le encontró allí. Su hijo tenía la costumbre de esconderse cuando tenía miedo.
      -Papa papa, tengo miedo, ¿duermes conmigo?
      -Claro hijo- le dijo mientras entraba en el armario y cerraba la puerta. Su hijo no saldría hasta que hubiesen pasado un rato dentro.
      El niño sacó una linterna y una luz amarillenta iluminó el interior, el armario estaba con ropa colgada y la luz creaba sombras extrañas, Joan cojió un poco de miedo al ver como esa luz palida le daba a las facciones de su hijo unas facciones extrañas, pero lo que le aterro más fue escuchar una voz a pleno llanto desde detras de la puerta del armario.
      -¿Papaaaaaa dodne estas? Tengo miedo.
    • El color de la noche

      Relato 2

      Un grito penetrante desgarró el silencio de la noche en la zona de alcobas del palacio real. Los primeros curiosos y responsables llegaron cuando los guardias se encontraban acordonando la zona y aguardaban órdenes.

      —¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó un hombre con voz nerviosa y un pequeño farol en la mano.

      —Una muerte violenta, maese Francis —respondió el guardia al cargo, cuadrándose delante del chambelán del rey, quien había llegado corriendo.

      —¡Demonios! ¡Enciendan todas las luces posibles, cierren todos los accesos al castillo y avisen al alguacil real! He de volver a los aposentos de Su Majestad para informarle. ¡Doblen la guardia en sus estancias, inmediatamente!

      Maese Francis desapareció, de nuevo a la carrera, sin ni siquiera esperar a las palabras del guardia.

      Las agujas del reloj no habían completado aún una vuelta cuando tres figuras uniformadas traspasaban el control y entraban en la habitación donde había tenido lugar el crimen, seguidos por el jefe de la guardia nocturna.

      —¿Se ha tocado algo dentro de la habitación? —preguntó el primer hombre, en tono severo. Era alto, de facciones toscas, pelo rubio oscuro y sus ojos verdes brillaban con un fulgor salvaje.

      —N-no, señor. Todo se ha dejado igual que estaba tras comprobar que la víctima estaba muerta.

      El hombre de voz dura comenzó entonces a observar a su alrededor. Dentro de la pequeña estancia, desordenada y llena de cosas rotas, lo primero en que reparó el alguacil Vincent Craine fue en el cuerpo de una joven de larga melena pelirroja, facciones delicadas y tez nívea. Se encontraba tumbada sobre su cama, con los ojos cerrados y las manos reposando sobre su pecho, entrelazadas. Parecía dormida sobre un lecho de sábanas empapadas en sangre. No pudo evitar pensar en las rosas que cultivaba el rey en sus jardines. «Qué desperdicio de belleza y juventud».

      Destapó el cuerpo que había sido cuidadosamente arropado para observar lo que buscaba: la joven había sido apuñalada en el corazón a través de su fino camisón. No presentaba indicios de haber sido forzada, o signos de lucha… lo más probable es que hubiese sido atacada mientras dormía. Ese hecho no guardaba relación con el estado de la alcoba, en la que todo estaba revuelto.

      —Robert, ¿quién es la víctima?

      —Maddie Knelley, sir. Era la aprendiza de Aelbar, el mago de la Corte. Muy conocida entre la gente de palacio.

      —¿Más datos de interés? —replicó, mirando a su segunda ayudante, la joven Olaya Wreck. La muchacha comenzó a ojear los papeles que portaba.

      —Tenía diecinueve años recién cumplidos, sir. —Olaya se encogió notablemente: tenía su misma edad—. De una familia menor, había entrado en la Corte por recomendación del propio Aelbar. No existen denuncias previas relacionadas con su persona. Al parecer, se trataba de una aprendiza aplicada y con un talento excepcional, incluso entre los magos profesionales.

      —Pues por ahí podemos comenzar a atar cabos.

      —¿A qué se refiere, señor? —preguntó el jefe de guardia, haciendo notar su presencia.

      —Me refiero al hecho de que en esta habitación se ha usado magia muy recientemente. Tengo entendido que a los magos que trabajan en palacio no se les permite su uso en las alcobas, por lo que sólo puede ser obra del asesino.

      —¿Cómo lo sabe, sir?

      —¿Que aquí han usado magia? Por el olor a azufre en el ambiente y en las sábanas de Miss Knelley. No tengo suficiente conocimiento en artes arcanas como para saber qué tipo de hechizo ha sido, pero es más que suficiente para reducir el número de sospechosos.

      Sir Craine era el mejor agente del Orden con el que contaba el rey Máximus III, y uno de sus hombres de mayor confianza. De origen humilde, había escalado hasta su posición actual por méritos propios. Era conocido por ser la cara pública de la justicia.

      Mientras explicaba su razonamiento, Vincent reparó en algo que le llamó la atención entre todo aquel desorden. Se agachó y recogió una figurilla de porcelana, del tamaño de la palma de su mano. Representaba a un bufón real danzando, nada especial, pero el alguacil advirtió que los colores pintados eran incorrectos y se encontraban intercambiados. La base se había roto, y dentro había una pequeña llave.

      —Robert, acuda al Archivo y tráigame una lista de todos los practicantes de magia de este palacio. Después comprobará con Smith y sus guardias que todas las entradas estén selladas correctamente, por si acaso; Olaya, usted buscará dentro de aquí qué abre esta llave, y se reunirá conmigo en las estancias reales; después, me acompañará en el interrogatorio.

      —Entendido, sir. —dijeron ambos al unísono.

      —Usted, Smith, llame al médico y ayúdele a llevar el cadáver a la morgue para su autopsia. Después busque a Robert y comiencen a localizar a los sospechosos que tengamos. Lamentablemente, no podemos devolverle la vida a esta mujer, pero antes de mediodía tendremos a su asesino entre rejas. Es la única forma de darle paz a su alma.

      Robert y Olaya eran amigos e hijos de nobles cortesanos que, tras haber conocido a Vincent hace años, decidieron convertirse en sus aprendices. El alto y desgarbado hijo de los Larke y la bella y compuesta primogénita de los Wreck eran el orgullo de sus familias, aunque trabajaban duro para estar a la altura de Huracán, como era conocido su jefe a lo largo del reino.

      Aún no había salido el sol cuando los preparativos estuvieron listos. Vincent se encontraba en la sala de interrogatorios con Olaya tomando un refrigerio nocturno mientras leía con avidez los documentos que le habían presentado sus aprendices; uno no tardó en encontrar lo que su jefe le había pedido, y la segunda dio con unos documentos manuscritos propiedad de la víctima: se encontraban en un cajón oculto, dentro de su enorme escritorio personal.

      La gruesa puerta de madera sonó con intensidad. A continuación, se entreabrió y Robert asomó la cabeza por la rendija.

      —Sir, traigo al primer sospechoso.

      —Perfecto, muchacho… que pase.

      La puerta se abrió totalmente, y entró un hombre de mediana edad con paso ligero. Era rechoncho y su pelo, que clareaba en algunos lugares ya, se encontraba revuelto totalmente. Parecía haber despertado hace pocos minutos, pues tenía el aire de quien aún no sabe si está soñando o despierto.

      —Buenas noches, Maese Aelbar.

      —B-buenas noches, sir Huracán… ¿qué se le ofrece a estas horas de la noche? —El mago ahogó un bostezo; se encontraba totalmente relajado.

      —Tenemos algo importante que discutir; lamento haberle enviado a buscar a estas horas de la noche, pero necesito su colaboración. ¿Le apetece tomar algo? La jefa de servicio nos ha proporcionado una gran selección nocturna.

      —Mmm… preferiría no tomar té o café a estas horas, quizá sea mejor leche con cacao y unas pastas; no he cenado esta noche, y me muero de hambre.
      Vincent hizo un gesto con la cabeza a Olaya, quien preparó lo que había pedido Aelbar, de espaldas a él. En el momento de servir la taza de bebida caliente, tomó un pequeño frasco con un líquido acuoso de su bolsillo y lo vació dentro, agitando la mezcla.

      —Bien, comencemos —anunció Vincent cuando Aelbar había tomado la mitad de su bebida.

      —Sir, si es algo relacionado con pociones de amor, le aseguro que no tengo nada q…

      —Maddie Knelley ha sido asesinada hace aproximadamente cuatro horas.

      La taza que Aelbar sostenía cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. El mago bajó la cabeza durante un instante, para después mirar directamente a Vincent a los ojos. Su cara se había deformado en una mueca de dolor y de sus ojos habían comenzado a correr gruesos lagrimones.

      —¿Cómo ha sido, Vincent?... Por favor.

      —Apuñalada en el corazón. Una sola vez. Sin signos de violencia o pelea.

      —¿Sufrió… mi pequeña Maddie sufrió?

      —Apenas, Aelbar. Fue rápido. Dime, ¿dónde has estado esta noche, desde las nueve hasta ahora?

      —Durmiendo. —El llanto del hombre le impedía hablar con claridad—. He estado muy ocupado trabajando en un proyecto… a petición expresa de Su Majestad. Estaba tan cansado que ni siquiera tenía ganas de cenar o bajar a mis aposentos; he decidido quedarme a dormir en el laboratorio.

      —Maese, ese proyecto, ¿tiene algo que ver con la sanación de enfermedades de nacimiento?

      —¿Qué? No, para nada. El rey está interesado en encontrar una forma de mejorar los transportes de mercancías perecederas y me ha encargado la construcción de lo que él ha bautizado como «cámaras de frío».

      —Entiendo. Tan sólo le preguntaré un par de cosas más. ¿Quién le ayudaba en su proyecto?

      —Maddie, por supuesto. Todos mis demás aprendices se encuentran fuera de palacio actualmente.

      Vincent asintió satisfecho, mientras miraba el informe esbozado por Robert. Todo concordaba.

      —¿Nadie más le ayuda o asiste, maese?

      —Sólo una persona: mi asistente, Andrew Merray. Es un buen chico, podría haber sido un excelente mago.

      —¿Por qué dice «podría»?

      —Creía que lo sabía, por la pregunta que me ha hecho antes: Andrew padece daltonismo. Un mago no puede trabajar correctamente si no es capaz de distinguir multitud de compuestos, pociones y circuitos mágicos.

      —Comprendo —dijo Vincent poniéndose de pie rápidamente. Aelbar hizo lo mismo—. No hay más preguntas, maese. Lamento de veras su pérdida. Me consta que Maddie era como una hija para usted.

      —Muchas gracias, sir. En verdad lo era —El mago comenzó a llorar de nuevo tras estrechar la mano que Vincent le tendía—. Soy amigo de su padre, y la elegí personalmente para convertirse en mi sucesora. Hace unos días le entregué la insignia de acreditación.

      Vincent y Olaya intercambiaron una mirada de complicidad. La joven acompañó a Aelbar hasta sus aposentos. Poco después, el alguacil hizo pasar al segundo sospechoso: Merray. De estatura media, constitución delgada y rostro demacrado, era poco mayor que Olaya y Robert.

      —Buenas noches, joven… por decir algo.

      —Buenas, sir.

      —¿Sabe por qué se le ha citado aquí?

      —No exactamente, sir. ¿He hecho algo malo?

      —Eso es precisamente lo que averiguaremos. Tome asiento. Bien, ¿sabe qué es lo que tengo en la mano? —Vincent le mostró un frasquito idéntico al que había utilizado Olaya antes.

      —Suero de la verdad. Pero… es una poción verdaderamente cara, sólo se usa en casos de…

      —Asesinato. No por nada es el asistente del mago de la Corte. Su maestro debe estar orgulloso —El joven se revolvió en su asiento, gesto que no le pasó desapercibido a Vincent—. De un trago, muchacho. Y procure no volver a tomarme por tonto. Hablemos de Maddie Knelley.

      El joven comenzó a sudar a mares y pasear su mirada por la austera habitación. No había ventanas. El único mobiliario constaba de dos sillas, la mesa y el carrito de dulces y bebidas que habían dejado allí. Tomó la poción de golpe, y puso el frasquito en la mesa.

      —Bueno, comencemos con unas cuantas preguntas.

      El muchacho asintió; extrañamente, parecía más relajado que hacía un minuto.

      —¿Dónde ha estado esta noche entre las nueve y la hora en que mi aprendiz le ha encontrado?

      —Descansando en mi habitación, sir. No me encontraba demasiado bien y he preferido saltarme la cena, al igual que maese Aelbar.

      —Ya veo. ¿Conocía a la víctima, era cercano a ella?

      —No realmente. Sólo éramos compañeros de trabajo.

      —Entonces, ¿no tenían ninguna clase de relación, no estaba interesado en la víctima?

      —Maddie era una mujer muy bella y con un carácter encantador. Cualquier hombre se sentiría atraído, pero no era realmente mi tipo.

      —¿Qué me dice sobre el hecho de que maese Aelbar la seleccionase como sucesora del cargo?

      —Es la primera noticia que tengo, sir.

      Andrew se recostó en la silla, en clara actitud de suficiencia. Vincent sentía que algo se le estaba escapando… el suero de la verdad era una poción infalible, hecha por el mismísimo Aelbar. Pero delante tenía a su asistente: alguien tan inteligente como para haber sido su sucesor.

      Tras unos instantes en los que su mente divagó, dio con la respuesta. El propio mago se la dio meses atrás, durante una cena con el rey.

      —¿Sabe una cosa, Andrew? Estoy seguro que lo encontrará apasionante, se trata de una pieza de conocimiento de su maestro: el suero de la verdad no es una poción perfecta, como usted bien sabrá. Puede contrarrestarse o anularse con antelación. Pero tiene cualidades extraordinarias, y una de ellas son sus efectos secundarios.

      —¿Efectos secundarios? No entiendo a qué se refiere, sir. El suero no tiene efectos secundarios: es una poción volátil, incolora, inodora… se elimina rápidamente del cuerpo y no deja mella o efecto beneficioso alguno.

      —Precisamente es por eso que mucha gente ignora que tiene efectos secundarios mientras se mantiene activa, joven. El suero de la verdad no sólo impide que quien lo tome pueda mentir, sino que provoca que dichas personas perciban el mundo tal y como es: perciben la verdad en él.

      —¿Qué quiere decir con eso?

      —Quiero decir que podría apagar todas las luces de esta habitación, y usted vería a oscuras. Podría esconderle la carta de una baraja de póker y acertaría sin esfuerzo. Y por esa misma regla de tres, ahora mismo y hasta que el efecto desaparezca, su daltonismo debería curarse.

      La expresión de Andrew palideció. Abrió la boca, pero las palabras no salían. Tan sólo podía mirar aterrorizado los ojos verdes del alguacil. Unos ojos que brillaban con furia e inteligencia, la mirada de quien apuesta sabiendo que ganará de antemano. Un huracán.

      —Estas pastas están deliciosas —dijo mientras cogía una de la enorme bandeja que había en la mesa—. Debería comer alguna. Le recomiendo la de mermelada de fresa—dijo Vincent con voz venenosa y que no admitía réplica.

      Tres días más tarde, Andrew recibió una visita en su celda de las mazmorras. Se trataba de Olaya. Sin mediar palabra con él, abrió la puerta de la celda, y comenzó a encender todas las antorchas antes de dejarle su comida y despedir al guardia.

      En cuanto se quedaron a solas, Olaya le escupió en el rostro para, acto seguido, pateárselo con todas sus fuerzas. Andrew golpeó el duro y frío suelo de la mazmorra, sangrando aturdido. La joven salió de la celda y finalmente habló, con una voz cargada de desprecio, mientras le arrojaba un fajo de papeles a la cara.

      —Cortesía de milord. Se trata de una copia del manuscrito de Maddie Knelley que encontramos. Estaba trabajando en un proyecto personal para curar condiciones como la tuya. Según maese Aelbar, está casi finalizado.

      Andrew se levantó a duras penas, y se dirigió hacia Olaya, golpeando su cabeza con los barrotes de la celda.

      —Yo la quería… ¡yo la quería, sabes? Brillaba como mil soles, nadie se le podía comparar, ¡tú no lo entenderías! ¡No sabes lo que es vivir a la sombra de la persona que amas!

      —La única sombra en la que has vivido y vivirás es la que tú mismo has creado, miserable —espetó Olaya, dando media vuelta y saliendo de las mazmorras sin mirar atrás.


      Esa noche se oyeron gritos de nuevo, pero nadie acudió a ellos.
    • Mi primer desafío

      Relato 3

      El sonido de los truenos me despertó. Apenas comenzaban a salir los primeros rayos de sol. Faltaba poco más de una hora para mi examen de vuelo, algo que, personalmente, me aterraba. Llevaba semanas dándole vueltas a la cabeza, convencido de que no lograría superar el examen. Mis vecinos tampoco es que ayudaran… Dejé de pensar en ello y empecé a prepararme para salir hacia el examen. Hoy era un día muy importante. Mis padres confiaban en mí, estaban plenamente convencidos de que lo lograría. La verdad es que iba bastante bien preparado. Conocía todos los movimientos y pautas a seguir para un correcto despegue, pero claro, únicamente sabía lo que un par de libros recomendados por mi profesor Flaregan decían. No tenía ni idea de lo que supondría un vuelo de verdad y, verme ahí, sólo, sin que nadie pudiera ayudarme, me producía pánico, por no hablar de las tormentas que estaban dando lugar estos días. Salí de casa en dirección al examen. Al menos había parado de llover, aunque no creo que eso durase mucho tiempo. Ni siquiera cogí nada de comer antes de salir. Los nervios me tenían el estómago del revés y, vomitar en pleno examen de vuelo, no era mi mayor deseo. Era poco más de 20 min de camino, por lo que debía de darme tiempo a llegar y realizar el examen antes de que la lluvia comenzara de nuevo.
      • -Sermi: ¡Ey Galver!
      • -Trimex: ¡Para! ¡Tenemos algo para ti!
      • -Trimex: Que pasa Galver. ¿Nos estas esquivando?
      • -Sermi: Solo queríamos desearte suerte.
      • -Galver: ¿De veras?
      • -Trimex: Claro hombre, no queremos que te mueras en tu examen de vuelo, no podríamos seguir riéndonos de ti.
      • -Sermi: Jaja, tampoco te pases Trimex, sabes de sobra que Galver es bueno… ¡en pifiarla! Jajaja.
      • -Flaregan: Perdona Galver, me pilló la tormenta nada más salir y tuve que llevar a mis hijos a clase, discúlpame.
      • -Galver: No se preocupe profesor, aun no es la hora del examen, llega usted a tiempo.
      • -Flaregan: Si bueno, no me gusta llegar tan justo. En fin, mientras subimos voy a darte unos consejos indispensables que vienen apuntados en esta hoja.
      • -Flaregan: Vamos Galver, trae la hoja, tienes que ponerte en la salida. Recuerda estos 5 consejos. ¡Ánimo chavalote!
      • -Galver: Pero…
      • -Flaregan: Sabía que lo conseguirías, eres más capaz de lo que te crees. Ahora corre, ve a celebrarlo con tu familia. Ellos aún no sabes si has aprobado, acaban de llegar hace 5 minutos. Enhorabuena, has superado la prueba.
      Quise que en ese momento me tragase la tierra. Los pesados de Sermi y Trimex parecía que estaban esperando aposta a que saliese de casa para darme “ánimos” … Intenté hacerme el loco y aceleré el paso, pero ya era demasiado tarde.
      Siguieron un buen rato con sus chascarrillos amedrentadores con el objetivo de amargarme y destrozarme la mañana y mi examen. Hice oídos sordos y seguí adelante en la medida que podía avanzar, ya que no contentos con sus “halagos”, me entorpecían el camino. Gracias a mis “amigos”, el camino al examen se demoró más de lo previsto, aunque, bendita mi suerte, no importó demasiado ya que volvió a comenzar la tormenta. Parece que los astros estaban convencidos de arruinarme mi examen y con ello defraudar a la gente que tanto me había estado apoyando.
      Por fin, después de más de 40 min de camino gracias a la dupla “Trisermix”, logré llegar al lugar del examen. Estaba bastante húmeda la zona, el viento era fuerte y los truenos rezumbaban como si fueran a destruir el mundo. El examen se realizaba en lo alto de las colinas de Franmbicx, a más de 200 metros de altura y con una gran llanura al frente, donde inequívocamente, debía de volar hoy. Aún faltaban 150 metros hasta llegar a lo alto de las colinas, pero el profesor Flaregan me pidió inexorablemente que hiciera el favor de esperarle abajo, pues tenía que darme unas últimas pautas antes de disponerme a realizar el examen.
      Los nervios estaban cada vez más a flor de piel y, por desgracia, tenía como invitados de honor a los fantásticos “Trisermix”. Faltaban apenas 15 minutos para que diera comienzo el examen y Flaregan no daba actos de presencia. Mi instinto me decía que, si salía corriendo ahora, quizás me evitaría un mal trago y las risas de los hermanos Trimex y Sermi, pero, por otra parte, quería ser capaz de superar este examen y demostrar a todos que era igualmente capaz que el resto. Gracias a dios, Flaregan llegó a tiempo.
      Flaregan me entregó una hoja que titulaba: “Los 5 pasos indispensables que deben seguirse para un correcto vuelo” Flaregan fue hablando durante todo el camino recitando, como si fuera un poema, la hoja que me acababa de entregar. A pesar de que Flaregan explicaba todo al dedillo, me gustaba más leer los pasos con detenimiento:
      Primer paso: Nunca mires abajo.
      Segundo paso: Mantén la mirada recta.
      Tercer paso: Confía en ti mismo.
      Cuarto paso: Avanza 3 metros antes de alzar el vuelo.
      Quinto paso: A…
      Mierda, no logré leer el quinto paso… ¿Qué iba a hacer ahora? No podía explicarme como podíamos haber subido 150 metros en tan poco tiempo que ni siquiera me haya dado tiempo a leer 5 simples líneas. Ahora ya daba igual, ahí estaba, colocado en la línea de salida, con todo el cuerpo sudando y con los nervios a flor de piel. Al menos la lluvia había parado, algo que me relajaba bastante. El chico de pista estaba preparado para dar la salida y 3...2...1... ¡¡PIII!!
      Empecé a avanzar al mismo tiempo que iba recordando los pasos del profesor Flaregan…Nunca mires abajo…mirada recta…confía en ti mismo…avanza 3 metros... ¡¡y a volar!!
      No podía creerlo, estaba volando, era algo increíble, notaba como el aire me daba en la cara y como el suelo iba aproximándose poco a poco…un momento… ¡mierda! Claro…falta el quinto paso…. Repasé mentalmente todas las lecciones que había aprendido, todas y cada una de las palabras del profesor Flaregan…120 metros…100 metros…80 metros…50 metros…. ¡Claro! ¡Agita tus alas con fuerza! Empecé a agitar las alas como si mi vida dependiera de ello, algo que era bastante lógico de pensar, pues una caída de 200 metros no sé cómo de mortal resultaría. Seguía agitándolas todo lo que podía, con fuerza, con rapidez…

      30 metros…20 metros…10 metros…

      ¡Si! ¡Si, si si! Empecé a coger altura. No lo podía creer, ¡estaba volando! ¡Yo estaba volando! Era algo increíble, no podía creerlo. Estuve como más de 20 minutos dando vueltas por aquella llanura, dando piruetas y de todo tipo de acrobacias, disfrutando lo que tantos años había estado esperando. Tras no sé cuánto tiempo, aterricé en lo alto de las colinas donde se había quedado antes el profesor Flaregan, y, antes de que Flaregan me diera la enhorabuena, logré ver como mis padres estaban abajo, esperando para conocer la noticia. Es una lástima que, por motivos de trabajo, mis padres no hayan podido verme volar, aunque, por otro lado, sabía que no los había fallado, por lo que estaba muy contento.

      Se me saltaban las lágrimas de alegría. No me lo podía creer. Trimex y Sermi tendrían que tragarse sus palabras. Lo había conseguido. Lo había logrado. Bajé lo más deprisa que pude para darles la gran noticia a mis padres, pues, como ellos ya sabían, lo había conseguido. Ya era un auténtico dragón.
    • La Guardiana

      Relato 4

      El inspector Díaz llegó a la escena del crimen quince minutos después del aviso; según los testigos, un hombre armado con un cuchillo había atacado indiscriminadamente a la gente en la estación de tren, hiriendo a seis personas y matando a otras dos. Hubiera matado a más si no hubiese aparecido una segunda sospechosa vestida con una gabardina y, si se podía dar crédito a las primeras informaciones de los testigos, una enorme espada colgada a la espalda. En cuanto el primer sospechoso la vio aparecer, huyó hacía una zona industrial abandonada, perseguida por la mujer.

      - García, Merino, acompañadme. - Dijo Díaz al llegar a la estación. - Los demás tomad declaración a los testigos y pedir las cintas de las cámaras. Vamos.

      Díaz corrió hacía la zona industrial seguido por los dos agentes. Se adentraron con las pistolas en las manos y, en cuanto accedieron al recinto, aminoraron el paso. Díaz indicó con señas a los otros dos que se separaran para peinar la zona. Cuando llevaba unos minutos buscando escuchó dos disparos de pistola a su izquierda, "Merino" pensó y se dirigió corriendo hacia el origen de los disparos: un antiguo edificio de oficinas de cinco plantas. Entró y fue subiendo pisos, hasta que encontró a Merino con el cuello cortado en el rellano del cuarto piso, se agachó para comprobar si todavía respiraba, pero la herida era mortal. Entonces escuchó voces que venían del interior de la planta. Buscó la pistola de Merino, pero no la encontró, así que se adentró sigilosamente por el pasillo. La luz de la luna y de las farolas que entraba por las ventas le dibujaron la escena: de espaldas a él se encontraba la mujer de la gabardina, empuñando dos subfusiles compactos y con la enorme espada colgada a la espalda. Enfrente de ella, contra la pared, se encontraba el hombre, que había perdido el cuchillo, con una expresión de terror dibujada en el rostro.

      - ¡Suelta las armas, mujer! - Dijo Díaz apuntándola con su pistola de nueve milímetros.

      La mujer dio un cuarto de vuelta y, sin dejar de apuntar con una de sus armas al hombre, apuntó a Díaz con la otra y disparó en un movimiento fluido y preciso. La pistola de Díaz cayó al suelo con un ruido metálico, pero no le hirió.

      - Vete de aquí, poli. Esto escapa a tu comprensión. - Dijo la mujer con los dos brazos extendidos, sin dejar de apuntar a ninguno de los dos.
      - Soy el inspector Díaz. - Dijo alzando las manos-. Suelta las armas y no hagas nada de lo que puedas arrepentirte. Nosotros nos encargaremos de detener al sospechoso.
      - Mi nombre es Judith.-Dijo con una leve inclinación de cabeza-. Vosotros no podéis hacer nada para detener a este. Déjame terminar.

      El tono con el que lo dijo dejaba claro que era una orden y no una petición. El hombre aprovechó el momento de despiste causado por la discusión para intentar huir, pero Judith se dio cuenta y disparó un tiro disuasorio justo delante de él, frenándole en seco.

      - Tú no vas a ningún sitio, demonio. - Dijo Judith volviendo a apuntar con sus dos armas al hombre.

      "¿Demonio?" Pensó Díaz. Entonces, con Judith medio de lado, se fijó en el libro que llevaba colgando en la cintura: era una Biblia. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¿Era posible que la zumbada de la espada pensara que estaba luchando contra un demonio de verdad? Díaz miró su pistola, a unos metros de él; el disparo la había roto.


      - Crux Sacra Sit Mihi Lux, -empezó a recitar Judith, en un tono neutro-. Non Draco Sit Mihi Dux.

      - Si lo haces, lo matarás. -Contestó el hombre con una voz gutural.

      -Vade Retro Satana -continuó Judith enfundando una de sus armas y cogiendo el crucifijo que llevaba colgado en el cuello.- Numquam Suade Mihi Vana.

      "Esta loca va a matar al sospechoso de un tiro." Pensó Díaz. Y le hizo un placaje para evitar que disparase al terminar el verso. Los dos cayeron al suelo y el hombre empezó a reírse a carcajadas. Entonces, ante la expresión de horror de Díaz, empezó a levitar. Unos colmillos asomaron en su boca y en su frente, unos pequeños cuernos empezaron a abrirse paso, rompiendo la piel y formando un pequeño reguero de sangre.

      - ¡Qué has hecho, imbécil! - Chilló Judith poniéndose en pie de nuevo-. ¡Eso ya no es un hombre!

      Díaz estaba demasiado aterrorizado para responder y el hombre poseído continuaba riéndose a carcajadas con su voz gutural.

      - Crux Sacra Sit Mihi Lux, -volvió a recitar, frenética, Judith-. Non Draco Sit Mihi Dux.

      - Es demasiado tarde. - Dijo el poseído entre carcajadas.

      -Vade Retro Satana -continuó Judith volviendo a levantar el crucifijo que llevaba colgado en el cuello.- Numquam Suade Mihi Vana.

      - Vais a morir los dos aquí. - Dijo el poseído mientras todos los muebles empezaron a temblar y un pequeño vendaval comenzó a azotar todo en el interior.

      -Sunt Mala Quae Libas. - Dijo Judith haciendo caso omiso-. ¡Ipse Venena Bibas!

      Al pronunciar la última palabra, el poseído explotó, manchándolo todo de sangre y vísceras. El cadáver cayó al suelo en un amasijo sanguinolento de huesos rotos y trozos de carne.

      Judith cayó al suelo de rodillas, a causa del esfuerzo del duelo mental con el demonio. Díaz empezó a recobrar la compostura cuando, de los restos del cadáver, emergió un demonio. Justo en el momento en el que se acabó de materializar, apareció García por la puerta, empapado en sudor.

      - ¿Que mierda ocurr... -Empezó a preguntar García.

      Pero no pudo terminar la frase. El demonio corrió a una velocidad antinatural hasta él y lo partió por la mitad usando sus manos. Díaz fue retrocediendo lentamente a gatas hasta la pared opuesta a la entrada, donde estaba situado el demonio y Judith se encaró directamente a él. Le apuntó con una de sus Steyr TMP mientras con la otra mano aguantaba su crucifijo y, habiendo recuperado el tono neutro, volvió a recitar:

      - Crux Sacra Sit Mihi Lux, -Disparó una bala de plata-. Non Draco Sit Mihi Dux.- Otra bala.

      El Demonio rompió a reír, pues las balas no le dañaban.

      - Usa la espada que llevas a la espalda, Judith.- Se burló el demonio, comenzando a levitar de nuevo.

      -Vade Retro Satana -Judith disparó una tercera bala.- Numquam Suade Mihi Vana. - Y una cuarta.

      - Tus balas no sirven de nada.- Dijo el demonio entre carcajadas-. ¡Usa la espada!

      -Sunt Mala Quae Libas. - Dijo Judith, que empezaba a sudar, disparando su quinta bala-. ¡Ipse Venena Bibas! - La sexta.

      Pero no ocurrió nada. Judith repitió el proceso otra vez, Díaz rezaba porque esta vez funcionara, pero cuando disparó la doceava bala, no ocurrió nada.

      -Ya me estás aburriendo. - Dijo el demonio, mudando su risa a una expresión seria.

      - Crux Sacra Sit Mihi Lux, - Dijeron el demonio y Judith a la vez-. Non Draco Sit Mihi Dux.- Dos balas más.

      El demonio estiró los dos brazos de golpe, y una fuerte ráfaga de viento reventó todos los cristales que quedaban y estrelló a Judith contra la pared, al lado de Díaz. Judith se puso de rodillas y sin dejar de apuntar con su arma al demonio siguió recitando y disparando.

      - ¡Usa tu espada y termina con esto! - Dijo el demonio-. Sabes que sin ella no podrás matarme...

      -Vade Retro Satana -Dijo Judith disparando otra bala.

      - Sabes que es verdad. - Gritó el demonio por encima de sus rezos-. Aflicción te lo ha dicho, te lo ha susurrado y te lo ha mostrado en tu cabeza. Es la única manera. ¡Utilízala!

      Judith volvió a caer de rodillas. Díaz no podía soportarlo más, el también llevaba un rato escuchando los susurros de la espada. Se vio a si mismo empuñándola y matando al demonio de un sólo tajo. Sí, tenía que hacerlo, era la única manera, Judith era demasiado orgullosa para usarla, pensó. Se puso de pie, agarró la espada por el mango con las dos manos y la desenvainó, ante la mirada de horror de Judith. El demonio rio más fuerte que nunca. Levantó una mano y una bola de rayos y fuego empezó a formarse en su palma.

      - ¡No lo hagas! - Suplicó Judith.

      Pero Díaz no la escuchó, se dirigió a la carrera contra el demonio, levantando la ornamentada espada por encima de su cabeza. Sentía que nada podía pararle. Cuando llegó a la altura del demonio, bajo la espada y lo cortó por la mitad, del hombro a la cintura y el demonio desapareció al instante. Ya está, lo había conseguido.

      Un hormigueo recorrió sus manos y la espada se le cayó al suelo. De pronto sintió cómo toda la energía que le había impulsado antes lo abandonaba y cayó al suelo, perdiendo el conocimiento unos segundos. Cuando volvió en sí, vio a Judith de pie, a su lado.

      - ¿Que has hecho, estúpido? - Preguntó Judith.

      - Era... La única manera... El demonio lo dijo...- Dijo Díaz, recuperándose entre jadeos.

      -¿Y confías en la palabra de un demonio?-Dijo Judith poniendo los ojos en blanco-. Ya casi lo tenía...

      - ¿¡Que ya casi lo tenías!? -Le cortó Díaz-. ¡Si te estaba dando una paliza!

      -Llevaba quince balas de plata.-Siseo Judith-. Iba por la mitad.

      -Y te estaba ganando. - Repuso Díaz.

      -Eso no podías saberlo. -Judith cada vez estaba más irritada-. ¿Acaso te habías enfrentado a uno antes?

      -No... -Contestó Díaz bajando la mirada-. Pero bueno, ¿qué más da? Ahora está muerto, que es lo que importa...

      -Y has condenado tu alma por el camino. ¿Acaso sabes lo que eso significa? Además, -añadió Judit cómo si estuviera repitiendo algo a un niño especialmente tonto-. Los demonios no pueden morir, sólo le has desterrado temporalmente.

      Judith cogió la espada del suelo con sumo cuidado.

      -Con... Condenado... ¿Mi alma? -Balbuceó Días, que por fin empezaba a comprender las consecuencias de sus actos.

      -Sí, ¿Por qué pensabas que no usaría una espada tan poderosa en la situación en la que estaba? -

      Dijo Judith envainando la espada.

      -No... No lo sé... -Dijo Díaz mirando para otro lado-. ¿Por qué la llevas si no la puedes usar?-Añadió, volviendo a mirarla.

      -La llevo porque soy su guardiana, igual que mi tío lo fue antes de mí y mi tío abuelo antes que él...

      -¿Desde cuándo está en tu familia? -Preguntó Díaz.

      -Desde hace unos dos mil años.

      -¿Y quién os la confió?

      -Él. Basta de preguntas, voy a intentar salvar tu alma.-Dijo Judith.

      Judith se sacó un bote de un bolsillo interior de la gabardina. Lo abrió y vertió un poco de su contenido en su mano.

      - ¿Qué es? - Preguntó Díaz, agotado.

      - Aceite de oliva, lo he bendecido yo misma.

      Judith se lo extendió primero por los ojos, después la nariz y la boca. Continuó con las manos y los pies y, finalmente, lo extendió por los riñones.

      - Por esta santa unción. -Dijo Judith-. Y por su piadosísima misericordia, el Señor te perdone cuanto has cometido por la vista.

      Acto seguido cogió una de sus Steyr TMP y le metió una bala de plata en el cerebro. "Ojalá haya servido de algo" Pensó Judith poniéndose en pie, dio una última mirada a la sala y se marchó.

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